Azímut

19 de enero de 2018
“Soledad, libertad, dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos del viajero”. Luis García ...
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Las viejas sendas

ROBERT MACFARLANE

Editorial: PRE-TEXTOS
Lugar: VALENCIA
Año: 0
Páginas: 456
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Mucho se ha escrito ya sobre el caminar, pero nosotros tenemos debilidad por Robert MacFarlane y donde pone los pies. No es un caminante cualquiera y cuando nos cuenta sus paseos, ya sabemos que algo mágico va a ocurrir. Lo que nos importa es lo que ocurre en  su escritura, una habilidad sencilla y alambicada a la vez, para transformar la piel del paisaje en un acontecimiento. Sabe nombrar y reconocer todo lo que ve, como si fueran notas musicales de una emocionante pastoral. Esta vez metió los poemas de Edward Thomas en su mochila, y con ellos atravesó sendas ancestrales de Inglaterra, Escocia, Palestina, Himalaya y nuestro Guadarrama, presentado por otro habitual de esta cordillera: el artista Miguel Ángel Blanco.  
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Italia y Grecia, fuente inagotable de fascinación

Peregrinos de la belleza’ es una guía impagable para conocer las biografías de los mejores viajeros del siglo XX por el Mediterráneo, desde Henry James a Yourcenar. El mismo destino que se está convirtiendo hoy en un cementerio para tantas personas que huyen de la barbarie.

11 de septiembre de 2015

La tradición cultural del Grand Tour, lo explica María Belmonte en las primeras páginas de Peregrinos de la belleza, dio comienzo en el siglo XVIII en buena medida con el Viaje a Italia, de Goethe. A partir de entonces, no se consideraba completa la formación de un joven aristócrata si no había pasado al menos una etapa de su vida explorando in situ los misterios y la belleza del legado de la antigüedad grecorromana. El cambio que experimentó Goethe en ese viaje iniciático, lejos de ser algo excepcional, terminó siendo una constante en cuantos se ponían en camino siguiendo sus pasos. El viajero partía con la vaga esperanza de aumentar sus conocimientos de arte, de historia, de arqueología y, en algún momento, todo eso dejaba de tener importancia y lo que se terminaba atesorando eran experiencias que resultaban ser profundamente transformadoras. Ese aspecto deslumbrante del viaje por Italia y Grecia, estas epifanías, las van a sentir con una tremenda intensidad en los últimos dos siglos escritores y viajeros de lo más variopintos, desde Stendhal, Heinrich Heine, Lord Byron o Henry James hasta E. M. Forster, Marguerite Yourcenar o Yukio Mishima.

María Belmonte ha seleccionado a unos cuantos autores (la mayoría de ellos del siglo XX) y ha estudiado su vida y sobre todo su pasión por Italia y por Grecia. Eso es fundamentalmente Peregrinos de la belleza, aunque es algo más. La autora no se ha conformado con estudiar sus textos sino que también ha querido ver los paisajes que contemplaron, visitar las casas donde vivieron, los cementerios donde descansan en algunos casos y de manera discreta, como una maestra de ceremonias que no quiere robar protagonismo a sus personajes y asoma de vez en cuando para contarnos su propio viaje.

Peregrinos de la belleza, María Belmonte

Irene Grassi, Flickr.

