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    “A mi queridísimo Federico, el único que me entiende. Firmado: su propio corazón”. Esta es la dedicatoria que Lorca se hizo a sí mismo en un ejemplar de su primer libro, Impresiones y paisajes, y uno de los documentos más curiosos que ofrece la exposición Jardín deshecho, abierta al público hasta el 6 de enero de 2020 en Granada. Comisariada por el hispanista estadounidense Christopher Maurer, es la primera muestra sobre el poeta centrada en la temática del amor. “Amó mucho...[Leer más]

  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

Histórico noticias



La vendedora de zumo de granada de Acre

El odio y la violencia se han ido adueñando de esa tierra curiosamente llamada Tierra Santa. Pero nada tiene que la tensión religiosa de Jerusalén con la hiperactiva modernidad de Tel Aviv ni con la agradable vida rutinaria de una ciudad mediterránea de provincias como Acre.

14 de octubre de 2017

La tarde es suave y amable. Desde un banco de la playa de Haifa contemplo como juegan un padre y su pequeña hija entre las minúsculas olas que se desmoronan sobre la arena de la playa en un último esfuerzo tras cruzar, quizá, todo el Mediterráneo desde el estrecho de Gibraltar. En esta calma dorada que me envuelve, me viene a la memoria la comparación que hace Víctor Segalen [1] entre la desembocadura de un río y el fin de un viaje: el río, en su desembocadura, se vuelve mas lento, más callado, y los tumultos se apagan; el viaje, cuando llega a su fin, se amortigua y se dispersa. Se clarifica y depura. Atardece y mi viaje a Palestina –que junto con el día toca a su fin– se clarifica y se depura, dejando, a modo de limo, tristeza y pesar.

Como observó Luís Reyes Blanc [2], el odio y la violencia se han ido adueñando de esta tierra –curiosamente llamada Tierra Santa–. La realidad ha ido imponiendo sus tonos más sombríos: tras la labor destructiva llevada a cabo por los extremistas judíos primero y los palestinos después, la actitud agresiva e intransigente de la élite dirigente israelí deja poco lugar a la esperanza. Como expuso más recientemente Shlomo Sand, las hojas de la razón van cayendo del árbol de la acción política, dejando a los habitantes de Israel yermos frente a los caprichos de los hechiceros sonámbulos de la tribu.[3]


Tel Aviv

Hacía apenas 10 días que había aterrizado, en plena madrugada, en el aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv. Solo permanecí dos días en la ciudad, justo el tiempo para visitar a una vieja amiga. Me alojé en su casa de Giv’atayim, un distrito del área metropolitana de Tel Aviv. Desde la ventana de su apartamento podía ver la torre Moshe Aviv, un inmenso  rascacielos de más de doscientos metros de altura tras el cual se extiende Ramat Gan, el distrito de la Bolsa de Diamantes en el que se encuentra, según dicen, una de las bolsas de diamantes más importantes del mundo.

Poco ví de Tel Aviv. En mi primera mañana en la ciudad paseé por el barrio de Giv’atayim, en el cual pude observar las huellas que muestran el devastador camino que lleva de la colonización a la especulación. A lo largo de mi paseo fui encontrando alternativamente sencillas y bonitas casas que recordaban la época de la creación de la ciudad a principios del siglo XX, siguiendo los principios del movimiento urbanista de la Ciudad Jardín, y humildes bloques de hormigón construidos con premura para alojar a las oleadas de inmigrantes judíos que fueron llegando tras la proclamación del Estado de Israel. Y, de forma aleatoria, aparecían aquí y allá elevados rascacielos de múltiples aristas y frías superficies.

Por la tarde paseé por Jaffa, la pequeña ciudad portuaria hoy integrada en la conurbación de Tel Aviv que hunde sus orígenes en tiempos muy remotos y que ha sido asediada por egipcios, romanos, cruzados cristianos, mamelucos, otomanos, franceses… Desde los jardines Abraham Shechterman que coronan la colina que domina el puerto, fui bajando por el entramado de callejas de corte medieval hasta la dársena del pequeño puerto pesquero.

Viaje a Israel

Xavier Arnau Bofarull.

Al llegar al pie del minarete de la pequeña mezquita Jami’ al-Bahr –la mezquita del Mar–, me quede contemplando la impresionante imagen de Tel Aviv, erguida amenazante sobre el mar. De pronto empezó la llamada del almuédano a la oración. Escuchar aquella salmodia, con el minarete de la mezquita recortándose sobre el azul del Mediterráneo a un lado y el gigantesco frente marítimo de Tel Aviv al otro, me produjo una intensa y contradictoria emoción.

Desde la mezquita descendí por la ladera de la colina atravesando los jardines Ha’Mirdron hasta llegar al paseo Homat Hayam, ya en la playa de Alma o de Charles Clore Park, una agradable playa rodeada por el verde césped del parque y que une Jaffa con Tel Aviv. En la parte norte de la playa se encontraba el restaurante Mantaray, al parecer uno de los restaurantes de moda y –todo hay que decirlo– con una excelente cocina ribereña. Habíamos quedado allí para cenar con mi amiga, que consiguió una mesa bajo el porche, al borde de la playa con una apacible vista al Mediterráneo. De regreso, nos detuvimos a tomar una copa en uno de los numerosos bares del bulevar Rotschild, una de las calles más concurridas de Tel Aviv y que cuenta con notables ejemplos de edificios construidos según el estilo Bauhaus. Mientras paseábamos entre las terrazas del bulevar, pensé en los adjetivos que las guías turísticas dedican a Tel Aviv: moderna, noctámbula, cosmopolita, culta, joven, mediterránea… Moderna, noctámbula, joven, seguramente sí. Pero, mediterránea, no. Me quedé con la sensación de que Tel Aviv se miraba más en la costa oeste americana, buscaba más su imagen en California que en el Mediterráneo.

El día de mi partida hacia Jerusalén era día festivo para los judíos, Ros Hashana, y no había servicio regular de autobuses. Hice el viaje a Jerusalén con el servicio de taxis compartidos, conocidos como sherut. Estos taxis partían del exterior de la estación central de autobuses de Tel Aviv. Para viajar con el sherut, solo hacía falta buscar entre los taxis aparcados el que iba al destino deseado y ver si había un sitio libre. Si lo había, se subía uno y se sentaba. Y tan pronto como estaba lleno el taxi, partía, partida que podía demorarse dos minutos o treinta.

Mientras esperaba la partida del taxi observé los alrededores y el ambiente que imperaba en la zona. Lo que veía nada tenía que ver con la ciudad cosmopolita y “marchosa” que había visto. La Estación Central de autobuses se encontraba en el barrio de Neve Sha’anan, un barrio que no sale en las guías turísticas y en el que vive la gente invisible y que los israelíes tienden a evitar. El barrio de Neve Sha’anan es uno de los más pobres de Tel Aviv, el hogar de trabajadores inmigrantes y refugiados extranjeros, principalmente de África. Es un centro del crimen, las drogas y la prostitución. Pero, como denuncian periodistas como Brett Kline o Esther Zandberg en las páginas del periódico Haaretz, el crimen, la violencia y la degradación del barrio no están causadas por  los refugiados africanos sino por otras personas, todas israelíes y legales, involucradas en el consumo y tráfico de crack y heroína de baja calidad: judíos, rusos y árabes, cosa que no resulta fácil de aceptar a las autoridades israelíes. Es más fácil criticar a los africanos por cualquier cosa que vaya mal en Neve Sha’anan. Como denuncian las periodistas citadas, las personas refugiadas de Eritrea, Sudan del sur, Darfur, Ghana, Nigeria o Costa del Marfil son, no solo refugiados, sino a menudo ilegales, son negros, y por encima de todo no son judíos.

Desde que se inauguró la nueva Estación Central de Autobuses, el barrio ha evolucionado hasta convertirse en un patio trasero para trabajadores pobres, pero al mismo tiempo es una atracción para artistas que han descubierto una mina de oro en la música urbana y los bajos alquileres, factores estos que, como es sabido, constituyen la fase inicial de todo proceso de gentrificación. Como critica Esther Zandberg en un artículo del citado periódico, si los planificadores hubieran comprendido que Neve Sha’anan era una parte inseparable de Tel Aviv y no un punto de tránsito, quizá se hubiera sabido cómo responder a las necesidades reales del barrio y de la gente que vive en él.

