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Nansen, maestro de la exploración polar

El científico que llegó a Premio Nobel de la Paz

JAVIER CACHO GOMEZ

Editorial: FORCOLA
Lugar: MADRID
Año: 0
Páginas: 520
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Ya nos cae bien por esas fotos en las que queda claro que era un bellezón, pero también porque era una persona bella en toda su expresión. Nansen ocupa un lugar sagrado en el podio de los grandes exploradores polares y otro igual de destacado entre los personajes que contribuyeron a hacer del siglo XX, un tiempo más humano. Javier Cacho cierra su trilogía de retratos polares con este hombre superlativo que, tras dejar trineos y esquís, trabajó para la Sociedad de Naciones y creó el Pasaporte Nansen a favor de los refugiados a quienes dedicó su vida. Y fue Premio Nobel de la Paz en 1922. ¡Ahí es nada!  
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La isla cementerio de los Samis

El lago Inari, situado en el norte de Finlandia, es el sexto más grande de Europa. Está plagado de más de tres mil islas, y una de ellas era un cementerio que usaban los antiguos Samis para enterrar a sus muertos y evitar así que por los bosques deambularan espíritus traviesos.

20 de marzo de 2017

Los Samis son el único pueblo indígena europeo cuya cultura sobrevive. Desde tiempo inmemorial, prácticamente desde que terminó la última Era Glacial, se extendieron por estas tierras, llegando a poblar toda la península escandinava, la actual Finlandia, la región rusa de Karelia y la península de Kola.

Durante cientos de años se agruparon en pequeñas comunidades nómadas de cazadores y recolectores que seguían a los renos, su fuente principal de alimento, en sus migraciones. Nunca llegaron a constituirse en unidades sociales mayores, por lo que fueron presa fácil de aquellos que se estructuraron en países y les despojaron de sus tierras y pastos, empujándolos poco a poco hacia el norte.

En la actualidad, su número no alcanza las sesenta mil personas distribuidas en cuatro países: Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Pero hubo un tiempo en que estos grupos bullían por esta región, transportando sus pocas pertenencias en renos que habían domesticado, hablando en más de diez lenguas diferentes y desarrollando unas formas culturales adaptadas al duro medio en el que vivían.

Viaje a Finlandia

Javier Cacho.

 

Los Samis del lago Inari

Con más de cien kilómetros de longitud y cuarenta de ancho en la parte más amplia, el lago Inari configura un hábitat muy especial. Su peculiaridad hizo que los Samis que lo poblaban se diferenciasen, en su comportamiento social y costumbres, del resto.

Con un idioma propio, que todavía lo hablan unas doscientas personas, la riqueza piscícola del lago, que tiene una profundidad media de cuarenta metros, podía garantizar a sus pobladores una fuente proteínica permanente a lo largo del año. Esto evitó tener que seguir a los renos en sus desplazamientos anuales, cuando la nieve y el hielo cubren la región en invierno.

Durante el verano, las técnicas de pesca, con red o anzuelo, no se diferenciaban en mucho de las de cualquier otro entorno geográfico. Al llegar el invierno, y cuando el lago se cubría con una capa de hielo de más de medio metro de espesor, las técnicas se reconvirtieron.

Por una parte, se desarrolló la pesca con cebo a través de un pequeño agujero en el hielo, a la que tan aficionados son los finlandeses acuales. Por otra, adquirieron la habilidad para ser capaces de montar una red por debajo de esa capa de hielo y de recoger periódicamente sus capturas. Cómo lo hacen es otra historia sorprendente que merece su propio artículo.

 

Un cementerio en una isla

Según la mitología sami, cuando una persona muere su alma abandona su cuerpo, pero como sigue teniendo querencia por la tierra donde ha vivido, en lugar de volar hacia los cielos, se puede quedar en los bosques. Para evitar que los espíritus de los muertos deambulen entre los árboles, dando algún susto que otro a los vivos, los samis de esta región decidieron enterrar a sus muertos en islas.

De esta manera –y puesto que de todos es sabido que a los espíritus no les gusta el agua, aunque esté helada–, no les quedaba más remedio que elevarse hacia las alturas, dejando tranquilos a amigos y familiares. Así que buscaron una isla pequeña y allí depositaban a sus difuntos.

Viaje a Finlandia

Javier cacho.

