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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

Histórico noticias



Las Vegas de Valdeón o el desconocimiento gozoso

A escasas horas  desde Santander, Oviedo o León, se llega al Valle de Valdeón, en la comarca de La Montaña de Riaño, que forma parte del P. N.  Picos de Europa. Visitamos los pueblos de montaña de una de las zonas más abruptas y aisladas de España.

31 de marzo de 2013

Marzo de 2013. En un momento en el  que el invierno de este año nos ha permitido acercarnos hasta allí. Días atrás, los puertos de acceso estaban cerrados. En las zonas altas hay metros de nieve. Desde el lugar en el que estábamos comiendo, pudimos ver cinco aludes estremecedores que hicieron desaparecer de nuestras cabezas cualquier ensoñación bucólica y blanda de este paraje y nos sumergimos en la fiereza de los Picos de Europa.  Ese espectáculo resultaba tan violento, que lo plácido, lo bello, lo suave de estos valles de alta montaña fue sustituido o superado por lo brutal, destructivo, lo impredecible. De todas formas, tan sólo hay una delgada línea que separa la idílica serenidad campestre de lo catastrófico natural. En este valle, la  indescriptible mezcla de lo rural, lo salvaje y lo cultural, resulta muchas veces asfixiante porque no permite que puedas estabilizarte en una posición existencial desde la que sentir y comprender el mundo que te rodea.

Una primera y rápida mirada al valle  hace pensar que estamos ante el despliegue de un mundo primigenio, natural y no modificado apenas por los seres humanos. Y no es así. Ocurre que los que hemos sido criados en zonas urbanas, en ciudad,  necesitamos algún sistema de clasificación de lo que no nos pertenece. Y este mundo rural, rústico  y boscoso nos parece un ejemplo de “naturaleza”. Algo hay de verdad y algo de falso en esta visión ya que, en definitiva, la naturaleza apenas existe cuando estamos en ella y, al mismo tiempo,  existe sólo cuando estamos en ella: dura contradicción.

Las Vegas de Valdeón, Picos de Europa.

Rafael Manrique.

Se trata, desde luego, de un paisaje de belleza antigua y clara que, además, se encuentra sólo a unas dos horas en coche de varias ciudades, como Santander, Oviedo o León. Me refiero al Valle de Valdeón, integrado en la Comarca llamada Montaña de Riaño que, a su vez, forma parte del Parque Nacional Picos de Europa. Una de las zonas más abruptas y aisladas de España. Algunos historiadores sostienen que pudo ser, en la zona donde se sitúa la ermita de Corona, donde se proclamó rey a Don Pelayo en el año 718, en tiempos de la Reconquista. Ningún dato concreto apoya esta afirmación, sólo son hipótesis, pero sí los hay de la temprana presencia de benedictinos, allá por el siglo IX. Un paisaje que seguramente aún reconocería alguno de aquellos monjes.

En este invierno de 2013 hay algo de Shangri La en estos territorios. Como si en ellos la historia y el tiempo siguieran un curso diferente. Más lento, más ajeno al devenir del mundo. Tuvimos que cruzar San Glorio y Pandetrave, dos puertos de montaña de más de mil seiscientos metros de altitud. La mayor parte del invierno están intransitables por la nieve y el hielo. Llegamos finalmente a estos pueblos escondidos y aislados del resto de la zona, de los que tan sólo la aldea de Caín, como punto de llegada del desfiladero del Cares, es conocida. No así el resto de la comarca.

Escribo estas notas desde un pequeño lugar que sintetiza lo que es este valle de León y lo que puede significar. Se trata de las Vegas de Valdeón, situado a medio camino entre Posada y Caín.

El río Cares, a partir de Posada, se encañona de forma espectacular y terrible. Al llegar a las Vegas, poco después de Cordiñanes, se abre en unas praderías para, a continuación, volver a encañonarse definitivamente hasta llegar a Poncebos y más allá. Se trata de un lugar de belleza humana si no levantas la cabeza y observas las canales y las montañas que cierran por todas partes este pequeño valle. Como tantas veces ocurre, levantar la vista te enriquece, pero también te llena de problemas. Y de miedos.

A la derecha de la carretera se sitúan los prados y las cabañas que llegan hasta el inicio de la canal de Capozo y a la casi inaccesible canal de Tras la Invernosa. A la izquierda, la ermita de Corona…, la que se relaciona con Don Pelayo, aunque la iglesia o capilla como tal es del siglo XIX.

Algunas de las cabañas están derruidas, otras muy bien arregladas. Esa mezcla de ruina y cuidado nos habla del pasado, del presente, del  futuro, de unos paisajes construidos por la mirada y la acción humana. Son muestra de potencia y de absurdo. ¿Qué fue lo que, hace ya cientos de años, hizo que algunos seres humanos decidieran que este era un buen sitio para vivir? No nos dejemos engañar por la belleza que nos rodea, como aquellos cantos de sirena que enloquecían a los marineros. Es cierto que estas cabañas, que se esparcen como dejadas caer desde lo alto, con amor y azar, por algún sembrador loco sobre unas praderías planas, plácidas y hermosas, configurarían un mundo idílico si no fuera porque a unos cientos de metros, remontando el río que las atraviesa, se alza de repente la canal de Capozo. Más de mil metros de desnivel, con una pendiente terrible llena de canchales de piedra que conforman lo que, por estos lugares, se llama una canal, y que en este caso llega hasta otra vega, la de Huerta, el pie de la cara sur de Peña Santa.

Las Vegas de Valdeón, Picos de Europa.