Partimos al fin los diez pasajeros del sherut encajados en los exiguos asientos del vehículo. Mientras atravesábamos raudos –los conductores de los sherut son conocidos por apretar fuerte el acelerador– la llanura litoral de Palestina, pensaba en lo azaroso que resulta percibir los múltiples aspectos de una ciudad. La impresión que nos llevamos de ella depende –sobre todo si es en una visita fugaz, como era mi caso–, de muchos factores aleatorios que difícilmente podemos controlar y prever, y más aún si un habitante de la ciudad nos hace de guía. Mi amiga me había enseñado las perlas  de Tel Aviv –¿quién no lo hace cuando  enseña la ciudad en que vive?–: Jaffa, la playa de Alma, el restaurante de moda, el boulevar Rotschild… Pero no me había enseñado Neve Sha’anan.

En pocos minutos, Tel Aviv dejó de ser la ciudad moderna, noctámbula, cosmopolita, culta, joven, mediterránea, para pasar a ser un ejemplo más de lo que la socióloga Sassia Sasken denomina ciudades globales[4], esas grandes ciudades del mundo en las que una multiplicidad de procesos de mundialización cobran formas concretas y localizadas: por una parte, concentran una participación desproporcionada del poder de las grandes empresas y son los emplazamientos fundamentales para la valorización excesiva de su economía; por otra, concentran una gran proporción de desfavorecidos y son un emplazamiento fundamental para su desvalorización. Ambos aspectos, valoración y desvalorización, incrementan las desigualdades en el seno de las sociedades urbanas. Es en esas ciudades globales donde se inscribe la cultura empresarial dominante, en la que una élite de hombres y mujeres que domina los procesos económicos globales impone sus estilos de vida, sus edificios, sus infraestructuras. Quizá por eso cada vez más las ciudades del mundo se van pareciendo más entre sí.

Poco a poco, la llanura fue dejando paso a una región de suaves y descarnadas colinas, hasta que, de repente, nos encontramos en medio de un dédalo de valles profundos que se subdividían en innumerables barrancos pedregosos. Estábamos llegando al cordal de las montañas de Judea.

Los Montes de Judea forman, junto con los de Samaria, una extensa cadena montañosa de dirección norte-sur que separa las llanuras litorales mediterráneas al oeste del valle del Jordán –la depresión más profunda de la Tierra– al este. Esta larga cadena de montañas se extiende desde las proximidades del Monte Carmelo, al este de Haifa, hasta los macizos de gres rojo y amarillo del Sinaí, esculpidos por una apelmazada red de uadis y que se hunden en el desierto del Tih (Badiet el Tih).

Es en la vecindad de las cumbres mas altas de esta extensa sierra, que llegan a sobrepasar los mil metros de altura, donde serpentea la ruta histórica seguida en todos los tiempos por mercaderes, guerreros o peregrinos y en la que se sitúan las ciudades más notables, como Belén, Hebrón o Jerusalén.


Jerusalén

Viaje a Israel

Xavier Arnau Bofarull.

Tras superar los atascos del tráfico a la entrada de la ciudad, el sherut nos dejó en una calle cerca de Zion Square, en la parte alta de la calle peatonal de Yehuda. Fui andando hasta la puerta de Damasco. Mientras atravesaba la ciudad,  me sorprendió la arquitectura de las casas: monolíticas casas de sillares de piedra, a modo de pesados y rígidos castillos medievales.

Dado que la pequeña Palestina ha sido – y es– un campo de religiones diversas que representan otras tantas patrias diferentes, cada religión ha establecido sus cuarteles. Los cristianos –que forman tantos ejércitos enemigos como ritos diferentes existen (católicos romanos, ortodoxos griegos, protestantes de denominaciones diversas) y cuyos distintos intereses son defendidos muy enérgicamente–, han fundado y construido iglesias, capillas, conventos, hospitales y hospicios. Ejemplo de ello es el Hospicio Austriaco situado en plena Vía Dolorosa, en el barrio árabe de la Ciudad Vieja, en el que me alojé.

El Österreichische Hospiz zur Heiligen Familie, el Hospicio austriaco de la Sagrada Familia, se hallaba en el chaflán entre la Via Dolorosa y la calle El Wad HaGai, entre la segunda y la tercera Estación del Vía Crucis. La entrada era muy discreta. Un pequeño texto grabado en una piedra, en parte rota, a la derecha del marco de la puerta, indicaba la entrada al Hospicio. Pasé por entre los jóvenes que estaban sentados en las escaleras, llamé al timbre y, tras unos segundos, la puerta se abrió. Una vez cerrada la puerta, la atmósfera resultó totalmente distinta. Los gruesos muros impedían que se oyera el bullicio exterior. Al fondo, en la primera escalinata, había una hornacina con la imagen de una virgen. Al final de las escaleras, se llegaba al jardín con mesas de hierro y mármol repartidas entre  flores y plantas.

Fundado en 1857, el Hospicio austriaco de la Sagrada Familia fue oficialmente abierto en 1863. Hasta 1918 el Hospicio sirvió como residencia del cónsul de Austria en Jerusalén. En 1939 el Hospicio fue confiscado por los ingleses en cuanto que «propiedad alemana» y fue utilizado como campo de concentración para sacerdotes austriacos, alemanes, italianos y otros miembros de distintas congregaciones religiosas. Tras el año 1948, fue convertido por las autoridades jordanas en hospital, que se cerró en 1985 y se restituyó a Austria. En 1987 el edificio fue completamente restaurado y, un año después, reabierto a los peregrinos.

Tras las formalidades en recepción, me acompañaron a mis aposentos, y digo aposentos porque lo que me asignaron no era una habitación: era una sala inmensa, austera, de altos techos y grandes ventanas que daban al jardín posterior del hospicio. Y silenciosa.

Dejé la bolsa de viaje en un rincón y me precipité afuera. Los pasillos estaban repletos de jóvenes, en su mayoría norteamericanos, con mochilas, botas de excursionista y esta especie de dinamismo jovial tan yanqui. Lo primero que hice –y que me recomendaron nada más llegar–,  fue subir a la terraza del hospicio. Y ahí estaba. Prácticamente a mis pies se extendía la vieja y mítica ciudad de Jerusalén. Sobre un mar de terrazas abarrotadas de calentadores solares de agua y antenas parabólicas de televisión, la vista navegaba entre las cúpulas, campanarios y minaretes que sobresalían por encima de los tejados. En primer lugar, justo delante del Hospicio, estaba la cúpula de la iglesia de la Agonía de María. Más a la derecha, pero justo enfrente, el minarete de una mezquita. Más lejos, a la derecha, la torre de la Iglesia evangélica del Redentor, y más lejos aún, lo que quizá eran las cúpulas de la iglesia del Santo Sepulcro. Y dominándolo todo, la esplendorosa y dorada Cúpula de la Roca, en el centro del Monte del Templo.

Salí a la calle. Había muy poco bullicio: era el año nuevo judío. Poco a poco fui descendiendo por la calle El Wad HaGai hasta llegar a un túnel. Lo crucé y, sin habérmelo propuesto, me encontré en la plaza del Muro Oeste. Tras la amplia explanada vi, a mi izquierda, el famoso Muro de las Lamentaciones. Un guardia me advirtió: no se podían tomar fotos ni fumar; debía apagar el teléfono móvil, si llevaba. Más tarde, al ver que tomaba notas en mi pequeña libreta, se me acercó un hombre y me indicó que no se podían tomar notasGuardé lápiz y libreta mientras contemplaba a dos hombres sentados cerca del muro, con sendos libros sobre atriles y recitando, a voz en grito, lo que supuse eran  oraciones.

Al anochecer, bajo la lluvia y en día festivo, la Vieja Ciudad de Jerusalén me resultó extremadamente triste. Buscando un local abierto donde tomar un té o un café, llegué hasta  el Hospicio. Afortunadamente el bar de enfrente estaba abierto –estaba regentado por un palestino– y pude tomar un café. Ahí descubrí el café con cardamomo. ¡Fantástica mixtura! El camarero me preguntó de dónde era. De España, le conteste. ¡Oh qué bien, España, Barcelona!, exclamó.

