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La bohemia de la Puerta del Sol

Hubo un tiempo en que la madrileña Puerta del Sol era un hervidero de cafés literarios donde se daban cita escritores, filósofos y artistas. Valle-Inclán, Machado, Unamuno, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, Borges, Baroja… participaban en estas tertulias bohemias.

13 de noviembre de 2013

Dong… dong… dong… Suena el  reloj de gobernación… Dong… dong… dong… Y aquí estoy, esperando a la bohemia en la Puerta del Sol… Si no entendí mal, es por estas proximidades donde filósofos y literatos solían quedar… Lo leí en algún lugar…

Algo preocupado por el retraso, rebusca el viajero entre sus bártulos de explorador urbano: la cámara de vídeo y la de fotografiar, el diccionario, postales para regalar, el convertidor de divisas, los mapas, la guía de monumentos, la de hoteles y la de restaurants… Y allí, en el fondo de su smartphone, al fin encuentra la cita que anotó en su Moleskine App:

“¡El emplazamiento bohemio por excelencia!” Sí, así se refiere Rafael Cansinos-Assens a esta ágora madrileña.

El oso y el madroño, Puerta del Sol, Madrid.

Juanedc, Flickr.

“¡No me hable usted, querido lector, de la bohemia madrileña!”, desde EverNote, Julio Camba le espeta. “En Madrid no hay bohemia. De un lado hay miseria, pauperismo, tuberculosis, y del otro lado hay literatura.” Pero… “No. No hay bohemia en Madrid. El bohemio, o no existe como tal bohemio, o es lo que llamaríamos un pobre de postín”.

Mickey Mouse y Bob Esponja venden globos en la plaza, un sucedáneo de faquir toca la flauta y un saltimbanqui se traga una barra metálica… Desabrido espectáculo que congrega a las masas y le está quitando clientes a las estatuas humanas. Quietas, ni se inmutan éstas, acostumbradas como están a la competencia desleal, pues jamás podrán rivalizar con el bronce y la piedra de verdad. En este sentido, el rey de la explanada no es un borbón equino, sino un plantígrado trepador que tiene por los madroños cierta adicción. Su fruto es rico en antioxidantes y tiene una chispa de alcohol que, a buen seguro, reconforta al oso beodo en estos días de otoño. Todo el mundo se quiere retratar junto al heráldico animal, a falta de una Torre Eiffel con la que posar en la capital. A Carlos III, los turistas apenas le miran. Está demasiado arriba… Desde que le instalaron al caballo un campo electroestático, ni siquiera las palomas se atreven a cagarse ya en la familia real. Es a ellas  a quienes vigila la policía, pues, para los manifestantes que hacen huelga de hambre en el pedestal, no serían necesarios furgones blindados a prueba de guano… Quizá sí para reducir a Ramón María del Valle-Inclán, en cambio.

“¡Majadero!, ¡bruja chupona!, ¡perro avariento!, ¡Izcariote!, ¡patriotero!, ¡criminal!, ¡azezino!, ¡emplumado!, ¡prozero!”. No se altere, por favor, maestro.

Ramón María del Valle-Inclán.

Carmelmm, Wikipedia.

Cuentan que era habitual que el autor de Luces de bohemia ceceara improperios como éstos, que en las tertulias literarias apenas dejaba hablar a sus compañeros y que la leche le salía amarga cuando se ordeñaba sus groseras barbas. El gallego se acaloraba con facilidad, hasta el punto de que los conflictos dialécticos que lidiaba podían acabar con brazos amputados en auténticas batallas. Le bastaba una botella de agua como arma para enfrentarse a quien le interrumpiera la palabra y osara llevarle la contraria. Tal era su fama:

“Valle-Inclán se hallaba entonces en el apogeo de la altivez y la impertinencia. Se sentía dictador en su tertulia, tenía a veces riñas desagradables… Pero era un hombre que tenía salvoconducto para hacer lo que le diera la gana…” Después de la advertencia de don Pío, ya no sé si acercarme a los clubs que frecuentaba el dramaturgo…

El viajero busca en su iPhone la guía de cafés literarios; pero, en los alrededores de la Puerta del Sol, GoogleMaps no encuentra más que tabernas (miércoles, cocido; jueves, paella) y pubs donde intercambian Guinness por clases de English, imprescindibles para pedir un coffee y una muffin supreme en un take away. Ya nada queda del Café de Levante (aquél que, según Valle, tuvo “más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades”), ni del Café de la Montaña (también llamado café pulmonía, por estar sus 16 puertas abiertas noche y día), ni del Café Oriental,  ni del Universal… Ni del Colonial:

“Fue mi punto de partida”. Jorge Luis Borges recuerda los poemas ultraístas que, en las tertulias de Cansinos-Asséns, compartían. “Los míos eran especialmente malos…” Desde la medianoche del sábado hasta el alba del domingo, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguían, proletarios del arte conversaban sobre la metáfora, sobre el adjetivo, sobre la rima. “Una vez asistí al Café de Pombo, donde estaba la tertulia de Ramón Gómez de la Serna…” GoogleMaps tampoco lo encuentra… “…pero no me gustó su manera de comportarse…”

La tertulia del Café de Pombo.

“¡Vamos!”, le hubiera contradicho el poeta peruano Alberto Hidalgo. “Todo hombre de letras que llega a Madrid tiene necesariamente que ir a Pombo, como el viajero que arriba a Egipto está obligado a visitar las Pirámides y quien va a Paris, pasea el Louvre; y a Grecia, las ruinas del Partenón; y a Roma, San Pedro; y a Nueva York, la quinta Avenida”. ¡Antes la Sagrada Cripta que el Museo Reina Sofía!, donde el pintor José Solana tiene retratados a unos cuantos tertulianos, reunidos en el sombrío antro de la calle Carretas número 4. “Siempre me pareció un café vetusto…”, reconoce el de las greguerías. Pero, “estaba a un paso de todos los tranvías y, por ello, era propicio para las citas”. Tomás Borrás, Manuel Abril, Mauricio Bacarisse, José Bergamín… Y piruetistas, hampones con pipa, poetambres, melenudos golfistas… sin faltar algún que otro vagabundo loco: no se reservaba el derecho de admisión en el Pombo, de modo que en la botillería se juntaban las gentes más peripatéticas y extrañas que rondaban por la Puerta del Sol, y que se pueden encontrar todavía hoy.

¡Llevo la Suerte, llevo la Suerte!… ¡Oro, oro!… ¡Llevo las Navidades!… ¡Compro oro!… ¡Traigo la salvación!… La bohème, la bohème… ¡Dios está en mi corazón!… ¡Fuera Mafia, hola Democracia!… Ça voulait dire on est heureux… ¡Hay un camino: Jesucristo!… ¡El Niño… tengo lotería del niño!… ¡Por el futuro de nuestros hijos: no a los recortes educativos!… La bohème, la bohème… ¡Aborto igual a Genocidio!… ¡Raros, hay números raros!… Nous ne mangions qu’un jour sur deux 

Estatua humana en la Puerta del Sol, Madrid.

David Ramos, Flickr.

“Los bohemios vivían como podían, a salto de mata”. Lectura de Gente del 98, de Ricardo Baroja, en la tableta. “Escribían en periódicos que, o no pagaban o lo hacían muy mal; pintaban cuadros que no vendían; publicaban versos que no quería nadie… En cuanto reunían unas pesetillas se hundían en el café a charlar…”

De la época, el único negocio que continúa en la Puerta del Sol es La Mallorquina. Repostería típica donde un borracho, un merengue y un brazo (que, por decoro, ha dejado de ser gitano) comparten escaparate con un “auténtico macarron francés” que los clientes se llevan envueltos en servilletas de papel.

“…se hundían en el café a charlar, a discutir, sin importarles un pito el futuro. No había porvenir que se extendiera más allá de una semana… Muchos de aquellos compañeros podían pasar dos o tres días sin otro alimento que café con leche con media tostada o el chocolate de la churrería…”

3,80 euros les costaría ahora en la chocolatería San Ginés, a escasos metros de la plaza, siguiendo la calle enarenada. Lleva desde 1894 abierta también. Conserva las mesas de mármol blanco con pies de hierro, los divanes, las columnas, las lámparas y los grandes espejos, pero ya no hay limpiabotas ni cerilleros. Hay largas colas de turistas que buscan templar su cuerpo tanto en verano como en invierno, el caso es probar el typical Spanish donuts y ver humear one of the grand icons of the Madrid night.

Dong… dong… dong… Se acaba la batería del smartphone… Dong… dong… dong… La noche ilumina el reloj de gobernación… Dong… dong… dong… Y yo continúo esperando a los bohemios en la Puerta del Sol.

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