Rafael Manrique.

Todo deseo lleva a otro deseo, decía Lacan. Aquí una vega te lleva a otra, pero  forzosamente hay que subir o bajar una canal. La belleza no se separa nunca del esfuerzo, del riesgo y del peligro. Tal vez siempre sea así, sólo que, en este momento en el que escribo y estoy aquí, se ve, se siente, se lleva en las piernas que las han transitado y transitan.

No lejos de la canal de Capozo, en cuya base nos encontramos, se encuentra la mayor y la más salvaje: Dobresengros. Un artículo en una revista de montaña llevaba este título suficientemente descriptivo: “La canal de Dobresengros y la madre que la parió”. A quien le gusta la montaña, al menos una vez en la vida, ha de descender o subir una de ellas: Trea, San Carlos, Mesones… Hay muchas y todas conocidas: la elección es amplia.

En todas ellas uno se plantea una pregunta clásica y tópica, pero no sin sentido: ¿Cómo me he metido aquí? Y para no parecer bobo hay que introducirse en una vieja polémica: ¿Venimos a estos lugares porque nos ponen en contacto con lo que somos, con nuestro origen? Para que así fuera, habríamos de admitir que existe alguna clase de inconsciente colectivo, una memoria de la especie. Habríamos de admitir algún tipo de  teísmo, bien panteísmo o monoteísmo. Y habríamos de admitir una obediencia a los dictados de la naturaleza.

Pero me inclino a pensar que la respuesta es “no”. No sabemos bien a qué venimos y tal vez ahí radique uno de sus mayores atractivos, teniendo en cuenta que la curiosidad es una de las características de la especie humana. No es necesario sostener ideas pseudomísticas para llegar a la más intensa conmoción que nos sea posible. Madrid o Manhattan son ciudades que podemos comprender, las construimos los seres humanos y por eso generan una cierta vanidad. Pero estos bosques, estas dramáticas montañas de Valdeón, producen  asombro y una cierta humillación. Uno va a Madrid, o a cualquier otra ciudad, para saber de uno mismo, para tomar ideas acerca de  la existencia  que deseamos tener. Para ser cosmopolitas. Por el contrario, las montañas, los bosques como éstos, generan desconocimiento y lejanía, por eso  el placer que experimentamos, por anormal e infrecuente, es justo el opuesto al que estamos habituados. De ahí su fuerza y atractivo. Aquí se viene a tratar de no ser. A desconocernos, a liberarnos de la prisión de la identidad, a suspender la memoria.

Las Vegas de Valdeón, Picos de Europa.

Rafael Manrique.

Estar en esta vega es una manera relativamente segura de sentir  la fragilidad de lo que somos. A pocos metros de una carretera y a pocos metros de una canal, unos aludes podían haber acabado con nosotros sin que por ello la naturaleza parpadeara. Es una manera de triunfar sobre lo natural, de vivir con alegría sabiéndonos ajenos a lo que nos rodea. Y, al tiempo, estar aquí nos agobia y desazona por la aguda sensación de debilidad. Estamos vivos de misericordia. En estos bosques somos, como máximo, unos invitados asombrados. Lo asombroso no reside en lo sublime, en lo grandioso, en lo natural. Está en la sensación de ser ajenos, solitarios e individualistas, sensación que aquí siempre nos envuelve, nos gana y nos conmociona hasta dejarnos en un silencio contemplativo y melancólico. Sentados sin atrevernos ni a mirar con claridad…, como ese ángel melancólico que pintó Durero, cuyo rostro no es precisamente triste, sino que parece interrogarse por algo que le preocupa, que no entiende y no logra descifrar.

En el origen de nuestra especie fuimos cazadores y recolectores, nómadas. Pero eso cambió. Nos hicimos sedentarios, construimos sociedades, estados y ciudades. Lo natural ya no será un sitio para volver, tan sólo un lugar para estar.

Recuerdo, mientras escribo estas notas sentado en un banco al lado de una cabaña, la película Sonrisas y lágrimas. Sí, admitámoslo, es un poco cursi. Sor María, el personaje interpretado por Julie Andrews, se siente feliz de pertenecer a la naturaleza. Pero, claro, más adelante, ya convertida en la señora Von Trapp, ya no se comporta como una dulce campesina, sino como una elegante mujer comprometida, casi sin querer, en la lucha antinazi. La monja ingenua y naturalista se ha convertido en una sagaz resistente. Ya sólo volverá a las montañas como turista.

Lo natural es un elemento de alienación; pero, en estas vegas, esa realidad es creadora y satisfactoria; lejos de la alienación que describía Marx, ésa que sumía en la barbarie. Vegas de Valdeón, un hermoso y a la vez duro paraje que te enloquece un poco, pero de forma muy placentera. Tal vez sea ésta la locura más peligrosa que haya, quizá sólo hasta mañana, cuando el coche ya nos permita salir de aquí y volver a la ciudad.

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Comentarios sobre  Las Vegas de Valdeón o el desconocimiento gozoso

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  • 31 de marzo de 2013 a las 21:05

    Solo las fotos van con pie de Rafael Manrique. ¿Tengo que suponer que también el escrito es opinión de este señor ?, cuando se escribe con propiedad hay que firmar la opinión sino es agua en un cesto…, seamos.

    Por Javier
    • 01 de abril de 2013 a las 7:30

      Hola Javier. Si te fijas, el artículo también esta firmado por Rafael Manrique al final del post. ¡Saludos!

      Por Meritxell-Anfitrite Álvarez-Mongay