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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Glamour sin cuento y de cuento en Munich

Maximilian II había deseado para su calle (la Maximilianstraße) el hotel más noble de Munich. Un hotel que debería superar todos los estándares hasta fecha (eso sí, sin llegar a sobrepasar a la residencia real). Así fue cómo se inauguró en 1858 el pomposo Hotel Vier Jahreszeiten.

20 de noviembre de 2017

Bien puede condecorarse a los alemanes con alguna que otra máxima del decálogo periodísticos, en tiempos de noticia. “No dejes que la realidad te desmonte una buena historia”, esgrimen los cronistas de sucesos. “Es mejor pedir perdón que permiso”, sostienen a menudo los paparazzis… Y la foto actual del hotel Vier Jahreszeiten, rehabilitado hace década y media por la cadena Kepinsky, sigue vestida de lentejuelas, engalanada a la hora de presidir el camino de la Maximiliamstrasse a lo que fue la corte bávara mediado el siglo XIX. Perdón por el anacronismo, parece pedir, en tanto recuerda y reedita a la guapa gente que se daba cita en su lobby para ver pasar las carrozas reales en Munich. La ciudad carecía hasta entonces de un hotel donde reconocerse opulenta, protocolaria y de tiros largos. Así que cobró estatura el hotel cuando los Habsburgo la rediseñaron con bulevares estilo imperio. Una estatura maciza de fastos, acorde con la manera teutónica de abrumar e imponer con sus galones.

A poco de subir al trono Maximiliano II de Baviera, en 1848, se abrió paso en Munich una avenida con su nombre y veintitrés metros de anchura, a lo largo de un kilómetro. Toda una pasarela para los desfiles que luego proclamaría el III Reich. Sin embargo, antes de que Hitler naciese preocupaban en Baviera otros menesteres. A saber, Maximiliano pretendía reivindicarse frente al poder militar prusiano, ahondado en la prosapia de su dinastía. De ahí el carácter neogótico de la avenida, que luego se extendería a los muros del hotel Jahreszeiten. Sus muros, un delirio arquitectónico que sin embargo espantó a su padre Luis I, todavía vivo. En todo caso, la dinastía bávara estaba llamada a disolverse en la iconografía de los cuentos infantiles, lo que más tarde dejó claro Luis II, el “rey luna”, parapetándose y languideciendo en su castillo de Neuschwanstein, lejos del mundanal ruido de Munich. No dejes que la realidad te desmonte una buena historia, recetan también los cronistas de armas.

Pensado inicialmente como edificio administrativo en la milla real muniquesa, los presupuestos para levantar el hotel se demostraron pronto insuficientes, por lo que en 1854 no creció más de una planta. Y, para colmo de males, en 1859, un incendio devoró los progresos de su construcción, cuando gracias al bodeguero Schimon tenía su mejor aspecto: contaba con ascensor, establo para sesenta caballos de carruaje y seis salas de baño en mármol. La cruda realidad parecía desmontar cualquier relato de fábula en aquel solar. El mejor hotel en cientos de kilómetros a la redonda se resistía a desperezarse. Así que, para honrar el centenario del poeta Schiller, gloria nacional, el pueblo de a pie muniqués decidió arrimar el hombro y corregir los desmanes del infortunio, dedicando músculo además de donativos a las tareas de su reconstrucción. Cómo podría seguir Munich sin las pompas que Viena tenía con Sisi Emperatriz al frente… A la postre, a los postres de la gala benéfica con la que se reabrió el hotel en 1859, terminaron las recaudaciones y, a partir de ese momento, Sisi de Baviera, el príncipe Ludwig y otros miembros del ghota local, como Paul von Turn, acataron la orden real de hacerse ver por el lobby del Jahreszeiten, al objeto de levantar las expectativas y el precio del cóctel entre los caballeros de mundo que allí se dejaban caer.

Hotel con historia en Munich, Alemania.

