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La ruta del contrabandista

Hay un polvoriento camino de tierra que comunica Andorra con el pueblo maldito de Tor. Antiguamente, era una de las rutas que seguían los contrabandistas para pasar mercancías a España sorteando a la guardia civil; hoy, lo recorren los turistas en buggies y jeeps.

17 de octubre de 2012

Ahora son pistas forestales y carreteras asfaltadas, pero durante mucho tiempo fueron inhóspitos terrenos por los que sólo circulaban contrabandistas cargados con fardos de cuarenta kilos a la espalda. Hoy en día, en Andorra, ya no se ven pastores con camisas de franela y pantalones de terciopelo pasando tabaco por la montaña, sino buggies y cuatro por cuatros que levantan de nuevo el polvo de las rutas del contrabando.

Buggies en la ruta del contrabandista.

Ángel Álvarez Mongay

Calentamos motores y, desde la estación de Pal-Arinsal Mountain Park de Vallnord, subimos a 40 catapluf-pluf-pluf por la carretera que lleva al Puerto de Cabús. Por el camino, nuestros pluf-pluf-pluf adelantan sin reparo a las gotas de sudor que los ciclistas dejan caer en el asfalto, hasta coronar los ventosos 2.320 pluf-pluf-pluf de altitud. Aquí, el pavimento se acaba. No hay casetas de la Guardia Civil ni de la policía andorrana, ni banderas, ni letreros de aduanas. Sólo un camino de tierra y una línea imaginaria que separa Andorra de España. No hay nadie  que te ordene parar motores ni que revise el maletero ni los bajos del coche. Sólo cuatro burros, unos cuantos caballos y un rebaño de vacas a las que, después de estar todo el invierno encerradas, les gusta veranear en la montaña y no parecen estar por la labor de decomisarte nada. Pero, no hace tantos años, esta frontera con la comarca del Pallars Sobirà era una autopista para los contrabandistas, que circulaban, a 110km/h, burlando a la policía.

“¡Bah! ¡Aquello no era contrabando ni era nada!”

Si no queremos que los tubos de escape empiecen a petar, nuestros catapluf-pluf-pluf no pueden alcanzar esa velocidad, así que bajamos tranquilos y respetando el código de circulación hasta el pueblo de Tor. De todas formas, por si nos topáramos con los carabineros y se levantara un tiroteo, vamos blindados con casco y cinturón de seguridad. Catapluf. Catapluf, catapluf-pluf-pluf.

Coche abandonado en la Ruta del Contrabandista. Andorra.

Ángel Álvarez Mongay

Llegamos al pueblo más alto del Pirineo catalán llenos de polvo. Pluf. Pluf. Pluf-pluf-pluf. Pero con el chasis intacto. Los únicos disparos que hemos visto son los que resuenan todavía en los restos de la carrocería herida que los contrabandistas estrellaban por los barrancos cuando les perseguían, para evitar que los paquetes de tabaco acabaran en alguna comisaría.

“¡El contrabando de verdad no se hacía en coche! ¡Ni por un camino! El contrabando de verdad se hacía por el bosque, campo a través y pies para qué os quiero, porque por el camino siempre te podías encontrar con los Gendarmes o con la Guardia Civil.”

Quien habla es Jan Besolí…

“Pero todos me conocen como Barracá.”

Un andorrano de 88 años que empezó a hacer contrabando cuando en España acabó la Guerra Civil.

“A los 17 años me cargué 25 kilos encima y… ¡venga, hacia Guardiola de Bergà!”

Yo llevo en el bolso una cámara fotográfica y una botella de agua. Él pasaba tabaco, gomas de ligas, orejeras, botones, ruedas de camiones… y hasta las máquinas medidoras de las gasolineras.

“¡Esa vez llevaba encima 80 kilos! –dice un chaval delgado y atlético que sale, en una pared, esquiando en blanco y negro– En principio, sólo tenía que pasar una máquina de repostar, pero los franceses me trajeron dos y me tuve que quedar también la otra…”

Iba a buscar la mercancía a Francia…

“¡Caminando!”

Y la introducía, pasando por Andorra, en España.

“¡Siempre de noche! ¡Y por la montaña!”

