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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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La Línea del Horizonte Ediciones




La torre herida

El romanticismo, movimiento cultural y mental, usó y abusó en su expresionismo de las ruinas y los paisajes tormentosos. Justo lo que teníamos enfrente. Se trataba de los restos del monasterio benedictino de San Román de Entrepeñas, situado en las afueras de Santibáñez de la Peña, Palencia.

25 de junio de 2018

Nada de las grandiosidades de Caspar David Friedrich, ni de las sutilezas del paisaje tempestuoso de Giorgone, ni de las ruinas clásicas de los pintores románticos del siglo XIX, ni de la feroz lucha con el medio de las mayas o camboyanas. Pero sí del miedo que crea y gestiona toda fe religiosa y también de la seguridad que aporta, por imaginaria que sea. Es lógico. De miedo, de irracionalidad y de ansiedad estamos hechos ellos y nosotros.

El romanticismo, movimiento cultural y mental, usó y abusó en su expresionismo de las ruinas y los paisajes tormentosos. Justo lo que teníamos enfrente. Se trataba de los restos de un monasterio benedictino situado en las afueras de Santibáñez de la Peña, Palencia.

Habíamos atravesado un pequeño puente. Por encima estaban las vías del ferrocarril Bilbao-La Robla, el famoso tren minero. Era un día gris, invernal y extraño para ser el mes de junio. En los meses anteriores de este 2018 no ha dejado de llover y las tierras altas de Guardo (Palencia) y alrededores están radiantes, verdes, florecidas y exultantes. Nos guiaba a un grupo de amigos Carlos Rodríguez-Hoyos, que hacía poco había publicado el libro Donde la belleza resiste. Realizábamos una de las cuatro jornadas por Guardo y sus alrededores que él describe en su libro. Jugaba con nosotros. Afirmaba que nos iba a hacer un regalo que nos sorprendería. No sabíamos de qué se trataba.

Se deja el coche en la parte alta e interior del pueblo. Se sube por la calle de San Román y, tras atravesar el puente mencionado y andar unos pocos metros por un camino carretero, se toma un pequeño sendero hacia la izquierda que se dirige a una zona boscosa en la que ese día se oía un fuerte fragor de agua. Un panel didáctico, bastante comido por el tiempo, indicaba malamente lo que íbamos a ver. En pocos minutos pasamos por unas cascadas, tumultuosas en esta primavera, y enfrente, las ruinas del monasterio de San Román de Entrepeñas.

El hermoso camino que llega hasta allí atraviesa el pueblo, pasa por escombreras derivadas de la explotación minera y llega a las ruinas. ¿Un paseo por el amor y la muerte? Tal vez sea una afirmación excesiva, pero desde luego sí se trata de un paseo por naturaleza, industria, contaminación, población humana, belleza y un fragmento histórico importante. Ruinas, digo, pero es más preciso decir ruina, en singular, porque solo queda una torre que parece surgir mágicamente en medio del bosque, una torre de estilo románico pequeña y bien diseñada. Se reconoce el taqueado que se puede ver en las iglesias del camino de Santiago desde Jaca hasta Compostela, así como adornos de estilo franconormando. No pertenece a esa ruta tradicional, pero sin duda los constructores conocieron esas iglesias. No hay rastro del castillo del mismo nombre que existió al menos hasta el siglo XV y que luego desapareció sin apenas dejar rastro documental o físico. Del monasterio solo queda la sencilla y elegante torre que vemos; pero su visión desde el camino es de una belleza tal que casi uno agradece su deterioro. Siempre son peligrosas las comparaciones; sin embargo, esta torre destrozada pero entera, en medio de un paisaje selvático, recuerda a las ruinas mayas de México o Belize. Incluso a las camboyanas de Angkor Vat. Allí hay decenas y aquí tan solo una herida por el rayo, parafraseando el bello título de la obra de Fernando Arrabal. Rayos, tiempo y desinterés cultural de este país hacia el patrimonio que no sea espectacular.

San Román de Entrepeñas, Palencia.

El monasterio ya existía en el siglo X. Hay documentos del año 940 que mencionan una restauración recién realizada, por tanto el original es anterior. Si tenemos en cuenta que la entrada de los árabes en la Península Ibérica data del siglo VIII, esa iglesia inicial que no conocemos probablemente era del siglo IX, poco después de ese importante acontecimiento. La torre que vemos es un vestigio de ese monasterio que se vincula a la expansión hacia el sur del cristianismo temprano que se asentó en estas tierras de difícil acceso. Del misterioso castillo que fue construido antes del año 940 solo se conservan algunas piedras. Una estructura militar es un indicio de que no se sentían seguros. Y con razón. Alrededor del año 995 el general árabe Almanzor llegó hasta aquí y destruyó muchas de sus dependencias. Ese hecho, junto al progresivo desplazamiento de los centros de poder y combate hacia el sur, hizo que el monasterio y el castillo declinaran y desaparecieran física y documentalmente. Como si se hubieran evaporado. Aunque no del todo. Queda esta torre que parece surgir de la misma tierra. Como aquel monolito del filme de Kubrick. Si se observan algunas de las piedras de las casas más antiguas de Santibáñez pueden verse algunas que los investigadores han asociado a partes del castillo y del claustro. Los trabajos de Luis Manuel Mediavilla de la Gala y Luis Diez Merino, aunque historicistas y académicos, son una magnífica recopilación de los datos y documentos que conocemos. Según ellos, del siglo XII al XIV, el siglo de su desaparición, perteneció a Cluny, ya que los monjes eran benedictinos. Los documentos que aportan los historiadores mencionados afirman que la iglesia era pequeña y de una sola nave con dos capillas laterales. Asimismo, eran de pequeño tamaño el claustro y las dependencias, ya que siempre hubo un pequeño número de monjes. No más de seis. Eso era todo.

