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¿Hay en un bar de Guardo un agujero de gusano?

Hay bares para protegerse de los sinsabores, para beber a solas o con amigos, para ver, para ser vistos… Y bares donde parece que uno está a punto de ingresar en otra dimensión: nada menos que a esa España recién salida del franquismo.

15 de enero de 2018

La física nos ha acostumbrado a los agujeros de gusano: singularidades por las que se accede a una dimensión tempo-espacial distinta. Algunos científicos sostienen que servirían para viajar al pasado. Solemos imaginarlos en términos gigantescos, cósmicos. Y es cierto, los hay de esos, pero también más pequeños, más a mano. Algunos de estos adoptan la forma de bares. No son muy frecuentes. Les mencionaré uno: el San Francisco, en Guardo, Palencia. Se anuncia en la fachada con luces de neón como pub, bar, restaurante y coctelería. Es imposible no verlo. El cartel es como un faro que orienta y, además, describe un tratado de sociología de los bares, de sus diversos usos y de la población diferente a la que se dirigen.

Para la visita de un lugar, las guías turísticas mencionan los paisajes, las calles, los museos y los monumentos. Ahora, en tiempos de interés incluso desmesurado por la gastronomía, restaurantes con estas o aquellas estrellas. A veces se señala algún bar con significado histórico-artístico, aunque no se les da importancia a la hora de conocer un pueblo o describir una comunidad. Y esto es más claro en lugares pequeños y con una situación social y política compleja y convulsa. Hablamos de pueblos venidos a menos tras el periodo en el que, gracias a la minería, a su posición como nudo de comunicación o a la industria, tuvieron diez veces más población y recursos económicos que en la actualidad. Guardo es uno de esos; un pueblo fronterizo, singular, que se sitúa y genera realidades extremas y bellas pero también delicadas y sutiles. Un libro reciente de Carlos Rodríguez-Hoyos, reseñado en este blog, describe con precisión por qué el pueblo y su territorio adyacente merece una visita. En los últimos años del siglo XX tuvo un importante desarrollo económico, pero la crisis de la minería, los cambios productivos y las regulaciones de la UE cambiaron su destino y lo empobrecieron. A veces de forma lógica y otras de forma abusiva e irracional. Antes de ese derrumbe se abre el San Francisco. En 1977. ¿Un bar más en un país lleno de bares? No lo es. Tiene unas singularidades que justifican de forma ineludible toda visita que se precie a esa localidad. Es cierto que los bares fueron, son y serán un oasis, un espacio de cuidados y delicadeza. Todos ellos, desde los más sencillos y básicos, hasta los que juegan con lo moderno y glamuroso.

Hay bares para protegerse de los sinsabores, para beber a solas, para hacerlo con amigos, para calmar el hambre o la sed, para ver, para ser vistos… Son los de uso cotidiano, los que colaboran a mantener nuestra existencia. En lugares como Guardo, o en ciudades pequeñas y apartadas, hay alguno que además proporciona un valor añadido. Dan un aire cosmopolita y moderno a la sociedad en la que se instalan. Abren una puerta a un mundo más allá de donde está ubicado. Por ello permiten situarse fuera de la experiencia del vivir cotidiano, si eres del lugar, y entrar en ella si estás de visita. Desde luego hay bastantes formas de salir de lo cotidiano. A veces son formas privadas e incluso patológicas; alcohol, drogas… Otras veces son más sociales y positivas: ir al San Francisco, en Guardo.

Bar-restaurante San Francisco, en Guardo, Palencia

Nada más entrar por la puerta uno se traslada a 1977. A la estética propia de esa época, al fin del franquismo, a aquel optimismo, a la puerta de Europa, a los riesgos de la transición a la democracia… Maderas, espejos, pieles, luces indirectas y grandes sofás. No es un lugar de paso para un café rápido. Es un espacio para estar, para hablar, para ver y ser visto, para distinguirse. Entiendes el pueblo y lo que pasa y ha pasado en él desde su interior. Allí la dureza de un pueblo minero parece diluirse.