Le pregunté por qué estaba todo cerrado y me explicó que era fiesta para los musulmanes, una fiesta equivalente a la Navidad para los cristianos. Era el Eid al-Fitr, la Fiesta de la ruptura del ayuno que celebra el fin del Ramadán y abarca los tres primeros días del Shawwal, el décimo mes del calendario musulmán. Mientras tomaba el café aproveché para preguntarle por un restaurante donde cenar. Me indicó uno extramuros, frente a la puerta de Damasco, pero me advirtió que quizá  estuviera cerrado por la fiesta. Al pagar me preguntó si le podía cambiar un billete de diez euros. Como no llevaba ninguno le indiqué que se lo traería al día siguiente.

Fui a cenar al restaurante que me había indicado, pero estaba cerrado. Todas las calles de los alrededores de la Puerta de Damasco estaban desiertas y silenciosas. Había algo tétrico, casi siniestro, en el ambiente. Regresé rápido a la Ciudad Vieja. En la Puerta de Damasco había un grupo de personas sentadas charlando tranquilamente mientras a su alrededor correteaban unos niños. Apacible escena mediterránea que devolvió a la noche su calma ancestral.

Viaje a Israel

Xavier Arnau Bofarull.

Cuando estaba llegando al Hospicio, un judío ortodoxo venía por la calle en sentido contrario al mío. Supuse que provenía del Muro. Venía abstraído, leyendo un libro, a pesar de la oscuridad. De la calle Ha kimronim surgieron un par de chiquillos, a todas luces palestinos, y le tiraron unos objetos contundentes al judío, que arrancó a correr El Wad HaGai arriba hacia la puerta de Damasco.

En el primer día ya empezaba a ver de qué iba la cosa en Jerusalén. La religión y el odio parecían impregnarlo todo. No exageraba Luís Reyes [5] cuando advertía: “Todo lo que he visto esta cargado de tensión y nitroglicerina, es conflictivo, es letal”.

Al día siguiente me dirigí hacia la puerta de los Leones, al final de la Vía Dolorosa. Era temprano y ya había grupos de turistas y procesiones de peregrinos recorriendo la Vía. Antes de llegar a la puerta, al final de una estrecha calle a la derecha, vi un soldado sentado ante una alta puerta de madera medio abierta. Era la puerta de las Tribus, Bab al-Asbat, que daba directamente a la Explanada de las Mezquitas.  Al intentar pasar, el soldado me impidió el paso, diciéndome que para los musulmanes eran los días santos posteriores al Ramadán y que no se podía entrar.

Al ser, pues, días santos para judíos y musulmanes, poca cosa se podía ver en la ciudad vieja. Me dirigí a la oficina de información turística para ver si podía visitar algún museo. Elegí ir al museo de la Torre de David, optando por hacer una visita guiada. Mientras esperaba a que empezara la visita, fui a pasear por los jardines del museo. Paseando, vi un judío ortodoxo, de tez muy pálida y mirada fija, ataviado con un negro gabán largo –el bekishe o rekel supuse–, sombrero negro de ala ancha que descendía por las terrazas de los jardines, con una bolsa de plástico en la mano, nervioso, como buscando algo. Al final se dirigió al rincón más profundo del jardín, dejó al pie de un olivo la bolsa de plástico y regresó abanicándose con el sombrero. Me puse nervioso. Miraba alternativamente a la bolsa de plástico al pie del olivo y al judío que subía por las terrazas del jardín hacia la puerta de entrada al edificio del museo. Preguntó la hora a un visitante, se lavó las manos en una fuente y desapareció en el interior del museo. Decidí ir a avisar a recepción. Mientras subía a través de las terrazas del jardín hacia recepción, vi que una guardia de seguridad se dirigía hablando por la emisora portátil hacia el olivo y miraba la bolsa. Me tranquilicé y me dirigí al punto de encuentro para la visita guiada.

Empecé la visita guiada junto con una joven pareja israelí. La guía –una mujer estadounidense de unos sesenta años, enérgica y vital– nos fue mostrando las sucesivas salas que ilustraban las diferentes etapas históricas por las que había pasado Jerusalén, desde los primeros vestigios cananeos allá por el segundo milenio antes de Cristo hasta el momento en que Jerusalén se convirtió en la capital del nuevo estado judío, en el siglo XX, pasando por los períodos romano, bizantino, de las cruzadas, otomano…

Cuando estábamos en la sala correspondiente al período mameluco, apareció de nuevo el judío con su bolsa de plástico en la mano dando vueltas por la estancia como una obsesa alma en pena sin fijarse en las vitrinas. Desapareció tras una cortina negra. A partir de ese momento ya no pude concentrarme en lo que nos mostraba y explicaba la guía. Solo estaba pendiente de una nueva aparición de aquella alma en pena. Perdí todo interés en la visita, así que pedí disculpas a la guía, me despedí y me marché. Para otra ocasión quedaban los periodos otomano, británico y judío de Jerusalén.

Salí a la clara y tibia luz del día y me dediqué a pasear. Ese día las calles estaban repletas de familias palestinas que, engalanadas, salían a pasear tras el Ramadán. Solo un pequeño detalle perturbaba esa apacible y festiva  atmósfera. Muchos niños palestinos iban jugando por las calles con fusiles y pistolas de juguete que disparaban unas pequeñas balas de plástico. Atravesé el barrio armenio, el menor de los cuatro barrios de la Ciudad Vieja, acosado por el avance del barrio judío por el este con nuevas edificaciones. Solitario en aquella hora, me pareció que aquella atmósfera de expectante silencio debía de ser la normal del barrio. Era como si fuera un inmenso monasterio en el que sus habitantes, aislados tras los severos muros del Patriarcado Armenio, vivieran ajenos al ajetreo turístico que iba y venia entre el Santo Sepulcro y el Muro de las Lamentaciones.

Al llegar frente a la puerta principal del barrio armenio me detuve sin saber qué hacer, si entrar o no. Sabía que dentro se encontraba la sede del Patriarcado Armenio de Jerusalén, con diversos edificios de sumo interés, como la catedral de Santiago y, sobre todo, una imprenta creada en 1833, la primera imprenta de Tierra Santa; la biblioteca Gulbenkian, fundada en 1929 y dotada con generosas donaciones de Calouste Gulbenkian, con innumerables volúmenes en armenio, y el Museo de Arte Armenio Edward y Helen Mardigian. Pero el desagradable recuerdo de la visita al museo de la Torre de David me hizo optar por seguir paseando.

Poco a poco llegué al barrió judío. ¡Qué diferencia respecto a lo que había visto hasta entonces! Era sin duda el barrio más cuidado de la Ciudad Vieja. Había sido reconstruido tras la conquista israelí del sector oriental de la ciudad, después de la Guerra de los Seis Días. En su reconstrucción se amplió su superficie incorporando áreas del barrio armenio que no habían pertenecido al barrio judío. Se incorporó también el vecino barrio marroquí, demolido en 1967, lo que posibilitó construir una explanada para los fieles judíos, visitantes y turistas delante del Muro de las Lamentaciones.

Los edificios parecían nuevos, abundaban los cafés y tiendas diversas. Llegué al Cardo. Como era fácil de suponer, el Cardo era la antigua calle de orientación norte-sur que el imperio romano construía en sus campamentos y colonias. Esta parte del Cardo, construida durante el reinado del emperador Justiniano (527-565), fue descubierta durante las excavaciones realizadas por el equipo del arqueólogo Nahman Avigad en los años setenta. Otra parte del Cardo, en la que los cruzados construyeron en el siglo XII un bazar cubierto, había sido reconstruida y era un área comercial con numerosas tiendas.

El barrio judío tenía algo de dejà vu: la transformación de un centro urbano en una área elegante de shopping y de escuelas distinguidas, en ese caso yeshivot, escuelas talmúdicas cuya publicidad explicaba que el alumno podía practicar y vivir el sentido de la Torá y conectar con la tierra y el estado de Israel a través del sionismo religioso.

Y así llegué de nuevo a la explanada del muro Oeste, el de las Lamentaciones. Una abigarrada comunidad de creyentes se amontonaba al pie del muro, entonando cánticos, oraciones, exclamaciones, que desde donde me encontraba no podía oír con claridad. Más atrás, otros fieles, con un balanceo extraordinario del cuerpo, leían o rezaban sentados frente atriles que sostenían pesados libros. Más atrás aún, algunos hombres en grupo hablaban entre sí, o por el móvil, envueltos en sus talit y cubiertos con sus sombreros negros de ala ancha. Ese continuo e informe hormigueo de creyentes me produjo cierta desazón. ¿Dónde terminaba la religión y empezaba la obsesión?

