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La fascinación del hotel flotante

Palacios con insignia cinco estrellas los hay en el Rajastán por doquier; pero el Lake Palace es el único que emerge de las aguas en Udaipur, India. Fue Jacqueline Kennedy quien sugirió al Maharana Bhagwat Singhji su reconversión en hotel, donde se rodó una película de James Bond.

2 de noviembre de 2015

Es habitual entrarse con turistas que vuelven fascinados de India, básicamente aquella de la que creen empaparse en una semana de visitas por el Rajasthan: el Palacio de los vientos en Jaipur, Odaiphur a lomos de elefante, las ruinas de Fatephur Sacri, el Tal Majal… Los hay que hasta llegan a Benarés, buscando santones y gurús para la iluminación. Incluso figuran en la misma nómina aquellos que entronizan la higth tech de Bangalore, los musicales de Bollywood y la bisutería de Goa. Todos revenden a su vuelta sensaciones fuertes y exotismo a manos llenas. Tienen en común todos ellos la propensión a identificar el todo por la parte, en el mercado de los espíritus puros… Vuelven creyendo conocer India al dedillo, sin reparar en su hechura de gran subcontinente, con tantas divinidades de panteón como clanes humanos. Una abigarrada geografía es la suya, que al occidental le costaría varias reencarnaciones entender.

Tal vez por eso los británicos concentraron sus esfuerzos coloniales en pactar con los marajás rajastaníes, a día de hoy todavía con ascendente sobre el sistema de castas y el latifundismo que tan decorativa vuelve la democracia en el subcontinente. Es más, reconvirtiéndolas en albergues de lujo, sus descendientes dieron con la fórmula perfecta para conservar sus grandes construcciones palaciegas. Digamos que fueron pioneros en explotar la estrategia airbnb, antes incluso que los propietarios de maniors british, a la hora de lograr investidura como anfitriones de postín y prosapia.

Palacios con insignia cinco estrellas los hay en el Rajasthan por doquier. Pero hablando de cómo lograron sostener su pedigrí, haciendo pernoctar a sus clientes en habitaciones adoseladas y con mosquitera, hay que referirse necesariamente al Lake Palace, que rivaliza en cuanto a tronío de mármol blanco con el mismísimo City Palace de Udaipur. No en vano, su sinfonía de cúpulas fue levantada sobre el lago Pichola por el maharana Jagat Singh II, sucesor número sesenta y dos del señorío de aquellas tierras en el siglo XVIII. Era su residencia de verano, aquella en la que sus descendientes celebraron las durbars más regias, entre sus jardines con estanques de lotus, fuentes y columnas alineadas de patio umbrío.

Lake Palace. Udaipur, Rajastán. Viaje a India

Taj Resorts & Palaces.

De “espejismo armonioso” se ha calificado el actual Lake Palace, por parte de plumas afiladas en el noble arte de engalanar el orientalismo. Algo hay de cierto en ello, considerando que las crecidas de agua en el lago anegan la isla de Jag Niwas en la que se asienta, apenas cuatro hectáreas de roca, hasta simular que el hotel flota. Más interesante, sin embargo, resultaba reparar, antes de que la cadena Taj Hotels Resorts & Palaces lo reacondicionase, en la pátina que el descuido que los siglos otorgaba al Lake Palace, un punto rijosa a la hora de mostrar retratos dinásticos con turbante y objetos personales de la familia. Ahí residía en los pasados años sesenta lo que algunos llamarían su “autenticidad”, anclada en un pasado que se idealiza fácilmente y cede terreno a la literatura. Todo ello al margen de que en el Lake Palace residieran celebridades de la gran pantalla y fuera imaginado por Emilio Salgari de oídas, el novelista que más escribió sobre India, sin haber puesto jamás un pie en ella.

A su paso por el Lake Palace, el escritor Pierre Loti se refirió, en el siglo XIX, a su “lenta descomposición entre los vapores del lago”. Pero dicen que en los buenos tiempos del Lake Palace transitaban sueltos los tigres del maharana, acurrucados finalmente en alfombras a sus pies como mimosos gatos de Angora. Tal cosa sostiene, al menos, el marajá Shiv Nimas, el último de la dinastía que lo construyó entre 1743 y 1746, reservándose hasta la fecha sus estancias privadas en una de las alas palaciegas. Y lo hace con suficiente documentación gráfica como para que no resulte descabellado imaginar lo que entendían los antiguos señores de la India por animales de compañía, incluidos en la nómina monos y elefantes. Los perros pueden desaparecer de la circulación de rickshaws reclamados por algún fogón y las vacas siguen siendo sagradas en el Rajasthan, campando sin dueño entre los bazares de Udaipur, la denominada “ciudad del amanecer”.

