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  • Jardín deshecho

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    “A mi queridísimo Federico, el único que me entiende. Firmado: su propio corazón”. Esta es la dedicatoria que Lorca se hizo a sí mismo en un ejemplar de su primer libro, Impresiones y paisajes, y uno de los documentos más curiosos que ofrece la exposición Jardín deshecho, abierta al público hasta el 6 de enero de 2020 en Granada. Comisariada por el hispanista estadounidense Christopher Maurer, es la primera muestra sobre el poeta centrada en la temática del amor. “Amó mucho...[Leer más]

  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

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    Las comunidades nómadas kazajas del norte de Sinkiang migran anualmente hasta mil kilómetros de distancia, constituyendo uno de los movimientos estacionales más largos de Asia Central. Realizan dos viajes al año: pasan los meses de frío en un lugar fijo, resguardado del viento o en la orilla de un río, y en primavera parten hacia los pastos de verano, en el macizo Altái, en lugares más elevados y frescos. Al llegar el otoño, vuelven a sus asentamientos de invierno. Desplazamientos ...[Leer más]

  • Cartografiando la Luna

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

Histórico noticias



Geografía a orillas del Rin

Neuwied es una pequeña ciudad alemana donde fue enviado a estudiar el geógrafo Elisée Reclus durante su infancia. Como gran viajero que fue, publicó varias guías por Europa, pero para guiarnos por Renania contamos como autor invitado con el también geógrafo Xavier Arnau Bofarull.

16 de marzo de 2015

Hay lugares a los que nunca iremos, bien porque ignoramos su existencia, bien porque carecen de interés para nosotros, salvo que una circunstancia especial y fortuita los sitúe en nuestro mapa mental. Este es el caso, para mí, de Neuwied, una pequeña ciudad alemana en la margen derecha del Rin, a veinte kilómetros de Coblenza río abajo.

Neuwied apareció en mi mapa mental hace años, cuando estudié en profundidad la obra del geógrafo libertario Elisée Reclus (1830-1905). Reclus fue, como consecuencia de su amor de geógrafo por la Tierra y de su pasión de anarquista por la Libertad, un gran viajero. En el prefacio de su primera obra geográfica, expone, con un lenguaje heredero aún del sentimiento romántico de la Naturaleza, cómo surgió el proyecto de descubrir el mundo y explicarlo:

Le livre qui paraît, aujourd’hui, je l’ai commencé il y a bientôt quinze années, non dans le silence du cabinet, mais dans la libre nature. C’était en Irlande, au sommet d’un tertre qui commande les rapides du Shannon, ses îlots tremblant sous la pression des eaux et le noir défilé d’arbres dans lequel le fleuve s’engouffre et disparaît après un brusque détour. Étendu sur l’herbe [...] je jouissais doucement de cette immense vie des choses qui se manifestait par le jeu de la lumière et des ombres, par le frémissement des arbres et le murmure de l’eau brisée contre les rocs. C’est là, dans ce site gracieux, que naquit en moi l’idée de raconter les phénomènes de la terre, et, sans tarder, je crayonnai le plan de mon ouvrage”.

Geógrafo y viajero francésRecorrió América, Europa, África… En 1859 fue contratado por la editorial Hachette para redactar las que serían las famosas Guides Joanne, que compitieron en reconocimiento con las guías Baedeker, que Karl Baedeker había empezado a editar en el año 1828, curiosamente en Coblenza. Para la confección de las Guides Joanne, antecesoras de las también famosas Guides Bleus, Reclus viajaba durante meses por las regiones de Francia, como el Midi, los Pirineos, el País Vasco, las ciudades balneario de la costa mediterránea; por Europa, recorriendo Alemania, Italia, España, Inglaterra, Bélgica, Países Bajos, Suiza, etc. En 1861, publicará en Hachette –una editorial a la que permanecerá ligado durante casi toda su vida–Voyage à la Sierra Nevada de Sainte-Marthe,  relato apasionado y apasionante de su viaje por el Caribe hasta la sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia.

Hijo de un austero y riguroso pastor protestante, Elisée Reclus fue enviado a estudiar a un colegio de los Hermanos Moravos en Neuwied, donde permaneció entre 1842 y 1844. Pasó el tiempo y esas lecturas y conocimientos fueron quedando fundidos en ese magma difuso de recuerdos que constituye nuestra memoria personal hasta que un día, esperando la salida de un tren en la Estación Central de Fráncfort del Meno, vi, en la cabecera de un andén, el destino del tren al que con premura subían algunas personas: Neuwied.