De regreso hacia el hospicio, las calles seguían animadas. Grupos de personas y familias palestinas iban arriba y abajo de la ciudad vieja haciendo sus compras. Antes de entrar en el Hospicio me detuve en el bar de enfrente, a cambiar el billete de diez euros que me había pedido el dueño el día anterior. El hombre se sorprendió muchísimo. Aquello fue el inicio de una agradable relación amistosa.

Otro día me dediqué a recorrer las murallas. Me dirigí hacia la puerta de Jaffa donde al parecer empezaba el recorrido. Me decidí por la sección norte que, desde la puerta de Jaffa, llegaba hasta la puerta de los Leones, pasando por la puerta Nueva, la de Damasco y  la de Herodes. Para dirigirme hacia la puerta de Jaffa decidí hacer un rodeo para cruzar el Muristan, otrora un hospicio para peregrinos, situado cerca de la Iglesia del Santo Sepulcro, y que era una animada área de callejuelas con cafés y pequeñas tiendas alrededor de una vistosa fuente.

Las callejas que rodeaban al Muristan eran retorcidas y a veces se convertían en verdaderas galerías. Al girar por una bocacalle vi que cuatro chicos judíos venían calle arriba con sus maletas, mochilas y kipas. De súbito, sin saber de dónde, aparecieron unos chicos palestinos que empezaron a perseguirlos y les lanzaron unos trozos de pistolas de juguete, con tal fuerza que uno de los trozos fue a chocar contra mis pies. Los chicos judíos desparecieron corriendo por una calleja a la derecha mientras los palestinos se quedaron quietos. Cuando llegué a su altura, uno de los chavales me dijo, grave y tajante: Sorry, it was not against you. Se dieron la vuelta y  desaparecieron calle abajo. Me quedé petrificado. Abrumado. No pude evitar recordar el libro que publicó Yizhar Smilansky [6] en 1949, ¡1949! 

En él se narra la ocupación y desalojo del pueblo palestino Hirbet Hiza por el ejército israelí. La brutalidad de la operación dejó anonadado al autor, de tal manera que empezó a preguntarse si era lícito –y lo que es mas importante–, justo, lo que estaban haciendo. Mientras desfilaban los habitantes del pueblo hacia el exilio ante las fuerzas de ocupación judías, una mujer llamó la atención del autor: “En ese momento vimos a una mujer que iba en un grupo […] Llevaba de la mano a un niño de unos siete años. La mujer tenía algo especial. El aspecto era el de una persona enérgica pero que sabía dominarse y que sobrellevaba su pena con dignidad, tanto que las lágrimas que le resbalaban por las mejillas parecían no pertenecerle. El niño, aunque con los labios apretados, también emitía un gemido que podía interpretarse como un ¿qué es lo que nos habéis hecho? […] Era como si con aquella marcha resonara un potente y odioso grito que bien podía significar “malditos seáis”. […] así, manteniéndose erguidos en su dolor y su pena siguieron adelante y pasaron por delante de nuestra perversa existencia, y todavía nos dio tiempo a apreciar lo que bullía ya en el interior del niño, un niño que cuando creciera habría transformado irremediablemente su impotente llanto infantil en un veneno de víbora”. Sesenta años más tarde yo era testigo de como ese veneno emponzoñaba la vida de tantos y tantos seres humanos. Me sentí profundamente apesadumbrado. Lentamente, me senté en los escalones de un soportal. Por la otra acera, una mujer palestina se deslizaba silenciosa y cabizbaja calle abajo. Tras ella, solo quedó su silencio.

Tras sobreponerme, me dirigí hacia la puerta de Jaffa para empezar el recorrido de la muralla norte, desde la cual pude ver retazos de la ciudad extramuros. Al llegar a la puerta de los Leones, descendí de las murallas y me encontré con un descomunal atasco de coches. Una multitud de personas cargadas con neveras portátiles y bolsas pasaban a través de la puerta, por entre los coches atascados, y se dirigían, con gran algarabía de bocinazos y gritos a la Explanada de las mezquitas. Una larga caravana de coches, que quería entrar en la ciudad vieja, subía por la carretera desde el fondo del Valle de Cedrón. A cada lado de la puerta había un cementerio musulmán. El más grande, a la izquierda, era el cementerio de Yeusifiya. El cementerio de la derecha estaba construido justo delante de la Puerta Dorada.

En la vertiente opuesta del valle, más al sur, vi unos grandes descampados que, a primera vista, me parecieron unas inmensas canteras. Pero no, eran  el cementerio judío más antiguo del mundo, donde se cree que comenzará la resurrección de los muertos cuando llegue el Mesías. Según la profecía, un puente milagroso cubrirá el valle en el fin de los tiempos, por el cual pasarán los justos camino del Monte del Templo. Por eso, Solimán mando construir el cementerio y cerrar la puerta Dorada, para impedir el paso de los justos. Por lo visto, esa querencia por fastidiarse los unos a los otros viene de largo…

El Valle de Cedrón separa el Monte del Templo del Monte de los Olivos. Esta parte del valle, también llamado Valle de Josafat es, al parecer, el lugar donde Dios juzgará a las naciones del mundo. La religión, las religiones, siempre andan amonestando con la severa justicia divina.

Fui descendiendo por la carretera, pasando entre los coches atascados que intentaban llegar a la Ciudad Vieja. La zona de los jardines de Getsemaní había sido repoblada con numerosos olivos, como si se quisiera recuperar el antiguo paisaje.

Lo que más destacaba en esa zona, aparte del inmenso cementerio judío, era la iglesia del convento de Santa María Magdalena, construida en 1886 por el zar Alejandro III de Rusia, en honor de su madre, la emperatriz María Aleksándrovna. Construida al estilo ruso, estaba coronada por unas cúpulas doradas tipo cebolla que resplandecían por todo el valle del Cedrón.

Dudé entre si continuar paseando o visitar alguno de esos lugares tan significativos y sobrecargados de historia sagrada. Decidí visitar la tumba de María, que estaba allí mismo. Desde donde me hallaba parecía un agradable recinto de corte románico, solitario y tranquilo. La Iglesia del Sepulcro de María está completamente cubierta y oculta. Desde la carretera me dirigí hacia un hermoso porche del siglo XII, desde donde descendía una larga escalinata que terminaba en una especie de cueva  lúgubre, apenas iluminada por lámparas que colgaban del techo. Allí, bajo la roca, se encontraba la tumba de María. Según leí en una web católica, los franciscanos tuvieron la posesión exclusiva de la tumba de la Santísima Virgen durante más de doscientos años, hasta el siglo XVII. Entonces comenzaron las intrigas para expulsar de este santo lugar a los representantes de la iglesia católica, hasta que en 1757 la iglesia griega ortodoxa tomó posesión del lugar, compartiéndolo con los armenios. Los sirios, los coptos y los abisinios tenían  derechos menores.

La visita me resultó en extremo agobiante. En aquella oscura y abrumadora atmósfera, un joven y delgado sacerdote ortodoxo que parecía el atormentado personaje de una novela rusa del siglo XIX, iba y venía por las capillas y lo que supuse sería el altar. En un lóbrego rincón, dos mujeres vestidas de negro –que supuse que serían monjas ortodoxas–, permanecían sentadas, cabizbajas y en silencio. Al final el sacerdote se dirigió hacía un rincón de la cripta, y al punto las dos monjas, como impulsadas por un resorte, se levantaron y le siguieron con un recogimiento sumiso y servil, desapareciendo los tres tras una angosta puerta. Al lado de la tumba de María, una mujer arrodillada rezaba con las manos y la cara pegadas al cristal de la tumba. Me sentí incómodo… Todo era tétrico, cuando no oscurantista. Salí de nuevo al aire libre y regresé de inmediato a la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Sin realmente proponérmelo, llegué al Zoco que, junto al Muristán, me resultaba una de la partes más agradables de la Ciudad ViejaDesde las tiendas me invitaban a entrar y a mirar sus géneros, pero con breves disculpas conseguía zafarme. Hasta que, en una de las tiendas, el vendedor consiguió hacerme entrar. Alfombras y tapices colgaban de las paredes y en medio de la sala se amontonaban más alfombras en ordenadas pilas. El vendedor me iba enseñando ora una alfombra, ora un tapiz –no sabría decir si eran lo uno o lo otro– y yo balbuceaba dudas y negaciones. Mi papel como comprador resultaba lamentable. Sin perder su aplomo y amabilidad, el vendedor me invitó a pasar a la trastienda. Aquella estancia estaba decorada como una tienda beduina en la que había diversas vitrinas con joyas expuestas. Me explicó que su pasión era la creación de joyas. Se dedicaba a buscar viejos cristales de la época romana y, tras trabajarlos, los engarzaba con diversas monturas de plata que él mismo fabricaba, haciendo anillos, pendientes y otras joyas. Por cortesía mostré interés en alguna joya, a lo que rápidamente el vendedor me ofrecía un precio especial por ser español, casi paisano. Yo me quedaba cortadísimo: no sabía que contraoferta hacer ni si debía hacer una.

