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Histórico noticias



Las mil y una noches de Bagdad

Los 18 pisos del Hotel Al Rashid le ponían techo a la capital de Irak, por lo que fueron objetivo militar cuando estallaron los ataques de la saga Bush contra Sadam Hussein. En vísperas de la II Guerra del Golfo, un capítulo de Españoles por el mundo podría haberse rodado allí.

18 de abril de 2016

Me he pasado media vida de hotel en hotel como periodista, las más de las veces tratado a capricho, mejor que si pagase sus mejores suites. Trabajé con la cadena Leading Hotels of the World, bajo el cielo raso más exclusivo y estrellado. Escribí en sus gabinetes y mansardas de caoba para Vogue, Condé Nast Traveler y National Geographic. El hotel Crillon de la parisina Place Concorde me ofreció suite para terminar una novela sobre Picasso, tras hacer lo propio la Quinta del Rio Touro en Sintra. Tuve al alcance de mi estreno en italiano la mesa de mármol donde escribía Truman Capote, mientras vivió en el Hotel Trías. Va más allá de cualquier lujo asiático, sin embargo, la memoria del hotel Al Rasid en mi agenda. Su hospedaje no se explica en términos de alfombra persa o brillo al frotar la lámpara de Aladino, pese a lucir el nombre del quinto y más opulento califa del Islam, Harum al-Rasid, señor de señoríos entre los años 786 y 809 de nuestra era.

Hotel término, a secas, se llama aquel que aloja lo mismo a los viajeros de un largo ferrocarril que a quienes asisten al fin del mundo conocido. Los dieciocho pisos del Hotel Al Rashid le ponían techo a la capital de las Mil y una noches. Así que estaban llamados a ser objetivo militar de primer orden, tarde o temprano, cuando se desataron las sucesivas guerras de la saga Bush contra Sadam Hussein. Tanto es así que, terminada la segunda ocupación norteamericana de Irak, con su mando en jefe instalado allí para  reorganizar el país, dos morteros impactaron contra su fachada, causando la muerte del teniente coronel Charles Buehring e heridas a diecisiete personas. Daban las tres de la madrugada del 26 de octubre de 2003 y el lanzamiento de proyectiles se achacó a focos aislados de la insurgencia. No era la primera vez que los propios iraquíes disparaban al hotel aquel año, pero sí aquella que puso en alerta roja lo que las fuerzas de ocupación habían denominado atalaya de “zona verde” y segura, en tiempos de postguerra.

El Hotel Al Rashid andaba en boca de todos desde que en 1991 la CNN estadounidense lo eligió para instalarse en él y retransmitir en prime time su parte de noticias diario durante la primera gran guerra emitida en tiempo real y a modo de reality show. Tras el final de aquella contienda y con Sadam rearmándose, siguió el Al Rashid atrayendo a reporteros de todo el mundo, a los que se añadieron, además, cargos diplomáticos, estraperlistas y business men, como Hernández Mancha, antiguo dirigente de Alianza Popular, el primer partido conservador que la España democrática tuvo. ¿Lo recuerdan? Por lo demás, la noche de la explosión en el 2003 visitaba el Al Rashid, también, el secretario adjunto de defensa norteamericano, Paul Wolfowitz, blanco fallido que motivó el ataque, Paul Wolfowtz resultó ileso y pudo volver a Washington para informar a su presidente sobre reformas planeadas en el hall de entrada al hotel. Y es que, entre guerra y guerra del Golfo, Sadam Hussein había mandado tallar un mosaico de su primer contrincante Bush justo a la entrada de sus puertas giratorias. Un mosaico para ser inevitablemente pisado y pisoteado por cuanto cliente saliera o entrase del hotel.

