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La necesidad de lo salvaje

Alejarse de lo Salvaje, desconectarse del mundo natural, empobrece nuestro espíritu y genera frustraciones reflejadas en muchos de los problemas que aquejan a las sociedades más avanzadas. El misterio de lo inexplorado alimenta la imaginación, desarrolla el espíritu y fomenta la esperanza.

17 de febrero de 2020

Cuando era pequeño me encantaba acercarme al mar. Pero el mar me daba miedo. Durante mucho tiempo, ya siendo adulto, me preguntaba por qué dándome miedo me atraía tanto. Hasta que descubrí que lo que me asustaba y atraía a partes iguales era que allí, bajo la inmensidad azul del agua, vivía o podía vivir todo aquello que era capaz de imaginar: monstruos de leyenda, ciudades sumergidas, especies nuevas que nadie había visto jamás, pecios cargados de tesoros… Era un territorio donde todo era posible, donde las normas las imponía la naturaleza y no el ser humano; un lugar donde mi imaginación podía explayarse libremente.

Exploración, naturaleza

El océano cubre más del setenta por ciento de nuestro planeta. Y en ese inmenso territorio no rigen nuestras normas. El fondo oceánico es un mundo vedado al hombre; un inmenso lugar que no hemos podido domesticar y, por lo tanto, tampoco hemos podido colonizar. Y eso tiene una parte imprescindible para que me atraiga irremisiblemente: sigue siendo un lugar donde manda lo Salvaje, con mayúsculas, como sustantivo.

El escritor Yuval Noah Harari plantea una idea muy interesante en su libro Sapiens:De animales a dioses. Según él, desde que el trigo, una planta con pocas posibilidades, nos domesticó, domesticó a nuestra especie –momento en el que pasamos de cazadores recolectores a agricultores sedentarios–, perdimos la libertad y, poco a poco, la conexión con la naturaleza en aras de la seguridad. Vivimos más tiempo, pero “vivimos” menos. Cuando me hacen la típica pregunta de cómo me gustaría morir, siempre contesto que quiero morirme vivo. Y lo digo porque, cada vez más, veo gente muerta en vida, gente que se deja llevar, que parece haber perdido la ilusión, la esperanza. A base de buscar seguridad, nos convertimos en una sombra de lo que somos o queremos ser.

Alejarse de lo Salvaje, desconectarse del mundo natural, empobrece nuestro espíritu y genera frustraciones que se reflejan en muchos de los problemas que aquejan a las sociedades más avanzadas. Estrés, depresión, ansiedad, insomnio, irascibilidad… Nuestra parte salvaje, las necesidades del animal que somos, exige su cuota de atención. No necesitamos volver a la caverna ni mucho menos, simplemente necesitamos reconectarnos con la naturaleza y, más allá, con nuestra naturaleza, nuestra independencia, nuestro espíritu crítico; en definitiva, con lo Salvaje, un concepto que va mucho más allá de lo físico.

Exploración, naturaleza

La necesidad de saber que existen lugares inexplorados, selvas, mares, desiertos, el espacio exterior, multiversos aún inalcanzables o el interior de nuestra mente, alimenta la imaginación, desarrolla el espíritu y fomenta la esperanza.  Lo Salvaje nos ofrece refugios donde poder liberarnos de todo este enorme paquete de condicionamientos y normas sociales e intelectuales que tan a menudo nos oprimen; en definitiva, nos ofrece la esperanza de lugares donde liberar al animal que llevamos dentro. Y el animal que llevamos dentro necesita esperanzas.

Hace poco visitaba la magnífica exposición sobre el viaje de Magallanes y Elcano que aún se puede ver en el Archivo de Indias de Sevilla. Al iniciar el recorrido te hacen pensar en la increíble aventura que supuso para todos aquellos marineros enfrentarse a un mundo desconocido, aterrador, lleno de posibilidades y de peligros. Pero lo que me resultó más llamativo y me hizo pensar fue que, al final del recorrido, en un gran cartel, había una foto de la luna con el Espacio infinito al fondo y sobre ella las palabras que John Fitzgerald Kennedy pronunció en su discurso a la nación americana con motivo del lanzamiento de un cohete tripulado para intentar ser los primeros en llegar a la luna: “Nos hacemos a la mar en este nuevo océano porque existen nuevos conocimientos y nuevos derechos que ganar, que deben ganarse y utilizarse para el progreso de todos los pueblos”. De nuevo el mar de lo desconocido. De nuevo el reto de Magallanes y Elcano. De nuevo lo Salvaje.