Viaje a Israel

Xavier Arnau Bofarull.

Tras haberme enseñado todas las vitrinas, el hombre, inmutable y sonriente, me llevó otra vez a la entrada de la tienda y, como por casualidad, me dijo: ¿qué le parecen estas Suzani?, mientras me enseñaba unos cuadrados de tela bordados. Ante mi cara de pasmo e ignorancia, el vendedor me preguntó: ¿No conoce las Suzani? No, le respondí. Cogió diversas Suzani y las desplegó sobre una pila de alfombras. Como usted sabrá –dijo con calma–, el bordado es un arte muy significativo en la cultura de diversos grupos étnicos de Asia Central. Gorros, pantalones, fundas de cojines, manteles, cortinas, son las prendas que más se suelen bordar. Una de las piezas más preciadas son las grandes Suzani que se hacen para colgar en las paredes, con bordados intrincados realizados conjuntamente por las mujeres de una misma familia o del mismo grupo étnico.

Supongo que mi cara reveló un interés que hasta ese momento no había mostrado, y el vendedor prosiguió: las Suzani son un legado de la época dorada de la Ruta de la Seda. Fíjese en los elegantes y finos motivos que tienen esas piezas, me dijo mientras iba señalando cada una de las Suzani que había desplegado. Están bordadas a mano con hilo de seda –prosiguió– por las mujeres de algunos pueblos alrededor de Shahrisabsz y Kitab, en Uzbekistán. Los patrones de los bordados de las Suzani de Uzbekistán son simbólicos. Los círculos representan al Sol y a la Luna; los rizos y curvas representan el agua que fluye. La granada simboliza la fuerza; hojas y flores representan la belleza de la naturaleza; la almendra simboliza la providencia de Dios. La historia de cada una de esas Suzani es tan rica como sus colores, tan intrincada como el diseño de sus bordados.

No sé que cara se me puso al escuchar esa historia de bordados realizados por mujeres depositarias de ancestrales tradiciones aún vivas que habitaban en las remotas Shahrisabsz, Samarcanda o Kitab, en la antigua Ruta de la Seda; pero empecé a admirar a aquel vendedor que, ante mí, desplegaba aquella fantástica historia. Fuera verdad o mentira la historia que me contaba, me fascinó la ancestral maestría en el oficio de aquel hombre: al no mostrar yo interés por las alfombras orientales, me enseñó joyas que fabricaba él mismo con cristales encontrados en excavaciones del antiguo imperio romano; y al no comprar tampoco una joya, probó con la más simple, la mas fascinante y quizá una de las cosas más antiguas que vender se pueda: me vendió una historia, una historia de bordados de seda realizados por mujeres depositarias de arcanos saberes en las remotas regiones del Asia Central que, en su día, atravesó la legendaria Ruta de la Seda. Cada vez que hago una siesta en el sofá de casa, mi cabeza se recuesta sobre sendos cojines enfundados en las dos Suzani que compré y rememoro, con la misma fascinación del momento en que la escuché, la historia que me contó el vendedor del zoco de Jerusalén.

Tras la compra en el zoco, me fui a comer al bar de delante del Hospicio Austríaco. Mientras comía, llegaron tres niños de apenas siete u ocho años. Al entrar, el dueño, de pie tras el mostrador, les indicó, con un movimiento de cabeza, una mesa al lado de la puerta de la cocina. Los niños se dirigieron a la mesa y, tras sentarse, se sacaron del cinto unas pistolas de juguete y las depositaron sobre la mesa. Mientras comían, apenas intercambiaron palabras entre sí. Comieron con una gravedad inaudita en unos niños como ellos. Al terminar, se levantaron con seriedad, se volvieron a poner las armas de juguete al cinto y salieron de nuevo a la calle. Me quedé boquiabierto.

La visita a la muralla sur no resultó tan interesante. Quizá fuera el cansancio, o quizá el hecho de que la muralla sur recorría el barrio armenio, mucho mas discreto y sin apenas gente en sus calles, todo lo contrario del barrio musulmán.  No sabría decirlo.

Al llegar a la esquina que formaban la muralla este y sur, tuve una amplia vista sobre el Monte Sion, sobre el que destacaba la imponente abadía de la Dormición de Maria. En ella se hallaba la sala de la última Cena y la Tumba del Rey David. Tras el campanario de la abadía, sobresalía el minarete de una mezquita. Otro punto geodésico de las tres religiones monoteístas. Pero no tuve ganas de visitar el conjunto. La tarde se acercaba a su fin. El calor y el cansancio se hacían notar. Seguí hacia la puerta Dung. Antes de llegar a ella, en una pausa, miré cómo descendía el valle del Cedrón, que, camino hacia su desembocadura en el mar Muerto, cruza el fantástico paisaje del desierto de Judea. A lo lejos, en una de las vertientes orientales del valle, en Al-Sawahreh al-Sharqiyeh, vi el muro que separa Jerusalén Este de Cisjordania, una larga hilera de enormes losas de cemento que aíslan a la población palestina.

De regreso al Hospicio vi un grupo de personas que se amontonaban alrededor de un par de soldados. Al llegar a su altura oí cómo preguntaban a los soldados si sabían cuándo se abriría la explanada de las Mezquitas.  Me incorporé al grupo en el momento en que el soldado explicaba que al día siguiente abrirían de nueve a once de la mañana.

Como al día siguiente tenía que partir hacia Haifa, cené en el Hospicio una sopa de goulash muy centroeuropea, dejé listo el equipaje, y me acosté.

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Xavier Arnau Bofarull.

Cuando llegué al pie del muro de las Lamentaciones ya había una larguísima cola de personas esperando para entrar en la Explanada de las Mezquitas. Le pregunté a una persona que parecía conocer el funcionamiento del asunto y resultó ser un guía que llevaba un grupo de estadounidenses. Sí, esta es la cola para entrar, me dijo. ¿Son ustedes muchos?, me pregunto. No, yo solo, le dije. ¡Ah, pues júntese con nosotros! ¡No problem! Y allí me quedé hasta que abrieron. El acceso para los turistas era por la puerta de Al-Mughradia, o Puerta de los Marroquíes. Como la puerta estaba a bastante altura sobre el nivel de la plaza del Muro, había que acceder a la Explanada por un puente de madera. Escalera y puente estaban llenos de soldados armados y en los rincones había montones de escudos de plástico de la policía. ¡Ay los santos lugares!

La puerta de los Marroquíes se llama así porque lo que hoy constituye la extensa explanada del muro de las Lamentaciones fue el barrio habitado por los marroquíes, llegados aquí en la época de Saladino, y que fue demolido en 1967. Tras cruzar la Puerta de los Marroquíes me encontré de repente en otro mundo. Como por ensalmo, la multitud que había formado la cola desapareció como si se hubiera disuelto en la belleza del lugar.

La Explanada de las Mezquitas resultó un lugar de una belleza increíble. Quizá el lugar mas impresionante de Jerusalén por su belleza arquitectónica, por su situación aérea y diáfana y por la serenidad que, en aquel momento, se respiraba. Como bien dice Luís Reyes Blanc [7] “…porque aquí no es la carga emotiva o el dramatismo histórico lo que nos va a impresionar en primer lugar, sino la delicia estética, la sensualidad de la belleza”.

