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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

Histórico noticias



Las vidas paralelas de Trotski y Lowry

‘Viva’ es la culminación de diez años de viajes, lecturas y conversaciones de Patrick Deville. Una obra hermosa, compleja y precisa que narra las vidas paralelas de León Trotski y de Malcolm Lowry en el México de los años treinta, país imán para refugiados de todo el mundo.

5 de mayo de 2016

Viva es la culminación de diez años de viajes, lecturas y conversaciones de Patrick Deville y es una obra tan hermosa, tan compleja y tan precisa como el mecanismo de un reloj. Si pudiera verse todo el libro extendido en un tablero, observaríamos en el centro dos grandes ruedas dentadas –las vidas paralelas de León Trotski y de Malcolm Lowry en un México, el de los años treinta, que parecía ser un imán para refugiados de todo el mundo– y conectadas con ellas infinidad de pequeñas biografías: todo girando al mismo tiempo y poniendo en movimiento el siglo XX en su conjunto y extendiéndose por tres continentes. Lo mejor que se puede decir de Viva es que recuerda muchas veces al Claudio Magris del Danubio, en esa interminable asociación de ideas y en esa manera de recorrer senderos que por momentos parecen alejarse del camino principal, pero que siempre nos enriquecen y nos iluminan.

La mayor audacia del libro quizá sea esa: hacer descansar todo el engranaje en dos vidas que parecen girar en sentidos opuestos. Un empeño digno de Plutarco (p.75).  Mientras uno de ellos –Trotski– busca el absoluto dela Revolución, el otro –Lowry– busca el absoluto dela Literatura; mientras uno está en el centro de la historia, el otro se aísla en una cabaña, ajeno a cuanto sucede en el mundo; mientras uno aspira a extender su mensaje hasta el último rincón, el otro se abisma hacia dentro hasta caer en una especie de agujero negro. Lo que tienen en común es que ninguno de los dos encontrará nunca la paz ni la tranquilidad del trabajo cumplido. A los dos les une (lo dice Deville en la página 149) el inmenso orgullo de ir a robar una chispa del fuego de los dioses, incluso si saben que terminarán encadenados a la roca y continuarán demostrándonos eternamente que han intentado lo imposible y que lo imposible puede buscarse. “Eso es lo que nos gritan y lo que nosotros solemos fingir que no oímos: que de cada uno de nosotros se espera lo imposible”.

Viva, Patrick Deville.

Esa reflexión está en el corazón de este viaje literario de Patrick Deville. Pero hay infinidad de actores secundarios en este drama que tiene ramificaciones hasta el presente. Hay muchos héroes y muchos villanos alrededor del Trotski, el Proscrito, que después de casi veinte años huyendo de la fatwa de Stalin por muchos países consigue gracias a la mediación de Diego Rivera que el Gobierno de Lázaro Cárdenas le otorgue un asilo que terminará siendo un trampa mortal. Es el momento en el que el genio ya agotado de Trotski aún encontrará fuerzas para enamorarse de Frida Kahlo. Una pasión que iba a arrebatarlo durante seis meses, al cabo de los cuales vuelve junto a Natalia Ivánovna. Después de ese reencuentro decidieron conservar unas cartas que parecen formar parte de una novela rusa de antes de la revolución, de Ana Karenina, “son la feliz calma de un matrimonio honesto ante los sinsabores de una pasión culpable”. Es un tiempo de amenazas constantes y claroscuros en el que nada es lo que parece. No se puede confiar en nadie. El círculo se va cerrando a su alrededor. Coloquemos en el centro del cuadro, nos sugiere Deville, al elefantíasico Diego Rivera, “el ogro devorador de mujeres, el genio encarnizado, homérico, el salvaje de apetito insaciable” y, a pesar de todo, también es el artista refinado que une la pasión mexicana con Montparnasse: ha pasado catorce años de su vida entre Paris, España e Italia y conoce a la perfección tanto el Quatroccento como el cubismo. Rivera está en la cumbre, pinta siete días por semana y quince horas al día. Sobre Rivera, como un ángel de la muerte, pongamos a Tina Modotti y alrededor de ella los doce apóstoles (unos fieles a Trotski y otros traidores) por este orden: Weston, Orozco, Siqueiros, Traven, Sandino, Maiakovski, Dos Passos, Kahlo, Mella, Guerrero, Vidali. A unos les reservará la historia el papel de víctimas y a otros el de verdugos. El muralista Siqueiros, por ejemplo, fue el responsable del primer intento de asesinar a Trotski que culminará cuatro días más tarde Ramón Mercader. A todos ellos dedica Patrick Deville páginas luminosas.