Lo Salvaje va más allá de lo físico. La necesidad de esos lugares fuera del control de la sociedad, de sus modas y normas estrictas, ajena al qué dirán, existe igualmente en el plano intelectual. Necesitamos conocernos, mejor aún, reconocernos, liberar al que de verdad somos. Eso no quiere decir que debamos comer con las manos, gruñir y salir a la calle en pelotas saltándonos las normas sociales que nos permiten cohabitar con nuestros vecinos y desarrollar nuestras culturas. Significa no tener miedo a pensar, a transgredir pensamientos impuestos, a soñar, a apostar por formas de vida diferentes a las bien vistas por nuestra sociedad. Eso nos enriquecerá y nos ayudará a entender al Otro, al que piensa diferente a nosotros; nos hará más tolerantes, más humanos.

Exploración, naturaleza

El mundo se queda pequeño y lo Salvaje desaparece. Cuando yo nací en el mundo había alrededor de dos mil novecientos millones de habitantes. Hoy somos más de siete mil quinientos. En un mundo súper poblado buscamos nuestro rincón salvaje en cómodas y asépticas realidades virtuales que, por lo mismo, ya están condicionadas por los programadores y las empresas que las han creado. Hoy no es posible aburrirse. Cuando un joven se aburre lo más mínimo solo tiene que encender su móvil. Este aparatito mata tu aburrimiento con infinitas diversiones, al noventa y nueve por ciento inútiles. Y, sin embargo, el aburrimiento, el más terrible enemigo de la humanidad, es necesario para hacernos pensar, reaccionar, superarnos, soñar, inventar…

Si todo está controlado, seguro, atado y bien atado; si ya no arriesgamos ni deseamos lo que no tenemos o no podemos alcanzar; si sueñan por nosotros sociedades, máquinas, blogueros o manuales de lo políticamente correcto; si cuando nos sentimos aburridos en vez de pensar y pasar a la acción únicamente encendemos nuestro móvil, mataremos la propia esencia de nuestra Humanidad. Necesitamos el misterio de lo inexplicable, el deseo y el reto de lo inalcanzable, la magia de lo que aún no se ha podido explicar.

Necesitamos lo Salvaje; necesitamos espacios sin control, lugares para lo imprevisible, para la sorpresa, para el asombro. Necesitamos espacios donde el ser que realmente somos y el animal que retenemos dentro puedan desarrollarse, expandirse, realizarse. La sociedad está tan acostumbrada a buscar como una meta el beneficio económico inmediato que no puede entender que lo Salvaje, ese concepto intangible e impermeable a la especulación económica, sea importante. Si no se puede medir, no se puede comprar, no produce beneficios económicos tangibles ¿para qué sirve? ¿Para que sirve una selva inexplorada donde el hombre aún no ha podido llegar si no se pueden explotar sus recursos? ¿Para qué sirve un océano en el que no se puede vivir? ¿Para qué sirven los polos estériles si no hay posibilidad de sacarles rendimiento económico? Pues sirven lo mismo que los cuadros que disfrutas en el Museo del Prado, que no podrás vender, lo mismo que la poesía que lees, que la música que escuchas; que tus mejores recuerdos, los olores que marcaron tu infancia… Sirven para alimentar tu espíritu, ese que nos diferencia como especie y que nos hace ser humanos. Si la música la hace una máquina con un patrón programado, nunca te emocionará; si la literatura se rigiera únicamente por sujeto, verbo y predicado, no existiría la poesía; si la pintura únicamente fuera la copia aséptica de la realidad, no existirían los artistas y las obras de arte que nos conmueven.

Yo les recomiendo que intenten reconectar con la naturaleza, con su lado animal. Vuelvan a sentirse dueños de ustedes mismos, a recuperar la visión del mundo que tuvieron en su infancia, incluso en su juventud. Lo Salvaje no es una moda o un capricho. Lo Salvaje es, en definitiva, lo que mantiene la esperanza de supervivencia y de libertad del espíritu humano.

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