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La torre de Las mil y una noches

Con 828 metros de altura, el Burj Khalifa es la construcción más elevada realizada por el ser humano. Una moderna torre de Babel que destaca en un desierto repleto de rascacielos y cuyo lujo atrae  a un mayor número de turistas a Downtown Dubai.

3 de marzo de 2013

Se ve con precisión un tanto irreal gracias a una noche oscura, sin luna… Así podría empezar una novela negra, de las malas. En el punto 25°11´49´ N y 55°16´6´´ E. Es lo que señala la pantalla del modernísimo avión en el que viajo y que acaba de despegar del aeropuerto de Dubai, lugar en que se encuentra el rascacielos más alto del mundo, el Burj  Khalifa, situado en el Downtown Burj Khalifa, formado por una serie de complejos comerciales de muy alto standing… o lujo para ricos.

Burj Khalifa, Dubái.

Corey Harmon, Flickr.

Tal vez desde un avión, camino a los países de la antigua Indochina o, como en mi caso, de Australia, sea el único lugar desde el que se llegue a verla. Aunque dicen que es visible a 90 km de distancia desde la tierra y que es la sombra proyectada por un edificio más larga del mundo que puede llegar a medir más de 2000 metros de longitud (ay, ¿dónde quedó aquella sombra del ciprés…?). Hasta ahora no ha sido un lugar típico de visita, pero ya empieza a serlo, como todo Dubái.

No es fácil, dada su ubicación y lujo, que llegue a ser muy visitada y, sin embargo, ahí abajo, en el desierto de Dubái, impresiona ver cómo se alza la más alta construcción realizada por el ser humano. 828 metros de altura. Por eso no es extraño que muchos viajeros estemos ahora con la cara pegada a la ventanilla. Como un niño que realiza su primer vuelo, adquiero esa mirada siempre inhumana que proporciona todo avión suspendido en el aire. Un punto de vista  desde lo alto, una perspectiva divina, aunque haya que soportar la vengativa y prosaica incomodidad de la clase  turista. Pensar que los de business tienen una ventanilla similar, que también se empaña cuando te acercas, disminuye la envidia, aunque no nos iguale.

Desde el aire, se ve la ciudad de Dubai como una retícula de luz en medio de un negro absoluto. De  la red de calles del centro emergen unas prolongaciones luminosas que recuerdan las dendritas, algo más estilizadas. ¿Serán las Palm Islands? Un paisaje que asemeja esas representaciones del cerebro y  de las neuronas que estamos acostumbrados a ver.

El rascacielos de Dubai

Llevo minutos observando lo que hasta ahora no es sino una de esas grandes urbes nuevas que han nacido en el medio de la nada en muy pocos años; es decir, en el puro desierto. Como Las Vegas. En un punto de esa red se agrupan unos hermosos rascacielos. Es un grupo de espléndidos y sorprendentes edificios deslumbrantes como los que se ven en toda gran urbe de última construcción, aunque no estén, como éstos, en medio de la nada.

Es invierno. Afuera hace frío. Es la noche del desierto, implacable siempre, por muy moderna que sea Dubai. Hay una niebla baja que hace que esos rascacielos parezcan flotar en el espacio y escondan su media parte alta entre las nubes del cielo, como quien se cubre el rostro con un velo blanco, como formando parte de ese espacio inmenso y ajenos a lo que les rodea. Son abstractamente bellos. Sus ventanas dibujan un panel hermoso en medio de la noche desolada.

Vista nocturna del Burj Khalifa, Dubái.

Jack Zalium, Flickr.

Pero acaso de forma inconsciente no estoy buscando eso, que sé que son edificios de los muchos centros comerciales más lujosos del planeta. Desde algún recoveco de la memoria ha llegado hasta la conciencia un dato ya conocido: el rascacielos. No puede estar muy lejos. Y se ha de ver seguro desde estas alturas. A un lado de la ventanilla, de repente, a cierta distancia de los demás, aparece un edificio, una construcción, un qué…, un qué…, me quedo preguntándome a mí mismo, porque sé que es distinto a todos los demás. Pero bueno, digamos un rascacielos mucho más alto y bello que los del resto de Dubái: la torre Burj Khalifa.

Su afilado diseño, con pisos, plataformas, jardines y luces escalonadas –en realidad, sus alas van formando una escalera de caracol para contrarrestar los fuertes vientos del desierto y las tormentas de arena- sube hacia lo alto de una manera inimaginable y hierática, esbelto como una diosa imposible, desafiante, retadora. Su imagen constituye un mundo que hace presente los delirios de la ciencia ficción. Pero también conecta con el pasado, con los fantásticos minaretes que se describen en los relatos de Las mil y una noches. De alguna manera, ahora somos o estamos en una alfombra voladora alrededor de esa torre. La mirada -y el alma- se llena de  una estética vanguardista que, contradictoriamente, en mi imaginario, remite al premoderno mundo del cómic: Simbad en el Airbus.

