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Llegué al Hotel Stanley, supongo…

El Sarova Stanley fue el primer hotel de lujo de Nairobi, cuando la capital keniata apenas llevaba tres años existiendo como estación ferroviaria. Ya entonces la visitaban turistas de safari por la sabana. Entre sus más ilustres huéspedes: Aldous Huxley o Ernest Hemingway.

10 de febrero de 2014

Las instantáneas de tono cinemascope que el Sarova Stanley exhibe en sus corredores no dejan lugar a dudas, más allá de camas king size adoseladas, relojería eduardina y biombos. El pasado del gran cinco estrellas kenyata conoce alas de ensoñación en los ojos de quienes contemplan a sus lores británicos jugando al criquet  en la explanada a la que daba sombra su fachada victoriana de 1902.

Cae la tarde sobre el actual paseo de palmeras que da la bienvenida a su edificio fundacional, tras el que se levantaron hasta ocho plantas de habitaciones. Los reflectores ayudan a que todos sus contornos ganen dorado, estatura de áurea añoranza… Apenas Nairobi llevaba, por entonces, tres años existiendo como estación ferroviaria de enlace para la salida de Kampala al Océano Indico. Pronto, sin embargo, se convirtió en joya de la corona colonialista para su Graciosa Majestad, por cuanto desde allí comenzaron a gestionarse las tierras altas del África Oriental Británica: su salida portuaria por Mombasa, previa batida de elefantes y tráfico de marfil, en lo que actualmente atiende por reserva natural Masai Mara.

Bar del Hotel Sarova Stanley, Nairobi, Kenia.

Hotel Sarova Stanley.

Sigue siendo Nairobi el centro de operaciones para todos aquellos que pretendan el safari de las grandes sabanas. Y, además, tras épocas recientes, en las que parecía al alcance de cualquier bolsillo, vuelve el safari a ser prurito de adinerados. Ya no depende de los cónsules que el Reino Unido enviaba a ultramar, a menudo gentlemen sin opciones de ascenso rápido en la estamental sociedad british. Depende, eso sí, de touroperadores que reivindican su sabor aventurero de antaño, con servicio de Moe Chandon a pie de baobab.

Puede muy bien pasar desapercibida la mole de cemento con la que el Hotel Sarova Stanley reina, a día de hoy, en el abigarrado centro de Nairobi. Desapercibida para quienes buscan vestigios de arquitectura colonial inglesa, en las desordenadas megalópolis del África ecuatorial, desabridas y mal urbanizadas ellas, a la hora de convertir la choza rural en chabola. Pero si se espía desde las vistas aéreas de pisos superiores, en el Stanley, surgen a la vista cúpulas insospechadas y tejados a dos aguas de pizarra, como si los ojos se nos fueran desde allí muchos años atrás…, como si se descolgaran cuadros por principal paisaje de ventana en el hotel que vio imaginar un mundo feliz al ensayista Aldoux Huxley, uno de los prominentes intelectuales que allí se dio a la producción literaria.

Ernest Hemingway, por su parte, persiguió imaginariamente leopardos hasta el Monte Klimanjaro, con el tam tam de sus dedos sobre la máquina de escribir, que las paredes del hotel oyeron.  Allí constan, además, las fotografías del novelista de acción, con varios colmillos de elefante a sus pies, acreditando puntería en la caza mayor. No en vano, el Parque Nacional de Nairobi queda únicamente a 12 kilómetros, antaño coto para cazadores tramontanos. A un cinco estrellas como el Stanley no podían sino corresponder clientes adscritos a la captura de los llamados “cinco grandes” cuadrúpedos. Las nieves del Klimanjaro, sin embargo, todo hay que decirlo, fue un relato redactado por Hemingway cuando la disentería le retuvo postrado en el hotel entre los años 1933 y 1934.

Ernest Hemingway de safari por África 1953-1954.

Siempre hay una historia que contar relativa a Hemingway, cuando de nombrar huéspedes de gran hotel se trata. Señal del concepto de hogar itinerante y levantisco que le acompañó a lo largo de su vida. Ocurre lo mismo con Graham Green y Marcel Proust. De ambos se predican, así mismo, anécdotas de suite en los cuatro puntos cardinales. Ahora bien, al inspeccionar el Libro de Oro que atesora el Sarova Stanley, llaman sobre todo la atención nombres del Hollywood star-system, años cincuenta. Frente al decorado de cartón piedra con que películas como Las Minas del Rey Salomón nos daban detalle de las sabanas, en 1950, Ava Gadner y Clark Gable se decidieron a protagonizar tres años después Mogambo, con  suite allí mismo, sobre su reluciente suelo ajedrezado, la sabana real al alcance. Y, tras ellos,  llegaron Stewart Granger, Gregory Peck y el cotizadísimo Frank Sinatra, a la postre casado con  Ava Gadner. Todos ellos decididos a confraternizar por su propio pie con jirafas y leones, los estándares del lujo “sí, bwana” bien abotonados en nuestro hotel. Nada como el champán frío junto a su famoso árbol de los deseo, el Thorn Tree, a la vuelta del tórrido safari conducido por ojeadores de la tribu masai.

Aparte de jefes de estado y diplomáticos, amigos todos ellos de cerrar tratos preparando cacerías desde el Hotel Stanley, a él acudieron bajo sombrero Salakoff estrellas posteriores de la gran pantalla, como Michael Caine, Sidney Potiers, Barbara Streissand e Isabela Rossellini. Había que estar en el sabor de la aventura que incluso había conocido “La Voz”…Así que, por supuesto, tampoco Sean Connery faltó a la “moda safari” desde el Stanley, entre James y James Bond.

El empresario Richard Branson, el Nobel de la Paz Wangari Mathaai y el director de cine indio Shyam Benegal se suman, así mismo, a los ilustres visitantes que el Stanley acogió, no lejos tampoco de donde se mantiene intacta la mansión que la escritora Karen Blixen se hizo levantar en Kenya, abierta hoy al público a modo de museo. La película Memorias de Africa rememora su peripecia sentimental. Asumió en su reparto Robert Redford el papel de guapo con destino fatal, el mismo que se le presumía al explorador y misionero David Livingstone, antes de que el periodista  Henry Morton Stanley le hallara al norte del Lago Tanganica, tras dos años de búsqueda. Sólo un galés con la flema de Stanley podía pronunciar al reconocerle, en 1871, la célebre frase “Doctor Livingstone, supongo…” Idéntica frase a la que puede acogerse el viajero contemporáneo que redescubra el carisma de nuestro Hotel, entre  bambalinas de cemento y neón:

“Llegué al Hotel Stanley, supongo…”

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  • 20 de febrero de 2014 a las 22:17

    Enhorabuena por el artículo!!! Siempre encantado de oir hablar de esa antigua África que cautiva.

    Por El hombre que viaja