En 1866, cuando la Prusia de Bismarck se impone militarmente a los austriacos, la caída dinástica de Baviera se da por hecho. Es más, la recesión económica subsiguiente atenta contra la fortuna del bodeguero Schiman, mecenas del Jahreszeiten a petición de Maximiliano. Y, en consecuencia, dos de sus hijos abandonan el negocio viticultor para encarrilar la gestión del establecimiento hostelero. Y lo hacen sin perder olfato para la cata y a modo de sociedad anónima.

Suena a canto de cisne la inauguración de la Maximilianstrasse, hacia 1874, en Munich, pero no pasa nada… Incluso poco importa que la estancia de Elizabeth de Baviera en el hotel, un año después, abunde en la inconsciencia de la casa real muniquesa, frente al signo de los tiempos. Aficionada como nadie a los baños de tina e hidromasaje incipiente, Sisí se da en el Jahreszeiten a placeres tales, hasta el día en que su interminable baño acaba por inundar la planta inferior a la suya. Resultado: se hace necesaria otra rehabilitación del hotel, con parte de sus mamposterías, alfombras y ricos tapices echados a perder. Menos mal que la electricidad no llega al hotel sino a los diez años de haber sido capturada en la bombilla de Thomas Edison. Los cortocircuitos provocados por el descuido de Sisí podían haber sido trágicos, teniendo en cuenta que, en 1889, el hotel se aprovisiona de mil lámparas para su esplendor, una cuarta parte de las que llegan a la ciudad.

También la línea telefónica llega al Vier Jahreszeiten, en 1895, antes que a ningún otro edificio civil de Munich. Y el jugendstil lo bendice, al poco, con una gran cúpula vitral de Obermayer, cuando en 1905 se acomete el primero de sus reacondicionamientos modernos. Se hacía necesaria, imprescindible habida cuenta de lo que al hotel se le viene encima: el nuevo siglo saludará allí, un lustro más tarde, al rey de Siam, que aloja un séquito de mil trescientos veinte validos. Casi nada… Se pone a prueba con ello la capacidad de un gran hotel centroeuropeo para rivalizar en atenciones con el lujo asiático del hospedaje, lo que tal vez influyó en la reacción posterior del trono  thai, ponderando las bondades del lugar. Hablamos, no obstante, de una reacción que se hizo esperar décadas y décadas. Llegado nuestro siglo, el longevo Bhumibol Adulyadej, Rama IX de la dinastía Chakri, adquiere el hotel para el patrimonio real thailandés, al comprar íntegra la cadena Kepinsky que lo gestiona.

Pero no adelantemos acontecimientos… Un siglo de selecta clientela mediaba todavía, con el hotel en manos germanas, capitaneados sus huéspedes por el Archiduque Franz Fernindaz, que en 1914 lo visitó. Faltaban pocas semanas para que fuese asesinado en Sarajevo y dejara vacante el trono austrohúngaro, precipitando el estallido de la Primera Guerra Mundial. Una contienda que cercenó de golpe la presencia de toda realeza en los salones del Jahreszeiten, sus propietarios en bancarrota, a lo que respondieron los industriales bávaros limpiándose los zapatos, para abrirse paso dentro. Entre ellos, a falta de aristócratas, allí se dejaron ver los ejecutivos de Karl Rapp, impulsor de la escudería de autos BMW. Tanto es así que los hermanos Alfred y Otto Walterspiel, cocinero el uno y bussiness man el otro, compran el inmueble, dispuestos a vivir en su quinta planta y a darle categoría de pagano hotel palace. Pagano en el sentido de que no lo volverán a pisar dignatarios de monarquía alguna en mucho tiempo. No dejes que la realidad te desmonte una buena historia, debieron de pensar también, por su lado, los hermanos Walterspiel…

El crack de la bolsa en el 29 golpea de nuevo las finanzas del hotel, vaciándolo ya de todo cliente, lo que aprovechan sus propietarios para dedicarlos a cumpleaños familiares, incluso en temporada alta y durante las fiestas anuales de la cerveza bávara. Pero también celebraciones tan domésticas se terminan con los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, que solo respetan el ala del hotel que mira a la Maximiliamstrasse. Unos ventanales por los que el Jahreszeiten siguen contemplando los profundos cambios sociales experimentados por la oronda Alemania del sur, con el devenir del siglo XX. Su desmilitarización, sus códigos de postguerra, su pérdida de toda etiqueta en la milla dorada.

