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Jordania, recuerdos del agua

Jordania puede contar a los viajeros largas historias de invasores y colonos, de castillos, ciudades y ruinas, de kilómetros de costa en el mar Rojo y un mar Muerto, de valles como Wadi Rum y Wadi Aravá. Un territorio con infinidad de riqueza humana y paisajística, que también es agua.

19 de junio de 2014

Hace días que tengo recuerdos del agua, quizá porque este junio en el hemisferio norte predica calores estivales, la tierra ha dejado caer los colores fuertes y empieza a decidirse por un amarillo y un verde poco intensos, casi difuminados. El tiempo parece correr con torpeza, el ritmo de las pisadas sobre el asfalto se ralentiza, cualquier gota fresca que venga del cielo es bendita. Sin un motivo claro, hay un olor en mi casa que no le pertenece, a ese incienso húmedo que exhala el agua del desierto. Rescato un par de fotos, pero la premura de las tareas del día me hacen pensar que es un recuerdo efímero y lo abandono con dudas, por eso cierro con cuidado la puerta al salir a la calle, pero bastó esta imagen de Madrid para volver al agua.

Jordania, recuerdos del agua.

A veces es inútil ese intento forzado de escribir sobre un viaje mientras sucede. Ni siquiera meses después, o años más tarde, uno sabe cómo hilar ese pelo enredado de datos e imágenes, quizá es necesario un plazo de una década, o tal vez nunca se escriba y sólo se recuerde. De Jordania, el tejido es tan denso que nunca puse una frase sobre ella, aun siendo el país al que regreso en tardes de limpieza en los armarios, cuando leo en silencio o espero sentada el metro. Parece que al tiempo le preocupa no sólo lo que fuimos, también dónde estuvimos. Jordania, Al-’Urdunn, puede contar a los viajeros largas historias de invasores y colonos, de castillos y palacios fortificados, de ruinas y ciudades como Amman, Petra, Madaba, Aqaba; de sus veintiséis kilómetros de costa en el mar Rojo y un mar Muerto, de valles como Wadi Rum y Wadi Aravá. Es un territorio con infinidad de riqueza humana y paisajística, pero también es agua. Hace días que vengo recordando aquella sensación de andar por el desierto y alcanzar un punto en que los manantiales y las cascadas refrescan la piel caliente de las rocas. La magia sempiterna del viaje debe ser ésta: vas a las afueras de la ciudad que habitas, mueves el agua de un río con los pies secos y regresas sin maleta a un lugar que admiras.

Jordania, recuerdos del agua.

Estuve en Petra varias veces, capital del antiguo reino nabateo y de la provincia romana de Arabia Pétrea, importante paso de caravanas, ruta de incienso y especias, lugar donde las rocas de arenisca lucen un color rojizo rosado que serpentea las superficies y crea murales de una belleza perfecta. Se llega por un desfiladero y es como entrar en el útero materno y hacer el camino hacia la luz de nuevo; avanzas entre dos paredes gigantes que casi se rozan y desembocas en la fachada del Tesoro. La ciudad, escavada y esculpida en la piedra es una maravilla dentro y, creo, fuera del planeta. Y está el Mar Muerto, el lugar más bajo de la tierra, el lago más mar que conozco, saturado de sales potásicas y magnésica. Flotando boca arriba, tenía la impresión de estar suspendida en algún extraño plano equidistante del cielo y del agua. Entre Madaba, la ciudad de los mosaicos, y el mar Muerto, está la página de mi actual recuerdo, las aguas termales de Hammanat mae’n.

Jordania, recuerdos del agua.

El agua caía con fuerza, suavizando los salientes de las rocas, llenando el universo de sonrisas infantiles, de esos gritos de ilusión que los niños regalan. Bajo tal chorro, uno se siente río y las penas se escapan, termina el cansancio del viaje y el calor del ecuador del día en la cabeza. Conocí a la familia de Fátima e Ibrahim en Ammán, vivíamos en el mismo barrio, mismo edificio, y cuando ella cocinaba mi pequeño apartamento se llenaba del olor de los vegetales horneados, de las hojas de vid, de berenjena y humus, del aroma de las hierbas, del ajo, de las especias, las cebollas, la salsa de tomate y el limón, y yo navegaba entre los sabores mientras descubría en las colinas de las ciudad las casas rectangulares y las mezquitas. Por alguna buena razón, posiblemente una boda, casi cada noche había fuegos artificiales, a veces en diferentes puntos y a la misma hora, y yo disfrutaba como una niña en el agua. El mansaf de Fátima era insuperable, y a su mesa se sentaban los fines de semana decenas de familiares que marchaban poco antes del atardecer con el paladar todavía en la gloria. Ella guardaba con una sonrisa traviesa el toque fino de los pequeños secretos de cocina que su madre le enseñó, y que su madre aprendió de su abuela, y su abuela de la anterior mujer de la familia, y ésta de la anterior, y así hasta el origen de lo femenino en la gastronomía. A Fátima le gustaba permanecer bajo la cascada, parecía dormida, transportada.

Jordania, recuerdos del agua.

Jordania es también despertar en el desierto de Wadi Rum, envuelta en la manta, y entender al final por qué la vida sencilla es la más bella. Alrededor, formaciones de arena cuyos perfiles la luz del sol va marcando. El té y el movimiento de los guías en absoluto silencio, la oración en la arena, el agua clara que, dicen, descansa en el vientre largo y subterráneo de este valle. Y es llegar a Aqaba, al mar Rojo, y olvidar entre corales la cercana presencia del amarillo que impera a las puertas del golfo. El Camino de los Reyes pasa por el país, es la ruta que une el Nilo con el Éufrates, las aguas de dos ríos ligados a la historia humana por millones de puntos. O Jerash, al norte, una de las diez ciudades de la época romana. Una década más tarde, cuando miro las piedras en la corriente del Tormes, vuelve el calor de la gente jordana, su hospitalidad mayúscula, y sé que habrá nuevos días en que tenga recuerdos del agua.

Jordania, recuerdos del agua.

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