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Histórico noticias



Irlanda del Norte. Ruta costera de la Calzada

Irlanda es poesía, duendes y héroes legendarios; campiña y bosques grávidos de romanticismo; lagos con embrujo, ruinas novelescas y brumas que se mecen al arrullo de la brisa y las olas del mar. Todo lo cual se evidencia en uno de los mejores viajes por carretera del mundo.

8 de febrero de 2016

 

Tierra de druidas, tierra de baladas

Existe un lugar idóneo para resucitar nuestras fantasías infantiles y solazarnos, con la imaginación a flor de piel, en una tierra de ensueño, misterio  y cuentos de hadas. Dicho lugar se llama Irlanda, una isla libre tras siglos de invasiones, resistencias y disputas, un país conservador por naturaleza. Las señales de su pasado, incluso del más lejano, continúan presentes e íntimamente vinculadas a su paisaje y a sus habitantes.

La tradición céltica, que constituye el fondo de toda la civilización británica, tiene en Irlanda su centro más vivo y también más inalterado. Los irlandeses, sean de la región que sean, creen en las leyendas, en las estrellas, en los espectros:

¡Ah, hadas que bailáis bajo la luna

tierra de druidas, tierra de baladas!

Mientras capaz sea, escribirte quiero

que viví un amor, que abrigué un sueño,

canta en su poema A Irlanda en los tiempos venideros el dublinés William Butler Yeats, premio Nobel de Literatura en 1923, de quien sus compatriotas, precisamente durante el año 2015 recién concluido, han celebrado con un sinfín de eventos el 150º aniversario de su nacimiento.

Irlanda, sí, es poesía, duendes y héroes legendarios. También dilatada campiña verde –de aquí su apelativo de Isla Esmeralda–, bosques grávidos de romanticismo, lagos con embrujo, ruinas novelescas y brumas que se mecen al arrullo de la brisa y de las olas del mar. Y, por descontado, sus moradores: más extrovertidos y menos circunspectos que los ingleses, sus vecinos, exhiben, en el retablo de sus tradiciones, el díptico de la franqueza y la cordialidad. Todo lo cual se evidencia, de manera sobresaliente, a lo largo y a lo ancho de la ruta costera de La Calzada, en Irlanda del Norte: un recorrido de 143km, acrisolada combinación de belleza panorámica a raudales y majestuosidad sin ambages, con fama de brindar a quienes lo transiten uno de los cinco mejores viajes por carretera del mundo. A tal punto que la 97ª edición del Giro de Italia, en 2014, se inició, de manera extraordinaria, con una contrarreloj en Belfast y en la segunda etapa incluyó dicha ruta en su trazado, situándola con ello en primer plano del ciclismo a nivel planetario.

Viaje a Irlanda del Norte.

Javier Jayme.

Se trata, en definitiva, de un calidoscopio de paisajes naturales entreverados por una fábula –la de la Calzada de los Gigantes, de la que toma el nombre– y por decorados marinos conmovedores, ora dramáticos, ora melancólicos, a veces risueños y siempre subyugantes. Podemos descubrir tales paisajes conduciendo un coche o –siguiendo la estela, todavía reciente, de los corredores sobre dos ruedas más sobresalientes del orbe– pedaleando en bicicleta, incluso a pie, si es nuestro antojo. Eso sí: cualquiera que sea nuestra elección hay que desterrar el apresuramiento y dejar que el tiempo transcurra apaciblemente. El itinerario, lo hagamos de un tirón o por etapas, invita al recogimiento y a ejercitar nuestra mirada interior.

La carretera nos llevará, por tramos abiertos y curvas cerradas, sobre puentes y bajo arcos, hacia lugares impregnados de historia y de leyendas, tranquilas poblaciones montanas y costeras, iglesias y castillos solitarios, playas configuradas como extensas herraduras vacías, calas recónditas entre acantilados de súbitas verticalidades y formaciones pétreas que parecen de otro mundo. Estas rocas han destrozado barcos; estos farallones sirven de morada a una fauna peculiar; las blancas barras arenosas abarcan kilómetros y los sinuosos estratos visibles aún en las escarpaduras son el resultado de erupciones volcánicas ocurridas hace 60 millones de años.