Mil y una noches en Bagdad

Toda una provocación, teniendo en cuenta que la cultura árabe considera máxima ofensa, desprecio supino y ajuste de cuentas marcar la suela del zapato sobre la faz real o figurada de alguien. Así las cosas, el rostro de George Bush teselado a la entrada del Al Rashid, cubierto o no con una alfombra en función de la delegación extranjera que visitase el hotel, exigió trabajos de deconstrucción por parte de los propios soldados estadounidenses destacados en Bagdad, a golpe de pico y pala. Y, en su lugar, se aprovechó a la postre el marco del mosaico para colocar en él la cara del dictador iraquí depuesto. “Todo el mundo se acercó y limpió sus pies sobre ella”, declaró con orgullo el comandante del batallón enviado con martillos y cinceles para la ocasión. Había que cumplir las órdenes del teniente  coronel Rick Schwartz, con ritual de desagravio incluido. No en vano, Sadam había supervisado personalmente la confección de aquel felpudo blindado en hormigón hacia 1991, mosaico inspirado en un retrato poco favorecedor de su oponente, bajo el que además debía leerse en árabe y en inglés: “Bush es un criminal”. Dicen que, al acceder al hotel, en 1997, el enviado especial de la ONU Lakhdar Brahimi pisó el labio superior y la nariz a Bush, por más que intentó sortear  el mosaico. Al nacionalista ruso Vladimir Zhirinovsky le achacan que apoyara los zapatos en su nuez,  fingiendo un despiste, pero dispuesto a la condena pública de la intervención estadounidense en Irak por parte del Kremlin. El inspector de armamento Scott Ritter logró saltar sobre el mosaico al entrar en el hotel bajo misión de Naciones Unidas. Su colega Hans Blix, poco después, no pudo evitar los pies sobre un hombro de Bush. Y lo mismo le ocurrió a Mohammed El Baradei, mandatario de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. En fin, el anecdotario al respecto creció, se aireó e incluso sirvió a la polémica, hasta que el retrato de Bush padre se desfiguró del todo, precisamente a manos de sus propios soldados. Curioso, ¿no?

¿Que cómo se concibió, a fin de cuentas, el Al Rashid, en cuanto a decoración y estructura?, me preguntarán. En lo fundamental el confort que planteó en su día ofrecer no se diferencia del dispuesto por los hoteles de gran cadena, lo mismo en Manila que en Moscú. Eso sí, dotado de centro comercial, con manufacturas, bazar de alfombras y joyerías, incluso hasta el 2003, su tiempo se había detenido doce años antes, anclada su estética marmórea en la década de los ochenta que vieron cómo la economía nacional brindaba con petróleo.

Visité Bagdad por primera vez en vísperas de la llamada II Guerra del Golfo, diez días antes de las primeras detonaciones. Sus fuegos artificiales me encontraron volviendo a Europa, frente al televisor de otro hotel, esta vez londinense. Supe así sobre la atmósfera cargada que llega a tener el hospedaje de lujo prebélico, similar al que frecuentaba  Ernest Hemingway cuando ejercía como corresponsal de guerra y de él se contaba que escribía crónicas de contienda atrincherado en el piano-bar, whisky en mano. La película Hotel Ruanda añade, por lo demás, los detalles de naturaleza muerta que puedan faltarle a mi descripción. Espías de distinto pelaje, brigadistas y partisanos de la yihad en ciernes, gacetilleros empapados en alcohol para desinfectar heridas del alma, negociadores de la ONU, contrabandistas con alas de buitre, el nuncio de su Santidad y hasta Janny Le Pen coincidieron conmigo en el Al Rasid. Recuerdo además a los traficantes de armas recién llegados de Pesawhar, frontera entre Afganistán y Pakistán, cerrando acuerdos con las falanges de la población iraquí, a la que Sadam aconsejaba cuchillo entre los dientes. Y a los jóvenes de clase media crecida con la prosperidad del crudo, que aceleraban sus planes de boda, con festejo y banquete en el Al Rashid, temiéndose la carestía de la postguerra que seguiría a las bombas. Mejor quedar viuda que soltera, pensaban algunas mujeres bagdadíes, seguras de que su prometido sería llamado a filas.

Mil y una noches en Bagdad

No hay como plantar un hotel en algunas zonas calientes del planeta para facilitar a cada tanto su aggiornamento. Por maquiavélico que parezca, a veces, su demolición previa a la reforma se le agradece al atentado que dispara las coberturas e indemnizaciones de ciertos seguros de continente y contenido. El Al Rashid, sin embargo, durante mi estancia, contaba con bastantes posibilidades de salvarse, gracias a que la televisión norteamericana había vuelto a elegirlo como cuartel de guerra. La fiesta que una noche dio en su habitación el más borrachín de los periodistas rusos allí destacados despejó todas mis dudas. Me dio para contemplar en directo, incluso, cómo un cámara empotrado con los marines negociaba el precio de la azotea colindante, desde donde filmar fuego cruzado. Y lo hacía prometiendo a la familia propietaria del inmueble salvoconductos para huir de la guerra en cuanto comenzasen los bombardeos americanos. Eso sí, en la negociación también exigía el reportero algo de “fuego amigo”. Caso de que no hubiese misiles colisionando a la hora de su retransmisión, el corresponsal necesitaba, sí o sí, que algún vecino patriota hiciese estallar siquiera petardos tras él, para mantener al televidente en vilo. ¿Cómo explicarle después a su contacto iraquí que el negocio de su cadena televisiva consistía en subir las tarifas de la publicidad contratada justo en las horas de máxima audiencia que generaban guerras como aquella? Las guerras no suelen dejar cabos sin atar, y en ellas se reactivan muchas industrias paralelas y se negocia todo de antemano, por aquello de esponsorizar comme il faut tanto despliegue de espectáculo. Nada en ellas es gratuito, aunque a la vez todo lo sea.