No es esta zona escasa en ruinas, que van desde el siglo X al siglo XX. Estamos en zona minera y, probablemente, una agitada vida de explotación, incluso antes de la época industrial, haya acabado con muchos vestigios históricos y artísticos. También la desidia de las autoridades ha contribuido con primor a esa desaparición. Esta zona, por razones que no glosaremos ahora, se encuentra en decadencia económica y poblacional. Hay una cierta resonancia entre el abandono de este monasterio y el de estos pueblos, algunos de ellos ya deshabitados. Incluso, cómo no, con muchos de nosotros, algo deteriorados por pérdidas, estupideces y abandonos.

Una vez recorrido todo el perímetro y vista la torre desde diversos ángulos, hay que entrar en el interior. El deterioro es aún mayor. Sorprende que se sostenga. Sin ningún apoyo, sin ningún cuidado, sin ninguna supervisión. Es una ruina resistente, perdedora, pero ahí lleva siendo quien es más de mil años. Tal vez la hace más hermosa, cercana y admirable. Más de lo que seguramente se dirá nunca de nosotros. Entrar, salir, acercarse, alejarse. Todo lentamente. Ese ballet hace que poco a poco todo malestar vaya disipándose y ceda a la alegría de estar allí, de mirarla, de saber y sentir que hay una extraña conexión entre ella y nosotros.

La civilización consiste en separarnos de la naturaleza. Eso es la cultura. Y por ella se generan nuevos artificios en los que vivir. En estas zonas tan apartadas los idiomas de los pueblos de origen celta, que se asentaron en la península, se mezclaron con el latín y generaron lenguajes mestizos que dieron lugar a lo que hoy es el castellano, el español. Esta torre es el resto de aquel esfuerzo civilizador y creativo.

Una mezcla de melancolía y rabia flota en este bosque contemplando una ruina que sabe que probablemente le espera la destrucción total. Pero aun así será una muerte digna y bella, esa que tiene todo aquello que nunca tendrá éxito, que nunca servirá de nada pero en lo que, paradójicamente, la belleza resiste, parafraseando el titulo del libro antes mencionado.

Aún será necesario dar una última vuelta al lugar para sentir en carne propia ese concepto tan abstracto de entropía. Todo tiende al desorden, a la destrucción a la homogeneidad. Pasa con la torre y con nosotros. Solo que ella ha sido capaz de persistir en su belleza y así recordarnos la nuestra, la de toda existencia, la de toda cultura.

En otros tiempos esto fue un lugar mucho más animado. Un castillo, un pueblo y un monasterio. Ninguno de los tres fueron nunca muy grandes y poderosos. No estamos en tierras fáciles y bien comunicadas. Sin embargo, por aquí pasaron muchas gentes buscando protección o recursos materiales. Es una región rica en cosas que hoy parecen innecesarias. Desde el silencio hasta el carbón. Recibían personas y las enviaban. Toda esa zona del norte de Palencia y Burgos fue la base de la repoblación de la España interior en los inicios de la Edad Media. Repoblación de la Península, conservación de manuscritos, generación del lenguaje castellano… ¿Se puede pedir más contribuciones culturales? Y ahora en ruinas… Tal vez sea una metáfora.

Antes del primitivo monasterio que estamos visitando, esta era una zona de cenobios. Como es sabido, los eremitas que surgieron en el cristianismo primitivo tenían una cierta tendencia a volverse locos de soledad y malnutrición. Para evitarlo, la iglesia organizó cenobios en los que los eremitas podían vivir juntos, aun en aislamiento y soledad, pero ya no tan extrema. Elegían lugares apartados en los que la comida no fuera difícil de obtener, con agua y algún accidente natural para refugiarse. Estas montañas palentinas eran ideales para ello. Los eremitas seguramente, desde el punto de vista ético, estaban mal de la cabeza, pero desde el estético tenían un gusto exquisito. Los lugares elegidos son bellísimos. Aún hoy nos fascina la belleza de los emplazamientos elegidos.

Seguro que esa primitiva iglesia que no se ha conservado se edificó sobre un antiguo cenobio. Estamos también aquí en lugares que dieron forma al cristianismo occidental. E incluso a la cultura europea. Se sabe que llegaron hasta aquí, provenientes de Córdoba, libros de filosofía, ciencia y medicina árabes. Se conservaron y más tarde fueron traducidos. La sabiduría circuló por Europa. Cultura árabe, cultura latina, cultura europea… Alrededor de estos monasterios se va gestando la primera gran globalización de la humanidad, que pocos siglos después, con el descubrimiento del Nuevo Mundo, crea ya un sistema global (solo faltaba Australia, pero eso es otra historia). Podemos pensar que esta torre es una reliquia minimalista de las primeras redes sociales. Nos habla de la conexión de las culturas y las gentes. Algo que hoy, apoyado en la tecnología digital, nos fascina. Aquí se puede ver su nacimiento, el origen de la comunidad europea tan amenazada tantas veces, incluso en estos momentos.

Un buen tema para meditar en el bar de Inés. En la cercana Villanueva de Arriba. Un bar de esos de pueblo, acogedor, necesario y comprensible. Una especie de nuevo cenobio para resistir la soledad en tierras de despoblación. Y para recordar, mientras se toma algo, quiénes son los partidos que gobernando aquí no cuidan la cultura de la que provenimos.

ruinas, viaje a palencia

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