Los soldados americanos requisaron el hotel Vier Jahresseiten en 1945, con la Alemania de Hitler vencida y repartida por áreas de tutela entre los distintos ejércitos aliados. Por tanto, si se pudo reconstruir y reabrir el establecimiento en 1948, fue porque pasó a conocerse temporalmente como “hotel para la gente del dólar”. Qué no tendrían que cocinar y obsequiar los hermanos Walterspiel a los mandos americanos, para reflotar el negocio y ganar incluso una estrella Michelín en su restaurante durante los años cincuenta. Aún así, entre tanto naufragio, el verdadero éxito de la saga Walterspiel, en aquella década, fue recuperar clientela regia para su albergue. Del 3 al 10 de marzo de 1955 reserva una de sus plantas para el Sha de Persia, que viene acompañado de la princesa Soraya. Y, a renglón seguido, vuelve la estrella de los reyes magos a brillar sobre aquel portal.

El sha inauguró los años sesenta del couché repudiando a Soraya, acaso la dama más fotografiada del momento. Lloraron entonces las comadres y los cronistas del corazón, para alegría del hotel, puesto que la destronada Soraya se estableció con su duelo mundano en Munich y siguió acaparando portadas de revista, sita en el hall del Jahresseiten, cuya cúpula le recordaba tiempos de vino y rosas. Se la ve allí con su madre Eva, con el descendiente habsburgo Johannes von Turn & Taxi. En fin, la nostalgia se viste de gala nuevamente en el hotel, lo que por fin llama la atención de las estrellas made in Hollywood. Una de ellas es Liz Taylor, la segunda Elisabeth famosa que ocupa sus suites en 1968, cuatro años antes de que Munich organice sus primeros Juegos Olímpicos y el hotel aloje a sus principales comitivas. Actriz difícil de tratar era Liz Taylor en la década prodigiosa, según el escritor Bob Colacello, que allí la conoció colaborando en la revista Vainity Fair.

Reinas a su modo del plató también lo eran, llegadas al Vier Jahreszeiten, las mujeres de mundo Aimée de Hereen y Honeychild Hoenlohe, acostumbradas ambas a coleccionar rumor de amante entre la buena sociedad. No dio la cara ninguno de ellos, sin embargo, el día que Honeychild se marchó sin pagar del Jahreszeiten, por lo que su conserje tuvo que correr tras el taxi que se llevaba a la bella dama, rumbo al aeropuerto. Y es que habían pagado generosamente hasta la bella Honore y el industrial Karl Wamsler, por celebrar allí sus bodas de plata, en lo que aún se recuerda como la mayor fiesta de 1980 en la ciudad.

Ya en manos de la cadena Kepimsky, con su renovación del 2007, el Vier Jahreszeiten perdió su último distintivo. La gran familia de los peluqueros Honsel había peinado, generación tras generación, a todos los vips del lugar, incluidos en la nómina los reyes de Baviera, heredado el oficio de padres a hijos hasta adquirir apellido con solera. En compensación, no obstante, el hotel volvió a seducir al mundo con su velada “Eclat Doré 2011”, de punta en blanco lo más granado de la moda entallada. Un nuevo espaldarazo fue aquella fiesta inolvidable para su lobby, en adelante puro escaparate de cuerpos enjoyados. Lobby sinónimo de hall hotelero, pero también de club selecto y endogámico. Brindando por los viejos tiempos, que alguna vez fueron novedosos, el hotel bautizó entonces su sala de baile con nombre tricéfalo: “Maximiliano I, II y III”.

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