Azímut

13 de diciembre de 2018
“Comienzo a creer que hay una felicidad mayor que la de ver Granada, y es ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Histórico noticias

Libros de viaje




Iñaki Preciado

Después de viajar durante años por el País de las Nieves y explorar a fondo la cultura tibetana, hasta caer bajo el hechizo eterno de sus montañas sagradas, el escritor y sinólogo Iñaki Preciado Idoeta denuncia en Adiós Tíbet, Adiós la dolorosa decadencia de un pueblo oprimido por el capital chino.

20 de octubre de 2013

“La moral budista se está diluyendo como un azucarillo”

La Línea del Horizonte: Empezaste a estudiar chino para leer sin traducciones a Mao Zedong, ¿qué queda de él en la China de hoy?

Iñaki Preciado: Sólo queda el billete de cien yuanes, donde aparece su efigie en solitario. Una suerte de insulto vengativo por parte de los actuales dirigentes. Mao condenaba el dinero, como hoy el Papa Francisco, ironías de la historia y de la política. Muchos de estos gobernantes de hoy son hijos de aquellos dirigentes que Mao envió a trabajar al campo o a las fábricas, acusados de corruptos.

LDH: ¿Cómo era la relación China-Tíbet en los tiempos de Mao?

I.P: Sólo la conozco por lo leído, pues durante los tres años que viví en aquella China de Mao no tuve oportunidad de viajar hasta el Tíbet, aparte de que, por aquel entonces, mi interés giraba en torno al taoísmo. Lo que puedo decir es que Mao era chino y quería una China grande y fuerte, y de ahí su política hacia el Tíbet. El Dalai Lama ha reconocido públicamente que Mao le causó buena impresión cuando se entrevistó con él en Pekín en 1954. Después, a partir de 1956, la relación se enturbió y desembocó en un levantamiento general de los tibetanos. A éste siguió una durísima represión, acompañada de destrucciones de monasterios y persecución religiosa. Es la página negra del maoísmo. A pesar de ello, es algo reconocido que muchos tibetanos llegaron a considerar a Mao un Boddhisattva, y al maoísmo una nueva forma de religión. En ciertos aspectos, la relación entre chinos y tibetanos fue durante muchos años (incluidos los primeros de mi vida en el Tíbet) mucho más igualitaria y respetuosa que en estos últimos. Ahora, los chinos –cuyo número en las regiones tibetanas ha aumentado espectacularmente– desprecian a los tibetanos y se comportan como verdaderos conquistadores y colonizadores.

Valle del Garuda, Ngari, Tíbet.

Iñaki Preciado Idoeta.

LDH: ¿Qué tradiciones ancestrales han desaparecido?

I.P: La mayor pérdida ha sido la de los valores morales. La inmoralidad, el virus de la codicia inoculado por los recién llegados, está haciendo verdaderos estragos. Wei renminbi fuwu (“al servicio del dinero”, “todo por el dinero”), el lema imperante hoy en China, está siendo asumido de forma acelerada por los tibetanos colonizados. La sociedad china, a diferencia del Occidente cristiano, o del mundo musulmán, no ha dispuesto de un arraigado fundamento moral (el confucianismo es un código de comportamiento social, y el taoísmo se sitúa por encima de las normas morales); y de ahí la ausencia de un centro de gravedad moral, y la facilidad de las oscilaciones, de los bandazos. Los tibetanos, en cambio, a diferencia de los chinos, si han vivido durante siglos bajo el paraguas de una moral budista, sui géneris, eso sí. Ahora esa moral se está diluyendo como un azucarillo. En cierta medida sólo van a quedar las formas, vacías de contenido, o incluso usadas para fines espurios.

LDH: En tus viajes por el Tibet te trasladabas en autobuses –“malos para los huesos pero excelentes para pensar”–, como un tibetano más. Debías de ser uno de los pocos pasajeros waiguoren (extranjeros) que había… ¿Se puede viajar así todavía?

