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Histórico noticias



‘La vuelta del malón’ en el Bellas Artes de Buenos Aires

Durante la época colonial, las poblaciones indígenas que habitaban en la actual Argentina, atacaban por sorpresa al conquistador español como medio de supervivencia y presión. Analizamos el malón de Della Valle en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires.

22 de septiembre de 2013

Bajando por Pueyrredón, como si buscáramos ese río que juega a parecer mar, abandonamos  poco a poco el trajinar siempre vivo de los porteños y nos adentramos en la atmósfera bucólica de la Plaza Francia adormecida por el zumbido de los coches que ruedan por las avenidas que bordean este elegante barrio de la Recoleta.

La limpia fachada ocre rojiza del Museo se abre sobre la avenida del Libertador, atractivo señuelo de un circuito cultural compartido con el Palais de  Glace, el Museo Xul Solar, el Centro Cultural Recoleta, el Malba y la Biblioteca Nacional, con los refinados establecimientos del Patio Bullrich y los alrededores de la Avenida Alvear.Agradable sorpresa para el visitante europeo: este importante museo ofrece la entrada gratuita y permite así a locales y extranjeros, a estudiosos y profanos, asomarse y disfrutar de una respetable colección de arte europeo e hispanoamericano de los siglos XIX y XX y con dignas muestras de los períodos anteriores.

En la sala 33 del primer piso, un galopar de melenas y lanzas al viento que se expanden por un óleo de nada menos que 186,5 x 292 cm, nos obliga a detenernos, asombrados, ante la escena. Estamos ante La vuelta del malón, obra de Ángel Della Valle y datado en 1892. Es posible que en un primer momento lleguemos a sospechar un cierto delirio imitativo de la épica norteamericana y nos sorprendan esos rostro morenos y curtidos, ahora que veníamos de contemplar los de los obreros de Sin pan y sin trabajo, de De la Cárcova, o La hora del almuerzo, de Pío Collivadino, en la misma sala, hermanos en su miseria y en sus rasgos a los de cualquier nación del sur de Europa.

Observémoslo con atención. Hacia la izquierda, jóvenes y vigorosos indios avanzan arrolladores, ufanos con trofeos-símbolos  del botín que han arrancado a esa civilización que les avanza sobre sus tierras. Destacándose por su lugar central y por la blancura de su caballo, un indígena se yergue  vigoroso, rostro alzado, boca abierta en grito victorioso… Ostenta todo su poder alzando un brazo en el que lleva enganchado a su lanza el crucifijo acabado de expoliar, mientras su muslo golpea, impúdico, un cáliz y otra cruz.

La vuelta del malón, Ángel Della Valle.

Un poco más atrás, el jinete que domina su corcel en bravía corbeta, revolotea  un incensario, y, hacia el fondo, el enjambre arremolinado del malón alza sus lanzas orientándolas con furia hacia los frutos del saqueo religioso. El ataque ha llegado también a los bienes más terrenales de los blancos, como lo atestiguan las reses que  vemos avanzar bajo el arreo enérgico del indio del fondo, a la izquierda, y el macizo baúl que sujeta ufano el aborigen del otro extremo.

Es tal la violenta gestualidad, el recio galopar de los caballos, la agitación de melenas y crines, el entusiasmo del perro que acompaña la carrera, que podríamos sentir el griterío que avanza por ese paisaje desolado de tierras encharcadas. Y hasta nos parece oír el lamento monocorde de la Cautiva de Borges… ”Fue como si los trajera el pampero. Yo vi una flor de cardo en una zanja y soñé con los indios. A la madrugada ocurrió. Los animales lo supieron antes que los cristianos, como en los temblores de tierra. La hacienda estaba desasosegada y por el aire iban y venían las aves. Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba (…). Era como si todo el desierto se hubiera echado a andar. Por los barrotes de la verja de fierro vimos la polvareda antes que los indios. Venían a malón. Se golpeaban la boca con la mano y daban alaridos.” (1)

La luz amarillenta que surge desde el horizonte ubica a la escena en una temporalidad algo confusa… Quizá está amaneciendo y regresan ebrios de la borrachera del asalto, que excita los cuerpos con la esperanza del próximo descanso. El cielo no deja abrigar esperanzas: nubes negras ocupan el espacio central de la tela.

Tanta bravura, tanto ímpetu desaforado se detienen ante la pareja central del indio que lleva a la cautiva. La reciedumbre del aborigen parece doblegarse ante el contacto de ese blanco cuerpo semidesnudo. Ella – ¿quizá desmayada, quizá resignada, quizá turbada?– apoya su cabeza en el hombre del joven que se inclina entregado. Muy cerca de sus muslos se bambolea la cabeza degollada de una víctima, contrapunto  terrorífico del  temblor de las jóvenes sangres. Es también otro símbolo de la ideología de la época: la barbarie india se rinde a la civilización blanca. Sin embargo, el arte del pintor ha traspuesto la didáctica del discurso y nos vemos sumergidos de lleno en una bellísima y sensual imagen.

