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Histórico noticias



Geografía casi zen

Por Xavier Arnau Bofarull. A la llanura mecklemburguesa se la conoce como “el país de los mil lagos”. La exploramos recorriendo el Parque Nacional de Müritz, el más grande de Alemania, incluyendo una excursión en busca de grullas esquivas y una visita a la casa-museo del escritor alemán Hans Fallada.

5 de febrero de 2016

Viajar es ponerse en manos del azar. A veces, esas manos permanecen ociosas y conseguimos realizar nuestros viajes de acuerdo con lo que habíamos planeado. Otras, esas manos se mueven con la pericia de un tahúr tirando los dados y el viaje toma rumbos imprevistos. Y, como en todo juego, se puede ganar o se puede perder.

A finales de agosto emprendí viaje hacia Waren, una pequeña ciudad a orillas del lago Müritz, el mayor de Alemania y que da nombre al Parque Nacional de Müritz, el parque natural terrestre más grande de Alemania, situado en pleno corazón de la llanura lacustre mecklemburguesa (Mecklenburgische Seenplatte).

Debido a que disponía de poco tiempo, llevaba bastante bien planificados mis días de estancia en la región.  Ubicada apenas cien Kilómetros al sur del mar Báltico, la llanura constituye una extensa región de lagos conectados entre sí. Es por eso que a la llanura mecklenburguesa se la conoce como el “país de los mil lagos”.

El paisaje geográfico de esta región es sumamente interesante, tanto en sus aspectos culturales como en los estrictamente geomorfológicos. En el ámbito cultural la región tiene la característica, nada baladí, de haber pertenecido a la extinta República Democrática de Alemania (RDA). Si bien las huellas de ese periodo son cada vez menos evidentes en el paisaje, aún pueden apreciarse algunas; por ejemplo, la mayor extensión de los campos de cultivo en comparación con otras zonas rurales de la República Federal. Estos extensos campos posiblemente sean la huella en el paisaje de las Landwirtschaftliche Produktionsgenossenschaft o Cooperativas de Producción Agrícola, las cooperativas agrarias que existieron en la RDA y que fueron disueltas por ley en 1990, poco antes de la reunificación de Alemania.

Pero, a medida que transcurre el tiempo, parece que los testimonios de tiempos pretéritos van desapareciendo del paisaje, pues, tal como indica Rafael Poch-de-Feliu, “a los pocos días de la caída del muro los grandes monopolios de la RFA  tomaban posiciones y se movían por la RDA como Pedro por su casa”, tras lo cual “la RFA asumió la gestión de 8.400 empresas, 25.000 tiendas, 7.500 restaurantes y hoteles, y 1,7 millones de hectáreas de cultivo“.

Al parecer, no sólo la historia la escriben los vencedores, sino que hasta  reconfiguran el paisaje, quedando las huellas de tiempos pasados invisibles, como latentes, recónditas y hasta clandestinas, guardadas en el inconsciente  de aquellas colectividades que dieron vida y forma a tales paisajes. Realizar esta arqueología del paisaje trascendía las posibilidades del viaje y mis capacidades de viajero.

En su aspecto puramente físico, la llanura lacustre Mecklemburgesa constituye un hermoso ejemplo de paisaje modelado por los glaciares durante la última edad del hielo hace unos 12.000 años. En esa última glaciación, denominada en Europa septentrional con el nombre de Weichsel, un enorme campo de hielo o inlandsis bajaba desde el casquete polar a través de Escandinavia hasta la parte norte de la llanura mecklemburguesa. Es este un apacible e inabarcable paisaje de suaves colinas, extraordinarios  hayedos, misteriosos humedales y románticos lagos, formado por la  acumulación de sedimentos de las morrenas frontales del inmenso glaciar y su fusión posterior, acabado ya el periodo glacial. Poco a poco el glaciar fue retrocediendo, dejando enormes bloques de hielo dispersos que se fueron hundiendo en los tiernos sedimentos de las morrenas. La fusión de estos bloques fue llenando de agua esos enormes hoyos, dando lugar a los lagos y al sistema fluvial inmaduro y caótico que jalonan el paisaje actual.

Durante los primeros días las visitas y excursiones alrededor del lago Müritz se desarrollaron según lo previsto. Waren, una ciudad de larga tradición balnearia, con un atractivo puerto y un centro histórico interesante, parece estar apostando por el turismo, como atestigua la abundante oferta de apartamentos de vacaciones y el reclamo desde instancias oficiales a inversores para desarrollar la industria de la salud, el deporte y el ocio. Nada ya permite descubrir que Waren, durante el período comunista, albergó un campamento escolar llamado La Pasionaria.

