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Histórico noticias



La retirada

Mañana, como Sísifos postmodernos, volverán a empujar la piedra. O esos objetos que desde la distancia creo reconocer: neveras, sombrillas, sillas, toallas y, aunque no lo crean, hasta un pato hinchable. Son los primeros derrotados por las vacaciones, que se marchan de la playa al acabar la tarde.

16 de julio de 2018

Una muchedumbre sube por el camino. En fila, lentamente. Encorvados, con aspecto de cansados, sudorosos, machacados por el sol inclemente aún a esas horas de la tarde. De lejos, solo de lejos, tienen ese aspecto épico, trágico, de las crónicas guerreras de la antigüedad. Cargan con unos pocos enseres que me cuesta reconocer a distancia. Objetos feos y desvencijados la mayor parte de ellos. Otros, de colores chillones, parecen nuevos y recién comprados. Aunque es difícil comprender ese hecho, el de la compra, digo. Su estética debe obedecer a algún propósito que se me escapa.

Parece la retirada de un ejército tras la derrota en esas melodramáticas pinturas románticas de héroes acabados. Puedo imaginar al de Napoleón, al de Hitler o, debido al calor que hace, al del general sudista Robert L. Lee. Sí, es lo más parecido. La vuelta de los derrotados por su delirio esclavista que nos muestra el filme Lo que el viento se llevó. O tal vez aquella cadena de esclavos de Ben-Hur en la que llegó a estar el mismísimo Dios, bueno, su hijo, que es lo mismo (o no, que eso si es un buen lío).

Pero en la marcha humana observo que hay mujeres, ancianos, niños. No puede ser un ejército en retirada. ¿Refugiados, tal vez? Su aspecto somnoliento, triste, como sin esperanza, así lo sugiere. Pero no, el lugar no parece un clásico campo de batalla. A los pies del camino hay mucha gente tumbada. Algunos parecen muertos, pero no se escuchan llantos ni gemidos, tampoco se ve sangre. Y todos visten trajes de baño. También los que suben, aunque muchos de ellos llevan camisetas anchas sin mangas, cosa esta a la tampoco encuentro explicación.

Desde luego sufren, pero algunos, en la zona alta, muestran algún signo de alegría. Faltan pocos metros para llegar al aparcamiento. El coche es la salvación. Sombra, aire acondicionado y la posibilidad de escapar y no volver nunca más. ¿Es eso algo posible? No, tan solo la expresión de un deseo. Mañana, como Sísifos postmodernos, volverán a empujar la piedra. O esos objetos que desde la distancia creo reconocer: neveras, sombrillas, sillas, toallas y, aunque no lo crean, un pato hinchable. Esta gente va con niños al lugar. La comisión europea de derechos humanos ha pasado por alto esta situación. ¿Ignorancia, exceso de trabajo o intereses económicos? Decidan ustedes.

Vacaciones de verano

Dana Tentis, Pixabay.

No cabe otra hipótesis. Lo que veo es la playa al acabar la tarde. La columna humana que lenta y pesadamente trepa por el camino son los primeros desertores, los primeros derrotados por las vacaciones. Para ellos la jornada ha acabado. He visto algo similar en los documentales de La 2.

Y qué hacía un servidor en tal lugar, se preguntarán ustedes. Yo también lo hago, tratando de evitar la respuesta lógica: porque soy imbécil. Pero han de saber que resulté infectado por el anuncio de una agencia de viajes que me conmovió. Así de sencillo, así de simple, así de eficaz. En él se veía a una pareja sentada en una tumbona insertos a una imagen de un paisaje diluido que tal vez pudiera ser una playa. Ambos inexpresivos, tenían una concha de color en cada ojo. Para protegerse del sol, pensé sin demasiada originalidad. También llegué a imaginar que estaban muertos. Hay culturas que entierran de esa forma. Lo descarté enseguida. ¿Cómo una agencia de viajes iba a proponer que la felicidad, las vacaciones y el merecido descanso eran similares a la muerte? Cierto es que el anuncio hablaba de desconectarse, pero supongo que era una metáfora. Total, que no sé cómo me dije: iré. A ver si se me va a ir la vida sin saber lo que es disfrutar como esa pareja del anuncio.

El día que les relato, alarmado por la temperatura que el iPhone decía que hacía fuera de la habitación, decidí ir a la playa. Iba a ser infiel al aire acondicionado que me había acogido desde mi llegada y prácticamente no nos habíamos separado ni para dormir. Lo hice, no sin pensar, con pena, en la voluble y blanda disposición de mi ánimo y mis valores. Pero había una razón de peso: quería probar ya ese placer que el anuncio prometía. De natural moderado, aunque otros menos compasivos piensen que soy un pusilánime, decidí ir solo por la tarde. Vi un un cartel que, sobrio y rotundo, decía: playa. Allí fui. Y entonces fue cuando los vi subiendo derrotados, sudorosos, acabados. Como esas filas de mineros que retrató Sebastião Salgado.

Al poco empecé a llorar. Todos dirían que era de alegría por el inicio de las vacaciones acompañado de mi novia, que se había apuntado (aun cuando yo deseaba que la primera vez fuera a solas). Me preguntó y dije que sí, que era por eso, pero como la canción de Guardiola (de José, no de Pep que no hace canciones sino patria), mentí, por segunda vez. Me sobrepuse y ya no pude aguantar. La miré a los ojos y dije por primera vez en mi vida (¿he mencionado que tal vez sea algo apocado?): tenemos que hablar. En ese momento la que empezó a llorar fue ella. Hay otra ¿verdad?, preguntó. Yo dije que sí. Ella se refería a la chica de la cafetería con la que yo no puede decirse que tonteara pero sí que la saludada con un afecto que oscilaba según fuera la longitud de su falda. Así que esa otra que para ella podía ser “esa”, para mí era otra. Otra vida, otra forma de vivir, otra forma de ir de vacaciones.

Para cuando aclaramos el malentendido, ella había decidido dejarme, mi novia, digo, no la camarera, que nunca me había cogido. Bueno, cogido tampoco… bueno, me refiero a mi novia y ya está. No demos más vueltas. La última vez que la vi se dirigía a bucear, en esa misma playa, con un grupo de tres cachas que estaban abriendo unas cervezas sacadas de una enorme nevera azul, como las que subían los derrotados cada tarde. Así no se bucea, pensé yo, pero también es verdad que la compresión del deporte se me escapa como arena entre las manos.

Escribo estos duros recuerdos sentado en la biblioteca de mi pueblo. Sí, tiene aire acondicionado, aunque de eso no ha de deducirse que soy un vicioso, sino un alma delicada. Y sí, estoy solo. Y sí, puede que la hipótesis de la imbecilidad sea cierta, pero ahora añado otro dilema. De ser así ¿es una circunstancia o una esencia? El verano acaba en dos meses. Tal vez para entonces ya sepa algo. Del dilema, digo; de ella no creo.

playa, Reflexiones sobre el Viaje, Turismo, vacaciones de verano

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