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Libros sobre India




Lieve Joris

Lieve Joris sitúa en el continente africano siete de sus once libros publicados. La danza del leopardo (Altaïr, 2013) es el último de ellos traducido en España, donde, haciendo gala de ese “arte de narrar que, si no tienes, aprendes por fuerza en África”, relata un viaje al corrupto y tenebroso corazón del Congo.

8 de mayo de 2014

“Kapuściński era un viajero que, como yo, viajaba sobre sus propias alas.”

La Línea del Horizonte: Tu primer contacto con África fue a través de los relatos de tu tío-abuelo, que trabajaba en el Congo como misionero.

Tío-abuelo de Lieve Joris en el Congo.

Lieve Joris.

Lieve Joris: Sí, era un muy buen contador de historias; dominaba ese arte de narrar que, si no tienes, aprendes por fuerza en África. Él predicaba la palabra de la Iglesia, y cuando venía a Bélgica nos hablaba siempre de los niños africanos que no tenían zapatos y caminaban descalzados sobre la arena roja del Bajo Congo, que es donde se encontraba su misión. Nos enseñaba las canciones que cantaban bajo la puesta de un sol abrasador, y una vez me trajo una muñeca negra… ¡era la primera vez que veía una muñeca negra! También nos enviaba unas barajas de cartas donde estaban dibujadas todas las tribus del Congo, personas bailando con plumas en el pelo, pigmeos… Estuvo allí desde 1923 hasta 1969. Entonces era ya mayor y, aunque él no se quería ir, tuvo que abandonar la misión. En su provincia no hubo los problemas derivados de la independencia que el Congo obtuvo en 1960… Quizá por ello nunca me habló de las guerras.

LDH: ¿Cómo te imaginabas el Congo cuando eras pequeña?

L.J.: Bueno, una vez mi tío nos trajo una pintura de arte primitivo, quizá algo turística, pero tan bien hecha que la conservo todavía en mi casa, en Ámsterdam. Es un pequeño cuadro donde vemos una aldea muy tranquila, con personas trabajando en el campo y colores  mucho más brillantes que los que en Europa estábamos acostumbrados… Luego, cuando crecí y conocí la historia del Congo, el asesinato de Lumumba, la llegada al poder de Mobutu… cambió por completo la visión apacible que me había formado del país.

LDH: Visitaste por primera vez el Congo en 1985, ¿cómo fue ese viaje?

L.J.: Durante quince días estuve rodeada de otros belgas que vivían en la ex colonia y quisieron meterme miedo en el cuerpo cuando les dije que pretendía adentrarme en barco por el interior de la región. Pensaban que era muy naif, pero yo tenía la mirada abierta y curiosa de alguien que intenta borrar cualquier prejuicio cuando viaja. Primero recorrí la provincia donde mi tío-abuelo había vivido; luego quise salir de ese mundo de misioneros y conocer a esos niños congoleños de los que tanto me había hablado mi tío-abuelo, ver cómo habían crecido, qué pensaban de nosotros, los europeos, y si creían posible, veinticinco años después de la independencia, desarrollar una mirada en común más allá de lo que nuestros ancestros hubieran hecho.

LDH: ¿Y es posible esto?

Lieve Joris con refugiados hutu entre Bokote y Mbandaka, Congo.

Lieve Joris.

L.J.: Yo soy de la generación poscolonial, la que creció en los años sesenta; queríamos ir más allá de todo lo que culturalmente nos separa, descubrir otras religiones y otros pueblos. Me acuerdo que, cuando llegué a la capital, Kinshasa, los blancos con los que había viajado me decían que no fuera a la ciudad, que era peligroso, que allí vivían los negros y me iban a robar. Pero enseguida fui en busca de alguien que me pudiera acompañar a los barrios negros para impregnarme, no del país de mi tío, sino de un país moderno. Encontré un muy buen guía que tenía una moto pintada por artistas congoleños, y cada tarde se reunía con ellos en la ciudad. Gracias a él hice amigos de verdad.

LDH: ¿Cuál es la relación que el Congo mantiene hoy con su antigua metrópoli?