Ya en la introducción nos dice María Belmonte que su trayectoria como amante del Mediterráneo empezó de niña con el primer libro que compró con nueve años y que no fue otro que Mitología griega y romana de Hermann Steunding, y algo más tarde sintió también ella esa revelación: “Otro hito importante en mi carrera como mediterranófila fue mi primer viaje a Florencia, cuando todavía era muy joven, con un ruidoso grupo de amigos, todos apiñados en un viejo coche. Llegamos de noche y, hambrientos y cansados, comenzamos a deambular por la ciudad en busca de un restaurante. Por azar fuimos a dar con la plaza del Duomo. Levanté la mirada y vi por primera vez Santa Maria del Fiore recortándose en el cielo nocturno. Entonces sucedió. El mundo desapareció a mi alrededor, incluidos mis hambrientos y malhumorados amigos. Repentinamente, comencé a llorar de forma convulsa, mientras grandes lagrimones brotaban de mis ojos. Nunca había sentido tanta felicidad. Y aunque entonces no fuera consciente, en aquel momento aprendí que había llegado a una fuente antigua y perenne de deseo y que la belleza es lo único que salva al ser humano de la absoluta soledad”. Es de suponer que es para desentrañar el misterio de esa “fuente antigua y perenne” para lo que ha escrito la autora este libro que en si mismo constituye una guía impagable para conocer las biografías de algunos de los mejores viajeros del siglo XX.

El libro se divide en dos partes dedicadas la primera de ellas a Italia y la segunda a Grecia, y con excepción del precursor Johann Winckelmann, uno de los primeros estudiosos de la arquitectura renacentista que había nacido en 1717 en Stendl (Sajonia), el resto de los estudiados por María Belmonte –Wilhelm von Gloeden, Axel Munthe, D. H. Lawrence, Norman Lewis, Henry Miller, Patrick Leigh Fermor, Kevin Andrews y Lawrence Durrell– son, como decimos, autores que escribieron sus principales obras en el convulso siglo XX y que incluso muchos de ellos tuvieron su primer contacto con los países que les iban a deslumbrar durante la guerra.

Lo primero que llama la atención son las vidas nada convencionales de los autores seleccionados. Sus vidas y sus muertes. Así, el primero de ellos, Winckelmann (mencionado por Giacomo Casanova en sus memorias), fue el autor de una obra pionera y fundamental que terminaría inspirando a cuantos vinieron después (su sombra planea sobre Goethe, Hölderlin, Lessing, Herder, Schiller, Heine, Nietzsche, Stefan George y Rilke….y también sobre Keats y Shelley). Requerido por aristócratas alemanes e italianos como asesor de sus importantes colecciones, lo que terminaría por marcar su vida y a la larga por provocar su asesinato a manos de un joven en una pensión de mala muerte, fue una homosexualidad vivida, como no podía ser de otra manera en una época en la que la sodomía (al menos en Alemania) se condenaba con la muerte, de manera clandestina y a menudo sórdida.

También era homosexual Wilhelm Von Gloeden, el joven alemán de familia adinerada que en 1878, con veintidós años, se dirigió a Italia movido en parte por su vocación artística y en parte buscando un clima más favorable para sus pulmones enfermos. Lo que buscaba era un entorno tranquilo y alejado de las rutas turísticas para dedicarse a pintar. Después de su paso por distintos lugares recaló en Taormina, una pequeña ciudad casi medieval, con frecuentes brotes de malaria y donde la mayor parte de la población era analfabeta, y que, en parte gracias a sus fotografías, terminaría convirtiéndose en muy pocos años en un lugar de peregrinación para homosexuales y estetas de toda Europa.

Peregrinos de la belleza, María Belmonte

Luca Volpi, Flickr.

Gloeden había llegado a la fotografía casi por casualidad. Un primo suyo, Wilhelm Plüschow, había abierto un estudio fotográfico en Nápoles y le iba bien vendiendo imágenes de desnudos. A él mismo no le costó aprender la técnica y empezó a hacer fotografías que mostraban a jóvenes medio desnudos bañándose y jugando en la playa. Unas cuantas de estas fotos terminarían publicadas en importantes revistas de Alemania y Suiza (entonces estaba de moda en estos países el nudismo y la vida al aire libre), provocando fascinación y escándalo al mismo tiempo. Gloeden murió arruinado en los años treinta, y durante toda su vida se sintió en cierto modo protegido por una sociedad, la italiana, mucho más tolerante con la homosexualidad, y al mismo tiempo atacado por toda clase de puritanismos. Todavía en 1999 (escribe María Belmonte) una exposición de fotografías de Gloeden en Sidney fue visitada por la policía por las quejas de un reverendo para quien las imágenes constituían una apología de la pederastia y la pornografía.

