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Jan Steen en el Mauritshuis de La Haya

Viajamos a la Edad de Oro Holandesa con las pinturas de Jan Steen, en el Museo Mauritshuis de La Haya. Escenas bulliciosas y animadas que retratan la sensualidad, la despreocupación y la alegría del buen comer en la orgullosa sociedad burguesa del siglo XVII.

8 de octubre de 2013

Holanda, mediados del siglo XVII.  Los burgueses están orgullosos de sus éxitos en la lucha por la independencia. La riqueza no les es esquiva, la efervescencia económica es continua. Allí están esos incansables constructores de barcos, los armadores, los balleneros, los pescadores de  salado y  de arenque y los industriales textiles y los cerveceros. Y son los dueños de los mares con las Compañías de las  Indias Orientales y Occidentales, y controladores del Báltico, comercian  con seda, con la sal de Francia y de Portugal, con  la apreciada canela de Ceilán,  los cereales de Polonia, de Prusia y de las Provincias Bálticas Suecas, con sus variados  tejidos y pescados,  con ese hierro, cobre,  alquitrán y brea de Suecia y de Finlandia tan codiciados por los países marítimos, con  la madera noruega, los lienzos silesianos, los vinos franceses y alemanes… Y también abastecen de armamentos a Moscovia  a la par que desempeñan el más importante papel en la explotación de las minas de hierro y en la construcción de forjas al sur de Moscú.

Autoretrato de Jan Steen como músico.Las guerras contra España de la que saldrían victoriosas las Provincias Unidas en 1648 han fortalecido a la burguesía de las ciudades. Se ha convertido en la nueva clientela para los pintores, quienes ahora no tienen trabajos por encargo como les era habitual con la aristocracia, sino que han de adivinar aquellos que serán deseables para los nuevos ricos. Y tendrán que adaptar los formatos a las paredes de las casas, que no de los  palacios. Una excepción la constituirán los retratos encargados por las milicias y las autoridades de los hogares de beneficencia.

Los pintores se dirigen, entonces, a esta potente clase urbana. Ya no viajan a Italia a estudiar a los maestros; permanecen aferrados a su propio entorno, donde buscarán los temas que esa efervescente sociedad prefiere. Se alejarán de la mitología y, al no decorar sus iglesias, los temas religiosos perderán importancia. Los cuadros de Jan Steen nos permiten  acercarnos a una pintura que desborda una sensualidad y orgullo burgués que se escapa, potente, de los mensajes moralizantes que aquella sociedad calvinista establecía.

 

La alegría de vivir de Steen

Las telas de Steen son una atractiva muestra des esa nueva alegría de vivir, aunque para acomodarse a las demandas de la sociedad calvinista introduzca algunos señuelos que sugieren una lectura moralizante.

Jan Steen (1625-1679) nació y murió en Leiden, aunque residió  también en Utrecht, Haarlem, La Haya y Delft. Fue un pintor prolífico al que se le atribuyen unas ochocientas obras, aunque sólo nos ha llegado algo más de trescientas. Aunque nos detendremos en las llamadas “pinturas de género”, Steen se ocupó también de temas mitológicos, religiosos (se convirtió al catolicismo al casarse) y retratos, entre los que destacan los de los niños, a los que representa con gran ternura. Hijo de un cervecero, en diferentes momentos de su vida repitió, con poco éxito, la tradición paterna; los negocios y la afición lo hicieron buen conocedor del ambiente de las tabernas holandesas de entonces, ambiente que se refleja en el desorden de sus cuadros, lo que ha dado lugar a una expresión: “La casa de Jan Steen”.

Steen quiso dejar testimonio de su participación en estas alegres reuniones. Veámoslo, por ejemplo, en postura casi idéntica, orondo, sonriente, en Zoals de ouden zongen, zo piepen de jongen, refrán holandés que podríamos traducir como: “Así como oyes, así cantarás”, y, en Cat family, que para no desvirtuar el tema de la pintura deberíamos traducir como “La familia con la cría de los gatitos” (poco ortodoxo nombre para un cuadro, es verdad).

Zoals de ouden zongen piepen de jongen, de Jan Steen.

En la primera de las telas mencionadas aparecen retratadas las tres generaciones de su familia. Steen ofrece una pipa a uno de sus hijos, mientras que otro refuerza el sentido literal del refrán “fumando” el tubo de una gaita. Cuesta  pensar en las consecuencias nefastas de tanto descuido paterno observando la alegría que transmite este cuadro, en el que las tres generaciones de la familia rivalizan en sus aficiones placenteras. A un lado, una joven matrona calienta y descansa sus pies sobre un escabel, bajo el cual adivinamos un hornillo, a la vez que ofrece encantada su copa al concentrado escanciador del centro de la pintura. En el centro, la esposa de Steen, Grietje van Goyen, acuna en beatífico balanceo a su pequeño; la abuela entona entusiasmada una canción cuya partitura sigue con concentración, mientras que un arrebujado abuelo la contempla satisfecho. Las ropas son ricas, ¡qué brillos los de los satenes de los amplios faldones, qué cálidas las pellizas con sus cuellos de armiño!