Puede que a esta motivación tan espiritual se uniera otra razón de índole práctico: la dificultad para enterrar en el suelo congelado. En esta región, incluso en pleno verano, por debajo de los sesenta centímetros de profundidad la tierra está helada, por lo que, hasta la invención de las retroexcavadoras, era prácticamente imposible hacer una fosa profunda. Ante esta situación, los samis se tenían que contentar con arañar el terreno y depositar los cadáveres a escasa profundidad. Si era invierno no había problema, dado que la poca tierra que los cubría se congelaba inmediatamente, frustrando los intentos de lobos, zorros o cualquier otro carnívoro por alcanzar los cuerpos. El problema se daba en verano, cuando las altas temperaturas hacían que esa leve capa de tierra se convirtiese en barro y las alimañas tenían fácil acceso a los restos mortales. Devoraban los cadáveres, que habían permanecido congelados debido a las bajas temperaturas, y esparcían los huesos por todo el bosque.

Para evitar el macabro sobresalto de encontrarse con partes de las personas queridas en cualquier lugar, se les ocurrió hacer los enterramientos en islas de reducidas dimensiones. La idea era ingeniosa, puesto que la tierra congelada evitaba el festín de los animales durante el invierno. Luego, al llegar la primavera y comenzar a fundirse el agua de los alrededores, los carnívoros abandonaban la isla conscientes de que, dadas sus reducidas dimensiones, no encontrarían suficientes animalitos con los que alimentarse durante todo el verano. De esta manera tan sencilla preservaban los restos de sus seres queridos con la dignidad que merecían.

 

Prohibido excavar

Hace unos días me acerqué a una de estas pequeñas islas, que lleva el complicado nombre de Vanhahautuumaasaari, que más o menos se puede traducir como isla del viejo cementerio. Al menos durante el siglo XVIII había sido el lugar de enterramiento de los samis de los alrededores, aunque es posible que también fuese utilizada mucho antes. De hecho, hay vestigios de un asentamiento humano, en este caso de seres vivos, muy anterior.

Los científicos han estimado que contiene más de quinientas tumbas que, dado que en esa época los samis de la región eran paganos, no tienen ninguna cruz para señalarlas. Un ligero manto de tierra las cubre uniformemente, sobre el que hunden sus raíces pequeñas plantas o árboles que se alimentan de aquellos a quienes sus congéneres alimentaron mientras vivían. El ciclo de la vida.

La mañana en que yo la visité, la nieve caía suavemente, como queriendo ocultarla de mi mirada. No quise recorrerla. Me limité a fotografiarme junto al cartel que indicaba la historia del lugar, y que animaba a tener un comportamiento acorde con el lugar, aunque también advertía que una ley específica prohibía acampar, hacer fuego y, especialmente, hurgar en la tierra.

Viaje a Finlandia

Javier Cacho.

Hace años, en algún lugar había leído que incluso se había llegado a prohibir desembarcar en la isla durante el verano, porque se había dado el caso de ciertos desaprensivos que habían profanado las tumbas para llevarse huesos. No sé qué placer puede proporcionar una calavera sami en la mesilla de noche. A lo mejor recordarnos, como a los místicos, la fugacidad de la vida.

lago inari, samis, viaje a finlandia

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Comentarios sobre  La isla cementerio de los Samis

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  • 31 de marzo de 2017 a las 17:59

    Qué bonito Javier Cacho eso de que no quisieses recorrer la Isla respetando así un lugar sagrado, no hurgando en su intimidad, preservando su esencia de la invasión extranjera…
    Pero tal vez no sea muy difícil pararse ante un cartel, entenderlo y decidir que no se debe ir más allá en un paraje geográfico .
    Lo que de verdad cuesta es no invadir la vida de las personas a pesar de saber lo que dice el cartel de entrada. Invadir, hurgar en el alma, profanar los sitios sagrados y, como prepotente pueblo conquistador, dejar la tierra quemada sin volver la vista atrás para contemplar el destrozo.
    A veces es muy fácil respetar los pueblos lejanos, las tierras lejanas, las culturas remotas, y a la vez no entender lo que es respetar la dignidad de quien tenemos al lado.
    Sigues escribiendo muy bien Javier Cacho, y tus palabras siempre ensalzan los mejores valores de los humanos. Enhorabuena!
    Aunque yo siempre digo que es mejor no conocer a los artistas en persona, a veces su obra pierde valor cuando se les conoce bien.
    Sigue escribiendo, tus admiradores te esperan!

    Por Carmen García Llorens