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Histórico noticias



Fráncfort del Meno, vestigios del alma romántica

Fráncfort es una de las ciudades comerciales más ricas de Alemania. Pero, aunque lo que más destaque de la ciudad del Meno sea su distrito financiero, nuestro autor invitado, Xavier Arnau Bofarull, prefiere seguir la pista de la literatura y los clásicos.

4 de septiembre de 2014

¿Tienen alma las ciudades? Cuando las visitamos, buscamos ávidamente su alma, ese conjunto de singularidades que nos revelen su autenticidad y unicidad.

Pero, tras recorrer sus calles, utilizar sus transportes públicos, comer en sus restaurantes, beber en sus bares, visitar sus museos e iglesias y otras atracciones menos recomendables, suele ocurrir, cada vez más, que acabamos dándonos de bruces con nuestra propia alma.

Para un ibérico ribereño del Mediterráneo como yo, testigo de un paisaje maltrecho y maltratado, Fráncfort del Meno (Frankfurt am Main en alemán) enamora a primera vista. Paseando por los jardines que ocupan lo que antaño fueron muelles y zonas de carga y descarga del tráfico fluvial, me asalta una jubilosa intuición: Fráncfort tiene alma.

No es extraño descubrir en las riberas del Meno princesas tumbadas sobre la hierba, absortas en lecturas quizá románticas, rodeadas de apacibles gansos (que con seguridad fueron príncipes amantes), grupos de niños jugando alegremente bajo la mirada protectora de árboles venerables o, sencillamente, ciudadanos disfrutando del sol de una luminosa mañana de primavera.

Fráncfort, ciudad de unos setecientos mil habitantes, aparece ante mí, tranquila y amable, moteada de parques y jardines, y atravesada de este a oeste por la silenciosa corriente del Meno. La ciudad ocupa, de antiguo, un lugar central en la red de flujos comerciales y financieros que unen la cuenca del Mediterráneo con el Báltico, Mar del Norte y Canal de la Mancha. Ya en la época de Felipe II existía –según destaca Fernand Braudel en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II– el istmo alemán, una región delimitada por los ejes Génova-Londres y Venecia-Dantzig, a través del cual circulaban mercancías de todo tipo, como  paños, granos, ganado, vinos…

Gracias a su centralidad en esta ruta entre los puertos mediterráneos y los de Europa septentrional, Fráncfort se convirtió, desde finales de la Edad Media, en una de las ciudades comerciales más ricas y poderosas de toda Alemania, obteniendo el privilegio de fundar, en 1585, una bolsa de valores. Este papel preponderante de la ciudad llega hasta nuestros días: a la bolsa de Fráncfort y a la Feria se unen hoy, como criaturas del Dr. Frankenstein, esos dos organismos como son el Banco Central Alemán –el Deutsche Bundesbank–, y el Banco Central Europeo.

Dreikonigskirche, Main Plaza, Frankfurt.

Xavier Arnau Bofarull.

Paralelamente a esa función económica, Fráncfort es un nudo de comunicaciones de primer orden. No sólo su aeropuerto es uno de los más importantes de Europa, sino que el Meno juega un papel de suma importancia en el tráfico fluvial de mercancías en Europa. A través del Meno se llega al Canal Rin-Meno-Danubio, un canal de navegación de gran capacidad, inaugurado en 1992, que conecta el romántico Rin, del cual el Meno es afluente, con el Danubio, haciendo posible el tráfico de barcazas de hasta trescientas cincuenta toneladas entre el mar del Norte y el Mar Negro.

Lo que más destaca de Fráncfort es su distrito financiero, una abigarrada zona de grandes rascacielos de cristal y acero que albergan importantes corporaciones financieras y diversas firmas multinacionales. Tanto destaca que, en cierta manera, Fráncfort ha hecho de ello su marca turística: Mainhattan. Un absurdo epíteto para participar en esa devastadora competición entre las grandes ciudades del mundo por el turismo urbano.

Pero, como casi siempre, la literatura y los clásicos nos salvan de la megalomanía contemporánea y nos indican el buen camino. En este caso, quien lo hace es el hijo ilustre de la ciudad, Johann Wolfgang Goethe, que, desde su pedestal en la Goethe Platz, ubicada en la parte norte de la fría explanada del Roβmarkt –el antiguo mercado de caballos de la ciudad–, da ostentosamente la espalda a los rascacielos y nos indica el camino hacia el Altstadt, la ciudad vieja.