Esta explanada es considerada –también– un sitio sagrado por las tres religiones monoteístas del mundo. Constituye un verdadero epicentro de la tectónica de placas religiosa. Cristianos y judíos afirman que este lugar es donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su único hijo para demostrarle su amor a Dios. Los musulmanes sostienen que desde este lugar Mahoma ascendió al cielo de la mano del ángel Gabriel para encontrarse con Dios, concretamente desde una piedra que ahora se encuentra en el interior de la Cúpula de la Roca.

Haram esh-Sharif, como denominan los musulmanes al Monte del Templo, es una extensa plaza que contiene diversos edificios, fuentes, arquerías y jardines.

Al entrar en la Explanada por la Puerta de los Marroquíes, justo a la derecha se encontraba el Museo Islámico. Pasé raudo frente a él. A su lad,o la oscura mezquita de El-Aksa, un sobrio edificio coronado por una cúpula casi negra. Entre ella y el Domo de la Roca había una hermosa fuente, la fuente Al Kas, la principal fuente para las abluciones de los creyentes. Frente a la fuente, ascendía una escalinata coronada por unos arcos. La subí y de repente me encontré ante una extensa explanada pavimentada sobre la que emergía, brillante, refulgente, la Cúpula de la Roca.

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Xavier Arnau Bofarull.

Anonadado por la fuerza y belleza del lugar, me dirigí hacia una especie de pequeño porche –la Cúpula de la Cadena–, pequeño y solitario al lado de la Cúpula de la Roca. Seguí hasta la arquería que limitaba la explanada por el oriente, sobre el valle del Cedrón, y contemplé las cúpulas doradas de la iglesia del convento de Santa María Magdalena, al otro lado del valle.

El tiempo apremiaba. La hora de partida del autobús hacia Haifa se acercaba y yo deseaba quedarme más tiempo en la hermosa explanada. Me dirigí pues hacia la puerta de las Tribus, para salir directamente a la calle que me llevaría al Hospicio Austríaco para recoger la bolsa. Crucé un acogedor huerto de olivos de troncos encalados. Me giré antes de descender la escalinata a mirar la Cúpula de la Roca y las restantes cúpulas menores que poblaban la explanada, la Cúpula de la Ascensión (Qubbet el-Mi’Araj), la del Profeta (E-Nabi), la del Profeta Elijah (Qubbet el-Khadr)… Entre esos pequeños edificios, un hombre llevaba a cabo, con parsimonia, la ingente tarea –y quizá eterna– de barrer la explanada.

Tras cruzar la Puerta de las Tribus, regresé rápidamente al Hospicio por la Vía Dolorosa a recoger el equipaje. Por El Wad Hagai, camino a la Puerta de Damasco, me crucé con un par de jóvenes montados sobre un asno. En medio de las personas que iban y venían por la calle, me detuve y miré calle abajo. Comprendí que me iba de un lugar, si no único, al menos, sí excepcional.

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En la Puerta de Damasco tomé un taxi. Apenas sentado, el taxista me preguntó: ¿Taxímetro o precio fijo? La primera, en la frente, como dicen los que saben. No estaba preparado para tal pregunta. Solté una carcajada contenida, mientras pensaba touché, mon vieux! Sabia que, fuera cual fuera la respuesta, la banca siempre gana. Taxímetro respondí. No había mirado para nada el plano de la Jerusalén extramuros, pero tuve la impresión de que disfruté de un interesante tour turístico hasta la estación de autobuses.

El barullo en la estación era notable. Entre pasajeros que entraban y salían y mirones, me fue difícil encontrar el control por el que debía pasar. Tras pasarlo, me senté en mi plaza a bordo del autobús que me debería llevar a Haifa.

A la altura de Tel Aviv, la autovía bordeó un extenso muro de altas placas de hormigón. Paralelo al autobús, un jeep militar circulaba rápido dando saltos por una pista de tierra al pie del muro, dejando tras de sí una nube de polvo. Más tarde sabría que aquel muro encerraba el enclave palestino de Qalgilya, una ciudad palestina de Cisjordania que se encuentra aislada del resto de Cisjordania por el muro de separación israelí, salvo por el este, donde hay una pequeña salida con puesto de control israelí, y por el sur, donde un túnel la conecta con la ciudad de Hable.

Según un trabajo publicado en 2013 por el Applied Research Institute Jerusalem (ARIJ) [8], una ONG palestina fundada en 1990, y realizado con soporte de la Agencia Española para la Cooperación y el Desarrollo, la construcción del muro de separación en Cisjordania trajo consigo la confiscación de tierras fértiles agrícolas, el aislamiento y separación de las comunidades palestinas en guetos y la notable disminución de las posibilidades de relaciones comerciales para sus industrias.



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Xavier Arnau Bofarull.

Haifa

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Xavier Arnau Bofarull.

Al fin llegué a la estación central de Autobuses de Carmel Beach de Haifa, construida en un barrio que parecía de nueva creación y en el que destacaban altos edificios que lucían carteles de firmas tecnológicas. Tomé un taxi para llegar al hotel. Esta vez sin  preguntas. Regía el taxímetro.

Mi hotel se encontraba en el bulevar Ben Gurión, un animado bulevar muy arreglado con numeroso bares y restaurantes en el centro de la denominada Colonia Alemana, fundada en 1868 por la Sociedad de los Templarios (Tempelgesellschaft) al pie del Monte Carmelo. La Sociedad de los Templarios, que nada tiene que ver con la Orden del Temple, es una corriente religiosa protestante alemana, fundada a mediados del siglo XIX con raíces en el movimiento pietista. La Colonia fue construida según estrictos principios de planificación urbana, con una calle principal en sentido Norte-Sur –el bulevar Ben Gurión que llevaba al puerto, atravesada por calles secundarias perpendiculares. La colonia fue construida a modo de ciudad-jardín con casas unifamiliares rodeadas de jardines. Al empezar la Segunda Guerra Mundial una parte considerable de la colonia estaba afiliada al partido Nacionalsocialista alemán. Los británicos cogieron a los colonos de nacionalidad alemana y los llevaron a campos de internamiento en Galilea. Algunas de las viejas casas de los Templarios han sido restauradas en años recientes y hoy en día, el bulevar Ben Gurion, con sus cafés, restaurantes y tiendas, había devenido un animado centro de ocio.

Una vez dejada la maleta en la habitación del hotel, subí a la terraza, desde la que se tenía una amplia vista de la ciudad. Desde el Monte Carmelo descendían los extensos jardines del Centro Mundial Bahaí, centro del bahaísmo, destacando, a media vertiente, la cúpula dorada del Santuario de el Bab. Estos jardines habían sido antaño los viñedos de la Colonia Alemana.

Contemplando la amplia panorámica que se extendía desde el Monte Carmelo hasta el puerto, no pude menos que recordar la descripción que hace Gassan Kanafan [9] en su relato de la toma de Haifa por los judíos, en abril de 1948: “Era la mañana del miércoles 21 de abril de 1948. La ciudad de Haifa no se esperaba nada, aunque sobrevolaba una tensión imprecisa, vacilante. De súbito, empezaron los bombardeos por el este, desde el Monte Carmelo. Las granadas de los morteros cruzaban el centro e iban a caer sobre los barrios árabes. […]Comenzaba a oscurecer [...] El cielo se encendía con el fuego de las balas, los morteros y las bombas más o menos próximas y era como si todo aquel cataclismo empujara a la gente hacia el puerto[...] Hombres, mujeres y niños. Unos cargados con lo que habían podido recoger, otros con lo que llevaban puesto, llorando o taciturnos, abriéndose paso  en medio de aquella confusión ensordecedora.” Agotados e inertes, los dos protagonistas del relato van siendo arrastrados, a su pesar, por la multitud hacia el puerto “hasta que los remos del bote les salpicaron de gotas saladas y miraron hacia la costa. Haifa desaparecía detrás de la oscuridad del anochecer y de las lágrimas.

