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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

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Histórico noticias



Lóbrego envuelta la tierra… Una ruta por el centro de Italia

Italia es toda ella un sordo fragor de catacumbas habitadas. Desde Orvieto hasta Bagnoregio, Caprarola, Bracciano y L’Aquila, Daniel Muñoz de Julián las recorre por el interior de Italia, en una ruta cultural donde el espíritu de la Historia nos acompañan.

5 de mayo de 2014

“D. Orsini” figura en el cartel del buzón interior de este portal de Orvieto. Eso quiere decir que en el primer piso de este palacio adosado vive una Orsini, y no cualquiera. No importa que hayan pasado quinientos años: estoy convencido de que esa “D” es la de Diana Orsini, la abuela del duque Pier Francesco. A un tramo de escalera, detrás de esa puerta negra, vive aún, estoy seguro, esa anciana cruel con “ciglia inarcate et labra strette”.

Quien con no vaya por este lugar con cejas altivas y labios apretados no podrá admirar las siete maravillas del mundo.

Así es como debe ingresar el visitante en el Sacro Bosco de Bomarzo; así lo indica explícitamente la inscripción de la primera de las esfinges de la entrada. A Bomarzo, que su dueño diseñó “Sol per sfogare il core” cerca de un antiguo templo a Diana, he llegado al principio de la tarde tras curvas y curvas; he seguido la ruta alquímica que el Duque concibió para sí, descendiendo a los infiernos junto al río para ser despedazado, encontrarme recompuesto y ascender luego por las escaleras hacia el templo de la sabiduría, sin dejar de apreciar el significado de cada una de las estatuas del recorrido. Mientras la penumbra conquistaba los espacios, los gigantes, la ballena, el dragón y las arpías, la casa inclinada, la gran boca del orco en cuyo interior espera una mesa de piedra, me recuerdan a la vez cada pasaje de la novela. Idiota pomposo y mitómano, pienso que la novela es sólo mía aunque medio mundo la haya leído. Yo, y nadie más, creo saber realmente quién es ése de cara cuarteada que monta el elefante. Sé lo que fue de él, sé a quién aplasta con el animal. Me indignan los escolares que visitan el parque sin apreciar nada, los señores que van tragando un bizcocho. Y el Duque, que aún lo observa todo desde la última ventana del palacio, allá arriba en el pueblo sobre el jardín, debe de reírse mucho de mis melindres. Aun así, si he hecho todo bien, se supone que soy otro muy diferente al que entró.

Sacro Bosco de Bomarzo, Orsini.

Daniel Muñoz de Julián/ MUSIca ALcheMica.

En Orvieto no llamo finalmente a la puerta; no me atrevo a jugar con inmortalidades. Me encamino a la catedral, que es un coqueto relicario toscano de franjas marmóreas verdes, y me parece imposible que los frescos del juicio final de Signorelli sean del año que indica en la cartela; los demonios que fulminan desde lo alto son propios de la ciencia ficción. Los colores deliran en el manierismo más descoyuntado. Signorelli está ahí, embutido de negro en una esquina. Su mirada me vuelve pudoroso, y de sus espantosos diablos brota enseguida el deseo de ser bueno, muy bueno, y nunca ver una cara como ésa, ni una espalda verde y escamosa, ni ser una de esas anatomías que se retuercen en una pavorosa confusión de cuerpos condenados.

No hay forma de no sentirse observado por la antigüedad en esta región: cuando las tumbas etruscas o los espectadores del anfiteatro de Sutri no murmuran, lo hacen los invitados de las cenas del Palacio Farnese, o un cabalista masculla para sí bajando las escaleras cargado de libros y tubos de pergamino. En realidad, la propia Orvieto es toda ella un sordo fragor de catacumbas habitadas. La ciudad sobre el gran promontorio se asienta encima de un termitero de túneles que se entrecruzan en la sorda oscuridad en todas direcciones. Parece que va a ser imposible dormir tranquilo y, sin embargo, lo hago.

