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La dama blanca

Uno de los escasos relatos en la historia de la exploración polar protagonizado por una mujer inusual. Cuenta su vida durante el año que pasó en Groenlandia con ocasión de la expedición de 1891 comandada por su marido, Robert Peary, una de las figuras centrales en la pugna ártica.

13 de septiembre de 2019

Ver zarpar una embarcación siempre ha congregado a familiares, amigos y curiosos. Por eso, siguiendo esa tradición que hunde sus raíces en los primeros seres humanos que decidieron desafiar el mar, el 6 de junio de 1891 una multitud abarrotaba los muelles del puerto de Brooklyn. Era una ocasión muy especial, no se trataba de un barco cualquiera, aquel buque llevaba una expedición polar que enfrentaría los rigores del corazón del Ártico.

A una orden, periodistas, autoridades y familiares comenzaron a descender con desgana la pasarela. Cuando la cubierta se despejó todos los ojos pudieron centrarse en una figura femenina que permanecía a bordo. Vestida con discreta elegancia, su rostro angelical contrastaba con las caras de los rudos marinos que la acompañaban. Para todos los que llenaban los muelles ella era el auténtico objeto de atención, curiosidad y admiración o desdén en proporciones muy similares. A su lado, Robert Peary, el jefe de la expedición, se sentía orgulloso de que su encantadora esposa, Josephine, se fuese a convertir en la primera mujer en participar en una expedición al Ártico.

Todo el que se encontraba en los muelles era consciente de que Josephine Peary era una mujer muy especial. Para unos era el arquetipo del amor conyugal, dado que hacía falta estar muy enamorada para seguirle en la aventura de pasar un año en unas latitudes inhóspitas, desafiando gélidas temperaturas y bestias sanguinarias que podrían terminar con su vida, como ya le había ocurrido a más de un avezado explorador. Para otros muchos, quizá la mayor parte de aquel gentío, aquello era una locura propia de una desvergonzada; una mujer que se preciase no debería convivir un año en una cabaña de reducidas dimensiones con otros cinco hombres; además, ¿qué probabilidades de sobrevivir podía tener una frágil mujer en un mundo de una dureza inconmensurable y del que los pocos hombres que se habían atrevido a desafiarlo, y habían regresado con vida, describían con horror?

Desde hacía semanas la prensa dedicaba grandes espacios a esta aventura. Parecía regodearse en los aspectos más bárbaros, así la entrevista al cocinero del barco resaltaba que este, que ya había visitado la zona, había tenido que comer la carne de distintas razas de perros y recordaba el repugnante sabor de cada uno de ellos. Con toda esta información arraigada en el imaginario popular, aquel lugar de sacrificios, padecimientos y comidas inmundas no parecía propio de hombres civilizados y mucho menos de una dama.

Sin embargo, hacia aquel lugar se dirigía Josephine Diebitsch Peary, segura de sí misma, consciente de los peligros, curiosa por conocer de primera mano ese mundo del que tanto había oído hablar a su marido y anhelante por vivir sus mismas experiencias. Este libro, que es el diario que escribió durante su estancia allí, es su visión de aquella tierra y sus habitantes, del impacto que le produjeron las aventuras que allí vivió y de las emociones que fue atesorando durante aquellos meses.

 Diario ártico. Un año entre los hielos y los inuit

Una mujer adelantada a su tiempo

Josephine era hija de inmigrantes prusianos que tuvieron que rehacer su vida en los Estados Unidos. Enérgica, inteligente y trabajadora, compaginó sus estudios con un empleo en la Smithsonian de Washington; en dicha institución la calidad de su trabajo llevó a la dirección a pagarle el mismo salario que a sus compañeros, algo que no era corriente en aquella época.

Su ingenio, belleza y elegancia hacían que no pasase desapercibida entre los hombres que la rodeaban, pero ella no se sintió atraída por ninguno de ellos hasta que, con diecinueve años, conoció a un joven oficial de la Armada, Robert Peary, del que se enamoró perdidamente, aunque era nueve años mayor que ella. Es posible que fuera esa madurez que daba la edad lo que le hizo preferirle sobre el resto de pretendientes.