Porque, después de la guerra, sus vecinos del sur se habían quedado totalmente desabastecidos…

“No era como ahora… ¡No tenían nada!”

… como se quedarían también los franceses cuando los nazis los invadiesen.

“Las rutas hacia Francia eran más peligrosas, porque la montaña en invierno era mucho más dura y, además, estaban los alemanes, que no perdonaban: te lanzaban a los perros y, si te enganchaban, ya sabías lo que te tocaba.”

Pero la pela es la pela, y si te podías sacar 450 pesetas…

“¡¿Tú sabes lo que eran 450 pesetas?! No era como ahora… Con 450 pesetas, ¡tenías para vivir y para vestirte todo un mes!”

… Si te podías sacar 450 pesetas, hacías frente a los perros, a los nazis, a la Guardia Civil y a lo que hiciera falta.

“Con los carabineros sólo me encontré una vez: se nos pusieron encima al pasar el río Segre… Yo me pude escapar, pero a mi compañero se lo cargaron…”

Dice que fue un accidente, porque, normalmente, si les pillaba la Guardia Civil, les ponían una multa y les encarcelaban hasta que la finiquitasen; además, claro está, de sacar usufructo de toda la mercancía que llevasen en la mochila.

“Lo peor eran los atracadores, porque éstos tiraban a matar.”

Me imagino a unos maleantes embistiéndonos por el camino, pero los únicos que nos asaltan son un par de burros que suplican que les acariciemos el hocico.

“Esa fue la única vez que tuve que soltar el fardo para correr; pero, desde entonces, fui siempre más con una pistola encima… Si la hubiera tenido en ese momento  –piensa furibundo todavía–… ¡los pelaba allí mismo!”

Entonces, ser contrabandista no estaba mal visto.

“No era como ahora… ¡Lo hacía todo el mundo!”

Y si llamaban a la puerta de cualquier casa de payés para refugiarse, eran siempre bien recibidos.

“Te ponían en un pajar o allá donde pudiesen, y te daban de comer y todo. Muchas veces, esa pobre gente ni siquiera cobraba: les regalabas un poco de tabaco y tan contentos estaban.”

Ruta del contrabandista, Andorra.

Ángel Álvarez Mongay

Pero el mejor lugar donde guarecerse era el bosque…

“Porqué allí no sabían por dónde buscarte.”

Lo único que debías tener era sentido de la orientación…

“¡Porque si lo perdías, en lugar de irte a la Seu d’Urgell, acababas en Montserrat!”

Cosa que a él nunca le sucedió, aun caminando de noche y con niebla por la montaña, sin brújulas, sin luces y sin mapas.

“Ahora, si alguien se pierde por la montaña, ¡es porque es burro! Yo había ido por el monte desde los 11 años cuando me pusieron a guardar el ganado. Y la única brújula que tenía estaba dentro de mi cabeza –explica el pastor–. Sabía dónde estaba cada piedra, cada flor y cada árbol… Es como si la montaña fuera mi segunda casa.”

Aunque, desde que le operaron del corazón, sus tres diligentes piernas ya no puedan correr con el mismo nervio por ella.

“¡La de kilómetros que han hecho éstas!”

Nosotros, con los buggies, hacemos poco más de 30…

“Con unas alpargatas, pantalones de terciopelo, un jersey y una americana.”

No tenían Gore-Tex, Windstopper, Waterproof ni Polartec.

“¿Y en invierno? Pues las botas de soldado, el pasamontañas, y, como manoplas, unos calcetines de lana. No era como ahora, no… Si hubiésemos tenido el material que tenéis vosotros… ¡Ay, Dios! ¡Los reyes del mambo hubiésemos sido!”

Y si les cogía una tormenta por el camino…

“Lo único que podíamos hacer era adentrarnos en el bosque, encender un fuego y… ¡aguantar!”

Pero no todos podían aguantar…

“¡Si hubiéramos podido filmar todas las tempestades que pillamos! ¡Me cago en Dios! Y entonces nevaba más que ahora, ¿eh?”

Aun así, antes de que este valle fuese declarado parque natural, aquí se querían construir unas pistas de esquí.

Jan Besolí, contrabandista andorrano retirado.