No demasiado lejos de allí, según se suceden viñas en colinas y pequeñas aldeas, sin que estuviera previsto el desvío, el pequeño Fiat llega a Bagnoregio. Llama enseguida la atención un indicador que señala “La civita che muore”. Está así escrito, no invento nada. “La civita che muore” siguen rezando los carteles que al final invitan a salir del pueblo. No queda más que concluir que la indicación señala a un pretil. Sea lo que sea, “la civita che muore” tiene que estar ahí. Y ahí está. Uno lo ve y necesita aún que alguien contraste que también lo está viendo, tan increíble es. A lo lejos, como si una mano descomunal hubiera rebañado un círculo de tierra a su alrededor, se alza una ciudad sobre la cima de una roca. Una ciudad sin sentido, a la que, en efecto, sólo salva de morir un pequeño camino, que no da la impresión de que en otro tiempo fuera diferente. Puede bajarse en coche hasta el comienzo de un puente tan horrible y criminal en su modernidad como indispensable. El empinadísimo y ventoso ascenso hacia el pequeño burgo, máxima expresión de que en Italia “Non c’e un paesino che non sia bello”, permite que uno pueda tocar el punto por el que inmediatamente pasarán sus pies. Arriba espera un ovillo de gatos, dos restaurantes y patios de enredaderas minuciosamente trenzadas. El nombre de la ciudad se revela, sin embargo, insulsamente teatral cuando uno ve carteles en coreano, y coreanos delante de los carteles. Una vez más, me creía en posesión de un secreto que no lo era.

La civita che muore, Bagnoregio.

Daniel Muñoz de Julián/ MUSIca ALcheMica.

Suspendido en el aire de Caprarola hay un nosequé indefinible. El pueblo en sí es un lugar sobre el que, con frialdad, se puede tomar la decisión de que guste o no, porque el ánimo camina al filo sobre la calle larga y angosta que desemboca en el colosal palacio pentagonal de Vignola. Esa recta dicta unas leyes geométricas inexorables, y aprisiona el ánimo entre coordenadas cartesianas: se puede ir hacia arriba o hacia abajo, pero no más que eso. Todo tiene el color de los posos del café y de las cortezas, nada que ver con los carnavales de color de los interiores del palacio. De nuevo, como en todas partes, escolares con su profesor, y es que ¿alguien en su sano juicio impartiría en Italia Historia del Arte dentro de un aula?

La sala de mapas con los continentes de contornos aún titubeantes, los retratos de Vespucio, el inmenso zodiaco del techo, que es un trampantojo real del cielo, y luego la sala de los sueños llevan al jardín, donde nos recibe un hombre con aire atareado, sobrepasado por su tarea de cerrar cancelas, que no confía en que vayamos a saber salir de allí sin ayuda antes de la hora de clausura. Lo recorremos, nos adentramos, llegamos a la escalera de grutescos, flanqueada de Neptunos, con deidades encolumnadas que conspiran entre sí bajo los pinos, y al salir el hombre ya espera en la verja, contrariado porque no hayamos confirmado su pronóstico.

Sobre el pueblo de Bracciano, el sol al ponerse quiere hacer coincidir sus rayos con las almenas del castillo Orsini como ruedecillas de reloj. Está jugando con las formas de allá abajo, serio como un niño y pícaro como un anciano, porque es ambas cosas. Como la cercana Anguillara, Bracciano se asienta sólo donde el lago le ha dado permiso. En él se me hace de noche. Son “las noches de la antigüedad”, diferentes a las nuestras: en este lago escenario de batallas, la noche es una negrura que pide antorchas e invita a montar guardia. Estamos de nuevo en territorios del Ducado de Bomarzo, y a los vasallos se les puede llamar a cualquier hora.

De nuevo, en la Villa Adriana, al subir una escalera que comunica las cocinas con el gran pórtico al aire libre donde se celebraban las cenas, la sombra de un camarero imperial se mofa de los invitados mientras me adelanta a toda prisa. Todos los ladrillos se fueron yendo uno a uno a alguna parte, y los muros son un sinfín de órbitas oculares vacías, pero no cuesta revestir mentalmente de granito blanco este antiquísimo Versalles. El complejo es inmenso, y lo conforman los huesos de las bibliotecas, los templos, las miles de estancias, gimnasio y caballerizas que tienen como marco, allá en lo alto, la nueva Tívoli de bloques desarrollistas.