 

Los Glens de Antrim

En su mayor parte, la ruta va atravesando los emblemáticos glens (cañadas) del condado de Antrim, hasta alcanzar la célebre Calzada de Los Gigantes, extravagancia geológica donde las haya y punto culminante del viaje.

La localidad costera de Larne, a 35km de Belfast, es la puerta de entrada a los citados glens, nueve profundos valles excavados por los hielos al término de la última época glaciar, hace diez mil años, en dirección más o menos perpendicular a la orilla del océano. Entramos en una comarca de excepcional belleza natural, una de las más hermosas de todo el Reino Unido. Bravíos acantilados dominan la línea de costa a lo largo de 80km, interrumpidos únicamente por las gargantas de los glens, “esos valles o desfiladeros que, entre montañas coloreadas por todos los matices del verde, árboles frondosos, riachuelos, cascadas y recios despeñaderos, bajan al encuentro de un mar encabritado que arremete contra unos farallones rocosos y esculturales”, nos cuenta Mario Vargas Llosa, quien insiste en precisar: “El paisaje parece deshabitado de seres humanos, naturaleza en estado puro, virginal y edénica”.

Viaje a Irlanda del Norte.

Javier Jayme.

Cada glen posee características particulares, pero los nueve comparten un aislamiento secular que ha contribuido a preservar hasta el presente su riqueza cultural, así como su tradicional sentido de identidad comunitaria. Viniendo desde el sur, la carretera de La Calzada atraviesa el primero de ellos: Glenarm (la cañada del ejército), donde el pueblo homónimo, asomado a su amplia bahía, 11km al norte de Larne, presume de tener una historia que se remonta a más de 900 años, lo cual, dándolo por cierto, hace de él el más antiguo del Ulster, si no lo es de toda Irlanda. Su castillo es, por lo demás, el hogar de los condes de Antrim desde hace 400 años.

Precisamente en Glenarm arranca, hacia el interior, el desvío que conduce a Ballymena –ciudad natal del actor Liam Neeson, dicho sea de paso–. Este posible y transitorio abandono de la ruta no dejará de interesar a los seguidores de San Patricio, toda vez que, ya en las cercanías de esta última localidad, se alza el Monte Slemish (437m.), al que la tradición se empeña en presentarnos como la primera morada irlandesa del eminente patrón de la Isla Esmeralda. Sostiene dicha tradición que, tras ser capturado en su Britania nativa por unos piratas, fue llevado hasta aquí y trabajó como esclavo pastoreando ovejas en estas laderas llenas de brezo desde los 16 a los 22 años. San Patricio, introductor durante el siglo V del cristianismo en estas tierras, es ampliamente venerado dentro y fuera de ellas. Se reparten por el mundo entero los sitios en los que    se celebran festejos en su memoria, imbuida de mitos y hechos extraordinarios, y es proverbial su explicación del misterio de la Santísima Trinidad auxiliándose de la hoja del trébol.

El Monte Slemish, cuello de lava de un volcán extinto, con su cónica figura presidiendo el panorama circundante, oficia hoy de lugar de peregrinaje; cada 17 de marzo, día de San Patricio, gentes venidas de todos los confines del orbe ascienden sus ásperos taludes, decididamente empinados en el tramo final, para circunvalar el kilómetro y medio de su cráter, en un homenaje, tan sentido como denodado, al santo de su devoción.

 

La ruta escénica de Torr Head

De regreso a las márgenes del océano, unos kilómetros más al norte, es hora de empaparnos hasta la médula con el conspicuo esplendor escénico de los glens. El segundo de ellos, Glenariff (la cañada del labrador), es el mayor y también el más popular; no en vano recibe el apodo de “La reina de los Glens”. No hay mejor manera de experimentar el ensoñador ambiente natural de esta zona que la de visitar el parque forestal del mismo nombre y patear sus senderos: un ejercicio tonificante para el cuerpo y para el alma a través de una floresta siempre umbría colmada de lagos, cascadas… ¡e  invisibles gnomos al acecho!