I.P: Las carreteras han mejorado mucho en los últimos años. También los autobuses, aunque no tanto. Hace quince años, viajar desde Lhasa hasta el monte Kailas, hasta la región de Ngari, una de las más impresionantes de la meseta tibetana (a la primera que volvería si tuviera oportunidad), resultaba carísimo, aparte del tiempo que tardabas: diez días para ir y otros tantos para volver; en total, casi un mes de viaje. Ahora puedes llegar en dos días, aunque sigue siendo tan caro como antes. En general, los circuitos turísticos (no muy alejados de Lhasa, o el viaje al campo base del Everest) ya no son tan duros. Pero quedan muchísimas zonas a las que se viaja como yo lo hice hace años, sólo que ahora las han cerrado a los extranjeros. Los turistas chinos, por supuesto, pueden viajar a todas partes, y barato. Un extranjero paga diez veces más que un chino.

Viaje por Ngari, Tíbet, en autobús.

Iñaki Preciado Idoeta.

LDH: ¿Cómo era el paisaje natural y humano que veías por la ventanilla?

El paisaje y la gente era entonces pura naturaleza, naturaleza pura. Los espacios inmensos, las llanuras, las montañas, los valles profundos y boscosos. Poca gente, silencio, aire purísimo, transparente, los cielos nocturnos tachonados de estrellas, te sentías perdido, como desaparecido en medio de tanta grandeza. Así llegué a comprender por qué allí se desarrollaron esas sorprendentes visiones de la mística tibetana. Ahora, en muchos lugares, las excavadoras rompen el mágico silencio, y por valles, ríos y montañas se extiende la polución, la contaminación, que luego penetra en los cuerpos y más adentro, en el alma de muchos tibetanos. Montañas sagradas, muchas, y cada vez más las horadadas, y aun destruidas, por los profanadores chinos.

Cara norte del monte Kailas, Tíbet.

Iñaki Preciado Idoeta.

LDH: En Adiós Tíbet, adiós, describes Lhasa como un hervidero de estafadores, ladrones y prostitutas. Parece que no merezca la pena visitarla… ¿es así?

I.P: Lhasa ya no tiene el atractivo de hace quince o incluso diez años atrás. Poco había cambiado después de cuarenta años de ocupación, y los chinos allí eran minoría. Ahora son mayoría, y han impuesto su estilo de vida. Lhasa es hoy una ciudad china. El viaje, forzosamente como simple turista, es muy caro, y te verás constantemente controlado, sin libertad de movimientos. En medio de una marabunta de turistas chinos, que no se distinguen precisamente por su limpieza, educación e interés cultural, vas a sufrir descubriendo cómo las tradiciones tibetanas se están desmoronando. Vas a encontrar una China disfrazada de piel, o pelaje, tibetano. Pura fachada de un edificio vacío. Visitar el Potala no vale ya el riesgo de un edema pulmonar que te puede llevar a la tumba.

LDH: El oro de Beijing también está destruyendo los gompas (monasterios), con expolios y saqueos…

I.P: A este respecto, un día, o mejor una noche de verano, soñé que el Tíbet se había salvado, que la comunidad internacional había tomado conciencia del grave problema, y había declarado el espacio tibetano Patrimonio de la Humanidad; bajo soberanía china, vale, pero protegido y administrado por un ente internacional. Fue sólo un sueño, un sueño absurdo, descabellado. El gobierno de Pekín antes renunciaría a Taiwán que al Tíbet, y para conservarlo no tendría ningún empacho en exterminar a medio mundo tibetano. En cuanto a las reliquias de los monasterios, no necesitan ninguna protección: las que quedan son falsificaciones, la gran mayoría; el resto, allá andan repartidas en colecciones privadas, o como un adorno más en las residencias de los nuevos ricos chinos.

