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Kilmainham: algo más que una antigua cárcel

Después de visitar el Castillo de Dublín y callejear con James Joyce, nos damos un paseo por los corredores y celdas de Kilmainham, antigua prisión que jugó un papel crucial en la historia de Irlanda, hoy convertida en un museo memorial que nos invita a reflexionar sobre la pena capital.

24 de septiembre de 2013

¿Por qué deberíamos hacernos un hueco para visitar Kilmainham Gaol en nuestra estancia en Dublín, más allá de Joyce, de su  inmenso Jardín Botánico, de las joyas bibliográficas de la Chester Beatty, de las sugerentes historias del Castillo, de sus estupendos museos y del deambular en el contraste colorido de sus casas y el paréntesis de amplitud y aves del río Liffey y sus canales?

Animémonos con Kilmainham. Es una invitación a una reflexión enriquecedora sobre la pena de muerte y  los afanes excluyentes y punitorios de la sociedad en distintas épocas.Su fachada no puede ser más explícita: una amplia puerta rematada con un tímpano en el que cinco serpientes-dragones, entrelazadas y encadenadas, remiten a una mitología justiciera  de castigo triunfal sobre el pecado.

En 1792 comienza su construcción  sobre una colina, respondiendo al proyecto del reformador penal inglés Howard, quien sostenía que, para facilitar la redención de los presos, éstos debían estar aislados y, así, la soledad ayudaría a su arrepentimiento. El aire puro de la colina haría el resto. Pero la preocupación no alcanzó a la elección de las piedras. Tan ilustradas consideraciones fueron borradas por sus ventanas sin cristales y los poros de sus sillares que facilitaban el paso a los vientos y a la humedad, excelentes vehículos para los nocivos gérmenes de la época. Fue inaugurada en 1796 y, a lo largo de sus 128 años de existencia, pasaron por ella 100.000 condenados entre hombres, mujeres y niños.

Interior de la cárcel de Kilmainham.

Sean Munson, Flickr.

Entremos. La visita es pausadamente guiada y concentrada en la reformada ala este. Las concisas explicaciones del guía proyectan sobre los muros descarnados perfiles de infortunios. No nos resultan totalmente desconocidos: los hemos visto en películas como En el nombre del padre o The Italian Job, entre otras.

La visión de los largos corredores de celdas estremece: son habitáculos diminutos, concebidos para una sola persona, un colchón, un cubo y una palmatoria. Un solo lavabo para  130 prisioneros.

Kilmainham resultaba pequeña muchas veces. Y podían hacinarse en ellas hasta 9.000 personas como en las duras épocas de las hambrunas de 1840. Algunos no abultarían demasiado: era frecuente que pequeños, muchos de apenas  6 años, conviviesen con los adultos.

El ala oeste no tenía vidrios en las ventanas, ni calefacción. El único lujo era la hora de iluminación a vela que se les permitía a los encarcelados. Los prisioneros no podrían hablar entre ellos, y, para asegurar ese castigo del silencio, los pasillos estaban cubiertos por rústicas alfombras que impedían detectar las pisadas de los guardias.

 

Prisión y muerte para los pobres

Niños y mujeres fueron especialmente numerosos en la época de la Gran Hambre (1845-1848), cuando el escarabajo de la patata llenó de hedor y muerte los campos irlandeses. Muchos cometían pequeños delitos con tal de asegurarse un plato de comida y un techo, cuando ya no había donde encontrar nada para comer. Entonces Kilmainham sería el alivio, un descanso en el caminar desesperanzado entre el hambre y la desesperación. Pero con la recuperación de la miseria habitual volvería Kilmainham a ser el verdugo extra, la propina que la sociedad regalaba a los miserables: 7 años para ladrones de carretilla, por ejemplo.

Algunos tuvieron una esperanza, es verdad, aunque quizá no lo sabían cuando salían de Kilmanhaim rumbo a Australia. Inglaterra necesitaba mano de obra para sus colonias lejanas y, una vez cumplido el tiempo de la condena, eran libres en la nueva tierra.

Corredores de la cárcel de Kilmainham, Dublín.

Ralf Peter Reimann, Flickr.

Prisión y muerte para la oposición política

Los líderes de las frecuentes rebeliones nacionalistas (1798, 1803, 1848, 1867, 1916, 1918-1924) fueron involuntarios huéspedes de Kilmainham, entre los que encontramos nombres famosos como Robert Emmet, Thomas Francis Meagher y Charles Stewart Parnell. Muchos acabaron sus días entre estos muros.

Algunas de las historias más escalofriantes las encontramos entre los 17 fusilados por su participación en el levantamiento de Pascua de 1916. A Conolly, malherido, debieron atarlo a una silla para que pudiera disparar sobre él el pelotón, el 2 de mayo de 1916. Las autoridades manifestaron que no había ninguna razón de interés público para dilatar la ejecución. Pocos días antes había proclamado una república irlandesa que garantizaba la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, la libertad religiosa, la igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos y apostaba por la búsqueda de la felicidad y la prosperidad.