Fran Sevilla se llamaba el periodista de RNE allí enviado, un viejo amigo. Y tras de sí traía fama de intrépido y buen profesional. Había sido el primero en mandar crónicas desde Kabul, años atrás, declarada la guerra contra los talibán. También por aquellos días asumía su bautismo de fuego una jovencísima Olga Rodríguez, para la cadena SER. Y Mónica Prieto entraba en Irak aprovechando que lo hacía también la Plataforma de Mujeres Artistas contra la Violencia de Género, capitaneadas por la cantante Cristina del Valle. Llevaban las dos periodistas, Mónica y Olga, fecha de ida en su visado, pero no de vuelta. A todos ellos y ellas los alojó el Al Rashid en aquellos días. Y, además, lo mismo a Gemma Cuervo y Beatriz Bergamín, entre nuestras actrices. A la dramaturga Mercedes Lezcano y a los cantantes Marina Rossell, Angel Petisme y Luis Farnox. Y a la escritora Dulce Chacón. Y a la periodista del corazón Carmele Marchante, en funciones solidarias. Un capítulo de la teleserie Españoles por el mundo podría haberse rodado allí, de no ser porque la caravana que a todos nos agrupaba acabó protestando la intervención del presidente José María Aznar en aquella guerra, frente a la mismísima Embajada Española de Bagdad. La idea era ocuparla, incluso en señal de protesta, según se urdió en nuestras reuniones del Al Rashid, donde cada uno de nosotros tenía cámaras de vigilancia en su habitación. Primitivas webcams que tapábamos con toallas cuando debatíamos nuestras estrategias de brigadistas, a puerta cerrada. Allí nadie sabía quién era quién.

“Hola, soy Alberto y no me habéis visto nunca ni me volveréis a ver. Este encuentro entre nosotros jamás se produjo”. Así se nos presentó, en el hotel, al día siguiente de nuestra protesta en la embajada,  el agente jefe de los servicios de inteligencia españoles radicado en Bagdad por el gobierno de Aznar. Se trataba de Alberto Martínez González, el mismo que había dado orden de cerrar a cal y canto la embajada española en cuanto supo de nuestras intenciones. Un espía del CNI a cara descubierta, determinado a controlar la adhesión de artistas patrios al pacifismo internacional que trataba in situ de evitar la guerra. Alguien al que terminó costando cara la profesión, pues murió a tiros en una emboscada de la resistencia iraquí, meses más tarde, al volante de su Chevrolet.

En marzo del 2003, no obstante, aún había quien pensaba que la II Guerra del Golfo podía evitarse in extremis, convirtiendo en escudos humanos a los extranjeros de visita en Bagdad. Con esa esperanza nos convocó el Ministerio de Defensa iraquí a una comida frente al río Éufrates, comida a cuyos postres nos animó su equipo a la urgente promoción turística del país en España. Y hasta nos vino a buscar al hotel para enseñarnos de excursión el sitio de Babilonia, poco antes de que fuera saqueado y destruido. Pero la suerte de Bagdad estaba echada. Las bombas sobre sus tejados sólo esperaban el fin del Ramadán y las peregrinaciones chiitas, por aquello de no encabritar al orbe musulmán que circundaba el país laico de Sadam.

Nunca olvidaré la relación establecida en el Al Rashid con mis compañeros de viaje. Me unirá para siempre a ellos la inminencia del apocalipsis. También fue sintomática la fecha en la que bombardearon por primera vez el hotel, al coincidir con el principio del fin en la relación de pareja que establecí a partir de aquel periplo. Sin que nadie de nosotros lo advirtiera, nuestra expedición pacifista llevaba incorporada desde Madrid una aprendiz de Mata Hari. A nadie recomendaría pisar el inmueble del Al Rashid ahora, salvo que pase por alto la posibilidad de saltar por los aires, sin saber cómo ni por qué.

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