Fue Jacquelin Kennedy quien, en 1963, sugirió al Maharana Bhagwat Singhji la reconversión del palacio en hotel, desaparecidas las prerrogativas y fuentes de ingresos tradicionales del maharani, hacia 1947, con la adscripción de los seiscientos estados principescos de la India a la primera constitución moderna del país unificado. Cuando la saga de James Bond rodó allí la película Octopussy se popularizó el circulo perfecto de la sala superior del Lake Palace, bajo exquisita bóveda, con incrustaciones en el pavimento marmóreo y arabescos en las paredes. Finalmente, al ser elegido hotel más romántico del mundo, a iniciativa de la revista Traveler, la semana de luna de miel elevó allí por encima de los dos mil euros su tarifa; eso sí, con mayordomo a la puerta de sus suites y, lo que viene a ser más genuino, con la exigencia de que sus royal butlers, trabajadores del hotel, descendieran en línea directa de los antiguos sirvientes adscritos a la dinastía real de Udaipur. Pecata minuta para Madonna, que enseguida pasó por allá, intrigada sobre el porqué de la denominación de origen que, como Jan Niwas, designaba al palacio flotante.

Lake Palace, Udaipur, Rajastán. Viaje a India

Taj Resorts & Palaces.

Dos restauraciones conoció el Lake Palace a lo largo de su singladura lacustre como residencia temporal para occidentales aprendices de marajá. Una en 1971, cuando el Grupo Taj asumió su dirección, con Jamshyd DF Lam al frente de su equipo directivo. Otra en el año 2000, que terminó de ennoblecer hasta 75 habitaciones más, sobre las que ya poseía originalmente. En total, 83. Entre sus dos aggiornamentos, a principios de los pasados años ochenta, los actores Roger Moore, Maud Adams, Louis Jourdan y Geoffrey Keen, Louis Maxwell, Kabir Bedi, Steven Berkoff, Robert Brown, Kristina Wayborn y Demond Llevelyn pisaron su moqueta, a cobijo de opulentas sedas en la tapicería y ebanistería artesenal, bajo la mirada de murales centenarios a mano. Mucho tiempo había transcurrido ya desde que la literatura romántica lo calificase de ruina fantasmal, sujeta al vaivén de los monzones que enmohecen el antiguo reino Mewar de Udaipur. No basta la cristalería de Bohemia allí, a día de hoy, para creer en el espejismo. El barco rápido que te traslada desde tierra firme a sus dominios deja paso a la parsimonia que merece la copa frente al lago en sus parterres. Pregúntale a tu mayordomo en el Lake Palace qué son las jharokhas antes de que te describa por iniciativa personal las grandezas custodiadas en las dieciocho suites del hotel. Su Gran Suite Presidencial, sin ir más lejos, atiende al nombre del Mahrana Shmbhu Singh, que hacia 1860 trajo reformas de bienestar progresista para sus súbditos. No es de extrañar, por tanto, que sus arcos concilien cánones rajastaníes y europeos, hasta desembocar en una biblioteca de libros incunables y en una terraza que se ufana de ofrecer la mejor vista lacustre del mundo. Parte del diseño original palaciego es su Gran Suite Real, también dotada de principesca terraza. Y cuando a las suites reales del Lake Palaces le restamos el apelativo “Gran”, cobran visibilidades los ventiladores de madera, sus frescos y nichos decorativos. Finalmente, para sibaritas se aconsejan también sus rooms palaciegas, a resultas de sus techos altos, arte floral y mística figurativa.

Cuentan los anales que el príncipe Jagat Singh frecuentaba cenas campestres al claro de luna, en el palacio de la isla Jag Mandir, una de las cuatro que el lago Pichola posee. Como quiera que su padre se enterara, entre dimes y diretes de sus cortesanas, en la zenana, se vio la conveniencia de atar corto al doncel, construyéndole un palacio de recreo bajo mayor control dinástico. Así ganó su hechura el Lake Palace, frente a la isla donde el maharana contemplaba la celebración anual del festival Gangaur y no lejos de Arsivilas, arsenal de municiones derivado finalmente en helipuerto real. Si te produce vértigo ser recogido por un camello o elefante al llegar a la ciudad del amanecer, como huésped del Lake Palace, Udaipur también te ofrece sus coches de época para llegar hasta el embarcadero del City Palace, enclave de recepciones oficiales desde donde insularizarse y singularizarse con la joya de la corona Taj.

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