Ángel Álvarez Mongay

“¡Era de espanto! Yo, un día, me desperté con un palmo de nieve encima. Se pensaban que estaba muerto, ¡pero estaba más caliente yo que la puñeta! ¡Qué bien se dormía debajo de esos pinos! –recuerda desde las frondosidades curtidas de un sillón–Te arreglabas las ramas en el suelo, una manta por encima y… ¡venga! Como estábamos rendidos de haber estado caminando toda la noche, caíamos reventados…”

Suerte tenían que, en la mochila, además de llevar tabaco y compañía, cargaban con provisiones para reponer energías: un pan de 2kg, jamón y longaniza para tres o cuatro días.

“¡Y una bota de vino de 2 litros! Eso no fallaba… Porque el agua te limpia y, yendo así de cargado y corriendo, no podías beber demasiada…”

Cuando llegamos a Ca la Cisqueta de Tor, nos sirven vino en un porrón y dejamos a un lado la botella de agua, no vaya a ser que, en el viaje de vuelta, los burros nos vuelvan a atracar y, justo en ese momento, nos entren ganas de mear. Y para completar el pica-pica que llevaban en el fardo los contrabandistas: pan con tomate, jamón, queso, embutidos de la zona y longanizas blancas y negras recién braseadas en la chimenea. Pili, la dueña de la casa, la tiene encendida todo el verano. Aprovechamos y, sentados en una banqueta de madera, nos arrimamos a la olla donde cuece la escudella. A 1.760 metros de altitud, hace fresco y las llamas no molestan.

Además, según acordaron los antepasados de la mesonera en 1896, mantener el fuego encendido durante todo el año –esto es: vivir de forma permanente en Tor– era menester para continuar siendo copropietarios de la montaña junto a las otras doce casas del pueblo. Sin embargo, la ambición vecinal por convertirse en dueños absolutos del feudo enzarzó a los campesinos en una pugna de odios y antipatías que acabó en el tribunal con un saldo de tres muertos. Los principales litigantes del thriller pallarés fueron Josep Montané y Jordi Riba, más conocidos como el Sansa y el Palanca.

Con los buggypluf-pluf-pluf, pasamos por delante de sus parcelas y por los restos de un campamento de hippies a los que Josep Montané regaló unas tierras. Hace más de 15 años, hubiésemos detenido los coches para comprar su silencio con tabaco o con dinero; pero, a día de hoy, estas catapluf-pluf-pluf están abandonadas: los hippies desaparecieron, el Sansa fue uno de los muertos y el Palanca, como muchos de los vecinos de Tor, vive actualmente en Sort.

Campamento hippie abandonado en la ruta del contrabandista, Andorra.

Ángel Álvarez Mongay

A los únicos que encontramos por este tramo es a Joan y a su pastor belga, que vigilan que nos quitemos las ruedas para visitar las ruinas del recinto hippie. Durante los meses de verano, se dedica a restaurarlo; pero, cuando lleguen los primeros fríos, Joan abandonará su cabaña en la alta montaña, Ca la Cisqueta dejará de servir butifarras y escudellas y el ganado regresará al establo, porque no hay vaca que aguante todo el invierno a temperaturas bajo cero, sin electricidad, sin agua corriente y teniéndose que subir al sombrero de un robellón para mugir por teléfono.

Entonces, la montaña maldita se volverá a quedar vacía.

“Yo hice contrabando durante casi 10 años…”

Sin jeeps…

“Pero lo dejé…”

Sin buggies…

“Porque mis piernas ya estaban hartas…”

Sin catapluf-pluf-pluf…

“Y lo peor de todo, ¿sabes qué es?”

Pluf… pluf… pluf.

“Que explicas a esta juventud todo lo que hemos llegado a sufrir y no se lo creen.”

ruta del contrabandista, tor, vallnord

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Comentarios sobre  La ruta del contrabandista

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  • 18 de noviembre de 2012 a las 15:09

    Un artículo muy interesante, curiosamente cerca de donde vivimos nosotros existe otra ruta de los kontrabandistas.
    http://www.kontrabandistak.com/home

    Gracias y un saludo, Fernando.

    Por Fernando