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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

Histórico noticias



Hacia un remoto destino

Las Banda son unas islas apenas conocidas por el turismo, donde se dice que el tiempo discurre más despacio de lo habitual y los relojes acaban adelantándose. A pesar de las guerras religiosas, la ciudad de Ambón es un apacible paraíso en Indonesia, con un espíritu alegre que te transporta al Caribe y a la Polinesia.

5 de agosto de 2013

El aspecto de la abandonada recepción de la pensión no dejaba lugar a dudas, ese tenía que ser el sitio donde habíamos quedado con Antonio. Jordi y yo llevábamos volando  y haciendo escalas casi dos días para llegar hasta aquel remoto lugar de Indonesia, la ciudad de Ambón, pero el trópico no nos había entrado en los sentidos de golpe hasta aquel momento. Mientras dábamos la vuelta a la bahía, el sudor nos empapó la camiseta en unos minutos, y cuando el taxi se detuvo en el callejón por el que teníamos que caminar hasta el hotel , ya nos parecía que llevábamos unas semanas viviendo en aquellas latitudes.

Antes de que pudiéramos encontrar al dueño del alojamiento, apareció Antonio con el pelo revuelto y somnoliento. “¡Ufff, qué calor hace y que mal se duerme la siesta aquí!”, masculló mientras enfocaba la mirada. “Dejad las mochilas y vamos a tomar una cerveza, tengo que contaros, hay cambio de planes”.

Nuestra intención era adentrarnos en la isla y atravesar durante diez días un parque nacional donde aún existían aldeas aisladas; después volaríamos hacia unas islas apenas conocidas por el turismo, donde se decía que el tiempo discurría más despacio de lo habitual y los relojes acababan adelantándose. “Tendremos que empezar por las islas, no hay vuelos posibles, están todos completos y la única alternativa es embarcar en el ferry que pasa cada quince días y hace parada allí. El pelni llega de Sulawesi pasado mañana, si queremos ir a las Banda será nuestra única oportunidad.”

Islas Banda, Indonesia.

Gonzalo Cordero.

Todos sabíamos que aquello podía ser una trampa difícil de superar. Nos conocíamos, si aquellas islas eran la mitad de buenas que lo que nuestra imaginación había fraguado, nunca haríamos el trekking: nos quedaríamos allí hasta agotar el último minuto de nuestro tiempo.

Pasamos un par de días en Ambón. La ciudad estaba estropeada por feos edificios de cemento, pero aún le quedaban algunas casas coloniales con locales animados en sus portales.  Enseguida descubrimos un alegre espíritu que nos transportó a otros lugares del Caribe y la Polinesia. La cerveza estaba fría y una música cálida estilo hawaiano envolvía el atardecer, dando a nuestra llegada un recibimiento perfecto.

 

Guerras religiosas en Ambón

Nada denotaba que aquel lugar podía ser uno de esos puntos a los que el ministerio de asuntos exteriores desaconsejaba viajar. Un conflicto entre religioso y racial palpita desde después de la segunda guerra mundial.  De mayoría cristiana hasta su independencia, tras la Segunda Guerra Mundial la política de colonización de Suwarto envió a miles de javaneses musulmanes a poblar la isla. Hasta ese momento, económica, cultural y políticamente era una ciudad organizada por cristianos, y la masiva llegada de musulmanes desestabilizó los poderes. Desde el año 2000, habían brotado varios conflictos sociales con casas quemadas, muertos y zonas de separación. Aquella noche, con una bintang en la mano, parecía que nos estuvieran hablando sobre otro planeta; pero, por la evolución del mundo en los últimos años, sabíamos que ese otro planeta podía aparecer como un ovni en cualquier momento y arrasarnos a todos. Hasta ese momento, habíamos decidido viajar por el mundo con la esperanza de que el ovni estuviera en otra parte.

El pelni debía llegar a última hora de la tarde; pero, como suele ser habitual en los mares de Indonesia, el ferri se retrasó, no recuerdo cuantas horas, pero muchas. El puerto bullía de vida y de olores; gigantescos fardos eran cargados o echados a rodar hacia la entrada del muelle, donde se apiñaban cientos de personas. Pensé que debía de ser grande el barco para que embarcáramos todos los que le esperábamos.

Mirar hacia arriba de aquel gigante oxidado provocaba que tuvieras dudas sobre lo que estabas viendo, así que sacudí un par de veces la cabeza antes de volver a mirar.  Multitud de bultos eran descolgados con sogas desde las bordas, y se veían hombres con medio cuerpo fuera trabajando en las operaciones. Por la empinada escalerilla de embarque se amontonaban, en avalancha, los porteadores; unos empujaban a otros pegando sus cuerpos de tal manera que parecían formar una sola bestia que se arrastraba lenta y sinuosa hacia las tripas del barco.

Mar de Banda, Indonesia.