A los pies de Glendun (la cañada marrón) se esconde Cushendun, tranquila y pintoresca villa marinera, con su plaza estilo Cornualles. Su bahía, continuación de la desembocadura del río Dun, ha servido de fondeadero bien resguardado para los barcos que atraviesan el canal del Norte –sólo 24km separan a Irlanda de Escocia en este punto– desde que los primeros hombres se asentaron en sus costas. La serena belleza de este pueblo y de sus aledaños ha inspirado a varios artistas. Sin ir más lejos a la poetisa Moira O’Neill (1864-1955), oriunda de estos pagos, que vivió en Cushendun en 1895, ocupando Rockport Lodgehouse, una blanca casa georgiana construida en 1815 al otro lado del estuario. De su obra Songs of the Glens of Antrim (1900), el compositor Charles Villiers Stanford seleccionó, para ponerles música, seis baladas, la más popular de las cuales, en la actualidad, sigue siendo El lago del Hada, cuya primera estrofa dice así:

¡Lough-a-reem-a! ¡Lough-a-reem-a!

Se encuentra tan elevado entre el brezo

Un lago pequeño, un lago oscuro.

El agua es negra y profunda

Veteranas garzas van a pescar allí

Y las gaviotas, todas juntas,

Revolotean en torno a la isla verde

En el dormido lago del Hada

No de otro modo recoge el testigo Mario Vargas Llosa, quien, a raíz de su pesquisa sobre “Roger Casement (1864-1916), el fascinante personaje cuyas huellas trato de seguir por estas tierras de Irlanda”, reconoce abiertamente que “este es un país de castillos, glens, fantasmas, poetas y famosísimos contadores ambulantes de cuentos (los seanchaí)”.

Viaje a Irlanda del Norte.

Javier Jayme.

Otra prueba, ésta dispar, del atractivo teñido de nostalgias de los tiempos añejos inherente a estos parajes es que varios de ellos han devenido en escenarios cinematográficos para Juego de Tronos, la exitosa serie televisiva de Home Box Office (HBO), a la que confirieren un sello de autenticidad difícil de encontrar en otras localizaciones. Y, para muestra, un botón: los seguidores de la citada serie recordarán la secuencia de la segunda temporada en la que la sacerdotisa Melisandre de Asshai dio a luz al bebé sombra, con Lord Davos Seaworth, el Caballero de La Cebolla, de horrorizado testigo; tal secuencia se rodó aquí mismo, en las cuevas de Cushendun, esparcidas cerca de la orilla del mar y fácilmente accesibles a pie desde el pueblo.

En un litoral festoneado con excelsas panorámicas agazapadas detrás de cada curva, Torr Head se impone sobre todas ellas con su escabrosa presencia acantilada. Llegamos a este cabo singular desde Cushendun, dejando a la izquierda el itinerario de La Calzada y tomando la denominada ruta escénica de Torr Head, un camino menor, angosto y poco frecuentado que por tramos serpentea casi abrazando las olas, cual vela que ciñe el viento. Atalaya de excepción, las vistas que ofrece, en días claros, sobre el promontorio de Cantyre, la punta más meridional de la península de Kintyre, en Escocia –aquí distanciada de Irlanda por un brazo de mar de apenas 20km–, son, como vulgarmente se dice, de las que quitan el hipo. Ya antes de 1830, año en que se construyó la carretera, ambos territorios estaban en estrecha relación. Prueba de ello son los actuales apellidos escoceses de bastantes de las familias irlandesas de esta zona. Semejante mezcla de culturas ha provocado que los glens de Antrim sean considerados un lugar aparte. De hecho, los anales de estas poblaciones costeras se hacen eco de aquel tiempo en que a sus habitantes les traía más cuenta conseguir suministros en Escocia a través del mar que hacerlo por tierra afrontando el arduo viaje hasta Belfast.

A principios del siglo XX, Torr Head tuvo su importancia en la comunicación marítima. Aquí se registraba el paso de los transatlánticos por el canal del Norte y se informaba del mismo a la compañía Lloyds Insurance de Londres utilizando, de manera casi experimental, el entonces novedoso sistema de Marconi: la telegrafía sin hilos. De hecho, fue el propio Marconi quien, en 1898, llevó a cabo las primeras pruebas de señales radiofónicas entre la isla de Rathlin y la cercana ciudad de Ballycastle, en la cual se alza una placa conmemorativa de aquellos hechos.

 

La Bahía de Murlough y la isla de Rathlin

A partir de Torr Head, la ruta escénica que lleva su nombre zigzaguea precariamente, cabalgando los empinados desniveles existentes entre este cabo imponente, la bahía de Murlough y el acantilado de Fair Head. Es claramente en este tramo donde apura sus más acendradas esencias, antes de ganar la ciudad de Ballycastle, donde retomamos el recorrido costero de La Calzada.