 

De Elisée Reclus a Neuwied

Unas semanas más tarde tomaba, en la Estación Central de Fráncfort, el tren con destino a Neuwied. Era invierno y en esas latitudes el día es demasiado corto. Tomé el tren de las cinco de la tarde pero ya era de noche. El viaje  transcurrió por las márgenes del Meno y del Rin. En Wiesbaden bajaron  todos los viajeros del vagón en el que iba, y hasta Coblenza no volvieron a subir algunas viajeras. El viaje entre Wiesbaden y Coblenza fue, sino angustiante, sí sumamente extraño, solo en el vagón que se deslizaba en medio de una oscuridad apenas rota por los reflejos de alguna iglesia blanca, fantasmal, sobre las negras aguas del Rin.

El viaje duró unas tres horas. Dejé la bolsa en el hotel y me fui a hacer un rápido paseo por la ciudad. Las ciudades alemanas –sobre todo las medianas y pequeñas– no son el mejor lugar del mundo para llegar en una noche de invierno. Calles solitarias y tenuemente iluminadas, el frío y la humedad serán el único comité de bienvenida que recibirá al viajero.

El centro propiamente dicho de Neuwied no es muy grande, por lo que no pude evitar la tentación de hacer una apresurada visita al Herrnhuter Viertel, el barrio de los Hermanos Moravos, formado por un tramo de la Friedrichstraße. Continué hasta llegar a la Marktplatz, dominada por la iglesia evangélica. En la verja del jardín de la iglesia un simpático cartel anunciaba una acogedora cafetería. La cafetería se encontraba en las casas parroquiales, tras cuyos ventanales se veía una sala de reuniones llena de gente en animado debate. En Alemania, las parroquias, tanto las católicas como las evangélicas, son muy activas, desarrollan muchas actividades y acogen a diversas asociaciones. Pero no vi rastro del café.

Afortunadamente, apenas unos metros más lejos, en un edificio de fachada barroca de la Pfarrer-Werner-Mörchen-Straße, vi una vinatería, la Weinhaus Adams, a la que se accedía por una escalera doble. Un pequeño vestíbulo en el que se anunciaban diversas presentaciones de libros daba acceso a dos estancias: una, a la derecha, con las mesas ocupadas por grupos de personas en animada charla; la otra, a la izquierda, en la que se encontraba la barra y los taburetes, en donde dos cariacontecidos hombres acodados en la barra, uno de ellos con  ropa de trabajo y chaleco amarillo reflectante, bebían sendas copas de vino tinto. Charlaban cabizbajos mientras la patrona, apoyada con la espalda en la cafetera, los contemplaba con mirada seria.

Me acomodé en uno de los taburetes al otro extremo de la barra, para dejar más intimidad a los dos hombres. La patrona se me acercó para preguntarme qué quería beber. La verdad es que, a pesar de las hermosas y tentadoras botellas de Riesling, Müller-Thurgau, Dornfelder o Spätburgunder, lo que realmente me apetecía en aquel momento era una gran taza de café con leche. Con cierta timidez y turbación pregunte si era posible tomar un café. ¡Naturalmente!, exclamó la patrona.

Mientras bebía mi café con leche escuché la conversación apesadumbrada de los dos hombres.  La factoría que TyssenKrupp Steel Europe tiene en Neuwied se enfrentaba, igual que otras empresas del sector del acero, a una disminución de la demanda y, en consecuencia, se encontraba en una situación de sobrecapacidad productiva, un eufemismo para decir que había que despedir personal, bastante personal. Unas cuatrocientas veinte personas, si entendí bien. Mis vecinos de barra giraban y giraban sus copas, desorientados, incrédulos, como si el vino tinto que titilaba en el interior de las copas les pudiera dar certezas sobre un futuro que, de repente, veían con temor. Era tiempo de regresar al hotel.