 

Ataques indígenas a caballo contra el conquistador español

Para algún visitante extranjero, estos malones quizás no sean tan familiares como los ataques sioux de las películas americanas, así que lo acompañaremos en una breve mirada hacia el pasado. Y así debemos remontarnos a la época de la colonia. Las poblaciones indígenas que habitaban en el actual territorio argentino entablaron diferentes relaciones frente al conquistador español. Mientras los pueblos del noroeste entraron dentro de los modos de producción organizados por el español (y contra el que protagonizaron sangrientos levantamientos), los pueblos del Gran Chaco y de las zonas pampeanas y patagónicas supieron resistir la presencia hispánica y nunca estuvieron bajo la dominación colonial. Se fueron tejiendo desde entonces complejas e inestables relaciones entre ambas comunidades por el control del territorio y de los recursos económicos. El malón como ataque sorpresivo de un grupo numeroso de indígenas a caballo, para apoderarse de un botín compuesto de cabezas de ganado, armas y cautivos, comienza ya desde los primeros momentos de la colonia  como herramienta de presión para forzar tratados favorables o como represalias por incumplimientos de los ya pactados, aunque también tuvieron un carácter meramente bélico de defensa y hostigamiento a aquella civilización que consideraban una amenaza para su supervivencia.

Batalla entre mapuches y españoles.

Obtenida ya la independencia de España, los sucesivos gobiernos intentaron avanzar el dominio hacia las tierras del sur, comenzando así un largo período en el que se alternaron sangrientas campañas militares contra la población indígena con la firma de tratados de paz, mientras la edificación de fortines (¡30 entre 1815 y 1876!) va intentando consolidar una frontera que avanza implacable y ávida hacia la Patagonia, y que alcanzará su máxima expansión a partir de las campañas al desierto de los generales Roca (1879) y Villegas (1882), campañas que confinaron a esa “raza estéril” –como la califica el informe de la comisión científica que acompañó al ejército argentino– a las zonas más pobres de la Patagonia.

Las tierras se repartirán entre las principales familias patricias de la oligarquía argentina, vinculadas estrechamente a los gobiernos de la época, mientras que los varones indígenas sobrevivientes acabarían, ya presos en la isla de Martín García, ya como mano de obra en los ingenios azucareros del noroeste. Mujeres y niños fueron destinados a personal doméstico, protagonizando sus repartos escenas desgarradoras aun para periódicos conservadores como La Nación, que el 21 de enero de 1879 publicó esta crónica: “Llegan los indios prisioneros con sus familias, a los cuales los trajeron caminando en su mayor parte o en carros; la desesperación, el llanto no cesa; se les quita a las madres sus hijos para, en su presencia, regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que, con los brazos al cielo, dirigen las mujeres indias”.

Durante todos estos años, el malón continuaría siendo una forma de lucha que permitía al indígena obtener armas, ganado y cautivos a la par que hostigar, debilitar y aterrorizar a los que intentaban desplazarlos de sus territorios o someterlos a nuevas formas de vida, mientras que para muchas de las sociedades indígenas constituía un rito de iniciación para sus jóvenes guerreros y una fuente de gloria para los combatientes más avezados.

 

La Cautiva

Los malones abrirían también el camino hacia ese mestizaje, tantas veces vergonzantemente escondido, entre indios y blancos. Demos paso ahora a la figura de La Cautiva, tanto la blanca como la india. Figura que, hasta hace muy poco, la historia había olvidado, y cuyos tristes destinos apenas podíamos vislumbrar a través de la literatura y la plástica. La cautiva blanca fue incorporada con estatus diferentes en las distintas sociedades indígenas, desde una penosa situación en la que era celada y vejada por las otras mujeres indígenas, hasta aquella en las que podía gozar de una situación de respeto y consideración para ella y sus hijos. La rígida sociedad blanca de la época dificultó la reinserción de aquellas que fueron rescatadas y a las que se miraba con recelo por haberse amancebado con el salvaje. No faltan las historias de antiguas cautivas que  vuelven a la toldería a reunirse con aquellos que ya eran realmente los suyos, ante la frustración de adaptarse nuevamente a la “civilización”.

Pero estaban también las otras, las indias robadas, violadas, arrastradas hasta los pueblos, donde se las obligaría a prostituirse, o hasta las estancias, donde servirían como personal doméstico, engendrando hijos ellas también, hijos que, como los de sus blancas compañeras de infortunio, engrosarían ese caudal del mestizaje que enriquece la demografía nacional.

La Cautiva, de Lucio Correa Morales, en el Barrio de la Recoleta, Buenos Aires.

Roberto Fiadone.

Volviendo a los malones, debemos mencionar que, aunque habían disminuido notoriamente en la zona pampeana para la época en que Della Valle pintó esta obra, estos ataques continuaron produciendo esporádicamente malones, como el mocoví de San Javier (Santa Fe) en 1904, hasta las dos primeras décadas del siglo XX. El último conato de resistencia se registró en 1934, cuando la población de Florencio Carbajal (Formosa) fue devastada por un malón de 2.000 indios curupíes.