Deleitable es el calificativo más acorde con el espectáculo que la naturaleza nos ofrece en la bahía de Murlough: taludes de un verde lustroso que descienden suavemente hacia el mar, salpicados aquí y allá por rodales de un viejo bosque templado natural –uno de los pocos que quedan en Irlanda– y vistas abiertas al océano, a la isla de Rathlin y al Mull of Kintyre escocés. Son legión los que la consideran como el lugar de la belleza por excelencia de la costa de Antrim. Y entre tal legión descubrimos de nuevo a Vargas Llosa, cuya descripción de la misma, a remolque de la investigación de campo que llevó a cabo para su novela El sueño del celta, abunda en lo superlativo, como se verá a continuación.

Resulta que la bahía de Murlough permanece, de alguna manera, asociada al recuerdo del dublinés Sir Roger Casement, poeta, diplomático –fue cónsul de la Gran Bretaña– y uno de los primeros occidentales que tuvieron conciencia de las injusticias y arbitrariedades que cometían las potencias europeas decimonónicas en los países colonizados. Casement alcanzó notoriedad tras denunciar los abusos del sistema impuesto por el rey Leopoldo II en el Congo Belga, donde las autoridades sometían a la población nativa a incontables atrocidades. Mucho después, al estallar la Primera Guerra Mundial, partidario de la independencia de Irlanda, negoció la ayuda de Alemania a su causa hasta que fue detenido y encarcelado por los británicos, acusado de traición y condenado a la pena capital. Antes de ser ajusticiado el 3 de agosto de 1916, expresó su voluntad de ser sepultado en la abra de Murlough, “a la que en sus cartas se refería como la bahía del paraíso”, nos refiere el varias veces citado Vargas Llosa, “y tenía mucha razón, pues es el sitio más bello de Irlanda, de Europa y acaso del mundo”, concluye sin tapujos el premio nobel nacido en Perú.

Viaje a Irlanda del Norte.

Javier Jayme.

Fair Head es el acantilado más alto de Irlanda del Norte. Su formidable promontorio, elevado 200 metros sobre el nivel del mar, es visible desde Ballycastle, que se encuentra 5km al oeste, y desde muchos otros puntos de la costa septentrional. Constituye, además, el punto continental más cercano a la recóndita isla de Rathlin, la única habitada del Ulster, situada a tan sólo 10km del litoral. Con forma de L, 9,5km de largo y 1,6km de ancho, dicha isla alberga una población de unas setenta personas, tiene un servicio regular de ferry que la conecta en 20-40 minutos con Ballycastle y una colonia de focas que suelen tomar el sol en las rocas de la bahía de Mill.

Pero la pequeña Rathlin es, particularmente, un semillero de mitos, historias y narraciones con moraleja. En concreto, la que relaciona una de sus cuevas, una araña y un rey en el exilio, ensalzando el valor del tesón y la perseverancia, se halla explícita en el museo Boathouse, al otro lado del puerto. Ante todo, situémonos: es el año 1360 de nuestra era. Después de sufrir continuadas derrotas frente a los ingleses, el soberano escocés Robert III se halla refugiado en una gruta de la apartada isla de Rathlin. Abatido, contempla distraídamente a una insignificante araña que, pendiente de un hilo, trata de alcanzar un saliente rocoso para fabricar su tela. Y entonces le da por contabilizar los conatos del animalillo, que van de fracaso en fracaso: seis ya, los mismos que él ha cosechado intentando liberar a Escocia de sus enemigos. Pero el arácnido –quién sabe si poseído de la importancia histórica del momento– no se rinde. En su séptima tentativa hace acopio del resto de sus energías y, columpiándose con suprema determinación, alcanza su meta. El monarca, interpretando estos hechos como afines a su propia circunstancia, tiene una premonición e infiere que ha llegado la hora de proseguir la lucha. Su suerte está echada: retorna a Escocia, se pone al frente de sus huestes y, en esta ocasión, el desenlace de la batalla le es al fin favorable.