Al día siguiente pasee muy temprano por el dique, que constituye por sí mismo un verdadero monumento de Neuwied. Se construyó en la ribera del Rin, entre los años 1928-1931 para proteger el centro de la ciudad y sus alrededores de las frecuentes y desastrosas crecidas del río. Desde entonces, además de proteger a la ciudad, constituye un paseo agradable que da acceso, a través de dos puertas enormes, a los embarcaderos de los barcos turísticos del Rin. Mientras contemplaba los pontones y embarcaderos, vi que los patos y cisnes que remoloneaban por las aguas se ponían de súbito muy nerviosos y empezaban a graznar fuertemente. Busqué en mí alrededor la razón de tal escándalo, cuando vi que de una de las puertas del dique aparecía una señora con una bolsa de plástico en la mano. Se acercó al muelle y, de repente, estuvo rodeada por una ruidosa nube de cisnes, gansos y gaviotas a las que ella les tiraba la comida que sacaba de la bolsa.

Vistas de Neuwied desde el Rin.

Wilhelm Paul Lehnard, Wikipedia.

La hermandad de Moravia

Aunque ya eran pasadas las ocho, no había aparecido el sol. Una espesa capa uniforme de nubes sin relieve lo cubría todo. El día sería de una grisura lamentable. Me encaminé de nuevo al barrio de los Hermanos Moravos. Al llegar a la Friedrichstraße recorrí lentamente el tramo de calle que constituye el barrio. Un conjunto de edificios de mediados del siglo XVIII de estilo barroco de tejado con  mansarda. Lo primero que encontré a mi izquierda fue el edificio de la residencia de ancianos; en el de la derecha, una discreta nota de papel pegada al cristal de la puerta informaba que el edificio alberga la panadería, la lavandería, la carpintería y un pequeño museo que se puede visitar los miércoles por la tarde. Por desgracia era jueves y no me podía quedar hasta el próximo miércoles. Más adelante estaba el edificio de los servicios administrativos parroquiales de la Hermandad. Frente a ellos, al otro lado de la calle, la iglesia, punto central de la comunidad. Y junto a ella, al final de la calle, el parvulario, uno de los más antiguos de Alemania.

Para los Hermanos Moravos, la educación es una cuestión sumamente importante. Ya en sus orígenes defendían una educación universal e igual para todos, independientemente de los recursos económicos que tuvieran las familias de los niños. Es necesario mencionar que Juan Amos Comenio (1592-1670), autor de la obra Didactica Magna y considerado el padre de la pedagogía moderna, era miembro de los Hermanos Moravos. Por esta razón, los internados para chicos y chicas de los Hermanos Moravos gozaban de fama internacional y acogían niños de Inglaterra, Suiza, Francia,  como fue el caso de Elisée Reclus.

A aquellas horas de la mañana sólo se veía movimiento frente al parvulario y frente a la residencia de ancianos. En el primero, entraban apresuradas madres con sus niños. De la segunda, salían, veloces, decididas ancianas a bordo de sus caminadores.

Los Hermanos Moravos provienen de los husitas, una comunidad que realizó, en Bohemia –hoy República Checa– la Reforma muchos años antes que Lutero. Jan Hus (1369 – 1415), considerado el fundador de los Hermanos Moravos, criticó la corrupción moral de la Iglesia, los abusos que cometía y la riqueza que acumulaba en un momento en que la Iglesia Católica se encontraba inmersa en la lucha de tres papas por el papado, Juan XXIII, Gregorio XII y Benedicto XIII, el denominado Cisma de Occidente. Ante tal espectáculo, Hus se preguntó cómo podía saber un cristiano quién era el verdadero pontífice y, en consecuencia, cuestionó la autoridad del Papa, de los cardenales y de los sacerdotes. Jan Hus fue invitado al Concilio de Constanza del año 1415 a exponer sus tesis.  Apenas llegó, fue encarcelado y, tras tres meses y medio de prisión severa, fue llevado ante el Concilio en el que se le comunicó, sin apenas escucharle, la sentencia: moriría quemado en la hoguera por hereje. Sus cenizas fueron esparcidas por el Rin, ese mismo Rin que baña Neuwied y a la que llegarían siglos después, tras la  Guerra de los treinta años (1618–1648) que devastó Europa central, los  Hermanos Moravos, duramente perseguidos hasta entonces y que fueron acogidos en Alemania por Nikolaus Ludwig Conde de Zinzendorf, un noble pietista que fue consagrado obispo de los Hermanos Moravos. ¡Que extraños círculos dibuja la humanidad sobre la geografía de la Tierra en sus vaivenes entre la barbarie y la civilización!

