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Histórico noticias



Joaquín Sorolla: jardinero y pintor

Joaquín Sorolla se inspiró en el Alcázar de Sevilla y en la Alhambra de Granada para diseñar los jardines de su casa madrileña. Vergel domesticado en el Paseo Martínez Campos con aires hispanomusulmanes y mediterráneos donde el pintor valenciano se relajaba.

26 de agosto de 2013

Es una tarde de verano con el toldo medio bajado. Cúmulos remolones se desplazan por el cielo despacio. De vez en cuando, una nube, más perezosa y blanda que las otras, se para, descansa y toma aire antes de reemprender la marcha. La muy despistada, se ha dejado abierta una ventana. Tempestiva claraboya por la que un rayo de sol se lanza. Meteórico y raudo, desciende por la estratosfera brillando, hasta que cae atrapado en un enjambre foliáceo del Paseo Martínez Campos. Titila en la oscuridad del verde pino, verde tierra, verde cinabrio; verde cromo, verde amarillento, verde cobalto. Todos los verdes de la gama Winsor and Newton le bloquean el paso, hasta que un verde hoja se cae y el fulgor logra escapar de aquella maraña de ramas que parecen estar de cháchara apoyadas sobre la tapia.

Se asoman a la calle, como el guardia de seguridad de la entrada, y se distraen siguiendo a los transeúntes con la mirada. Algunos son vecinos de Chamberí; otros vienen expresamente aquí para visitar la Casa-Museo de Joaquín Sorolla y solazarse en su jardín. Vergel domesticado a gusto del pintor valenciano en una parcela comprada a los duques de Marchena, cuando el Plan Castro ensanchaba las fronteras madrileñas y al final de esta calle –entonces transitada por cabras y ovejas– se levantaba el obelisco que ahora está en Arganzuela. Luego compraría otro solar en blanco a Aureliano de Beruete y, en 1910, empezaría a pintar su soñado palacete, pues, aunque encargó el proyecto a un afamado arquitecto del momento, el artista participó activamente en el diseño, esbozando en un plano alzado retazos de los escenarios andaluces y mediterráneos que tantas veces había pintado en sus cuadros.

Jardin de la Casa-Museo Joaquín Sorolla.

Juantiagues, Flickr.

El rebaño de nubes se está dispersando, y cuatro naranjas aprovechan para tomar el sol en la azotea de un árbol; quieren coger el mismo bronceado de los naranjos valencianos que, en sus huertos de Alciras, el suegro de Sorolla tenía plantados. En el eco de una fuente dormida, como en un letargo, les pregunta Machado:

“¿Quién os trajo a esta castellana tierra

que barren los vientos de la adusta sierra (…)?”

Fue Sorolla quien eligió y cultivó cada planta y cada flor, dando debida cuenta de ello a su esposa, Clotilde, su “querida Clota”, el “Ministro de Hacienda” que le llevaba escrupulosamente las cuentas.

“Al regresar al hotel, el jardinero del Alcázar me entrega el adjunto talón de unas macetas que te envío. Son tres, dos de arrayán y otra de un melocotonero, que hace una bonita flor rosa, y que vi por vez primera en Granada. Manda enseguida a por ellas.”

Después, las difuminaba alrededor de la casa en función de su composición cromática, siempre con la idea de trasplantarlas a un lienzo, donde nunca se marchitaran sus pigmentos. Sólo entre el año 1917 y 1920, Sorolla pinta su jardín hasta cuarenta y cinco veces. Allí se conserva el perfume de los alhelís, de los lirios y de las azucenas, de los claveles,  de los geranios y de las azaleas. Y de las rosas, sobre todo rosas. Rosas que coloreaban los parterres y trepaban desvergonzadas por las paredes. Las muy frescas, se colaban dentro de la residencia y, sin ningún pudor, se ponían en remojo en un jarrón, ya fuera de Anton Lang, de Zuloaga, de Ruiz de Luna o de William Moorcroft (el alfarero, no el explorador).

Se conservan la lámpara de Tiffany, los tapices flamencos, la mesa riojana, los chéster y la porcelana, pero en el chalet ya no hay flores descocadas. De las cepas que arborizó el pintor, quedan las raíces de una palmera, un magnolio, un laurel y un ciclamor. Hay un arrayán con denominación de origen La Alhambra; una morera que se tiene que podar con frecuencia –para que el pavimento de olambrillas y terracota no se convierta en una resbaladiza tostada de mermelada de mora–, y un ciruelo bajo cuya sombra verdinegra cuchichean dos estilizadas siluetas griegas. Melodiosas Nereidas se llevan sus confidencias, borboteo continuo de voces que estremecen al celaje, tembloroso todo él, en el estanque.