Cuando el libro resulta más conmovedor es en los momentos en que el autor se encuentra con personas que conocieron a los dos héroes de su historia. Hay un pasaje en el que va a entrevistar a un casi centenario Maurice Nadeau, el primer editor de Bajo el volcán en francés. Le había hablado de su proyecto de juntar las vidas de Trotski y Lowry y le estaba esperando. “Sentados frente a frente en la cocina, delante de un filete con patatas, probamos a reunir los fragmentos, él de historia y yo de la geografía. Yo venía de México y Maurice de los años treinta”. Y haciendo referencia a una frase de Roland Barthes sobre “los ojos que han visto los ojos” nos confiesa: “delante de mí, que estaba que no me llegaba la camisa al cuerpo, los ojos casi centenarios de Maurice, que habían visto los ojos de Jorge Luis Borges y de Henry Miller, de Benjamin Péret, de Tristan Tzara y de André Breton, de Queneau, de Bataille, Blanchot, Michaux, Artaud y muchos otros”.

En otro momento cuenta un encuentro con Esteban Volkov, el nieto de Trotski, en el museo en que ha terminado convertida la casa donde vivió en México. Habían estado viendo unos viejos filmes del archivo en el que se ve en blanco y negro la llegada de Trotski a Tampico y el tren presidencial Hidalgo. En otra película antigua, ésta en color, se le ve dando de comer a las gallinas y los conejos, y junto a él se ve a Sieva, como llamaban a su nieto, en calzones cortos. “El Sieva que está ahora a mi lado es un octogenario. El jardín está poblado por los mismos árboles que acabo de ver en imágenes aunque son más altos que en los cuarenta”. Es perturbador, confiesa Deville, encontrarse aquí, de pie, al lado de un apacible anciano de ojos muy azules que te muestra la habitación en la que, a la edad de trece años, se protegió de las ráfagas de la metralleta. Es perturbador que la casa se encuentre en el mismo estado en el que se hallaba en el momento de los disparos, “un descarrilamiento del espacio y del tiempo que en pocos pasos te  lleva a la primera mitad de otro siglo”. El encuentro resulta aún más emocionante cuando comprendemos la persecución implacable a la que sometió Stalin a la familia de ese anciano. Su padre había desaparecido en los campos siberianos, como Sergei, el segundo hijo de Trotski. Natalia llegó a escribir que por las noches en sueños se le aparecían los amigos y todos tenían un agujero en la frente. La situación se hizo tan insostenible, nos dice Deville, que “ante aquel encarnizamiento por exterminar a toda su familia, a todos sus amigos, a todos cuantos le apoyaban, Trotski llegó a pensar en suicidarse para liberarlos”.

Viva, Patrick Deville.

Patrice Etienne, Wikipedia.

La locura antitrotskista llegó a unos extremos tan aberrantes como el caso de aquella pobre campesina (que relata Evgenia Ginzburg en El vértigo y recuerda Deville aquí, p.52). Aquella mujer que, deportada más allá de Magadán, se cruza con Evgenia un día en la prisión y le pregunta: “Hija, oye, ¿tú también eres tratkista?”. La vieja se encoge de hombros y al rato añade: “¿Quién ha inventado estas historias? Y además, a nosotras, las viejas, no nos ponen nunca en los tractores”.

Le preguntaron a Trotski en el contraproceso que se celebró en su casa en abril de 1937, con un jurado presidido por el filósofo neoyorkino John Dewey si merecía la pena Kazan para terminar en Lubianka y contestó con una frase enigmática: La humanidad no ha podido hasta el presente racionalizar su historia. Esta respuesta le recuerda a Deville la frase de Bolívar: “El que sirve a una revolución ara en el mar”. Y añade: “La revolución nunca se acaba. Dentro de veinte años Ernesto Guevara y la pequeña banda de los clandestinos cubanos emprenderán en fila la ascensión del Popocatépetl, para endurecer sus cuerpos en la nieve y reafirmar su solidaridad antes de embarcarse en el Granma. Dentro de cuarenta años, los nuevos sandinistas derrocarán la dictadura somozista en Nicaragua. Dentro de sesenta años, los nuevos zapatistas se sublevarán en el estado de Chiapas. Las barquillas suben al cielo descienden en cada revolución de la rueda de la gran noria, que da vueltas tanto en el Volcán de Malcolm Lowry como por encima de la Vienadestruida de Graham Greene”.

Este es el modo de proceder de Deville. Saltos continuos del presente al pasado y viceversa. Las conversaciones con Margo Glantz, por ejemplo, la gran dama que vivía en una mansión colonial con una magnífica biblioteca a la que invitaba a largos almuerzos que se prolongaban hasta la noche a sus amigos Mario Bellatín, Sergio Pitol y Juan Villoro, es otro punto de fuga hacia ese pasado trágico. El padre de Margo, Jacobo Glantz, había sido, como Trotski, un judío de Ucrania que había pasado la infancia en el campo y que había conocido a Isak Babel, a Alekxandr Blok, a Chagall, y también su vida a partir de un momento fue una huida constante.