 

Por el casco antiguo con Goethe

El punto central del Altstadt es el Römerberg, que viene a ser la plaza mayor de Fráncfort. Un espacio diáfano rodeado por los edificios medievales del Ayuntamiento, la iglesia de San Nicolás y un espléndido conjunto de casas barrocas, todos ellos restaurados tras su destrucción durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

La plaza me produce una fuerte impresión. La luminosa armonía de las casas barrocas de entramado de madera domina sobre cualquier otro elemento de la plaza. El Römerberg es el escenario perfecto para las románticas desventuras del joven Werther, narradas en la obra homónima y primer éxito literario del joven Goethe. Ante el vivo colorido y el sobrio esplendor barroco de la plaza, uno se siente imbuido a escribir versos que canten, con exaltación romántica, la fuerza vital y la alegría de vivir, emulando –torpemente, por supuesto–, a Friedrich Hölderlin, que en esta ciudad amó con locura y hasta la locura a Susette Gontard –la Diótima de sus versos–, esposa del banquero protestante para el cual trabajaba Hölderling como preceptor de los hijos de la familia.

Cavilando sobre esa conflictiva y a veces trágica relación entre banqueros y poetas, entre la pasión por el lucro y la pasión amorosa, prosigo camino, por puro mimetismo, por la muy concurrida  Fahrtor, una pequeña calle en el lado sur del Römerberg que lleva directamente sobre el Mainkai, el muelle principal en el Meno. De la antigua Fahrtor, la puerta de la muralla que daba acceso a los muelles y al río, sólo queda la Rententurm, una torre tardogótica en la que estuvo la aduana, hoy integrada al museo de historia de la ciudad.

Lo que me encuentro al llegar a la ribera del Meno es un espectáculo sumamente evocador. Algo así como lo que debía de ser la vida en las ciudades antes de que existieran la televisión y el automóvil. En ambas orillas se ven personas en ociosa tranquilidad, ya sea paseando, ya sea sentadas sobre los muelles, y ciclistas en un incesante ir y venir. En el agua, grupos de cisnes y de azulones van nadando arriba y abajo. Los cisnes merodean buscando quien les tire comida. Los ánades van más a su aire y parecen más indiferentes. Todo ello bajo un cielo azul tapizado de graciosos cúmulos (mediocris o humilis, ¡la belleza de lo sencillo!), con sus bases gris azuladas y sus cúpulas de blanco resplandeciente, que se pierden a lo lejos, tras los edificios de la orilla sur del Meno, acentuando en grado sumo la profundidad de la escena.

Desde donde me encuentro, la vista del barrio de Sachsenhausen, en la orilla sur, es encantadora.

Al este, dos puntos destacan por detrás de las fachadas neoclásicas que miran al Meno: el edificio de ochenta y ocho metros de altura del Main Plaza, construido al estilo de los rascacielos del Nueva York de la década de 1920, ¡pero construido alrededor del año 2000!, y la aguja de la torre neogótica de la iglesia de los Tres Reyes (Dreikönigskirche), el primer templo de Fráncfort en el que, en 1525, se permitió predicar a la iglesia reformada. Desde entonces las dos iglesias –la católica y la reformada– parece que conviven tranquilamente. Originario como soy de una sociedad de intransigente monocultivo religioso, me sorprende esta presencia, discreta pero a la vez profunda, de la religión en la sociedad alemana. Esto me lleva a pensar si, en Iberia, un atávico y oscuro dogmatismo entorpece sentimientos y creencias religiosas, sociales, nacionalistas, que nos lleva a estar siempre a la greña sin dejar de dar vueltas a la noria….

 

La ribera de los museos

La corriente del Meno me devuelve a esta soleada mañana y, siguiendo su curso, dirijo mi mirada hacia el lado de poniente, donde se adivinan los palacios, palacetes y villas que albergan los diversos  museos que forman la denominada Museumsufer o ribera de los museos.

Con tanta reflexión, me he quedado como un pasmarote sobre el muelle y no sé qué dirección tomar. Una vez más, me dejo llevar por la corriente relajada de la gente que atraviesa, festiva, el río por el Eiserne Steg, un puente de hierro de uso peatonal construido en 1868 para unir el centro de Fráncfort con el barrio de Sachsenhausen. Cuando llego a la otra orilla decido dirigirme hacia los museos. Es tiempo de recuperar fuerzas y me han comentado que la cafetería de la Liebieghaus, un museo dedicado a la escultura, es un lugar muy recomendable para hacer una pausa.