Ya dentro conviene imbuirse del lugar. No siempre disponemos de esa especie de agujero de gusano que nos traslada a otro espacio y tiempo. No solo Guardo queda fuera, también el mundo entero. Nos situamos en otra época, en otro mundo, en otra España. No puede uno sino sentirse fascinado.

La barra ofrece bebidas alcohólicas de calidad. Tiene aspecto de coctelería en las que se preparan esos combinados que solo vemos en el cine. Los camareros mismos lucen un impecable chaleco que también parece sacado del cine negro. Es un bar mixto. Hay hombres y mujeres y en ocasiones niños. Pero varía su proporción a lo largo de las horas y de la actividad que dentro del bar se despliegue. Aquí nadie cree en el puritanismo de los que piensan que si un niño ve beber a sus padres va a desarrollar alcoholismo. Se cree de forma intuitiva lo contrario: que aprenderá a beber con moderación y placer. La gente de Guardo se encuentra, en este bar, con conocidos, con amigos y, de vez en cuando, con gente desconocida como nosotros que estábamos de visita sabiendo que no se puede dejar de ir a ese lugar si se desea saber lo que es la vida posible y necesaria aquí.

Ese día íbamos a comer en el restaurante. Se encuentra en el piso de arriba y es también un salón de bodas. Tal vez el más popular. Su decoración es igualmente de los años setenta y ochenta, pero quizá con más deseo de ser un lugar elegante. La escalera que conecta los dos pisos con dorados, lámparas modernistas y mármoles debería ser considerada patrimonio artístico dada la pureza de un estilo internacional que, llevado a los rincones remotos de España, ha de guardar un equilibrio entre lo decorativo y lo práctico. Excesivamente iluminada, deslumbra. Y eso forma parte de su encanto y de la experiencia de ese pasado reciente que allí dramáticamente se conserva. Al subirla parece que uno está a punto de ingresar en otra dimensión. Un arte burgués teñido de pragmatismo que sin duda te coloca en esos años, en esa España, en un mundo que aspiraba, tras la guerra y la opresión, a llegar a la modernidad. Tal vez visto hoy suene kitsch pero es que ahora, a más de cinco décadas de aquellos años, todo ello resulta exagerado y barroco. Ese es su encanto. Estamos lejos de la arquitectura y decoración minimalista y posmoderna.

En Guardo hay gente que tiene mucho tiempo y otra muy poco. Y toda pasa por aquí. Es necesario estar un largo rato para hacerse cargo de todas las tipologías que circularán por este bar. Una de ellas, y tal vez la que más me impresionó en el tiempo que estuve allí, fue una mujer de edad imprecisa, pero no joven, con una extraña dignidad. Tenía un pelo abundante, mal teñido, y un tanto despeinado, propio de una adolescente. Era antes de comer y pidió un Negroni, cóctel alcohólico donde los haya y muy típico de Italia y Centroeuropa. Era una cliente y una petición habitual. Su aspecto era extraño pero era tratada de forma amistosa. No llegamos a averiguar quién era y preguntar hubiera sido una osadía irrespetuosa. Más para unos forasteros. Solo pudimos especular.

La concesión a la modernidad se ve exclusivamente en la existencia de wifi gratuita, esa que atrae a jóvenes con ordenador a sus mesas, y una gran pantalla para ver partidos de fútbol. En esos días el lugar se llena de hombres que colocan los sillones como si de un cine se tratara, se ve el partido y, naturalmente, se glosa dentro o fuera fumando una Faria.

Contra lo que puede parecer no se llama San Francisco por el cóctel, la ciudad o la época hippy. Es que el dueño se llama Francisco.

Con todo, sí hay una cierta relación entre Guardo y el San Francisco. Los bares como este son territorios para la fantasía, la tentación, el deseo… y la decepción. Tierra de nadie y de todos. Un circo máximo y un cielo protector. Donde la vida se puede jugar en una partida, en una copa o en una mirada. Y lo mismo Guardo: lugar de frontera, de transición, de intercambio. Donde todo puede estar amenazado y donde todo resiste.

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