Se dice que el paso de los siglos ha creado un vínculo peculiar entre las arañas y quienes, enterados del relato sobre su antecesora, aplauden la secuela de su tenacidad; que estos últimos, admirando su porfía tanto como agradeciéndola, no sienten aprensión ni recelo de sus congéneres. Como quiera que sea, la moraleja es palmaria: si no consigues tu meta a la primera, inténtalo una vez más, y otra más… o, al menos, la siguiente ocasión en que veas a una de estas diminutas tejedoras acuérdate del rey Robert III, de la isla de Rathlin y de cómo, merced a la perseverancia de una de ellas, la historia dio un vuelco hace casi 700 años.

 

La Calzada de los Gigantes

En esta ruta por la costa nororiental del Ulster la singularidad por antonomasia tiene nombre propio: la Calzada de los Gigantes. Se trata de una plataforma de abrasión marina donde millares de prismas basálticos truncados por las olas, a semejanza de un adoquinado de proporciones abrumadoras, componen una muestra más que magnánima de la asombrosa versatilidad de la Madre Naturaleza. Formaciones de este tipo existen en todo el mundo –claro que no demasiadas–, pero es dudoso que alguna de ellas alcance tanta espectacularidad y belleza. Sea como fuere, este caótico conjunto de columnas –algunas alcanzan los 10m de altura–, encajadas o apelotonadas como las piezas de un enorme rompecabezas a medio resolver, es realmente excepcional. No es de extrañar que en 1986 la Unesco decidiera declararlo Patrimonio de la Humanidad.

Lonely Planet llama a la costa septentrional de Irlanda del Norte “prodigiosa clase de Geología”. Desde tal enfoque, la Calzada de los Gigantes constituiría, indiscutiblemente, la lección magistral. Rocas basálticas, producto de las erupciones volcánicas del Terciario, formaron la meseta de Antrim, amontonándose hasta alturas de casi 300 metros. Su posterior enfriamiento, por lo que respecta a la Calzada, originó su división en unos 40.000 prismas de base hexagonal. La acción marina ha desgastado estos enormes pilares, fragmentándolos en los gruesos bloques escalonados que hoy permanecen expuestos a las miradas curiosas de sus miles de visitantes anuales.

Viaje a Irlanda del Norte.

Javier Jayme.

Existe en estos lares irlandeses –ya se ha dicho en repetidas ocasiones– toda una mitología referente al denominado “pueblo de las colinas”, “la buena gente” o “los huéspedes del aire”. Gnomos, duendes y hadas corren de boca en boca entre los narradores ambulantes y en los chascarrillos de los tertulianos en las tabernas. Pero para fabular el origen de la Calzada, habida cuenta de sus características apabullantes, se necesitaban seres menos etéreos, más ostentosos. Y fueron los gigantes los que, finalmente, acapararon las leyendas.

La más extendida defiende que la Calzada es lo que queda de un prodigioso camino tendido sobre el mar por uno de ellos. Nos refiere cómo el colosal guerrero celta Finn McCool fue arrojando a las olas pedazos de la costa de Antrim para ganar a pie la isla de Staffa, en Escocia, con la intención de retar al titánico Benandonner, quien le había hecho objeto de sus amenazas. Pero, tras observar por primera vez y de manera oculta a su rival, intimidado por su tamaño, se batió en retirada hacia Irlanda, donde Oonagh, su sagaz esposa, lo disfrazó de niño. Al hacer acto de presencia su parigual escocés y ver aquel crío descomunal pensó: “Si este es el hijo, no quiero encontrarme con el padre”. Así que, dando a su vez media vuelta, huyó a su tierra, destrozando con sus recias pisadas el terraplén rocoso a sus espaldas para evitar que su antagonista pudiera perseguirle.

TripAdvisor, la mayor web de viajes del mundo, ha incluido la Calzada de los Gigantes entre los diez paisajes más originales del globo terráqueo. Las insólitas y chocantes columnas basálticas se yerguen como monumentales filigranas de la costa de Irlanda. A cualquier hora y con cualquier luz –¡ay, el embrujo de sus crepúsculos vespertinos!–, constituyen un espectáculo que nos conmueve por su índole sobrehumana, por una energía telúrica soterrada y actuante desde épocas primigenias, anteriores a toda civilización, que nos enfrenta a una realidad cósmica, situada más allá de nuestra experiencia.

 

Nota

Queremos expresar nuestro agradecimiento a Turismo de Irlanda por su gentileza y las facilidades concedidas a La Línea del Horizonte para la realización de este trabajo.

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