A parte de las excursiones por los bien señalizados senderos, un descubrimiento notable fue el pueblo de Röbel. Situado en la orilla opuesta de Waren, Röbel es diametralmente distinto. Un pueblo tranquilo y discreto constituido por una calle principal que serpentea por la orilla del lago Müritz y alrededor de la cual se aglutinan las calles secundarias. Casi todo el pueblo está formado por hermosas casas de entramado de madera de planta y  piso y pintadas en llamativos colores. El núcleo principal está constituido por la plaza del mercado, el ayuntamiento, la biblioteca pública y la iglesia, del siglo XIII, que constituye un armonioso ejemplo del gótico “de ladrillo” (Backsteingotik) o gótico báltico, típico del norte de Alemania y las zonas aledañas al Mar Báltico.

Viaje a Müritz, Alemania

Xavier Arnau Bofarull.

Röbel fue capital de provincia entre 1952 y 1994. Durante la época socialista contó con importantes empresas y antes de la reunificación alemana (Deutschen Einheit) alcanzó su máximo desarrollo, llegando a tener más de 7.000 habitantes. Tras la reunificación, como consecuencia del traslado de la capitalidad regional a Waren y los cambios estructurales en el mercado de trabajo, la población de Röbel, como en el resto de la ex-RDA, ha ido disminuyendo notablemente en los últimos veinte años por la fuerte emigración de la población y sus secuelas, la caída de la natalidad y el envejecimiento de la población.

Entré en una panadería a comprar algo que comer. En medio de los estantes, entre distintas clases de pan, me llamó la atención una hogaza de aspecto apetitoso y lujuriante color tostado. Pregunté a la panadera qué tipo de pan era y me dijo un nombre que no entendí. Me explicó, con cierto entusiasmo y orgullo, que era un pan hecho como “se hacía antes”, con materias de primera calidad y, lo más importante, que la masa había madurado mucho tiempo. Al verla tan habladora aproveché para preguntarle qué tal eran los inviernos en la región y me contestó que “in Winter sagen sich hier Fuchs und Hase gute Nacht”, es decir, que era tan solitario y aburrido que hasta los zorros y las liebres se deseaban buenas noches. Le pregunté cómo y de qué vivía la gente fuera de la temporada turística. De pronto, su cara hasta entonces amable y ligeramente sonriente, se puso rígida e inexpresiva, envolvió el pan y me dijo tajante: son tres euros ochenta.  Si, sin duda, detrás de aquella destemplada adustez yacían los paisajes recónditos que las personas guardan en la memoria de sus cuerpos, paisajes que las guías y folletos nunca nos revelarán. Arqueologías del paisaje, etnologías del viaje…

Una atracción turística de primer orden en todo el nordeste de Alemania son las grullas. En su migración anual hacia el sur, las grullas hacen un alto en su largo camino en el lago Rederang (Rederangsee), un lago en el corazón del Parque Nacional, vecino al lago Müritz. En mis idas y venidas por la zona había visto cómo, durante el día, grupos de  grullas andaban por los campos segados, comiendo y acumulando energía para el gran viaje hacia el sur.

En una visita al Müritzeum, el museo de Waren dedicado al entorno natural de la región, había visto anunciado que el Parque Nacional organizaba excursiones guiadas para ir a observar las grullas. Una tarde decidí hacer la excursión guiada y contemplar las grullas que empezaban a congregarse para preparar el viaje hacia Extremadura a pasar el invierno. La excursión empezaba a las seis de la tarde, con una duración aproximada de tres horas. Un autocar nos recogió a los asistentes en el centro de Waren y nos llevó a las instalaciones que el Parque Nacional tiene cerca del lago Rederangsee.

Viaje a Müritz, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

La verdad es que la excursión fue un fracaso. El guía, tras una caminata de cuarenta minutos a través del Parque Nacional nos llevó hasta la linde de un bosque –para no ser vistos ni oídos por las grullas– ante el cual había un extenso prado que terminaba en una tupida hilera de árboles. El guía insistía en que pronto veríamos a las grullas ir al lago que había detrás de los árboles. Pero, tras una espera de más de una hora, anocheció sin que viéramos ni una grulla. Los árboles nos impidieron ver… las grullas. Hubo algunos participantes de la excursión que se mosquearon y protestaron, pues sabían que otro grupo había ido por otro camino y con otra guía hasta la ribera misma del lago y no entendían por qué nosotros nos habíamos mantenido tan alejados de ella.