Monasterio bonpo de Tsedrug (Seis picos), en Tengchin, Kham, Tíbet.

Iñaki Preciado Idoeta.

LDH: Aparte de mucho frío, suciedad y olor a mantequilla rancia para desayunar, ¿cómo es la vida en estos monasterios?

I.P: No todos los monasterios tibetanos son tan fríos y poco aseados como los que describo en el libro. Estos últimos son aquellos donde tuve la ascética fortuna de residir. Se trata de monasterios muy alejados, y en ellos el vivir en tan duras condiciones es el precio que hay que pagar para gozar de esa limpieza espiritual que reina en ellos. Hay otros muchos monasterios, en zonas mejor comunicadas, donde no se pasa frío, y nada sucios, aunque su limpieza no se puede comparar con la de los monasterios budistas de Occidente, la India o Katmandú. En los campos y montañas del Tíbet, el monasterio es el centro en torno al cual gira toda la vida y las actividades de la población del entorno. La simbiosis entre la gente y los monjes, su contacto y mutua dependencia, es perfecta. El gran lama es el padre. Padres que uno tras otro están abandonando a sus pobres hijos naturales para atender a (y ser atendidos por) los que sólo son putativos, pero ricos, en Pekín, Shanghái, Cantón… El gobierno chino, en esto, en la pesca de grandes lamas, es hábil, y cebo tiene para dar y tomar. En cuanto a los lamas menores y monjes en general, quedan, aunque cada vez menos. Digo en Lhasa y demás ciudades del Tíbet. Por un lado está el gobierno, que limita el número de monjes en muchos monasterios; por otro, la influencia sobre la juventud tibetana del modus vivendi chino, con todo su hedonismo materialista, mucho más amplio y profundo que en Occidente. Ahora pocos entran en los monasterios, y muchos son los que cuelgan el hábito. No ocurre lo mismo en las regiones más apartadas, y sobre todo en los territorios habitados por los nómadas. Allí, incluso hay cada vez más monjes. Pero mucho me temo que sólo es cuestión de tiempo, y el gobierno lo sabe. La influencia china llegará inexorablemente. Al final, el Tíbet y sus monjes, reducido y recluidos en unas cuantas reservas.

"Rasta" Namka Gyantsen hablando a los lugareños de un pueblecito de Ñarong, Tíbet.

Iñaki Preciado Idoeta.

LDH: En cualquier caso, a ti la vida monacal te debió de gustar, porque, en 2008, decidiste tomar los hábitos de monje bonpo. ¿Por qué te pasaste del budismo al bön?

I.P: Desde muy joven he sentido inclinación por los oprimidos y perseguidos, tal vez porque caló en mi mente la enseñanza religiosa que recibí durante mi infancia. Siempre me ha repugnado la antievangélica mentalidad del ganador, del campeón, y, por eso, desde que llegué al Tíbet me sentí intrigado y cobré simpatía hacia los perseguidos y despreciados de aquella tierra: los bonpos. Recientemente, el Dalai Lama los ha aceptado como una escuela más del budismo tibetano, pero creo que ha sido por razones estrictamente políticas, de conveniencia. Durante siglos, los Dalai Lama han marginado, perseguido e incluso eliminado físicamente a los bonpos. Hoy sólo se mantienen en regiones apartadas, pobres y atrasadas; y también en aquellas que nunca fueron gobernadas por el Dalai Lama, sino que dependieron del emperador manchú hasta la caída del imperio Qing en 1911. Hoy en día, lo que diferencia a bonpos y budistas en su aspecto exterior es la forma de rodear, o de dar vueltas, a las stupas y lugares sagrados: los budistas por la izquierda, en el sentido de las agujas del reloj, y los bonpos, al revés. Por eso, el símbolo supremo de estos es la sauvástika (svástika invertida). Interiormente, debido a una secular influencia mutua, se asemejan mucho unos a otros en lo tocante a enseñanzas, prácticas y rituales. Estos últimos, entre los bonpos, se distinguen por sus componentes shamánicos, más acentuados que entre los budistas. No en vano, el Bon hunde sus raíces en la más antigua cosmovisión de nuestros ancestros, en su religión natural, en su culto de la Naturaleza. Uno de los primeros rituales que me sorprendieron, y que me transportaron por un momento a otra dimensión, fue el de una danza para exorcizar a los demonios, en medio de la oscuridad y el silencio de la gran sala de un monasterio. Se me quedó profundamente grabada en la memoria, y no he podido menos de describirla detalladamente en el libro.