Mantuvieron un noviazgo de seis años, muy largo si lo comparamos con los patrones de nuestra época, dado que Robert, obsesionado por alcanzar la fama, temía que el matrimonio le hiciese perder su libertad de movimientos, que en aquellos momentos ya se dirigían hacia las tierras polares. La boda no hubiese reportado interés para incluir en estas líneas, de no ser porque la madre de Robert, que era hijo único, les acompañó durante todo el viaje de luna de miel y posteriormente se mudó para vivir con ellos en el hogar de la pareja.

Dos meses después, la paciencia de Josephine llegó al límite y planteó a su marido que eligiese entre las dos. Aunque la madre de Robert hizo las maletas y se marchó, nunca desapareció de la vida de su hijo, hasta el punto de que la joven esposa pronto comprendió que siempre ocuparía el segundo puesto en el corazón de su marido. Lo que no sabía en ese momento es que años después la ambición por el Ártico de Robert Peary volvería a entrometerse en su relación y ella tendría que asumir pasar al tercer puesto en la prioridad afectiva de su marido —y durante algún tiempo al cuarto, pero no adelantemos acontecimientos—.

 

Su bautismo polar

Uno tiende a pensar que las expediciones árticas comienzan cuando se llega a esos remotos parajes, olvidando que el propio viaje de aproximación ya es parte de la aventura y por lo tanto lleva riesgos asociados. Esto fue lo que sucedió. En un momento determinado el barco que los transportaba hizo una maniobra violenta y el timón golpeó con fuerza a Peary, rompiéndole la pierna y condenándole a permanecer tendido sobre un camastro hasta que los huesos soldasen, cosa que podría durar varios meses. Con el jefe incapacitado, los científicos se plantearon dar por terminada la expedición y regresar a puerto. Puede que así hubiera ocurrido de no haber estado allí Josephine que, sin dudarlo, asumió el papel de portavoz de su marido y ordenó al capitán continuar.

Al llegar a su destino, una playa de piedras completamente desierta del norte de Groenlandia, fue ella quien, después de recorrer la zona con algunos de los científicos, decidió cual iba a ser el lugar para instalar el campamento. Las frases que esa noche anota en su diario: «Flores de todos los colores [...] brotan por todas partes [...] formando una alfombra de hermosura indescriptible», no dejan lugar a dudas sobre el impacto que le había producido la belleza del entorno. Ese día se enamoró del Ártico para siempre.

Días después, y mientras todavía se preparaba la cimentación del edificio, «Mr Peary» —que es la forma en que Josephine se refiere a su marido en su diario—, no pudo aguantar más la ansiedad y ordenó que le trasladasen a tierra. Cuatro fornidos marinos le bajaron postrado y atado a una plancha de madera, primero a un bote y luego a la playa. Esa noche, una de las últimas en que el barco les acompañaba, y mientras el resto de los científicos aprovechaba para dormir en el confort de los camarotes, ellos dos durmieron en la playa sin más cobijo que una tienda de campaña.

Allí Josephine soportó como pudo el frío, la humedad y las incomodidades, velando a su marido. Una y otra vez el viento amenazó con hacer saltar por los aires la lona, mientras sonidos y ruidos, completamente desconocidos para ella, le hacían pensar en la proximidad de un oso que, de un zarpazo, podría destrozar su exigua protección y terminar con ellos. Pese a que esas horas se le hicieron eternas, ni despertó atemorizada a su marido, ni le hizo partícipe de sus miedos cuando este estaba despierto. Era una expedicionaria como los demás, y como tal se comportaría. Eso sí, no volvería a separarse de su rifle, que se había dejado en el barco, y tendría todo el tiempo a mano su colt 45 que, para sorpresa de sus compañeros, manejaba con seguridad y precisión.

[...]

Viaje al Ártico.

El rincón de Nanuk.

Fragmento extraído del prólogo de Diario Ártico. Un año entre los hielos y los inuit, de Josephine Peary.

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