Gonzalo Cordero.

Después de entregarnos a la piel sudorosa y hedionda de aquel monstruo, logramos llegar hasta la primera cubierta con nuestras mochilas, increíblemente, aún sobre nuestros hombros.  El barco por dentro seguía sorprendiéndonos; miles de personas se hacinaban por los pasillos con todo tipo de cacharrería y animales. Recuerdo, sobre todo, la orgullosa faz de un gallo que se mantenía altivo, casi como un rey, sobre la cabeza de su dueño, que caminaba bamboleándose en busca de un buen sitio donde pasar los siguientes días o semanas. El barco pararía en las Banda, pero después recalaría en otras islas hasta llegar a la costa de Papúa.

Los pasillos estaban atestados de gente con cartones que preparaban sus aposentos. De lejos, vi moverse las mochilas de otros dos extranjeros en busca de un sitio donde echarse. Las butacas eran claramente insuficientes para los pasajeros, y no voy a mencionar los chalecos salvavidas, claro. Rápidamente, los tres pensamos  que aquel trozo de hierro flotante se parecía demasiado a esos que, de cuando en cuando, se ven en los telediarios después de su naufragio: “Se hunde en Indonesia un ferry con tres mil personas, su capacidad era para trescientos”.  No creo que este cálculo, hecho a ojo, estuviera muy lejano a la realidad de nuestro buque y su población.

Pero Antonio, qué duda cabe, había sido sensato y había comprado los billetes en primera clase. Creo que apenas había cuatro camarotes, así que nosotros ya copábamos dos. Nunca una decisión fue tan sabia. Si se hundía aquel cacharro, nos ahogaríamos con comodidad.

Cuando hablamos de que vivimos en una burbuja en nuestro mundo occidental, creo que, más o menos, lo entendemos todos; pero si  estás dentro de un confortable camarote con aire acondicionado, baño, una cómoda cama e incluso una televisión –aunque esta creo que no funcionaba–, y ahí fuera, detrás de tu puerta, hay tres mil personas hacinadas en el suelo, con los bebes encima, las gallinas, la cubierta llena de escupitajos y un olor concentrado a orín y hedores corporales, entonces el verdadero concepto de burbuja te da un bofetón y comprendes de verdad el abismo entre su vida y la nuestra.

 

Navegando por el mar de Banda

Al día siguiente, navegamos con un día limpio y soleado por las azules aguas de las islas Banda. La maravillosa bahía de entrada a Bandaneira parecía el decorado de una película de los mares del sur en tecnicolor. En el puerto nos esperaban, a ritmo de canciones de bienvenida, gran parte del pueblo. Creo que nunca olvidaré aquellas imágenes: una aldea de impolutas casas coloniales se extendían desde lo alto de una colina hasta el pequeño puerto; allí, alegres isleños bajaban las cargas por la borda mientras otros estivaban en el barco olorosos sacos de nuez moscada; de fondo, no dejaban de sonar los cantos joviales de los locales.

Con las indicaciones que Abba, el contacto que Antonio había hecho en Ambón antes de partir para las islas Key, nos había dado, llegamos caminando a su pequeña casa de huéspedes. Una casita colonial con un patio fresco y exuberante donde una fuente no cesaba de correr y el olor a frutos y a buena cocina inundaba la casa. Parecíamos haber llegado a la casa de algún familiar, quizá una abuela, donde pasaríamos un largo y plácido verano.

Efectivamente, el tiempo parecía no haber pasado en aquellas islas. Las tentadoras aguas claras, el volcán que surgía del mar cubierto de bosque y las propuestas de Abba para visitar las islas cercanas nos confirmaron que habíamos llegado a un lugar lleno de vida y posibilidades. No quedaba duda, tardaríamos en salir de allí y nuestro trekking tendría que esperar a mejor ocasión.

Gonzalo Cordero navegando en el mar de Banda.

Gonzalo Cordero.

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Comentarios sobre  Hacia un remoto destino

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  • 06 de agosto de 2013 a las 18:27

    Evidentemente me ha faltado tiempo para encontrar en un mapa donde se encuentra ese archipiélago. No cabe duda que es uno de esos lugares a los que me gustaría llegar con mi velero.
    Siempre queremos lo que no tenemos.
    Un saludo

    Por Fernando
  • 01 de octubre de 2013 a las 7:13

    Comparto completamente vuestra opinión de la experiencia. Yo viaje en el siguiente Pelni, en el del 18, con 16 horas de retraso en su llegada a Ambon. Entrar en ese Titanic del siglo XXI con diferentes clases, hacinados y con esa indescriptible visión de bodegas parecidas al infierno, hace que te des de frente con otra realidad que enriquece y mucho…
    Y además…. Llegar a esas maravillosas Banda, y al atardecer debido al retraso… No tiene precio…

    Por CARLOS Santa-Barbara