L.J.: Bélgica ya no es la misma que era en la época colonial. Ahora no es más que una pequeña gota de agua en una Europa en crisis. Pero hay algunos congoleños que nos llaman todavía “les oncles”, noko. El tío en el mundo africano es una figura bastante particular: no es tu padre, pero tiene una responsabilidad y juega un papel importante en la familia. En este sentido, piensan que Bélgica siempre será responsable de su bienestar. Pero en los últimos años he conocido a bastantes congoleños en China que apuestan por un mundo moderno en el que ser independientes y elegir por sí mismos. Todo depende de si hablas con un intelectual o con un aldeano al que sólo le han llegado recuerdos e historias del pasado. En cualquier caso, la lucha que han llevado a cabo muchos países africanos para alcanzar una independencia real no se gana en sesenta años. Quedan todavía muchos vestigios coloniales, y el hecho de que una región como el Congo tenga un subsuelo tan rico hace que nadie le deje tranquilo, no sólo los belgas, sino también franceses, americanos, chinos…

LDH: En parte es su riqueza lo que provoca guerras y coloca al Congo en la lista de destinos más peligrosos para periodistas.

L.J.: Pero debo decir que la primera vez que viajé al Congo, aunque era un país, por supuesto, con problemas, no había guerras. Por otra parte, yo soy bastante invisible cuando escribo libros, no estoy en el frente como un periodista. Aparte de que viajo con una gran lentitud, me dejo llevar, sin prisa. No tiene nada que ver con los reporteros que cubren guerras y tienen que entregar historias a un periódico.

Lieve Joris en Kisangani.

Lieve Joris.

LDH: ¿No te has sentido nunca en peligro?

L.J.: Bueno, en La danza del leopardo cuento que una vez tuve un accidente de avión… y los aviones son de las cosas más peligrosas que hay en el Congo, porque, como alguien dijo una vez, ¡son piezas de recambio que viajan en formación! Como no cuento con demasiado presupuesto, hago casi autoestop con los aviones; viajo en porteadores sobrecargados, con pilotos que no están siempre sobrios, normalmente ucranianos y rusos que se sienten solos y por las noches empinan el codo. En alguna ocasión también me han metido en prisión; pero, por suerte, trato de construir una red de personas a mi alrededor que me ayudan a viajar y me protegen. La primera vez que me encarcelaron, fue la embajada belga quien me sacó de entre rejas, pero la segunda fueron mis amigos congoleños, y me siento muy orgullosa de ello.

Lieve Joris con el pintor Cheru Cherin en Kinshasa.

Lieve Joris.

LDH: ¿Es más o menos arriesgado moverse por África para una mujer blanca?

L.J.: Para mí ser una mujer ha sido una ventaja en el Congo. Siempre se cree que una mujer es más débil y hay que protegerla, y también que es menos dañina. Si hubiera sido un hombre, estoy segura de que a menudo me hubieran tomado por un espía. Yo aprovecho al máximo esta circunstancia, pero también es cierto que intento evitar las líneas de fuego y he tenido la suerte de no encontrarme nunca en el lugar y el momento incorrecto. Otras mujeres no son tan afortunadas.

LDH: De hecho, según Naciones Unidas, quince mil de ellas son violadas cada año en el Congo…

L.J.: Ocurre sobre todo en las provincias del este, donde innombrables milicias han hecho de la violación un arma de guerra. Es una situación muy dura, pero luego están las mujeres de la capital que viajan de Kinshasa a Kisangani en barco para comerciar, y que recientemente también me he encontrado en China, pues se están lanzando a hacer negocios fuera de sus fronteras: Dubái, Bangkok, Beijing, Shanghái, Tokio… No hablan otra lengua que la del comercio, francés y quizá cuatro palabras de inglés; y se ocupan de su hogar con un sentido realmente admirable de la responsabilidad.

Lieve Joris en ruta hacia Boende.

Lieve Joris.

LDH: Y, ¿qué opina de las ONG, Madame MSF?

L.J.: Así es como me llamaban muchas veces: Madame Médicos Sin Fronteras… Antes, una mujer blanca solo podía ser una monja, una religiosa; ahora las ONG han reemplazado al sistema colonial, implantándose en todas partes, de forma que, cuando la gente ve a un blanco en el interior del país, piensa que se trata de un trabajador de alguna ONG.

LDH: Hay centenares de ellas en el Congo… ¿Sirve de algo su labor?