Como otras ciudades de la Europa del siglo XVII, la fundación de Neuwied estuvo vinculada al desarrollo de diversas actividades industriales por iniciativa privada o estatal, con la firme voluntad de activar social y económicamente los territorios pobres y despoblados, situación en la que había quedado el condado de Wied tras la Guerra de los Treinta Años.

Si bien el año 1653 es considerado el año de la fundación de la ciudad por Friedrich III conde de Wied, no será hasta el año 1663 que Neuwied experimentará un cambio sustancial. Al no tener el crecimiento que el conde esperaba, éste concedió a la ciudad en 1663 una carta de privilegios en la que se reconocía el derecho a elegir el consejo municipal, a tener jurisdicción propia, recaudar impuestos, la abolición de la servidumbre feudal y –lo que fue más notorio para la época–, la libertad religiosa. Esta tolerancia religiosa atrajo a muchas personas perseguidas en otros lugares, que llevaron a Neuwied sus habilidades profesionales e industriales, haciendo posible que Neuwied alcanzara una floreciente economía y un prematuro desarrollo industrial, sobre todo en la época del nieto del fundador, Johan Friedrich Alexander, conde de Wied, conspicuo representante del despotismo ilustrado, bajo cuyo gobierno la ciudad contaba con comunidades calvinistas, luteranas, católicas, menonitas, de inspirados, moravos y judíos. Un claro ejemplo de este desarrollo económico de Neuwied lo podemos ver en las obras de Abraham y David  Roentgen, ebanistas miembros de los Hermanos Moravos que alcanzaron notoriedad internacional durante el siglo XVIII. Una buena muestra de sus obras se pueden contemplar en el Roentgen Museum de Neuwied.

 

Los muebles de los Roentgen

En mi paseo por el barrio de los Hermanos Moravos y por casi media Ilustración, me había quedado helado y exhausto. La mañana seguía muy desapacible y gris, y pensé que la cafetería del museo sería un buen lugar para una pausa. Al entrar en el pequeño museo me encontré con el espacioso vestíbulo de una casa señorial con una amplia escalera que ascendía a los pisos superiores. A la izquierda, medio escondida por los colgadores de abrigos y chaquetas, había una pequeña sala con un mostrador como de hotel joven y moderno, y detrás del mostrador una señora atareada consultando papeles, que al notar mi presencia levantó la cabeza sonriéndome. ¡Guten Morgen!, me dijo jovial. Mientras me acercaba al mostrador miré rápida y furtivamente por si veía rastros de la cafetería. Sólo vi dos mesas en un rincón de la pequeña sala y una  máquina de café sobre un armario bajo. Me temí que si le decía a la simpática señora que venía a tomar un café, igual no se lo tomaba muy bien, así que pedí una entrada para el museo. Me explicó amablemente la ubicación de las distintas salas y sus contenidos y me deseó una feliz visita.

Así que no tuve más remedio que visitar el museo. La planta baja está dedicada a Friedrich Wilhelm Raiffeisen, prócer de Neuwied durante el siglo XIX y líder cooperativista que impulsó la creación y el desarrollo de cooperativas de ahorro y crédito. Ante la situación de miseria en la que vivían la población rural, artesanal y los obreros urbanos, Raiffeisen creó asociaciones y cooperativas basándose en el principio de autoayuda, principio que en el siglo XIX tenía un sentido muy distinto al de hoy en día, que considera la autoayuda como la solución a un problema meramente individual. La primera planta está destinada a las exposiciones temporales, que en aquel momento era una exposición de pintura contemporánea de distintos artistas de la región del Rin.

