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    El artista Luis Sáez ha remontado el Ganges desde su desembocadura en Calcuta hasta Gangotri, al pie del glaciar en que brotan sus fuentes, para mostrar su desbordante espiritualidad en una exposición abierta al público hasta el 9 de febrero en el Museo Nacional de Antropología. Siempre sin abandonar los márgenes del río, las fotografías hacen escala en algunos de los lugares más señalados para las diferentes religiones de la India: Bodhgaya, donde se halla el árbol bajo el cual Buda ...[Leer más]

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    Una exposición en el Museo Guimet de París ilustra cómo el reciente invento de la fotografía plasmó, en el siglo XIX, la grandeza de la civilización india, dando forma en el extranjero a la imagen de un país para muchos misterioso y desconocido. Noventa instantáneas originales de paisajes, arquitectura, escenas de la vida cotidiana y personajes podrán verse hasta el 17 de febrero de 2020, con trabajos como los de Linneo Tripe, William Baker o Samuel Bourne, quien realizó tres ...[Leer más]

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La tumba del capitán Shackleton

En 1920, cansado de dar conferencias, Ernest Shackleton se embarcó en la que sería su última expedición polar, pues el explorador falleció en Georgia del Sur de un ataque al corazón. En un paraíso de pueblos balleneros abandonados, fiordos y glaciares, está enterrado el Jefe.

14 de enero de 2015

En el último mes de 2014 se cumplieron cien años del inicio de la mayor aventura polar de todos los tiempos. Leyendo el magnífico Shackleton, el indomable de Javier Cacho, y motivado por su estimulante invitación a ir a Georgia del Sur en el centenario de la muerte del explorador, he vuelto a ojear el cuaderno de campo que hice en la isla.

Cuaderno de viaje

A Georgia del Sur se debería viajar siempre en velero. Los cinco días de ida y los peores siete de vuelta, a contraola, te preparan de alguna forma para entender lo salvaje, solitario y frágil del lugar. “La Naturaleza tiene buenas razones para exigir sacrificios especiales a las personas decididas a disfrutarla”, que diría el almirante Richard E. Byrd basándose en su experiencia. Nosotros cumplimos con el ritual y llegamos a la isla después de que el mar del Scotia nos diera una paliza inolvidable. Vientos de sesenta y ocho nudos y nieve helada que te golpeaba como una rociada de perdigones consiguieron que al ver tierra nos sintiéramos los hombres más afortunados del mundo. Éramos cuatro guiñapos humanos los que, ya de noche, entramos en la bahía de Grytviken. El capitán y su ayudante eran de otra raza, de la de aquellos hombres que acompañaron al Jefe y que ya sólo se encuentran en las proximidades de los dos polos.

Bajamos al destartalado pantalán con ganas de besar la tierra y nos adentramos entre las calles silenciosas del antiguo puerto ballenero. Sólo los copos, grandes como pañuelos, rompían el silencio con ruidos amortiguados. No hablábamos. Nos alejábamos sin rumbo buscando algo de soledad, lo que más se echa de menos en una travesía en barco. Como polillas atraídas por la luz, fuimos saliendo del pueblo, cada uno por su lado, y acabamos en el interior de una pequeña iglesia iluminada bajo un escarpe rocoso. En su interior paseamos despacio viendo las reliquias, placas, escritos y fotografías que adornaban las paredes. Todas hacían referencia a gestas polares, y la mayoría recordaban a Shackleton y sus hombres. En un escrito apergaminado, la firma de todos ellos daba un último adiós al Jefe, muerto en aquella misma bahía y cuyo funeral se ofreció en la capilla que nos acogía.

Cuaderno de viaje

Durante un mes recorrimos Georgia del Sur grabando la vida salvaje que se concentra en sus orillas en las pocas semanas en las que quedan libres de nieve. Grabamos pingüinos de cuatro especies, diferentes albatros, palomas antárticas, leones y elefantes marinos e incluso renos escandinavos, dejados allí para alimentar a los balleneros a principios del siglo XX, y hoy la colonia genéticamente más pura de la subespecie.  Todos ellos fueron apareciendo en el cuaderno de viaje. Por una vez tenía tiempo para dibujar a placer. Me sentaba sobre una roca, comenzaba a esbozar y al poco tiempo estaba rodeado de pingüinos curiosos que venían a ver al extraño pajarraco que había invadido su playa; una demostración de que apenas desembarcan seres humanos en la isla más allá de la bahía de Grytviken. Para un zoólogo aficionado a dibujar cuadernos de campo aquello era algo cercano al paraíso. Pero cada vez que abría el cuaderno, a pesar de estar rodeado de animales salvajes, Shackleton volvía a mi memoria. Algo me faltaba. Era como si el propio cuaderno necesitara textos o dibujos que no le daba.

Cuaderno de viaje

Seguimos rodando y seguí dibujando. Grandes pecios aparecían escorados en algunas bahías. La isla está sembrada de historia del tiempo en el que los balleneros trabajaban en condiciones inhumanas mientras los héroes se llevaban los laureles por sus gestas polares. Aquello hacía más aguda esa carencia a la hora de dibujar. En el cuaderno de campo seguía faltando algo. La historia de los barcos varados llamaba a la de los exploradores y el Jefe volvía a mi memoria. También es verdad que en la travesía había leído La Prisión Blanca, de Alfred Lansing, y mi interés por el explorador polar había aumentado considerablemente. Sea como fuere, no podía apartarlo de mis pensamientos. Y, de alguna manera, eso hacía que faltara algo en mi cuaderno.

Unos días antes de terminar el viaje volvimos a Grytviken. Esta vez el día amaneció despejado y las pocas nubes que manchaban el cielo parecían quedarse atrapadas en las montañas que rodean la bahía. Descendimos de nuevo en el pantalán, esta vez de día, y exploramos los alrededores. Pasamos el antiguo puerto ballenero donde el Petrel y otros barcos abandonados aún mostraban siniestros arpones en sus proas oxidadas. Dejamos atrás las casas y las grandes calderas para aceite de ballena y avanzamos hacia el este. Allí, en una pequeña llanura manchada de nieve, encontramos el cementerio. Lápidas blancas y cruces sencillas salpicaban el suelo irregular. Una valla  de estacas blancas delimitaba el camposanto. Al fondo un bloque de granito rectangular destacaba sobre las cruces. La tumba ponía algo de color en aquel suelo de blancos y grises. Era la única que tenía flores sobre su lápida: la tumba de un explorador, de un héroe.

Nos acercamos y cada uno rindió su particular homenaje al Jefe. Quizá más de uno lo hizo pensando en la proximidad del temible viaje de vuelta. Por mi parte, esperé a que terminaran las grabaciones, saqué mi cuaderno y me senté a dibujar. Por fin el diario quedaba completo. En aquel lugar de fauna inigualable, de pecios, fiordos, pueblos balleneros abandonados, glaciares que se perdían en el horizonte y montañas escarpadas que morían en un mar salvaje, el dibujo que más me emocionó, aquel que buscaba sin saberlo desde el principio como pieza imprescindible para completar el cuaderno, resultó ser la tumba de Shackleton.

Cuaderno de viaje

Mientras terminaba el apunte de la tumba recordé las palabras de Raymond Priestley:

Para la dirección científica, dadme a Scott.

Para un viaje rápido y eficaz, a Amundsen.

Pero cuando estéis en una situación desesperada,

Cuando parezca que no existe salida,

Arrodillaos y rezad para que venga Shackleton.

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