Arrinconados en tierras pobres o simplemente desposeídos, condenados a los trabajos más marginales, sufrieron además el olvido de una sociedad que gustaba de mirar en Europa sus orígenes demográficos. Y, si no, para disipar cualquier duda o prejuicio tenemos los resultados de un reciente estudio realizado por el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires, que concluye que el 56% de la población argentina tiene un origen amerindio (aunque sólo un 10% puro) y el 44% restante, mayoritariamente europeo, lo que al menos limita  el conocido cliché de que “los argentinos descienden del… barco” o las informaciones de algunas guías de viajes que afirman que el 85 % de la población argentina es de origen europeo.

Ese 56% formado por esos rostros morenos, algunos fuertes, otros delicados y finos, con los que nos cruzamos tantas veces en calles y colectivos, tupida red que se entrelaza con tantas y variadas facciones europeas y que constituyen el tejido demográfico indiscutible de la sociedad argentina.

Argentinos indios como los jóvenes hombres kollas, que podemos encontrar viajando durante tres días en autobús desde sus hogares en La Quiaca, al norte, hasta Santa Cruz, al sur, para trabajar en las minas. O los chanes, en Salta, al noroeste, que viven relegados en 99 kilómetros después de haber sido despojados, a comienzos del siglo XX,  de casi 200.000 hectáreas ricas en petróleo. Pero también están las historias de quienes sospechan que son descendientes de indígenas, pero no pueden reconstruir el camino hacia su identidad, ya que a muchos pequeños indiecitos los regalaban, los bautizaban y les cambiaban el nombre. No saben a qué familia o linaje pertenecían sus abuelos o bisabuelos, ni a qué zona. Los repartían en Buenos Aires, pero podían ser de la Patagonia o del Chaco.

Machis mapuches.

 

Los pueblos originarios

Los indios que resistían antes en los malones y que eran estigmatizados como símbolos de la barbarie que la civilización blanca combatía, recuperan, no sin dificultades, su dignidad a partir de la instauración de la democracia en 1983, cobijados bajo el nombre de “pueblos originarios”, justa referencia a su lugar en la historia. Hasta hace unas décadas, en los manuales escolares apenas aparecían mencionadas las tribus de los comechingones, ranqueles, tehuelches, diaguitas, pampas, araucanos, guaraníes… Ahora, cuando en muchos poblados los niños indios pueden disfrutar de una enseñanza bilingüe, se desatan viejos sonidos y se oye hablar de pueblos que se llaman kollas, wichis, pilagás, mocovíes, mbyaguaraníes, diaguitas-calchaquíes, mapuches, onas o selknan, tonocotes, huarpes, chanés…

La Constitución argentina de 1995 les reconoció sus derechos “preexistentes” al nacimiento de la república hace 200 años. Para concretarlos, en 2006 el Congreso votó una ley que ordenaba a las provincias realizar un relevamiento de los territorios que podían haber pertenecido a las comunidades indígenas para devolvérselos si ellas los reclamaran. El proceso todavía no ha concluido y está dando lugar a conflictos, en ocasiones armados y con resultado de muerte, entre terratenientes blancos y antiguos propietarios indígenas.

Pero hay otra lucha que se intrinca en el paisaje urbano y que puede ser más visible para el visitante ocasional. Es la que pugna para que calles y plazas que honoran a quienes dirigieron tanta destrucción y expolio cambien su nombre reemplazándolo  por alguno que recuerde a algún pueblo de la zona o, como en el caso de la céntrica Diagonal Roca de Buenos Aires, por el más genérico y comprensivo de “Pueblos Originarios”. Periódicamente, las estatuas del General Roca, el conductor de la oprobiosa campaña del desierto de 1879, ven peligrar también su existencia: la que preside el Centro Cívico de la turística ciudad de San Carlos de Bariloche, en el sur, es cubierta por grafitis o sepultada ignominiosamente bajo telas, como ocurrió en la celebración del Día de la Memoria del 2010, cuando se recordaba el golpe militar del 24 de marzo de 1976 y sus habitantes simbolizaron con ese gesto su condena contra esa continuidad en las acciones del Ejército contra el pueblo.

Salimos del Museo.  A unos pocos pasos, en la Plaza Brasil nos encontramos con la desolación infinita que nos transmite la estatua de La Cautiva de Correa Morales, una india tehuelche con sus dos hijos y un perro. Recordamos a la cautiva blanca raptada en el cuadro de Della Valle, y no podemos dejar de sorprendernos ante los sortilegios de esta ciudad que, por medio de la plástica, testimonia en este bellísimo rincón de la Recoleta el dolor que pudo hermanar a esas desdichadas mujeres.

(1) Borges, Jorge Luis. ‘El libro de los dones’, en El libro de arena, Alianza Editorial, Madrid, 2005, pág. 76.

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