Viaje a Neuwied, Alemania.La tercera planta es, sin duda, el plato fuerte del museo. Realmente excepcional. En ella se encuentran las obras de los ebanistas Roentgen, padre e hijo, y del fabricante de relojes Peter Kinzing. Abraham y David Roentgen tuvieron unas vidas de lo más azarosas y viajeras, y sus muebles se vendieron en todas las cortes europeas, desde París hasta San Petersburgo. Tuvieron tanto éxito que los Hermanos Moravos les llamaron la atención porque la riqueza que les proporcionaba su éxito les alejaba del estilo de vida de la comunidad. Mesas, sillas, escritorios y relojes de pie de bellísima ebanistería llenaban las salas del piso que recorría. A medida que leía los paneles que explicaban las obras y las biografías de los Roentgen y contemplaba aquellos hermosos muebles, fui olvidando la perentoria necesidad del café. Al llegar a la sala de actos vi, detrás de la tribuna, un mueble de estilo neoclásico, con una elegante esfera de reloj soportada por un esforzado Cronos y, en su cima, un Apolo de bronce. Era un reloj realmente espectacular. Al acercarme, salió de detrás un hombre medio distraído que, al percatarse de mi presencia, se disculpó y se presentó como el director del museo. Se quitó uno de los guantes blancos que llevaba puestos, me estrechó la mano y me explicó que estaba supervisando la reparación del mecanismo musical. Con cierto orgullo –no había para menos–, me explicó que quizá aquella era la pieza más preciada del museo. Cuando, en 2013, mandaron el reloj a Nueva York para una exposición sobre los Roentgen en el Metropolitan Museum of Art, apenas pudo dormir durante los días que duró el traslado.

El director me contó la curiosa procedencia del reloj. Éste había sido fabricado por Peter Kintzig, un relojero menonita de Neuwied  que trabajó conjuntamente con David Roentgen en la producción de relojes de pie. El reloj de Apolo –como se le conoce– se construyó para la Zarina Catalina II de Rusia y se envió a San Petersburgo. En los primeros años de la Unión Soviética, el nuevo régimen comunista necesitaba dinero y para ello realizó una subasta de objetos de arte en Berlín, entre los cuales se encontraba este reloj de Apolo. Alguien se enteró de la subasta y avisó al museo de Neuwied, que consiguió adquirir el reloj para su colección.

Al escuchar mi mal alemán me preguntó de dónde era. Se lo expliqué y quedó intrigado por la presencia de un europeo meridional en el museo, un jueves lamentablemente gris e inhóspito de febrero. Me preguntó mi opinión sobre el museo y le dije que estaba verdaderamente fascinado por los muebles de la familia Roentgen. Venga, venga –me dijo–, le mostraré una cosa. Fuimos a una estancia por la que ya había pasado y nos acercamos a una mesa escritorio. Poniéndose de nuevo los guantes me mostró cómo la parte superior se desplegaba en dos hojas más: una que permitía trabajar de pie y la última, al desplegarla, extraía un atril que permitía leer libros o mapas o lo que fuere cómodamente de pie. Y, al quedar abierta la mesa, dejaba ver unos cajones de los que, por medio de resortes ocultos, se abrían más cajones. Sorprendente, ¿no?, me preguntó. En este momento apareció un señor cargado con una silla que a mí me pareció antigua. Se saludaron y me lo presentó como un reconocido anticuario. Aproveché el momento para agradecerle su tiempo y despedirme. Tras darme la mano se giró hacia el anticuario y se pusieron los dos a estudiar entusiasmados la silla y a discutir el significado de una inscripción que había en una de la patas.

Frente al museo, al otro lado de la calle, estaba la estatua del Sr. Raiffeisen, mirando fijamente a un jardín desierto. Me senté en un banco a comerme una manzana que había comprado por la mañana en una frutería. Seguía haciendo frío y la diferencia de luz entre las ocho de la mañana y las dos de la tarde era imperceptible. Levanté la cabeza para observar al Sr. Raiffeisen. Como todas las estatuas de reformadores, gobernantes y ex-gobernantes, miraba con mirada reprobadora, como dudando de que sin ellos seamos capaces de llevar una vida digna. Sobre esto, Reclus tenía mucho que decir.

Me levanté con dificultad –el frío me estaba dejando rígido–, y me dirigí a la antigua iglesia de los Menonitas, construida en 1766 en estilo tardo barroco y  hoy museo de la ciudad. La exposición que había era Ángeles y pinturas de ángeles a través de los tiempos.  Delante del museo está el Palacio. Contrariamente a lo que era normal en el urbanismo barroco e ilustrado, el palacio no ocupa una posición central en la trama urbana de Neuwied, si no que queda aislado en una esquina de la  cuadricula que forman las calles de la ciudad original. Un cartel en la entrada del Palacio avisaba de que se trataba de una propiedad privada. Sólo se puede visitar una parte de los jardines del Palacio. Efectivamente, como constaté más tarde, el palacio sigue siendo propiedad del príncipe de Wied. El palacio fue construido entre los años 1748 y 1756 por el conde de Wied, que en 1806 pasó a ser príncipe. Hoy en día el principado lo ostenta Friedrich August Maximilian Wilhelm Carl 8º Príncipe de Wied, casado con Isabel, Princesa de Isenburg. Príncipes y princesas. Anacrónico y real.