En el bulevar, las terrazas estaban ya ocupadas por jóvenes joviales y vivaces. Decidí ir a tomar algo yo también. Me interné por Wadi Nisnas, el barrio que hay un poco más al este de la Colonia Alemana. Era un barrio de pequeñas callejas habitado por árabes. En una esquina vi una pequeña casa de comidas donde se vendía shawarma, falafel, humus… El mostrador estaba repleto de bandejas con rodajas de tomate, de cebolla, aceitunas, diversas verduras y salsas. Sin pensármelo dos veces, entré y me puse delante del aparador. El joven que estaba cortando el shawarma giró la cabeza y me saludó con una sonrisa. Otro hombre, de más edad, salió de un rincón y se acercó al mostrador. Señalé algunas bandejas. El hombre sonrió ampliamente y preguntó: Where are you from? De España contesté. Ah, Barça, Real Madrid! Very good teams!, me dijo. Para responder a su simpática acogida, intenté recordar el nombre de algún jugador de los equipos, pero sin éxito. Puse cara de tener mucho apetito y pedí mi menú. Un plato de verduras, otro de aceitunas con un par de pimientos picantes, acompañaron al humus con pan de pita.

Mi amiga de  Tel Aviv me había dado el número de teléfono de su hermano que vivía en Haifa. Así que, tras una pausa en el hotel, decidí llamarle. Ammon, el hermano de mi amiga, me vino a buscar al anochecer, ya bastante tarde. Vino con su hijo mayor, un chico de unos dieciséis años. Me llevaron a dar una vuelta por la Louis Promenade, en la cima del Monte Carmelo, la zona de hoteles, cafés, restaurantes y tiendas. Desde la Louis Promenade pude disfrutar de la excepcional vista. En primer término la bahía de Haifa, en su extremo norte, Acre y más allá, Nahariya. Y aún más allá, Rosh NaHikra, ya en la frontera con Líbano

Cenamos en una pequeña pizzería de la zona. Me contó que había estudiado agronomía y empezó trabajando en el kibutz en el que vivió con sus padres y hermanos. Tras varios puestos de trabajo, al fin había elegido trabajar para una empresa municipal de Haifa. Me habló de su hija mayor, que estaba estudiando en Roma. La echaba de menos, pero era un esfuerzo que creía que valía la pena. Tenía ganas de que sus hijos estudiaran fuera de Israel, vieran otras cosas y pudieran tener una vida en paz. Le pregunté sobre el kibutz. Con una sonrisa melancólica, me contó que sus padres, de origen centroeuropeo, habían huido en los años treinta ante el ascenso del nacionalsocialismo y se instalaron en el kibutz, donde vivieron muchos años. Pero –añadió– los kibutz ya no eran lo que fueron. No obstante,  el kibutz en el que él creció aún existía y, dado que no estaba lejos de Haifa,  si yo quería, podía mirar de arreglarme una visita.

A las dos de la madrugada salimos del restaurante. La noche era muy agradable. Fresca, liviana. A nuestros pies temblaban las luces  de la ciudad y del puerto. Algunos cargueros estaban fondeados en la bahía y sus luces de fondeo se reflejaban sobre el tenue oleaje que llegaba del suroeste. Quedamos en silencio disfrutando de la leve brisa que ascendía del mar. Me señaló unas luces que titilaban a lo lejos, al norte: el Líbano, me dijo. Paseando lentamente nos dirigimos hacia el coche. Al despedirnos frente a la puerta del hotel, me dijo que me llamaría al día siguiente para decirme algo sobre la posibilidad de visitar el kibutz. 

Y así fue. Al día siguiente temprano recibí su llamada. Me dio el número de  teléfono de la persona de contacto en el kibutz y me dijo que le llamara de inmediato para acordar la visita. Llamé pues al kibutz y Ari, la persona de contacto, me dijo que aquella mañana les era la más idónea para atenderme. Y cuanto antes mejor. Así que pedí un taxi en recepción y me fui al kibutz.

Llegué a la oficina pocos minutos antes de las diez. Sentado tras una mesa bastante desordenada, estaba Ari. Con cierta frialdad me saludó. De las paredes de la oficina colgaban innumerables notas, impresos y algunas fotografías. El kibutz ya tiene una larga historia, me explicó Ari. Fue fundado en 1922. Y aquí seguimos, me dijo, mientras salíamos de la oficina. Me llevó a ver los locales comunales, la cantina, la clínica, la oficina de correos, la piscina.  En un rincón aún estaba la cabina telefónica que se usó en otros tiempos. Llegamos a una especie de monumento extraño: una garita de hormigón con un torno mecánico encima. Hace unos setenta y cinco años –me explicó Ari– esto era la entrada al escondite principal de armas y munición que llegaban de Europa para la Haganah. El torno de arriba era uno de los que se usaban en los talleres de mantenimiento del kibutz.

Íbamos rápidos recorriendo los distintos ámbitos. Y él no se extendía mucho en sus explicaciones. Me incomodó su actitud, reservada y distante, que no llegué a comprender. Pasamos cerca de la entrada del kibutz donde había algunos cochecitos eléctricos. Al ver que los miraba con curiosidad me dijo que a los miembros ancianos del kibutz les era cada vez más difícil moverse por él. Así que se habían puesto a su disposición aquellos cochecitos. Le pregunté si acogían muchos voluntarios. Ya no cogemos voluntarios, me respondió, sin aclarar por qué. Hay un cierto declive en el mundo de los kibutz, añadió. Aquí, cada vez más, los miembros buscan trabajo fuera del kibutz, que se va convirtiendo poco a poco en una zona residencial, al tiempo que los espacios comunes se usan menos, salvo la piscina, me dijo con una sonrisa irónica.

Al poco, se paró y me dijo que me tenía que dejar. El día anterior había muerto un miembro histórico del kibutz y tenía que acudir a la ceremonia religiosa que se iba a celebrar dentro de poco. Me indicó cómo encontrar la salida que me dejaría mas cerca de la parada del autobús para regresar a Haifa y añadió que, por supuesto, podía continuar paseando a mis anchas. Continué paseando por el kibutz. En un jardín vi una mujer tendiendo ropa. Nadie más. Me pareció que el aspecto general revelaba un cierto abandono. El abandono que alcanza a todo proyecto cuando los que lo crearon van despareciendo. Quizá la actitud de mi anfitrión no era más que una consecuencia de esa situación.

Poco a poco me dirigí a la salida del kibutz, que estaba en lo que parecía la zona de almacenes y que quedaba al lado de la autovía. Salí del kibutz, anduve por un camino de tierra que cruzaba la autopista por debajo y allí mismo, en el arcén de la autovía, estaba la parada del autobús, una garita de hormigón destartalada en la que me tambaleaba por efecto del golpe de aire que producían los vehículos al pasar.


Acre

En mi penúltimo día en Palestina visité Acre, Akko en árabe y Akka en hebreo. Este nombre lo tenía asociado a la épica de las cruzadas y de las órdenes militares de caballería. En este caso a la Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén. Tras la toma de Jerusalén por Saladino en el siglo XII, Acre se convirtió en la capital del reino de Jerusalén. En este periodo, en el que los Hospitalarios hicieron de Acre su sede, se establecieron muchos comerciantes de Europa. Durante ese período, Acre floreció con el comercio entre Europa y el Medio Oriente, convirtiéndose en el puerto más importante del Levante.

Me dirigí a tomar el tren en la estación de Merkaz-Haifa Center HaShmona  a través del agradable barrio de Wadi Nisnas. Era temprano y casi no había nadie por las calles, o quizá porque era viernes. Las tortuosas calles serpenteaban entre recias casas de piedra caliza de las que sobresalían caóticos balcones. De vez en cuando, entre las casas y al borde de la calzada, se interponía alguna palmera o un retorcido olivo. La calma se vio rota por el petardeo del acelerado motor de una motocicleta que enfilaba la curva de una calle empinada. Al llegar a la estación del tren tuve que pasar el consabido control. El viaje hasta Acre apenas duró unos minutos.

En el centro histórico me llamó la atención el estado de los edificios. Había muchos hechos polvo. Acudí al Centro de Visitantes para hacerme con un plano de la ciudad. El Centro estaba en el llamado Jardín Encantado, a la entrada de la Fortaleza Hospitalaria. En el jardín, unos enormes árboles –creo que eran ficus– daban mucha sombra y creaban un ambiente de frescor y hospitalidad. Con el plano en la mano, me lancé a recorrer las calles de Acre. Apenas empecé a andar, llegué a una especie de pequeño paseo presidido por la mezquita El Jazzar. Al lado de la entrada principal había un restaurante muy discreto y agradable que me recordó mucho a chiringuitos costeros de mi infancia y juventud. Decidí comer algo antes de proseguir con la visita de la ciudad. Tras sentarme, terminó el acto religioso en la mezquita y varios hombres que salían de ella tomaron asiento en la mesa de al lado. Poco después apareció otro hombre que, tras cerrar con llave la puerta de la mezquita, se juntó con el resto de creyentes a comer.

