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La mirada del lobo

El lobo es el animal que más ha impresionado a las personas de nuestra cultura. Lo hemos temido, odiado, admirado, endiosado, domesticado… El lobo no deja indiferente a nadie y es fuente permanente de polémica porque se parece demasiado a nuestra especie: es gregario, familiar, valiente, astuto.

2 de noviembre de 2017

Estaba agotado. Habíamos recorrido decenas de kilómetros cargados hasta los topes para alcanzar las Sweet Grass, unas llanuras aisladas en el corazón del parque nacional Wood Buffalo, en los Territorios del Noroeste canadienses. Más allá del área visitada por los escasos turistas que llegan tan al norte, habíamos montado nuestras zodiac, remontado durante la mañana el río Athabasca, y atravesado un bosque de abedules y píceas durante siete interminables horas. Todo por intentar grabar los bisontes de bosque.

La mayor parte de la gente desconoce que en América hay dos tipos de bisonte. El primero es el del Lejano Oeste, el de las películas de indios y vaqueros, aquél que formaba manadas de millones de individuos y que los nuevos americanos llevaron al límite de la extinción para intentar, entre otras cosas, matar de hambre a los americanos originales, los indios de las praderas. El segundo, desconocido para el gran público, es el bisonte de bosque. Éste viven en las grandes masas forestales de Canadá. Algo más pequeño y mucho más esquivo, el bisonte de bosque era nuestro objetivo de rodaje. Pero, como suele pasar, al llegar al parque nacional donde con más facilidad se le encuentra, nos dijeron que los bisontes se habían movido a los pastos de salt planes, un área de hierbas altas y afloramientos salinos que a estos grandes bóvidos les gusta visitar. En definitiva, se habían ido al quinto pino.

Cuadernos de viaje. Canadá.

Y ahí estábamos, Gerardo Olivares, Manuel Morales y yo, agotados por la marcha, dispuestos a grabar a los poderosos bisontes. Pero en la inmensa llanura que se abría ante nosotros no se veía un solo animal. Nos sentamos al borde mismo del bosque decididos a esperar a que llegaran las manadas. Delante la llanura se extendía como un mar de hierba dorada. La sombra de los últimos abedules que marcaban el límite del bosque nos aliviaba del sofocón que arrastrábamos después de tantas horas de marcha y el cansancio nos dejó dormidos en cuestión de minutos.

No sé cuánto tiempo estuve durmiendo, pero por algún motivo me desperté intranquilo. Una sensación inexplicable me había puesto en guardia. Miré a las llanuras y no vi nada. Luego miré a mis amigos para comprobar que dormían el más feliz y merecido de los sueños. Y por último me volví hacia la derecha y allí, a unas decenas de metros, en el mismo límite del bosque donde descansábamos, vi la causa de mi intranquilidad. Un enorme lobo blanco me miraba con la misma curiosidad con la que yo le miraba a él. Me acordé entonces de tantas historias que había escuchado y leído sobre el lobo desde niño. Recordé las historias de pastores que me contaban en mi infancia cuando iba a veranear a Asturias. El miedo al lobo, su terrible amenaza. Recordé también al alobado que de forma tan brillante nos dejó Cela en su Judíos, Moros y Cristianos; su miedo, su impotencia, su sumisión ante el único depredador que nos ha acompañado desde el origen de nuestra especie compitiendo con nosotros, haciendo un pacto eterno de lealtad hasta hacerse perro. Y a mi memoria acudieron los gritos de “¡El lobo, el lobo!” de aquel inolvidable programa del maestro Félix, gritos alertando por la llegada del “gran matador”. El lobo es el animal que más ha impresionado a las personas de nuestra cultura. Lo hemos temido, odiado, admirado, endiosado, domesticado…

Cuadernos de viaje. Canadá.

El lobo no deja indiferente a nadie y es fuente permanente de polémica porque se parece demasiado a nuestra especie. Es gregario, familiar, inteligente, valiente, soberbio, astuto. Y un superpredador, lo que equivale a nuestro más directo competidor. Sin ninguna duda puede matarnos, pero a lo largo de nuestra historia común ha aprendido a temernos. Las armas de fuego marcaron un antes y un después entre lobos y hombres. Ahora el lobo nos teme y nos evita. El animal que amamantó a los padres de Roma y salvó de la muerte al admirado Mowgli de Kipling es un proscrito al que nadie quiere cerca de donde vive. O, al menos, ningún político. El lobo ya no es una amenaza para las personas, pero sigue matando su ganado. Y somos una especie que lo quiere todo para sí misma. No importa que hayamos dejado al lobo sin presas naturales o que hayamos talado la mayor parte de sus bosques. El lobo se come “nuestro” ganado. Sigue siendo nuestro más directo competidor. Y al enemigo, ¡ni agua!

El gran lobo blanco me miraba sin mostrar agresividad ni miedo. Creo que estaba tan sorprendido como yo del encuentro. No sé si fue nuestro olor o mi brusco despertar lo que le reveló nuestra posición. Pero, desde luego en mi caso, fue algo instintivo lo que me sacó de mis sueños para afrontar un peligro ancestral, como si la memoria de mis primeros antepasados aún viviera escondida por la racionalidad con la que enfocamos todo hoy en día. Hemos perdido el sentido de lo salvaje; la impronta de nuestro origen. Y así nos va.

Durante largo rato nos miramos tranquilos; un lobo y un ser humano en territorio salvaje. Uno, imagino, notando la diferencia entre aquellos humanos raros y los indios que pueblan los bosques de los Territorios del Noroeste. El otro, sintiendo los ecos de una llamada olvidada, ancestral. Fue un encuentro sin sobresaltos, sin ruidos, maravilloso. Luego el lobo alzó la cabeza, miró al frente y con una dignidad hipnótica avanzó lentamente y se perdió ente las hierbas altas. Fue entonces cuando aparté la vista de su paso, levante la mirada y descubrí en el horizonte de hierba la impresionante silueta de los primeros bisontes.

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