Fuente de las confidencias. Casa-Museo Joaquín Sorolla.

Juantiagues, Flickr.

Tiempo atrás hubo un rosal que teñía de amarillo el soportal, aquel de la entrada principal que nos traslada a Sevilla y a su Alcázar Real. La primera vez que Joaquín Sorolla viajó a la capital hispalense fue para retratar a la reina Victoria Eugenia. Ya había pintado a Su Majestad con anterioridad, más castiza con su mantilla en la Sierra ella, aun siendo escocesa, que su marido Alfonso XIII, posando de soldado húngaro frente al caballete. Al pintor no le agradaban nada estos encargos que interrumpían con caprichos reales su horario de trabajo. Un agobio y un pesar –agravado cuando se encontraba lejos del hogar– que sólo la soledad de un jardín hispanomusulmán podía aplacar.

“Ahora cuando almuerce salgo enseguida para palacio, pues quiero pintar en los jardines otro cuadro.”

Cartas casi diarias enviaba con pétalos de claveles y violetas a su Clota, su “querida Clota”:

“La lluvia de estos dos días ha llenado de azahar el suelo de la plaza de Banderas, y hoy al cruzar por allí era delicioso el perfume. Te mando un poquillo que del suelo he cogido”.

Era la forma de sentirse a su lado cuando los compromisos les mantenían apartados.

Ocho años se pasó Sorolla viajando por el mapa, para darle a la Hispanic Society of America su Visión à plein air de España. Los 150.000 dólares que por los 14 murales cobró los invirtió, precisamente, en las obras de su mansión. Refugio ajardinado donde cobijarse de miradas microscópicas suspendidas en la atmósfera; miradas que en poco podían evolucionar en un aguacero de fans (son los temporales que quienes reciben success, medallas y prizes, han de soportar).

En el cercado del Paseo Martínez Campos encontraría intimidad, reposo y un espacio de ocio donde recibir a sus amigos, clientes y vecinos. En el mismo barrio vivieron Camilo José Cela, Manuel Alexandre, Pablo Picasso, Mariano Benliure, el doctor Luis Simarro, María Guerrero en un palacio justo al lado… Y entre tanta gente de arte y ciencia, también una Condesa de Oliva y Fabiola de Bélgica. Cuántos de ellos pasarían las tardes en el jardín de los Sorolla tomando el té, no lo sé. Lo que es a día de hoy, cualquiera viene con su familia y se instala a merendar bajo el cenador. Desde un busto de mármol, les acompaña, absorto y sólido, el anfitrión.

Busto de Joaquín Sorolla.

Juantiagues, Flickr.

Igual de petrificado, sobre una columnata, el cortejo de Dioniso deleita sus sentidos pertinentemente bebido; mientras que el Desnudo femenino de José Clará se despereza en un eterno despertar entre panderetas y gaitas enmudecidas por el hontanar. Presidiendo el canal granadino, un ciudadano romano, manco y sin mollera, pero con una toga muy bien puesta, destaca por su presencia. Supuestamente es un regalo de José de Saavedra y Salamanca, Marqués de Viana, quien, sabiendo del interés de Sorolla por las ruinas arqueológicas de Cástulo, le obsequia con un togado encontrado en el yacimiento aurgitano. “Ahora estará mejor en su jardín”, le viene a decir.

Naturaleza encerrada en un lienzo sin horizonte y sin cielo. Sólo luces, flores, muchas , muchas flores, vegetación, algún retrato de Clota, su “querida Clota”… Una impresión exhalada alla prima, en una sola sesión, mientras el óleo sea aún rocío sobre pétalos irrigados por un surtidor, que son las fuentes, que es el sol. Ya no está el sillón de mimbre donde Sorolla se recreaba pintando al aire libre. En un cubilete de aguarrás, se diluyen los anhelos de un maestro golpeado por una hemiplejía maldita, ¡maldita hemiplejía sin sensibilidad artística!

Las transparencias y reflejos se tornan lívidos. Las sombras pierden su colorido. El rayo estival deja de llamear, y una hoja moribunda, con el hálito de la tarde, se cae. Flota en el manantial.

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