La Torre de Babel de Adrian Smith

Al verla desde el aire, como flotando sobre la niebla, aumenta la sensación de que se está lejos, muy lejos y muy alto de la Tierra. Tanto que parece que  desafiara ya no sólo a la gravedad y a la mecánica, sino al  mismo Dios.  Es la otra torre de Babel. Tan alta, tan orgullosa, tan arrogante, tan  soberbia, que asustó al mismo Señor de los cielos que, con ese carácter que atesora, se dedicó a confundir las lenguas de los hombres que estaban construyéndola para que se organizara un caos de incomprensión que impidiera que se entendieran entre ellos y ello pusiera fin a su construcción. Y no le faltaba razón en su diagnóstico, como confirman numerosas leyendas y relatos míticos de numerosas culturas, porque desde esa torre orgullosa se hubiera desafiado al  mismísimo creador: “Nada les impedirá lo que se propongan”, temía el Señor de los Cielos, leemos en el Génesis.

Pero también puede ser lo contrario a un desafío, puede ser un tótem del siglo XXI. Constituye una manera de acercarse a Dios, como antes lo hicieron las catedrales que, con el gótico, empezaron a crecer cada vez más hacia arriba con la verticalidad de sus ornados pináculos y arcos de media punta que miraban al cielo e incorporaban vidrieras para que en ellas penetrase la luz. Actividad igualmente subversiva habida cuenta de que al acercarnos veríamos  cemento, hierro y cristal, nada más. Tal vez lo mismo que ocurriría al acercarse a Dios, a cualquier Dios: hierro y cristal.

Su contemplación es hipnótica. Hipnotiza por su esbeltez, por su altura, por la luz (hay más de 25.000 paneles de cristal). Con los ojos pegados a la ventanilla, el viajero se olvida del avión, de la cantidad de horas que quedan hasta Sydney, se olvida del absurdo de su construcción, se olvida de las guerras del petróleo, del dinero invertido, se olvida de por qué se está viajando, se olvida de quién es…, pero sin dejar de asombrarse ante su poderosa belleza, su poderosa extrañeza y la perplejidad que nos causa.

La torre es semejante a la de una catedral, como ya he dicho, aunque carece de fachada, y debe de producir un asombro parecido al que debieron sentir los hombres del medievo  en Burgos al ver las agujas verticales de la catedral. Pero el asombro no proviene del logro tecnológico, de la hazaña humana, aunque también, sino del estético o artístico, de aquello que es capaz de decir o expresar sin palabras cosas, visiones del mundo, que no pueden ser  dichas de otra manera, como ocurre con la poesía, porque en él vemos reflejadas todas las angustias, terrores, gozos y alegrías del ser. Y como todo poema te provoca extrañas sensaciones: y uno se siente raro, melancólico, solitario…

So kiss me and smile for me. Tell me that you’ll wait for me…  (Peter, Paul y Mary, Leaving on a jet plane).

Los detalles técnicos de este edificio son bien conocidos. El arquitecto principal del proyecto fue Adrian Smith, que trabajó con la firma Skidmore, Owings and Merrill. Se inspiró en el proyecto de rascacielos de una milla (1.609 m) de Frank Lloyd Wright, que quedó inacabado, en los arcos árabes y en una flor, la Hymenocallis, que se cultiva en el desierto de los Emiratos Árabes y en la India.

Vistas desde el Burj Khalifa, Dubái.

Fabio Achilli, Flickr.

Tan anormal, tan ajena a la experiencia humana, esta Babel de lujo vencedora del vértigo a las alturas, genera una mezcla de soberbia -propia de toda arquitectura de poder- y, al mismo tiempo, una humildad que le sume a uno en el placer ansioso de toda contradicción. Brueghel y su realista pintura sobre la torre de Babel, el pecado, la aspiración a ser divino, la soledad… Todo da vueltas en torno a la locura de esta visión de la Tierra que recuerda aquellas que llegaron desde la nave Apolo. La más humana: era el lugar en el que existimos. La más inhumana: es la visión que nunca tenemos.

Alguien dijo que la arquitectura ha tenido como postulados básicos a lo largo de la historia desafiar la muerte, conservar la memoria, haber sido forjada por impulsos religiosos, políticos, económicos y glorificar y exhibir el poder, el dominio casi absoluto. Dubai, con esta torre colosal, desde luego lo logra.

Burj Khalifa, rascacielos, viaje a dubai

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Comentarios sobre  La torre de Las mil y una noches

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  • 05 de marzo de 2013 a las 9:05

    Querido profesor es un disfrute leerle. Voy hacerle eco…

    Por Yolanda