Otros eran también  poetas, como Thomas MacDonagh, fundador de los Irish Volunteers, o Eamon Ceannt, miembro del Sinn Feinn y también de los Irish Volunteers y participante en el Howth gun-running, la épica compra de armas (muchas de ellas ya utilizadas en la guerra franco-prusiana de 1870) en Hamburgo y que se trasladaron a bordo del Asgard hasta el puerto de Howth, el 26 de julio de 1914.

Y, para acabar nuestro recuerdo a los mártires de 1916, recordemos esa trágica historia de amor, la del casamiento de Joseph Plunkett, otro de los detenidos en la Pascua del 16 (director de operaciones de los Irish Volunteers y cofundador del Irish Theatre), con su novia, la actriz Grace Gifford, en la madrugada, todavía fría, del 4 de mayo de 1916. La boda, a la 1:30h.; la muerte frente al pelotón, a las 3:30h. Diez minutos  estuvieron los esposos solos, pero Grace mantendría su condición de viuda hasta su muerte en 1955. Después de la ejecución se instaló en la casa de su nueva familia política. Mientras intentaba recuperarse, perdió de forma natural (¡qué impreciso ahora el adjetivo!) la criatura que esperaba. Fue enlazando su vida de artista, como pudo, con su militancia independentista para siempre, y fueron sus propias acciones las que la llevarían también a ella a Kilmainham. El miedo de Joseph fue entonces  su propio miedo, acallado, quizá, por momentos, por el consuelo de la entrega a una causa que habían soñado juntos. Los Plunkett la consideraron siempre una más de la familia: sus restos descansan en el panteón Plunkett en Glanesvin.

Durantela GuerraCivil, de1918 a1924, fueron 150 los prisioneros políticos detenidos en Kilmainham,  entre ellos la viuda y la hija de dos de los fusilados en 1916.

Un detalle macabro: Kilmainham protegía a sus “trabajadores” de la culpa. Las armas eran cargadas a espaldas de los soldados para que no vieran quién de ellos llevaba una bala de fogueo. Nunca se sabría quién no mató. No todos eran asesinos; pero sí, todos los condenados, asesinados.

El guía nos conduce hasta  la capilla católica. ¡Cuántos ruegos o reniegos habrán vivido estas paredes! Era la realidad de la soledad irremediable y final. ¿Cuáles eran las caras que soñaban entonces? ¿Cuáles los sentimientos que los dominaban: Reproches, rabias, miedo? Esa es la emoción diferente, la reflexión que nos provoca esta visita. Nuestra soledad más escondida aflora aquí y la tragedia nos conmueve.

Capilla católica de la cárcel de Kilmainham, Dublín.

Ralf Peter Reimann, Flickr.

Son imprescindibles las visitas a las exposiciones de la planta baja y primer piso. En la primera se puede observar la escalofriante preocupación por la mejora técnica de los sistemas de ahorcamiento a lo largo del siglo XIX. 140 ejecuciones por horca se llevaron a cabo en Kilmainham, 40 de ellas a prisioneros políticos. Los paneles no hacen hincapié en juicios morales o religiosos sobre la pena de muerte: se limitan a describir épocas, situaciones y condenas. Los muros, la humedad, el gris claustrofóbico y una espesa empatía gris hacen el resto.

El último prisionero fue Eamon de Valera, que sería presidente de Irlanda entre 1959 y 1973, hijo de padre español, por cierto. Su liberación en 1924 coincidió con el cierre de la prisión. Sería en 1960 cuando un grupo de voluntarios, entre ellos algunos ex prisioneros, decidiera emprender obras de reformas con tal de mantenerlo como un memorial testimonio no sólo de la lucha política sino también de la evolución de esa preocupación de la sociedad sobre “cómo punir mejor”. Se reabrió como  museo en 1966 convirtiéndose en un espacio muy especial donde tienen lugar exposiciones y representaciones artísticas.

Salimos. Muy cerca  tenemos al Phoenis Park, el parque más grande del mundo después del Central Park de Nueva York. Aprovechémoslo: necesitamos tanto verde, tanto aire…

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  • 24 de septiembre de 2013 a las 8:46

    ¡Estupendo post! Nosotros hicimos la visita en plena ola de frío polar hace unos años, a -10 grados y todo nevado, así que se nos hizo aún más duro pensar en las condiciones que vivían. La ciudad de Dublín nos encantó, el ambiente, las calles, toda la decoración navideña… Y sin una gota de lluvia, aunque con una buena capa de nieve. Podéis ver nuestro post en http://www.undiaenelpolo.com/2013/09/dublin.html

    Por Un día en el polo