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La elegancia de la historia

Javier Reverte viaja con su último libro no a la Roma que es, sino a la Roma que fue, instalándose unos meses en la Ciudad Eterna que recorrieron escritores como Goethe o Twain. Una ciudad repleta de historias donde el arte asalta al turista que la visita en cada esquina.

16 de enero de 2015

Un turista da el paso definitivo al frente y se topa de bruces con la belleza de las líneas perfectas de la Plaza de San Pedro, bajo un cielo bruñido de un azul piscina, que es el que regalan los anticiclones de otoño. Luego entra en la gran catedral, donde la acumulación de un exhibicionismo ambicioso, cuya culpa la tienen los mandatarios que confunden lo tremendo con el arte con tanta frecuencia, y el conjunto es una suma de perfecciones y un revoque de barroquismo que alcanzan un punto bastante hortera. En realidad, muy hortera. Entonces el turista acude al refugio donde, tras una vitrina transparente y acorazada, se refugia la Piedad de Miguel Ángel, porque allí el mármol es perfecto, y se le queda la cara congelada durante una milésima de segundo. El tiempo que necesita para recordar que del cuello cuelga una cámara de fotos. El turista que visita una ciudad como Roma, se olvida de la carne humana y se limita a quedarse con el mármol. Otro tanto sucede con el turista que visita India en autobuses climatizados y hoteles de cinco estrellas. Un selfie con el Taj Mahal al fondo no es viajar a India. Es una presunción mundana.

El problema de olvidarse de la carne humana, tanto en casa como en los viajes, es que uno también se olvida del alma. Como bien supo entender Jesucristo con esa metáfora que ahora se integra en la eucaristía de los cristianos. Cuando pide comer lo que representa su carne, lo que está haciendo es pedir compartir su alma. La distinción entre el fondo y la forma es un invento que ha llegado hasta el punto de herir los libros de texto, cuyo más doloroso ejemplo es el academicismo que solicita esa separación en los análisis literarios.

Un otoño romano, Javier Reverte

Augusto De Luca, Flickr.

Cuando un escritor como Javier Reverte (Madrid, 1944) afronta un otoño en Roma, uno espera encontrar en su relato más carne que mármol, al igual que ha venido haciendo en libros anteriores, en sus encuentros con África o el Amazonas. Roma es una ciudad inmensa, de esas que si uno se pone a patear, no se acaban nunca. Aparentemente, la opción más sensata de visitarla, en un día o en tres meses, es la de saltarse el pateo e ir de mármol a mármol, de monumento a monumento, de belleza artística a plasticidad en el arte. Aunque debe existir otra Roma: la de los barrios donde los gatos hurgan en los contenedores o los panaderos se despiertan a las cinco de la mañana para preparar la masa de los espaguetis; la del caos y la de las miserias; la de los hombres que luchan y la de los locos que se abaten sobre los turistas para obtener, con picardía, un mendrugo de pan. Una Roma que se parece más al realismo social de Vittorio de Sica que al Coliseo romano. Y también esa otra Roma que todavía permanece fresca en nuestra memoria gracias a la memorable película La Gran Belleza.

En este caso, Reverte opta por prestar atención a lo bonito, con la ilusión de que eso es lo mismo que ser romántico. Por utilizar sus propias palabras, en su búsqueda de lo absoluto renuncia, al mismo tiempo, a lo absoluto. Aquí ha dejado de ser el rompesuelas que fue en el que tal vez sea su mejor libro, Vagabundo en África. Y llega a reconocerse, confesándolo, que es más bien un turista como somos, en buena medida, todos los que hacemos una maleta o una mochila, independientemente de que nuestro viaje sea más o menos sofisticado. Así pues, para que el texto mantenga interés, a Reverte se le ocurre viajar no a la Roma que es, sino a la Roma que fue. O al menos a parte de la Roma que fue. Por eso se presta tanta atención a las manifestaciones artísticas que son producto de los papados, de los emperadores y césares, a los monumentos como reflejo de la historia. Gran parte del libro está escrito desde una biblioteca. Con la ventaja de que los episodios históricos han dejado de ser una materia de estudio para transformarse en un relato, que él ofrece con su estilo lineal y prudente. Una de esas prosas que permiten leer trescientas páginas de un tirón en una tarde de lluvia y que no son tan fáciles de conseguir. Es más interesante conocer la historia de Roma a través de sus párrafos que en las enciclopedias. Algo que deberíamos agradecerle.

Y luego está el culto a los grandes escritores que conocieron Roma cuando no fue el monstruo de siete cabezas que ahora se extiende fuera de la zona monumental. Reverte utiliza las palabras de Montaigne, de Goethe, de Twain y de otros tantos, para repetir los elogios. Y todos ellos son insuficientes para reconocer la conveniencia de conocer una ciudad, o un trozo de ciudad, en el que uno convive con la seducción que el hombre ha construido. Con el mármol que, ojalá, pudiera imitar a la carne, es decir, al alma.

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