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León de Judá y hotel abisinio

El Taitu es un hotel indicado para aventureros, cuya apariencia de museo permite a los viajeros intercambiar cartografías y anécdotas. En él se hospedó Duke Ellington, así como los reporteros de guerra que cubrieron la segunda invasión italiana de Etiopía, como Evelyn Waugh.

2 de julio de 2018

Andaban ligeramente equivocados de compás los rastas jamaicanos, tratando de recuperar sus raíces africanas a partir del ska y el calypso caribeños. Tanta marihuana en boca no traía consigo un GPS, en sus intentos de imaginar la tierra de promisión. Andaban errados lo mismo que los italianos, cuando en 1894 pretendieron la invasión de Etiopía, que aún se llamaba Abisinia. Allí les esperaba en pie de guerra otro León de Judá, antepasado de Selassie: su emperador Menelik II. Tras unificar el país, fundando su capital en Addis Abeba, hacia 1886, Menelik II repelió a los italianos, acantonados en la frontera eritrea, apresurándose a declarar la independencia del país y ganando su reconocimiento internacional en 1906. Todo un logro en el mapa africano y decimonónico de la agresiva colonización europea.

A su odisea bélica siguió la paulatina apertura del nuevo estado, acogiendo consejeros, dignatarios y delegados de empresa extranjera en Addis Abeba. De ahí que la esposa de Menelik II, la emperatriz Taitu Betul, levantase en 1898 el hotel que aún lleva su nombre. Un hotel indicado para aventureros, dado su pedigrí, cuya apariencia de museo permite a los viajeros, hoy día, intercambiar informaciones, cartografías y anécdotas sobre las montañas tribales del país que aún permanecen lejanas.

El hotel Itegue Taitu prosiguió abierto a la muerte de la emperatriz, en 1918, dispuesto además a incorporar música en vivo frente a los comensales de su restaurante. No es de extrañar, por tanto, que allí se hospedase y tocara el mismísimo Duke Ellington, en los años sesenta, de gira por el país. La afición al jazz en Etiopía se había consolidado una década antes y ya contaba con pioneros de lo que luego se llamaría Ethio-jazz en el vibráfono de Mulatu Astatke, otro asiduo del Hotel Taitu. Llegaron los años noventa y entonces la discoteca Jazz Amba, vinculada al hotel, se convirtió en su templo magnético. Así campó por sus fueros el legado del Ras Tafari, hasta que en 1915 un incendio hizo desaparecer el local.

León de Judá y hotel abisinio

“Es como si viéramos arder nuestra propia casa”, cuentan algunos de los testigos del incendio, según el fotógrafo Esubalew Meaza, que también lo vio, como cliente del Taitu. Y es que semejante apéndice del hotel se había convertido en símbolo de la libertad, abanderado en las alas del jazz más libre, frente a la dictadura marxista que soportó el país. De ahí, además, que algunos de los músicos que en su escenario crecieron, exiliados cuando el toque de queda impidió sus sesiones de medianoche, volvieran luego al hotel como estrellas, con el espaldarazo internacional a su fusión del jazz con la música tradicional etíope. Hablamos de Mulatu Astatke, pero también de Mahmoud Ahmed y Getatchew, entre otros, que tocaban ethio-jazz desde los años cincuenta,  ganando predicamento cuando la música saheliana y del cuerno africano se puso de moda décadas más tarde. A Mulatu Astatke lo apadrinó inicialmente otro ilustre vecino del Taitu, Nerses Nalbandian, director musical del Teatro Nacional etíope por designio directo del Negus Haile Selassie. Y, en cuanto a perfiles artísticos entre los asiduos al hotel, también cotizçó la figura del director de orquesta armenio Kevork Nalbandian, sobrino de Nerses, la de la cantante Zeritu Kebede y la del guitarrista Girum Mezmur, gestor del lounge Jazz Amba.

También habían tenido dormitorio en el Taitu los reporteros de guerra que cubrieron la segunda invasión italiana de Etiopía, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos, el escritor Evelyn Waugh, como corresponsal del Daily Mail. Evelyn Waugh ya conoce la ciudad, pues anduvo en ella cinco años antes, durante la coronación imperial de Ras Tafari como su majestad Haile Selassie. Evelyn Waugh aguarda con paciencia allí un permiso que nunca llega para visitar el frente bélico de Dese. Y en el decurso de su espera toma notas para la novela Scoop, que cuenta a distancia el hostigamiento italiano al reino etíope en clave de invasión republicana e ismaelita. Las buganvillas trepaban por las balaustradas de los balcones del hotel, en tanto se oxidaba su tejado de hierro, ya por aquellos días. En el interior, “nostálgicamente años treinta”, según escribe Waugh en 1937, las sillas tenían amplio respaldo bajo altísimos techos y en torno a una regia escalinata de madera: “La vida aquí es inconcebible. Lo bastante para curar esa sensación inglesa de que el desorden tiene algo de atractivo y divertido“, apuntaba el novelista británico, atrapado en un hotel sin edad, en la ciudad vieja de Addis Abeba.

Sin edad porque la sensación que transmiten sus salones tiene algo de refrescante, en la actualidad, sin ir más lejos con la celebración ortodoxa del Buhe, cada 19 de agosto. Entonces el establecimiento cobra galas populares, pasando por alto que alguna vez dio cobijo a la realeza y a las élites sociales, incluidos en ella jefes tribales del país. El hotel mantiene su ubicación en el área de Piazza, donde las calzadas pertenecen al viandante más que a los vehículos y no hay banderas que ondeen, frente a la kalima, como la ropa que el vecindario tiende de lado a lado de la calle. Semejante visión se alcanza desde sus jardines, con rejas al exterior, a las que el huésped se asoma protegido en su “cárcel de oro”. Nada como ser “presidairo” del Taitu, con una buena cerveza etíope, bajo sus parterres. Que se lo pregunten a William Boot, el protagonista que Evelyn Waugh bautizó para su novela en el hotel Taitu, telón de fondo constante para ella.

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