Efectivamente, la cafetería de la Liebieghaus –un palacete en forma de castillo de finales del siglo XIX–,  es una delicia, sobre todo la terraza del jardín. Justo al lado está el Städel, quizá el museo de pintura más importante de Fráncfort. Entre las obras que expone hay dos que ardo en deseos de contemplar: Paisaje con el Rosenberg en las montañas de Bohemia, de Caspar David Friedrich, y El Geógrafo de Jan  Vermeer. ¡Pero la mañana es tan luminosa y el aire tan cálido! Me tienta más vagabundear por la ribera del Meno y las calles de Fráncfort que ir de museos… Caspar David Friedrich y Vermeer quedan para mejor ocasión, quizá en una visita otoñal.

Heme de nuevo en los muelles del Meno. Ante mí y al otro lado, en la orilla norte, veo la Westhafen Tower, de noventa y nueve metros de alto y el elemento más conspicuo del celebrado Westhafen, el muelle oeste. El puerto es una dársena en la que antaño se realizaba la carga y descarga de granos. Hoy, el Westhafen es una zona exclusiva –con marina para embarcaciones de recreo incluida–, que la publicidad presenta como una mundana “pequeña Venecia” con restaurantes de gastronomía de vanguardia, oficinas y apartamentos de diseño de lujo.

Como creo que estos conceptos de exclusividad, diseño, lujo y vanguardia son armas de destrucción masiva, decido alejarme de tan peligrosa zona y encamino mis pasos hacia el lado opuesto de Fráncfort, hacia el este, donde se encuentra el Osthafen, o puerto oriental, aún activo.

Atardecer en Fráncfort del Meno.

Xavier Arnau Bofarull.

A medida que me acerco al Osthafen, el rascacielos que formará parte de la nueva sede del Banco Central Europeo, compuesto por dos torres poligonales de ciento ochenta y cinco metros de altura, absorbe la mirada. El edificio es un ejemplo más del alto nivel que han alcanzado en nuestros días la ingeniería y la gestión de proyectos, que con grandes retrasos y mayores desvíos presupuestarios logran construir estas obras tan emblemáticas.

Me siento en un banco de la orilla en el que hay un señor mayor –más que yo– sentado junto a su pequeño perro de ojos saltones, orejas enhiestas y puntiagudas y actitud desconfiada. “¿Qué le parece este edificio?”, me pregunta, sin apenas mirarme. “Soy poco sensible a las aristas y ángulos extremos”, respondo. “Esto acabará con el viejo Fráncfort –continúa él–. Esta invasión de grandes corporaciones financieras provoca un duro proceso de gentrificación. Aquí, en Sachsenhausen, cada vez más, la gente que lleva viviendo cuarenta o cincuenta años se tiene que marchar ante el fuerte aumento de los alquileres. Y no sólo aquí. Barrios como Nordend, y sobretodo Gallus, están sufriendo un proceso parecido. No sé en que acabará todo esto… En fin, que tenga usted un buen día.”

Dicho esto, se levanta y se van, él renqueante y su perro con un nervioso trote, por la vera del Meno, dando la espalda a las torres del Banco Central Europeo, altas y sombrías como un Mefistófeles que extiende, triunfante, su mefítica influencia sobre la ciudad, comprando el alma a los Faustos insaciables. Imperceptiblemente, el crepúsculo ha dado paso a la noche, y sobre los parterres de la ribera del río se han formado algunos grupos de jóvenes alrededor de barbacoas improvisadas. Mientras humean las salchichas, hablan, beben, ríen… En sus rostros brillan los reflejos de las brasas… ¿o serán los rescoldos del alma romántica de Fráncfort?

 

Xavier Arnau Bofarull

He trabajado como informático durante casi toda mi vida profesional, pero me licencié en Geografia e Historia y obtuve el título de Capitán de Yate. La geografía me ha permitido mirar y ver el mundo en su belleza y complejidad; la navegación, capear temporales y buscar alternativas a las rutas preestablecidas. En la actualidad, vivo entre Francfort, Barcelona y otros lugares a los que viajo. Intento describir lo que descubro en ellos. Aunque prefiero perderme por la Naturaleza, no desdeño las ciudades y los pueblos. Perezoso en iniciar el viaje. Reticente a abandonarlo una vez empezado. LinkedIn.

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