Hay quien dice que el paisaje urbano contiene significados reveladores del desarrollo de una ciudad y de los intereses de los grupos sociales que la han regido en el transcurso del tiempo. Si esto es así, quizá no sea fortuito el hecho de que la estatua del Sr. Raiffeisen y el Palacio están colocados en extremos diametralmente opuestos de la ciudad. Y el Sr. Raiffeisen mira hacia otro lado, apartando ostentosamente la mirada del Palacio.

 

Tropezando con la barbarie nazi

A unos pocos metros del Palacio, en el borde de una explanada desapacible, como ignorado en su aislamiento, un pequeño lienzo de pared recuerda la destrucción de la Escuela Judaica y de la Sinagoga durante los pogromos que los nazis llevaron a cabo en 1938. Unos metros más adelante me llamó la atención, en el suelo, lo que parecía un adoquín dorado. Mirándolo de cerca vi que tenía grabada una inscripción:

Aquí vivió Nathan Meyer

1874

Deportado

Destino desconocido

Desaparecido.

Era lo que se denomina Stolpersteine, una especie de adoquines con su cara superior recubierta de latón que sobresalen apenas del pavimento. En el latón está inscrito el nombre de los judíos que fueron deportados o asesinados por los nazis y que habían vivido en la casa frente a la que está el adoquín.

Stolpersteiner en Neuwied, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

En mi camino hacia la estación fui encontrando muchas Stolpersteine. Esta suerte de rosario de adoquines de latón es un proyecto del artista alemán Gunter Demnig. Demnig se basa en los datos sobre las personas que fueron perseguidas, deportadas, asesinadas o eligieron darse muerte ante la persecución durante el nacionalsocialismo, que han sido recogidos e investigados por asociaciones, parientes y supervivientes. Partiendo de estos datos, Demnig ha hecho, para cada víctima, un pequeño cubo de hormigón de diez centímetros de lado, cubierto por la placa de latón,  con la inscripción: Aquí residió, Aquí vivió, Aquí enseñó, Aquí eligió la muerte, etc., el nombre de la víctima, año de nacimiento, su destino y, si es conocida, la fecha de la deportación o de la muerte. Los cubos son incrustados en la acera o en la calle delante de la puerta del último domicilio de la víctima. Este proyecto se ha desarrollado en distintas ciudades alemanas.

Mi regreso a la estación se convirtió en una especie de rosario, cuyas letanías eran:

Aquí vivió… Deportada. Asesinada en Auschwitz.

Aquí vivió… Deportado. Asesinado en Minsk.

Aquí…. deportada, asesinada…

En el vestíbulo de la estación, tres jóvenes encapuchados estaban bebiendo cerveza y dando patadas a su tedio. En el andén, una joven paseaba arriba y abajo dando largas caladas a su cigarrillo mientras hablaba por el móvil.

Esperando el tren, intenté hacer un balance de mi visita a Neuwied, y recordé las palabras de Elisée Reclus:

“La verdadera manera de estudiar una aglomeración urbana que cuente con una larga existencia histórica consiste en visitarla en detalle conforme a los fenómenos de su crecimiento. Ha de comenzarse por el lugar que consagró casi siempre la leyenda, donde fue su cuna, y acabar por sus fábricas y sus muladares.”

Y tener tiempo, más del que nos es dado, pensé yo, mientras intentaba mirar a través de mi imagen reflejada en la ventanilla del tren.

 

Xavier Arnau Bofarull

He trabajado como informático durante casi toda mi vida profesional, pero me licencié en Geografia e Historia y obtuve el título de Capitán de Yate. La geografía me ha permitido mirar y ver el mundo en su belleza y complejidad; la navegación, capear temporales y buscar alternativas a las rutas preestablecidas. En la actualidad, vivo entre Francfort, Barcelona y otros lugares a los que viajo. Intento describir lo que descubro en ellos. Aunque prefiero perderme por la Naturaleza, no desdeño las ciudades y los pueblos. Perezoso en iniciar el viaje. Reticente a abandonarlo una vez empezado. LinkedIn.

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