Como en el mecanismo de un reloj no se sabe bien si son las grandes ruedas del centro las que mueven las más pequeñas o es al revés. Lo cierto es que, al final, tan interesante como la vida trágica de Trotski son las pequeñas píldoras biográficas de los actores secundarios y los excursos en los que nos habla de la historia de la revolución rusa, de la historia de México, del surrealismo, del psicoanálisis. Resultan apasionantes los episodios en los que aparece un André Breton nada favorecido, una escurridizo Traven, una fascinante Alfonsina Storni o un camaleónico Fabian Lloyd (el sobrino de Oscar Wilde). Hay otros, como Antonin Artaud, con un protagonismo aún más relevante, pero éste, con su obsesión por el peyote y la alteración de los estados de conciencia, se encuentra (como Huxley, como Borroughs) más en la órbita Lowry. ¿Y qué decir de la tragedia de Lowry? A él no es que le persigan incasablemente, ni que traten de asesinar (y asesinen) a toda persona con la que se relacionó, ni que Estados muy poderosos se empeñen en borrar las huellas de su paso por el mundo. El caso de Lowry es el de una lucha sin fin consigo mismo, con el demonio del alcohol y con la obsesión por crear una obra de una belleza extraordinaria y que terminará siendo una aventura espiritual: De versión en versión, de año en año, el volcán caníbal se traga la vida entera de Lowry y de Margerie, y también todo el estruendo del mundo. Los ecos de la guerra mundial y los horrores dela Historia, todo ello desciende desde la gran boca, a lo largo de la chimenea basáltica, para ser digerido en la infernal caldera”.

Viva, Patrick Deville

Special Collections, UBC Library.

Malcolm Lowry terminará alcoholizado, ingresado en clínicas psiquiátricas y sometido a electrochoques. No se podía esperar otra cosa de esta obsesión y de esta forma de vender el alma al diablo. Durante años pasaba los días y las noches encerrado en una cabaña, embutido en abrigo y bajo una lámpara escribiendo a mano su novela mientras Margarie va pasando a máquina aquellas cuartillas. Una versión y otra versión. Es una lucha titánica que recuerda la de Nerval, la de Baudelaire, la de Poe y la de tantos otros. En un momento Lowry exclama “¡Si tan solo lograra representar a un hombre que encarnara toda la desdicha humana, pero al mismo tiempo fuera la viva profecía de su esperanza”. Lowry quiere unir todo lo grotesco y lo horrible con la belleza de la condición humana en la última jornada del Cónsul.

De todo eso nos habla Deville en Viva. Recorre Cuernavaca como si la ciudad fuera un palimpsesto. “Este café que lleva el nombre de Casino dela Selva de Cuernavaca donde comienza el Volcán, en el Día de Difuntos, un hotel casino hoy desaparecido cuyo lugar ocupa un supermercado al que recuerdo haber ido a comprar vino blanco seco”. Busca la huella de Lowry, los lugares por donde estuvo, y busca en archivos sus cartas y sus notas manuscritas. Se emociona ante un viejo menú mugriento en el que Lowry había escrito unas palabras: “Nosotros dejamos la playa de Dollarton, donde hace tiempo que ha desaparecido la cabaña… Sherrill Grace me acompaña rumbo a la universidad de Columbia Británica donde me han preparado los documentos que quiero consultar. Yvonne escudriña un documento que él mismo acababa de poner sobre la mesa para ella. Era solo un viejo, manchado y arrugado menú que parecía haber sido recogido del suelo o haber pasado largo tiempo en el bolsillo de alguien, e Yvonne lo leyó varias veces con alcohólica deliberación”.

Y ese viejo menú dactilografiado y todo mugriento del restaurante del hotel Francia de Oaxaca que aparece en Bajo el Volcán, nos dice Deville, lo tiene ahora, decenas de años más tarde y a miles de kilómetros de distancia. El vértigo es comparable al de las últimas moradas. Un archivero de guantes blancos lo ha subido en un ascensor desde un sótano con hidrometría constante; lo llevaba en un carrito niquelado como si estuviera listo para la autopsia. Al propio Lowry, nos había advertido Deville en otro momento, le gustaba ir a ver y sentir el lugar donde habían fallecido algunos genios. Es como si los mejores de entre nosotros dejasen en el aire de su última morada algún rastro de su fuerza o de su genio. Lo debió sentir Trotski cuando, nada más llegar a París, fue a visitar el café donde habían asesinado a Jean Jaurés. Lo sintió Lowry cuando fue a ver en Taos la casa donde murió D.H. Lawrence. Y sin duda lo sintió Deville muchas veces cuando escribía esta hermosa historia.

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