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Histórico noticias



La Casa das Histórias de Cascais (o la angustia en un cuento infantil)

La Casa das Histórias acoge la obra de Paula Rego, que ha sido comparada a la serie de las pinturas negras de Goya por la tenebrosidad de algunas escenas, centradas en cuentos infantiles y en mujeres que perturban y asombran por subversivas.

15 de noviembre de 2018

El discurso que rige nuestro orden social refleja solo aquello que interesa a las dinámicas de control y poder que lo sustentan. Se nos enseña a pensar nuestra sociedad como un todo coherente, ordenado, sin mucho conflicto, sin grandes contradicciones, donde los sujetos pueden elegir entre opciones de vida que, en realidad, bien miradas, son solo aquellos nichos desde los que poder seguir reproduciendo el propio orden social. En la infancia se nos transmiten, en forma de cuentos y relatos, las lógicas por las que habremos de guiarnos, las actitudes que deberemos adoptar para ser premiados, los personajes con los que habremos de lidiar y que serán encarnados por distintas personas a lo largo de nuestras vidas. Y así vamos construyendo una subjetividad sujeta (el “sujeto sujetado” de Butler) a normas, prescripciones, regulaciones de las que solo seremos conscientes en el caso, poco frecuente, de que queramos saltárnoslas.

En los relatos infantiles (que nos van enseñando a ser como seremos) todo parece ordenado, con sentido, con finales felices, dibujos en blanco y negro de lo que está bien y lo que está mal, como si la vida no fuera una borrosa mancha de grises llena de conflictos, angustias, miedos y contradicciones. Así que, cuando de vez en cuando aparece alguien que nos ofrece otra visión de esos relatos, combinando violencia y maldad con cuentos de hadas, el resultado es profundamente desestabilizador, como si se insertara una bomba de perversión y complejidad en el interior de un universo que solo conocíamos en tonos pastel. Esto es lo que sucede en la pintura de Paula Rego que se puede contemplar en la Casa das Histórias de Cascais (Portugal), dedicada a exponer de forma permanente su obra.

La Casa das Histórias de Cascais

Paula Rego nació en 1935 en el seno de una familia adinerada durante la dictadura de Salazar, pero su padre era antifascista y anticlerical, lo que a menudo se ha utilizado para explicar el núcleo tenebroso que destilan sus pinturas de cuentos infantiles. Ella lo atribuye a los miedos que pasó durante su infancia, aunque reconoce no saber bien su causa última. Es posible que la ausencia de sus padres en el lapso crucial que fue desde su primer año a sus dos años y medio de vida pueda explicar ese lado angustioso y oscuro que quedó asociado para siempre a los pacíficos cuentos infantiles que su abuelo y las cuidadoras le contaban para mimarla, pero el hecho es que contemplar su Blancanieves, su Caperucita y el Lobo, Los Tres Cerditos u otras escenas, deja una sensación profundamente turbadora y desasosegante. Freud se refería a lo “ominoso” “como esa variedad de lo horroroso que se liga a las cosas conocidas desde hace mucho tiempo y desde siempre familiares”, e intentó explicar “cómo esto es posible y en qué condiciones las cosas familiares pueden volverse extrañamente inquietantes, horrorosas” (Freud, Ensayos de psicoanálisis aplicado, en Rand y Torok 1997: 41-2). Aunque mi falta de especialización psicoanalítica me impide saber si esta categoría podría utilizarse con propiedad en el caso de las representaciones de Paula Rego, no puedo dejar de asociar a ese concepto la sensación que me invadió tras contemplar su obra.

La vida de Paula Rego ha sido aparentemente convencional: disfrutó de una selecta educación que le permitió formarse en la Slade School of Fine Art de Londres, en donde conoció al que sería su marido, Víctor Willing, que moriría, tras largos años con esclerosis múltiple, en 1988. Tuvieron tres hijos y residieron en Londres desde 1975, en donde ella sigue pintando hasta la actualidad. Ha merecido innumerables distinciones (Dama Comandante del Imperio Británico, por ejemplo) y reconocimientos (innumerables doctorados Honoris causa) y retratado al propio expresidente Jorge Sampaio. Pero gran parte de su pintura expresa un núcleo interno profundamente anticonvencional, conflictivo, duro, ajeno a cualquier modalidad de discurso social políticamente correcto, y en todo caso, y sobre todo, al que la sociedad espera escuchar de una mujer. En este sentido, su pintura es profundamente subversiva: no cree en la inocencia, los cuentos de hadas le parecen crueles, una de sus pinturas favoritas es La Virgen pegando al niño Jesús de Marx Ernst, y declara legítimos los celos o la venganza en las relaciones con los demás.

Aunque se la ha atacado en ocasiones por la imagen agresiva y muy masculinizada que transmite de algunas mujeres, ella afirma pintar para defenderlas, para contar lo que les pasa, de lo que es prueba su serie sobre el aborto, tan realista como impactante. Se ha comparado su obra con la serie de las pinturas negras de Goya, en tanto que retratos de la parte más oscura y tenebrosa de las dinámicas de relación humana. A diferencia del genio español, sin embargo, Paula Rego combina la tenebrosidad con escenas que nuestro imaginario tiene asociadas a niños, cuentos de hadas y mujeres, lo que las hace doblemente perturbadoras. Tanto como el propio hecho de que sea una mujer la que se atreva a expresar este discurso inconformista, incómodo, duro, crítico, cruel en ocasiones, tan alejado de la voz delicada, dulce y suave con que la sociedad ha preferido escuchar siempre a las mujeres.

Contemplar los cuentos infantiles en la Casa das Histórias es tomar conciencia de que lo ominoso puede estar escondido en el núcleo más profundo de lo aparentemente convencional. Se sale de ella con la sensación de estar contemplando un juego de muñecas rusas en la que un envoltorio colorido, brillante y privilegiado puede cobijar en su interior un reducto último de miedo y angustia, testigo de lo perversa y brutal que puede haber sido para una niña sensible e inteligente la compleja realidad en la que vivimos. Paula Rego contiene en su interior ese núcleo tenebroso de la misma manera que la Casa das Histórias contiene su obra. Y, como su propia vida, la Casa das Histórias nació rodeada de privilegios. En este caso, un diseño arquitectónico que en sí mismo es una obra de arte, creado por el Premio Pritzker 2011 Eduardo Soto de Moura, emplazado en Cascais, a 30 kilómetros de Lisboa, destino apacible y encantador elegido por aristócratas y artistas como lugar de residencia o veraneo. Privilegiado lugar que contiene un privilegiado museo que contiene la obra de una artista privilegiada que ha tenido una vida privilegiada en la que se esconde una angustia que quizás le ha permitido vivir privilegiada y equilibradamente precisamente por haber tenido la capacidad de expresar en la pintura lo que en otros/otras queda escondido para siempre en los más recónditos lugares de la inconsciencia. Y que, siendo mujer, parece mucho más difícil de mostrar.

La obra de Paula Rego conmueve y remueve, afecta y perturba, sorprende y deja un efecto que permanece, que no se olvida, porque se salta los límites y las convenciones, y deja al descubierto lo que en general no queremos ver ni podemos decir. La visita a la Casa das Histórias bien merece, por sí sola, una visita a Portugal.

 

Rand, N. y Torok, M. (1997): La inquietante extrañeza de Freud ante El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann. En S. Tisseron, M. Torok, N. Rand, C. Nachin, P. Hachet y J.C. Rouchy: El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Clínica del fantasma. Amorrortu editores, Buenos Aires: 35-61.

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