L.J.: Yo soy cada vez más crítica con esta cuestión. Nos creemos el policía del mundo y nos desplazamos por todas partes para enseñarle al otro cómo tiene que actuar y comportarse. Pensamos que los ciudadanos de esos países no se saben ocupar de ellos mismos, y esto es en parte porque estos organismos nos muestran fotografías con niños malnutridos y personas en situaciones deplorables. También muchos africanos son críticos con su trabajo; tienen la idea de que son gente que van a África porque en su país están en el paro, y no comprenden, por ejemplo, que un organismo como MSF envíe personal no médico al lugar. Sería mucho más honesto aportar conocimiento y trabajar con el capital local, estableciendo una relación económica en que ambas partes ganaran. Pero las ONG son una industria que vende ilusión; van para ayudar, generan dependencia y se van. Si en vez de ir escoltados en 4×4 cogieran una bicicleta y hablaran como yo con la gente de la ciudad, repararían en que son menos miserables de lo que creen… Hay un documental muy interesante al respecto, Enjoy Poverty, realizado por el holandés Renzo Martens. No digo que no debamos estar allí y dejar a estos países en el estado actual, pero los lazos paternalistas que a menudo establecen estas instituciones no deja de ser otra forma de colonización. La mano que da está siempre por encima de la mano que toma, y esta es una relación que a mí no me gusta nada.

Lieve Joris en una toleka, Kisangani, Congo.

Lieve Joris.

LDH: ¿Qué es lo que tiene África para que, a pesar de sus tinieblas, tantos viajeros se sientan atraídos por ella?

L.J.: Calidad humana. Una calidad humana que se pierde en Occidente. A veces, en el interior del Congo no tienes más que un té para beber y una hoguera alrededor de la cual sentarte a reír y escuchar historias. Kapuściński me enseñó que el 95% del mundo no vive como uno, y yo no puedo estar mucho tiempo en Holanda o Bélgica sin acercarme a gente con modos de vida diferente pero con nuestros mismos deseos de felicidad.

LDH: ¿Qué es lo que más admirabas de Ryszard Kapuściński?

L.J.: Kapuściński era un viajero que, como yo, viajaba sobre sus propias alas. En África se sentía como en casa: Polonia también había sufrido episodios muy duros a lo largo de la historia, con invasiones, cambios de fronteras… y no dejaba de ver su país reflejado en el interior de África. Pero lo que más admiro de él es que, aunque era muy ambicioso y estaba muy orgulloso de ser traducido a varios idiomas, fue siempre muy sencillo y modesto. “África te enseña que no eres nadie”, decía. O “no rechaces nunca la comida que te ofrezca un hombre pobre, porque seguramente sea lo único que tenga”. Además, era muy educado y civilizado, y creo que eso es lo que le convirtió en un gran escritor. Al contrario que otros periodistas franceses o americanos, él no tenía un presupuesto; siempre tenía que apañárselas para viajar en el coche de alguien, vivía un poco como un pobre, en apartamentos que, cuando se descuidaba, le desvalijaban. Sabía que no era en los grandes hoteles de la capital donde se desgranaba la realidad, sino por la noche, escuchando a la gente alrededor de una fogata.

LDH: ¿Sabes si viajaba con tanto equipaje como tú?

L.J.: Él fue corresponsal en África para una agencia polaca durante mucho tiempo, vivía allí, así que imagino que tendría todavía un equipaje más grande que el mío. Aunque es verdad que yo tengo tendencia a viajar como un caracol, con mi casa a cuestas. Estoy tan a menudo fuera que trato de recrear allá donde voy una pequeña parte de mi hogar. Cuando viajo al Congo, por ejemplo, me gusta llevar cosas que allá la gente no tenga, como té o café del bueno, camisetas para regalar… pequeños detalles que te hacen la vida más agradable.

Lieve Joris en ruta hacia Uvira, Congo.

Lieve Joris.

LDH: ¿Qué es lo que nunca falta en tu maleta?

L.J.: ¡Un jaboncito perfumado! Me lo llevo a todas partes, pero no lo uso; es solo para perfumar la ropa. Luego, cuando llego a algún sitio, lo saco de la maleta para que perfume la habitación. Supongo que es una forma de sentirme un poco como en casa, porque allí siempre tengo cosas que huelen bien.

LDH: Ahora entendemos mejor lo mal que lo pasaste cuando, en La danza del leopardo, relatas la pérdida de tu equipaje…

L.J.: Comparado con lo que la gente ha perdido en el Congo, perder unas maletas es irrisorio. Si ellos han sido totalmente desplumados, mi maleta no es más que una pluma. El esfuerzo que hice por recuperar mis enseres fue de locos, porque para ello tuve que entrar en zona de guerra. Pero aquel hecho me ayudó a ser consciente, una vez más, de que era una privilegiada, porque me bastó con llamar a Ámsterdam para que mi pareja me enviara otra maleta con las cosas que me faltaban. Las víctimas de los pillajes, en cambio, no tienen a nadie. Te das cuenta de que es cierto lo que dicen los congoleños: “Puedes sentirte cerca nuestro, pero tú tienes tu billete de vuelta.”

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