Villa Adriana, Tívoli.

Daniel Muñoz de Julián/ MUSIca ALcheMica.

¿De verdad los hombres son siempre los mismos? ¿Quién hizo esto puede ahora haber hecho aquello del horizonte? Si el espíritu humano siempre ha sido el mismo, ¿qué pasó, en qué momento pasó, para que esos pisos de ahí arriba sean no ya hermosos, sino simplemente aceptables para un hombre? Marguerite Yourcenar me responde entre las páginas de Memorias de Adriano:

“Si acaso llegara un tiempo en que las imágenes y las estatuas que hoy admiramos se destruyeran, o en que nos sucediera un género humano que ya no comprendiese más las obras de nuestros artistas y pensadores, o aun una época geológica en que todo lo vivo cesase sobre la Tierra, el valor de todo eso bello y perfecto estaría determinado únicamente por su significación para nuestra vida sensitiva; no hace falta que la sobreviva, y es, por tanto, independiente de la duración absoluta”.

Es domingo de Ramos en L’Aquila y la ciudad desea con conmovedor empeño reunir algo de bullicio en su ajada plaza central. Hoy hace exactamente cinco años del terremoto y nada ha variado, porque el Estado asistencial, el Gobierno Italiano, sencillamente, no ha comparecido por allí. Todo podría haber ocurrido hace tres semanas y el panorama sería el mismo: el centro histórico en estertores, se sostiene apuntalado. Es una ciudad abrochada, custodiada por decenas de perros abandonados. Perros grandes y leales, no hace mucho perros domésticos.

Hay concierto esta tarde en el novísimo auditorio regalado a la ciudad por Renzo Piano, que contrasta patéticamente con el ladrillo desmigajado de las fachadas de su alrededor. No lejos, el silencioso fuerte español, que apenas sufrió años, no entiende nada.

L'Aquila, Italia.

Daniel Muñoz de Julián/ MUSIca ALcheMica.

La Cruz Roja vigila las salidas de la sala como algo normal, y ya están los músicos en el escenario cuando entra un último espectador. Es un anciano que vivió la guerra, es el que se casó con Marzia, y tras años de trabajo en esto y aquello, quiso el destino que viera su ciudad destruida en cosa de minutos. Como gran parte de los habitantes, vive en lo que antes eran las afueras, con sus hijos. Ni siquiera él tiene mucha idea de lo que pinta aquí. Quiere, supone, recuperar su ciudad, su centro, la vida de paseo y café, al coste de ir a un concierto que ni le va ni le viene. Y sabe que ya no tiene tiempo, que Marzia ya no está, que él al menos ya no verá funcionar el reloj del ayuntamiento, así que mientras el clave y el violín abordan Scarlatti, se pregunta cómo una región en la que nada muere del todo, él, precisamente, ha tenido que presenciar la excepción de los siglos.

A dos butacas de él, el Duque aplaude cansado. El concierto ha terminado y, al salir a la noche, los perros le siguen, y ahí se pierde.

Mañana habrá viento y lluvia desde los Apeninos en todo el Lazio y la región de Umbria. Las bocas abiertas de los condenados de la fachada de Orvieto se llenarán de agua, mientras el viento agita las barbas del sátiro de Adriano y en Caprarola todas las puertas de la calle principal permanecerán cerradas. La letanía de las campanas que D. Orsini escucha de fondo desde su casa de Orvieto anuncia la Semana Santa. Sólo ella, tras esa puerta, recuerda cuántos años hace que todo sigue igual.

Daniel Muñoz de Julián

Daniel Muñoz Julián es, a su pesar, Administrador Civil del Estado y Asesor en la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales, esto último menos a su pesar. Es licenciado en Derecho. Es también licenciado en Ciencias Políticas, y en la actualidad prepara su Doctorado en Historia del Arte sobre el mercado del arte veneciano entre los siglos XVI y XVIII, que constituye su principal foco de interés. Asimismo, Daniel dedica la otra mitad de su tiempo a la escritura y a la musicología, redactando programas de mano para el Auditorio Nacional y colaborando como crítico en diversos medios especializados, como la revista Ritmo.

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