Regresamos a Waren, enfadados unos, frustrados otros, tras otra caminata de cuarenta minutos bosque a través y en plena oscuridad. Afortunadamente, los otros miembros de la expedición eran alemanes y no podían entender los improperios y maldiciones que yo lanzaba cada vez que tropezaba con las  raíces de los pinos que sobresalían del suelo arenoso del camino, raíces que, antes, en la ida –estaba casi seguro de ello–, no estaban.

Tras la fallida excursión a observar grullas, las manos del azar lanzaron los dados. Después de unos días de esplendoroso y amable verano septentrional, el otoño dio un zarpazo poderoso. Vino una noche de fuertes y abundantes lluvias, tras la cual amaneció un día ventoso y encapotado. Desapacible en grado sumo. Bajo un cielo que barruntaba, obsesivo, sobre tempestades y ciclones, sólo se veían solitarias parejas de personas mayores sobre las cubiertas de los barcos turísticos de Waren. Parecían aristócratas decadentes perdidos en un mundo que ya no era el suyo, cuando el día anterior esas mismas cubiertas rebosaban de sonrientes ancianos, animados jóvenes y exaltados niños enfundados en camisetas multicolores y cargando con entusiasmo y energía bicicletas, cochecillos de bebé y andadores en medio de un notable jolgorio.

Con cierta pesadumbre y desánimo me senté a desayunar en una casi solitaria terraza del puerto. Mi entusiasmo de explorador de hayedos, humedales y cenagales había desaparecido. Ojeando desazonado un folleto turístico descubrí, en sus últimas páginas, una breve referencia a un museo ubicado en el extremo sudoriental del Parque Nacional: la casa de Hans Fallada.

De Hans Fallada no sabía yo casi nada. Tan sólo había leído dos novelas suyas  –Pequeño hombre ¿Y ahora qué? y Sólo en Berlín–, que me impresionaron y turbaron notablemente. La primera transcurre en el Berlín de los últimos años veinte del siglo XX, y la segunda en el de los primeros años cuarenta. Había leído otras novelas y relatos sobre el Berlín de aquellos años, en los que, junto a la dinámica vida cultural y bohemia, se describía la dureza de las condiciones de vida que padecían muchos de sus habitantes: hambre, paro, delincuencia, prostitución: “el enorme desempleo, la depresión espiritual que siguió a la económica, el deseo de narcotizarse, las actividades de partidos sin escrúpulos, todo eso eran señales tormentosas de la crisis que se avecinaba”. Pero el Berlín de Fallada era, además, profundamente tétrico y siniestro, un Berlín en el que, según el autor, se había establecido “la perversión en todos los conceptos, la decencia, la justicia, el honor, todo derrumbado, destruido tanto en los corazones jóvenes como en los viejos”.

Casa-museo Hans Fallada, Alemania

Xavier Arnau Bofarull.

Hans Fallada era el seudónimo de Rudolf Ditzen. Nació en 1893 en Greifswald, ciudad hanseática de Pomerania Occidental distante unos noventa kilómetros de Waren. La casa-museo de Hans Fallada se hallaba en el pequeño pueblo de Carwitz, a orillas del lago del mismo nombre, ya en los límites sudorientales de la llanura lacustre mecklenburguesa. Esta casa la adquirió Fallada en 1933, tras el éxito de su novela Pequeño hombre ¿y ahora qué? y a partir del cual se pudo dedicar a la literatura.

Así pues, de pronto, mi viaje adquirió un nuevo rumbo. Terminé rápido mi desayuno y me dirigí hacia el pequeño pueblo de Carwitz a visitar la Casa-museo de Hans Fallada. Carwitz es apenas una larga calle de grandes adoquines que desciende suavemente hacia la orilla del lago y en la que apenas había dos o tres restaurantes poco concurridos. Casi al llegar a la orilla, la calle da un giro a la derecha para dirigirse hacia una península que se adentra en el lago y en la que, al final de la calle, se encontraba la Casa-museo de Hans Fallada.

La casa es una villa de dimensiones discretas en medio de un extenso jardín con flores y diversos árboles frutales. Detrás de la casa, el jardín desciende suavemente hasta la orilla del lago donde están, frente a la caseta de las barcas, tres bancos y una mesa en los que, al parecer, la familia Ditzen disfrutaba sus desayunos en las mañanas soleadas. Un elemento importante del jardín lo constituye un arriate triangular en el que Anna Ditzen,  la esposa de Hans Fallada, cultivaba margaritas, amapolas, peonías, digitales, malvas, campánulas, manzanilla, dalias, etc. de tal manera que, al florecer cada especie en distintas estaciones, el arriate estaba, prácticamente, florido todo el año. Al lado de este arriate, en medio de los árboles frutales, se encuentra la colmena, una bella casita de entramado de madera y ladrillo. Detrás de la casa está el pajar, en el que se realizan periódicamente lecturas, conciertos y representaciones teatrales.