Cat Family, Jan Steen.En el cuadro de los gatitos todo es música y canto; la  bebida circula generosa gracias a la espléndida joven que nos da la espalda. Reconocemos otra vez a un alegre Steen  en gesticulante y animada charla; pero, como a regañadientes, el pintor debió transar con el afán moralizante de la época e incluye una borrosa calavera detrás del gaitero, verdadero desafío para observadores atentos.

Y démosle ahora una oportunidad a la damita del cuadro Joven comiendo ostras (Oestereestster). Elegantemente envuelta en una rica pelliza, la jovencísima rubia nos mira con una fresca y entregada invitación a compartir su festín de ostras, apoyada en una mesa sobre la que se esparcen en apetitoso desorden: una bella jarra de cerámica de Delft, un cono de pimienta, la sal con la que espolvorea y un trozo de pan. Nos mira regocijada y, sobre su labio, intuimos el brillo descuidado y provocador del sabroso manjar. Pero no todo es fresca inocencia. Aquí, para los espectadores de la época, la lectura era rápida, directa. Pues las ostras gozaban de una popular connotación erótica desde la antigüedad clásica. No por nada: Venus, la diosa del amor, había llegado a una isla, quizá Chipre, empujada por los vientos y sobre la concha de una privilegiada ostra… Y, para mayor claridad, Steen no escatima pistas clarísimas, como la cama de dosel que aparece detrás de la joven o, más atrás, en la habitación contigua, esa vieja celestina cerrando el trato con un posible cliente.

 

Casi un retablo: The life of man

Las cortinas se alzan como invitándonos a entrar… Nos imaginamos que es un domingo de otoño… Adivinamos que la tarde se va apagando. La comida y la bebida  han sido generosas… Un aire de tentaciones, de laxitud impera en la escena. Despreocupadamente, los personajes van arrimándose entre ellos, animados por el alcohol y las canciones que podemos adivinar atrevidas…

En el centro, una joven matrona, cofia floja, pelliza y faldón suntuosos,  escucha risueña los halagos de un entusiasmado anciano que avanza sobre su regazo, sin preocuparse por su sombrero, que ha rodado junto a una vasija. Enmarcan tales requiebros un entregado guitarrista y una niña, a la que suponemos, por su confiada proximidad, la hija de la lisonjeada. La pequeña abraza un cachorro. No la perturban los ajetreos que la rodean. Más aquí, un niño juguetea con un gato. Junto a él, nos da la espalda un sirviente con rojo turbante y atuendo oriental. ¿Será una alusión a Zwarte Piet, al lacayo musulmán que, allá por el siglo XVII, acompañaba a San Nicolás  repartiendo premios o metiendo en un saco a los díscolos infantes para mandarlos a la temida España? Recordemos que la fiesta de San Nicolás está presente en seis obras de Steen.

The Life of Man, Jan Steen.

A la izquierda, y muy próxima a nosotros, una concentrada joven prepara bandejas de ostras. Deliciosa invitación al erotismo. Más atrás, un robusto personaje (¿quizá el marido de la matrona central?) entretiene resignadamente a un pequeño.

La concurrencia de la taberna es variada, tal como nos lo hacen presumir las vestimentas de la clientela. Las ropas negras de los holandeses calvinistas de altivos sombreros alternan con algunas más vistosas (¿quizá judíos de Iberia u osados católicos?).

Escrutemos el ático: un muchachito agazapado lanza burbujas, símbolos de la fugacidad, de los placeres efímeros. Tan efímeros como el paso de la vida, tal como nos lo recuerda la calavera a su lado. Lo fugaz de la vida y lo fugaz de la virtud, representada aquí por la virginidad que ha huido de su prisión, como vemos en la jaula vacía. La vida, la virtud, huyen, se quiebran como las cáscaras de huevo esparcidas por el suelo.

La sensualidad, la despreocupación, la alegría del buen comer y del beber dominan la tela. Casi podemos sospechar que Steen, el  católico hijo de un tabernero, fabricante también de cerveza, sucumbe con un guiño a las presiones de la época para incluir una simbología moralizante mientras refleja con fruición y descaro esta fiesta de los sentidos.

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