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La reinvención del mito de Penélope

Por Maria Elena Casasole. Viajar no es ir más allá de las fronteras geográficas por curiosidad o conocimiento. Viajar es deseo de autonomía y libertad, es un medio para abandonar costumbres y transgredir normas con el que las mujeres rechazaron una inmovilidad y una espera épica.

3 de julio de 2017

Desde los albores de la historia del hombre, es el nomadismo que determina el modelo de vida de hombres y mujeres que se desplazan indistintamente por las extensas sabanas en busca de comida y amparo. Después de la invención de la agricultura, del cultivo de productos y de la crianza del ganado, el hombre tiene que elegir entre nomadismo y sedentarismo. Empieza entonces a delinearse la frontera entre dentro y fuera, entre oikos y distanciamiento, entre fijeza y movilidad. El espacio y el tiempo del hombre y de la mujer se ven separados y contrapuestos: el interno, la casa, se identifica con el femenino; el externo con el masculino, esferas respectivamente de la restricción y de la libertad, de la protección del hombre y de la estabilidad de las mujeres. Las mujeres, pues, se convierten en fieles ángeles del hogar, modelos de amor que en casa adquieren su identidad social.

Son los hombres los que se van de viaje, los héroes que ya desde la épica antigua se enfrentan a expediciones y empresas duras, durante las cuales el cansancio y el sufrimiento dominan sus ánimos, guiados por divinidades que les ayudan a superar los obstáculos. En tierra extranjera o de vuelta a la patria, es tarea de las mujeres recibirles, verdaderas mediadoras de la acogida, que hacen más fácil el acceso a lugares desconocidos, convirtiéndose la vuelta en el momento solemne del reconocimiento de sí, de definición de la propia identidad.

La única forma de viaje concedida a las mujeres es el pase real y simbólico de la casa paterna a la del esposo en ocasión del casamiento. Ejemplar es el viaje de Andrómaca que, escoltada por Héctor y por sus compañeros, llega a Tebas de Ilión, patria del amado.

De hecho, el recorrido para la mujer que sale de su espacio doméstico está pre-delineado y no prevé la llegada a lugares abiertos, sino a otra casa, la del marido: un desplazamiento único y definitivo que la lleva de nuevo a una condición de fijeza, contrapuesta a la figura en movimiento del esposo, que por otro lado permite la adquisición de una nueva identidad.

Los viajeros de la historia y de la literatura no tienen análogos femeninos y, cuando existen, se trata de mujeres maléficas o infieles que traicionan los valores de la familia y están animadas por impulsos irracionales y por la pasión que hacen sus acciones imprevisibles y destructivas. En otros casos, en cambio, los equivalentes femeninos tienen menor importancia con respecto a los masculinos y se mueven en los espacios de la marginalidad social, son seres pasivos, subalternos y dependientes de los demás. Están sujetos a una sociedad patriarcal en la cual los desplazamientos de las mujeres son en la mayoría de los casos viajes con séquito, de buenas esposas que acompañan al marido, que recrean el ambiente doméstico en tierras lejanas, reconfirmando su situación estática.

La reinvención del mito de Penélope

Las principales figuras femeninas del mundo clásico simbolizan un modelo arquetípico tomado como punto de referencia incluso en los modelos literarios contemporáneos. Así, Penélope es la mujer por excelencia del oikos, símbolo de inmovilidad, donde el único tiempo de acción está dictado por la tejedura de la tela, lo demás es un tiempo de espera que dura veinte años. Una figura, la de la esposa fiel, que encaja plenamente con la ideología patriarcal.

La historia de Penélope es una historia de espera, espera de un amor que la entretiene en casa, con su telar y sus esperanzas, que le impide vagar fuera de su cosmos interior. Al igual que Penélope, otras mujeres también se han servido de las emociones para colmar ese vacío que generalmente la experiencia tiene que llenar.

La figura de Penélope ha representado en todo tiempo una heroína para las civilizaciones occidentales: el modelo de mujer a imitar, fiel y paciente, ocupada en tareas propiamente femeninas y a la espera de su esposo; una visión estática que hoy se intenta rescatar, disipando la neta línea de demarcación entre espacios masculinos y femeninos y rechazando ese espacio periférico en el cual la posición hegemónica del hombre ha relegado la mujer, quedándose ésta en la sombra del anonimato.

Ese espacio periférico siempre ha sido identificado con el hogar, refugio seguro y espacio del placer donde los recuerdos nunca se apagan, elemento importante para la creación social y para dar sentido a la propia subjetividad, y también motivo de restricción para la mujer y para su incapacidad de emanciparse.

El hogar como jaula, como trampa, como prisión, “instrumento de la opresión patriarcal” según la significativa expresión de Linda McDowell. El hogar también como lugar del amor romántico que las mujeres cultivan hacia los niños y el marido, y donde pueden recuperar con la mente y el corazón esa dignidad que las privaciones en el espacio público le han quitado. El hogar es el espacio de las relaciones directas, signo de posición y estatus social, una segunda piel que esconde y protege.

Algunas veces, el hogar no está en ningún sitio; otras, aunque exista, es un signo de alienación: se hace necesario por tanto abrir esa puerta, pasar el umbral y seguir más allá de esos muros que son también los propios límites, recrearse en nuevas formas y realidades, y alcanzar otras fronteras.

Viajar llega a ser entonces un medio para abandonar las costumbres, para transgredir las normas. Y el viaje, desde siempre prerrogativa del hombre, se convierte en un lugar de recopilación de testimonios femeninos. Los viajes de las mujeres, lejos de querer lograr una conquista, luchan por definir el sentido de la experiencia humana como conciencia: no buscan la posibilidad de dominar sino de estructurar su experiencia en el espacio mental. Por lo tanto, huir no es ir más allá de las fronteras geográficas por curiosidad o conocimiento, es deseo de autonomía, es esperanza de satisfacer las propias necesidades en otro lugar.

Son mujeres en busca de su identidad y el acto de escribir sus experiencias será una manera de rechazar la inmovilidad, la negación de lo que siempre han representado: un puerto donde los barcos estrictamente conducidos por hombres echan anclas y corren al reparo.

 

Maria Elena Casasole

Sobre mi… Una licenciatura en Idiomas, literatura y ciencia de la traducción; una tesis sobre la literatura de viaje femenina hispanoamericana; un Máster en Turismo y otro en la enseñanza del español para extranjeros. Profesión: Traductora. Nacida en la patria de Cristóbal Colón, su ‘Diario de a bordo’ me lleva a América Latina, en un periplo todo femenino en búsqueda de mí y de mi identidad a través de la comparación con el Otro y el descubrimiento de la diversidad. En el lejano 2007, quedo seducida por la tierra de Don Quijote y desde entonces son las palabras las que viajan. Las llevo lejos, hasta mundos inexplorados, las deshago, las recreo y las transformo. Nunca he dejado de buscar el país de los sueños. El viaje para mi es huida, separación, nostalgia; es la belleza de lo ignoto y el miedo a lo desconocido, es incertidumbre, inestabilidad, rebelión. El viaje para mi es una necesidad vital y constante de conocer y conocerse.

Más sobre la autora en www.mecasasole.com, Facebook y LinkedIn.

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