Y si Gloeden fue el inventor de Taormina, Axel Munthe, el autor de La historia de San Michele, uno de los libros más vendidos del siglo XX, sería el descubridor de Capri como destino turístico en el siglo XX. Es cierto que la isla ya la habían descubierto los emperadores romanos, pero él la puso de moda. El médico sueco (que también había llegado a Italia, como tantos otros, empujado por su tuberculosis) ya había conocido el éxito literario con unas cartas que había publicado en 1887, relatando su destacado papel combatiendo en Nápoles el violento brote de cólera asiática que había sufrido la ciudad tres años antes. Tuvo una vida apasionante. Fue un hombre atractivo y complicado. También comprometido. Fue un precursor en la defensa de los animales y un pionero de las expediciones alpinas. Como médico le atribuían poderes casi milagrosos y su consulta en Roma era frecuentada por mujeres de la alta sociedad que le adoraban. Fue amigo íntimo de la reina de Suecia y, a pesar de que él mismo se consideraba un solitario, ejercía un raro magnetismo en los demás. Greta Garbo quiso conocerle; Stefan Zweig, de camino al exilio, pasó tres horas con él (luego Munthe comentaría que le llamó la atención su interés por los distintos métodos para suicidarse). Tuvo una extraña relación que terminaría costándole más de un disgusto con la marquesa Luisa Casati, una mujer que había sido amante de d’Annunzio y que era famosa por sus paseos nocturnos por la plaza de San Marcos acompañada de un criado negro con dos antorchas que iluminaban a la marquesa desnuda bajo su abrigo de piel y llevando dos guepardos como animales de compañía.

Pero no es éste el lugar para resumir todas las biografías a las que ha dedicado María Belmonte tantas páginas. El lector se asombrará con detalles estremecedores, como el tremendo acoso a que sometieron sus compañeros al pequeño Norman Lewis cuando era un escolar en el distrito de Forty Hill (él mismo confesaría después: “me obligaron a ir a Gales a los diez años por ser víctima de una violencia escolar de tal calibre que hoy habría salido en la primera plana de los periódicos”); se emocionará con esa muerte absurda y poética de Kevin Andrews tratando de alcanzar a nado el pequeño islote de Agvó, distante unos cinco kilómetros de la orilla, cuando estaba a punto de iniciar una nueva vida en compañía de la periodista Elizabeth Boleman-Herring; sonreirá ante las provocaciones de Henry Miller cuando, en una reunión de sociedad con Lawrence Durrell, su mujer Nancy y otros amigos les confesó que se había masturbado enla Acrópolis: “sentí tal necesidad de comunicarme con Dios, que no encontré otra manera”.

En el libro de María Belmonte se termina por echar de menos una mayor presencia de la autora. Esas pocas páginas en las que al final de cada capítulo nos cuenta su propio viaje saben a poco y nos quedamos con ganas de saber más. Tiene dotes de escritora de viajes, eso es indudable, como también es indudable que una de las cualidades de su libro es que nos deja con las ganas de leer (o releer) algunas de esas grandes obras que nos legaron los autores que ella estudia (El coloso de Marusi, de Henry Miller, Nápoles 1944 de Norman Lewis, Cerdeña y el mar, de D.H. Lawrence, El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor, Reflexiones sobre una Venus marina, de Lawrence Dureell). Uno cierra el libro, por una parte, con un sentimiento de nostalgia por no haber vivido el deslumbramiento de aquellos descubridores y, por otra, con una profunda tristeza, preguntándose cómo es posible que ese Mediterráneo que fue durante dos siglos un destino para toda clase de peregrinos de la belleza se esté convirtiendo hoy en un muro infranqueable y en un cementerio para tantas personas que huyen de la barbarie.

 

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