Tras la pausa, proseguí mi paseo a través de pequeñas callejuelas.  Pasé frente a los baños turcos –en la actualidad museo–, y tras rodear las mezquitas El-Majdila y E-Zaitune, llegué a la muralla de poniente que daba directamente al mar. En la esquina noroeste de las murallas estaba el santuario en el que Mirza Hussein-’Alí Nurí  o Bahá’u'llah, el profeta que fundó la religión Bahaí, vivió durante los últimos años de su vida.

Hacia el sur, la muralla seguía la costa, una abrupta costa en la que, desde Acre hasta la frontera con Líbano, se alternan plataformas litorales de abrasión y estrechas playas. Frente a la muralla, la plataforma litoral se extendía unas decenas de metros mar adentro. Sobre ella, dos hombres –como derviches ensimismados en su danza ancestral– estaban pescando con unas largas cañas. De vez en cuando, los pescadores cimbreaban las cañas y pareciera que quisieran lanzar los cebos lejos, muy lejos, mar adentro. Era una escena que, por antigua, resultaba intemporal. La muralla, el mar movido por un viento fresco del norte, aquellas figuras de porte antiguo, casi inmóviles sobre la plataforma litoral, que de vez en cuando balanceaban rítmicamente sus largas cañas de pesca, creaban un espejismo entre utópico y arcádico.

Viaje a Israel

Xavier Arnau Bofarull.

Proseguí mi vagabundeo siguiendo la muralla. Al llegar al puerto Pisano me tomé un descanso. Acre parecía no pertenecer a los mundos que hasta entonces había visto. Nada tenía que ver con la hiperactiva modernidad de Tel Aviv ni con la tensión religiosa de Jerusalén. Sentado sobre el pretil de la muralla, observé cómo unos muchachos se divertían tirándose  al agua desde una torre de la muralla. Uno de los chicos dudaba mucho en tirarse. Parecía tener miedo. Una barca con una colorida toldilla cruzó lentamente la ensenada del Puerto Pisano llevando a bordo algunas personas de paseo. Reconfortante placidez de día festivo.

Llegué al puerto, compartido por barcos de pesca y barcos de recreo. En los muelles del lado norte, bajo los muros de la mezquita de Sinan Basha, se amarraban los pesqueros; en los pantalanes del lado sur, tras el dique, se amarraban las embarcaciones de recreo. Mundos distintos a los que el mar no une.

El sol era fuerte y hacía mucho calor. De un restaurante vecino salieron una pareja de novios seguidos por un cortejo de personas, todas engalanadas con  trajes y vestidos un tanto excesivos. La pareja de novios iba posando aquí y allí mientras un fotógrafo les hacía las pertinentes fotos. Había una fuerte contradicción entre el recargado lujo de la comitiva nupcial y el oleoso desaliño del marco portuario.

Siguiendo con mi flânerie me dirigí hacia uno de mis objetivos principales: el caravasar de Khan el Umdan o Posada de las Columnas. Khan al-Umdan fue un caravasar construido en la época otomana, a fines del siglo XVIII, al que llegaban las caravanas de camellos que traían productos de las regiones del interior. Los comerciantes que llegaban al puerto de Acre descargaban su mercancías en los almacenes del caravasar y dormían en las habitaciones de la posada que estaban en el segundo piso. Según pude saber más tarde, este monumental edificio, declarado en el año 2001 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, estaba en el punto de mira de la Israel Land Authority (ILA) y el Ministerio Israelí de Turismo, que tenían proyectos para convertir el Khan al-Umdan en un hotel de lujo con doscientas habitaciones. Alguna asociación se había creado para impedirlo, pero…

A la entrada del caravasar, una muchacha de hermosa mirada me acogió con  leve silencio bajo la sombra protectora de las galerías. Estaba de pie, junto a su carrito de hacer zumo de granada. Le pedí un zumo. Mientras lo hacía me preguntó de dónde venía. De Barcelona, le respondí. ¡Ah, de Barcelona…España! Me gustaría irme a vivir allí…, contestó. Su última palabra languideció como un suave aleteo, y la muchacha quedose de nuevo prendida de su silencio mientras su bella mirada observaba las últimas gotas de zumo que caían de la granada aplastada por el exprimidor. Me senté a su vera, sobre un cascote, a tomarme el zumo de granada,  mientras me fundía en la soledad y el silencio del abandonado interior del caravasar.

El sol caía duro y sobre las losas del patio del caravasar se marcaban las densas sombras que proyectaban la torre y los muros. La calma, la sombra y el silencio resultaban consoladores. De repente me asaltó un anhelo frágil y sutil, como todos los anhelos. Quedarme ahí siempre, sin moverme ni hacer ruido, protegido por la hermosa mirada y el silencio tenue de la muchacha y las sombras densas del caravasar.

Con dificultad me di cuenta de que debía proseguir mi camino. Pero, de alguna manera, casi inconscientemente, presentí que mi viaje había llegado a su destino. Sensación extraña, y por supuesto, absurda. Saludé a la vendedora de zumo de granada de Khan al-Umdan y me marché. En un recodo de la calle que rodeaba al caravasar vi lo que parecía el patio trasero de una vivienda o taller. En él, entre diversos cachivaches y algunos escombros, un camello atado a la pared rumiaba su más que probable dura existencia.

En mi camino hacia la estación atravesé la Posada de los Francos –Khan el Efrani–, la Posada de los Mercaderes –Khan a Shawarda–, y el zoco –Shuk el Ablad–, donde había bastante gente comprando. En un callejón, bajo una parra, en la terraza de un bar, unos hombres estaban enfrascados en sus charlas. De una mezquita salía una familia. La agradable vida rutinaria de una ribereña ciudad de provincias del Mediterráneo parecía transcurrir como siempre

Viaje a Israel

Xavier Arnau Bofarull.

Anochece. En la playa, el padre y su pequeña han marchado y solo queda una pareja mayor sentada en sillas plegables que contempla el ocaso en silencio. Regreso al hotel. Ceno en uno de los restaurantes del bulevar Ben Gurión. Las terrazas están animadas. Grupos de jóvenes van y vienen por las aceras del bulevar. ¿Será cierto que en Haifa, judíos y palestinos conviven en paz y tranquilidad? Mientras bebo mi cerveza, pienso que igual si.

Antes de abandonar la habitación del hotel, miro por la ventana. Haifa se expande, hogareña y perezosa desde el Monte Carmelo hasta el mar. La mañana es liviana y silenciosa. Es Sabbat. No hay coches ni gente por las calles. Delante de la puerta del hotel me espera el sherut que me llevara al aeropuerto de Tel-Aviv. Cuando subo veo que soy el último pasajero. Los demás pasajeros están silenciosos. Ensimismados. Nadie me mira.

Mientras el sherut corre veloz por la autovía de la costa hacia Tel Aviv, voy mirando el paisaje que se desliza: prados, campos, pueblos, secarrales. A veces, creo ver el mar. Y pienso: ¿que será en esta tierra –en este mundo– de las vendedoras de zumo de granada?


[1]     Víctor Segalen. Viaje al Pais de lo Real.  J. J. De Olañeta Editor. Palma de Mallorca. 1985.

[2]     Luís Reyes Blanc. Viaje a Palestina. Ediciones B. Barcelona, 2005.

[3]     Shlomo Sand. How I Stopped  Being a Jew. Verso. Londres, 2014.

[4]     Saskia Sassen. La ciudad global: Nueva York, Londres, Tokio. Buenos Aires. Eudeba, 1999

[5]     Luís Reyes Blanc. op. Cit.

[6]     Smilansky, Yizhar. Hirbet Hiza, Un pueblo árabe. Barcelona, 2009.

[7]     Reyes Blanc, Luís. Op. Cit. p. 77

[8]     https://www.arij.org/files/arijadmin/IDRC/publications/Qalqiliya_VProfile_EN.pdf

[9]     Kanafan, Gassan. Homes sota el sol. Retorn a Haifa. Barcelona 2009

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