En el interior, la pieza más notable es el despacho del escritor: una alargada estancia presidida por la mesa de trabajo con vistas al jardín. Sin duda un lugar idílico de trabajo. En otra sala –antiguo dormitorio de los Ditzen, si entendí bien–, se encuentra una exposición fotográfica de la vida de Fallada y una vitrina con diversas ediciones de sus obras en distintos idiomas.  En castellano había una edición de 1975 de Un hidalgo de Pomerania, que tenía todo el aspecto de ser una edición de Círculo de Lectores.

Casa-museo Hans Fallada, Alemania

Xavier Arnau Bofarull.

Sentado en el jardín, me resultaba muy difícil imaginarme a Hans Fallada viviendo y trabajando durante los primeros años 40 del pasado siglo. O quizá no. Muestra de lo difícil que tuvo que ser lo constituye su última obra, Solo en Berlín, y el hecho de que, tras el fin de la guerra, su drogadicción se acentuó de tal manera que le llevó a la muerte en 1947.

Tras una pequeña visita a la tumba de Fallada en el viejo cementerio de Carwitz, regresé a Waren, siguiendo una tranquila carretera serpenteante entre suaves colinas. Cené en la pescadería Am Seeufer, o lo que es lo mismo “A la orilla del lago”, un delicioso trozo de lucioperca ahumado, acompañado de un crujiente panecillo y una cerveza de trigo. Esta pescadería se encuentra a la entrada de Waren, en unos hangares en los que guardan las barcas de pesca y ahúman el pescado. Unos pequeños bancos adosados a la pared de los hangares permiten cenar contemplando el lago, Waren y la puesta de sol.

Viaje a Müritz, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

El último día de mi estancia en Müritz amaneció radiante y fresco. Y tuve la suerte de despertarme muy pronto a pesar de no haber puesto el despertador.  Aprovechando que aún me quedaba un poco de la hogaza de pan comprada en Röbel –no hay como el pan bien hecho para que dure–, un poco de pescado ahumado envasado al vacío comprado la noche anterior y unas manzanas, decidí regresar a la faceta de explorador naturalista y hacer una excursión de unos quince kilómetros alrededor de los lagos Moorsee y Warnkersee. En este último había, al parecer, un puesto para observar aves y era un lugar de puesta e incubación de patos.

Cerca de la cabaña de observación del Warnkersee, divisé un bonito rincón formado por una especie de cala a socaire de un pequeño cabo que se adentraba en el lago. Me fui acercando a ella a través de los árboles cuando, de repente, el azar tiró de nuevo los dados. Frente a mí, en la otra orilla de la recoleta cala, estaba de pie, observándome, una ave. Inmóvil, atenta, altiva. Me quedé petrificado. ¿Al fin una grulla? No. Era una garza. Una garza real. Lentamente, sin movimientos bruscos, me senté en el suelo. Despacio, muy despacio, fui sacando la cámara, el trípode… El sol bañaba a la garza. La cauta e inmóvil belleza del ave reverberaba sobre las aguas del lago. De pronto, el ave extendió su ala derecha y empezó a atusarse las plumas del ala con el pico. Al parecer, yo ya era un elemento más de la ribera del lago que no implicaba ninguna amenaza ni peligro para ella. Lentamente, giró su cabeza hacia el centro del lago, extendió la otra ala y se quedó así, inmóvil, con las alas abiertas, recibiendo de frente toda la dulce suavidad de la luz, ya otoñal, del sol.

Viaje a Müritz, Alemania.

Xavier Arnau Bofarull.

El viaje, que llegaba a su fin, y el azar se fundieron en un instante de serena belleza, casi taoísta, casi Zen. El sol, la garza, el lago y yo fuimos las sílabas de un haiku fugaz.

 

Xavier Arnau Bofarull

He trabajado como informático durante casi toda mi vida profesional, pero me licencié en Geografia e Historia y obtuve el título de Capitán de Yate. La geografía me ha permitido mirar y ver el mundo en su belleza y complejidad; la navegación, capear temporales y buscar alternativas a las rutas preestablecidas. En la actualidad, vivo entre Francfort, Barcelona y otros lugares a los que viajo. Intento describir lo que descubro en ellos. Aunque prefiero perderme por la Naturaleza, no desdeño las ciudades y los pueblos. Perezoso en iniciar el viaje. Reticente a abandonarlo una vez empezado. LinkedIn.

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