LDH: ¿Por qué te expulsaron los ñendoba (policías) del monasterio de Yungdrungling?

I.P: La primera vez que me expulsaron fue en aplicación de una nueva normativa. Las autoridades superiores habían decidido cerrar el Tíbet y prohibir a los extranjeros residir en territorio tibetano, ni siquiera por breve tiempo. Hasta entonces había podido, durante años, moverme con bastante libertad y vivir también en los monasterios. Al parecer, ahora no quieren que los extranjeros sean testigos de esa agonía del pueblo tibetano y puedan dar testimonio de ella. Aparte de que ya no necesitan su dinero, el de los extranjeros. La segunda vez, el año pasado, no me expulsaron, sino que fui yo el que salió corriendo: me había colado en la zona tibetana sin ningún permiso, y, además, un amigo mío se había enredado en la denuncia de una estafa que implicaba a funcionarios y policías corruptos de aquel lugar, y ahora era mi vida la que corría peligro. Aquella región es un poco el Far West en cuanto a ley y orden. Extranjeros asesinados y desaparecidos, no muchos, pero los hay. Y, cuando los hay, las autoridades tienen recursos sobrados para que la noticia no trascienda.

Iñaki Preciado con los monjes de Yungdrungling, Tíbet.

Iñaki Preciado Idoeta.

LDH: ¿Hay que tenerles más miedo a los ñendoba o a los khampa?

I.P: A mí, particularmente, los que más miedo me dan son los policías khampas, por policías (a sueldo de los chinos) y por khampas. En cuanto a éstos, puedo y debo decir, que, cuando afirmo que me siento tibetano, debería matizar que con quienes me identifico es con los khampas. Con ellos he pasado más tiempo –y he vivido experiencias más intensas, gozosas y dolorosas– que con los de las otras regiones. Ángeles y demonios, lo digo y lo explico en el libro: son el orgullo y el oprobio del pueblo tibetano. En cierto sentido son también manifestación pura de la especie humana, por cuanto, como ya se sabe, todos llevamos dentro un ángel y un demonio. Cuando en el libro los critico, y aun los denuesto, es como si me viera reflejado en un espejo. Además, la frontera entre el amor y el odio, cuando son intensos, se esfuma, se desvanece.

LDH: Imagínate que eres un mopá, un shamán capaz de predecir el porvenir… ¿Qué futuro ves para el pueblo tibetano?

I.P: Al pueblo tibetano, hoy por hoy, no le veo ningún futuro. La única oportunidad para la independencia del Tíbet sería un colapso de la economía china –no hay nada imposible–, al que seguiría el derrumbamiento del sistema. Y aun así… Porque, además de la independencia, habría que devolver a su país a la mayoría de los chinos que se han instalado en el Tíbet durante los últimos años. Son ellos los que han contagiado a los tibetanos esa inmoralidad, ese culto ciego al dinero, que está matando el alma tibetana. En mi opinión, en un Tíbet independiente la globalización, la modernización, se proseguiría bajo condiciones menos salvajes que las actuales, más humanas.

LDH: Adiós Tibet, adiós… ¿Cuándo piensas volver?

I.P: Nunca, porque no me he ido. Sigo allí, o tal vez él está en mí. O a lo mejor mi Tíbet es una Utopía. No sé.

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