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Lodge de raj en el polvorín

El Gandamak Lodge ha sido punto de encuentro para españolas en Afganistán, que no han dejado de reunirse allí a cara descubierta, hubiera o no toque de queda con el burka. Hablamos de mujeres como la periodista Mónica Bernabé, que durante años fue nuestra única reportera fija en Kabul.

27 de julio de 2020

Y pensar que el mismísimo Osama Bin Laden frecuentaba allí a una de sus esposas… Lo sabía bien el cámara de la BBC Peter Jouvenal, que a finales del pasado siglo, en 1997, acompañó a Peter Arnett en un bis a bis con el líder de Al Qaeda y luego montó el Gandamak Lodge, el gran refugio de la prensa durante los días talibán de Kabul. “Bendito el que viene en nombre de Alá… Osama Bin Laaaaden”, reza la versión coránica y apócrifa del “Santo, santo” que cantan los católicos en el ofertorio de sus misas.

Pese a no ser un lugar de piedra centenaria, el lodge de Jouvenal figura a la cabeza de las míticas casas de hospedaje que Afganistán inscribió en la Historia. Cuántas crónicas sobre el anacronismo de una guerra asimétrica entre afganos y estadounidenses no se habrán despachado desde sus habitaciones, sin ahorrar detalles sobre el kalashnikov muyahidin y sus turbantes intemporales. La colección de bayonetas, trabucos de borda y sables, arcabuces, mosquetes y rifles Lee Enfield que Peter Jouvenal atesora en su hostel así lo ratifica. Incluso armas de fuego decimonónicas, un jezzail casero de avancarga pastún y una ametralladora de los tiempos soviéticos en el país anclada a la pared.

Haciendo abstracción de sus puertas metálicas y mecanismos electrónicos de seguridad por control remoto, el Gandamak Lodge bien podría aparecer en la crónica de un viajero decimonónico por tierras afganas. Que se adjetive de lodge al Gandamak, a fin de cuentas, no hace sino subrayar la naturaleza urbana que sostuvo Kabul durante siglos, polvorienta y asilvestrada, tan ajena al salto mortal hacia el hormigón y los rascacielos con que quisieron dotarla los intereses occidentales. Incluso a la ocupación rusa que sufrió, dispuesta a modernizar la pugna entre los señores de la guerra afganos y los talibán.

Kabul, Afganistán.

A decir verdad, en nada se parece esta logia a los edificios modernos que entraron a empujones y por las armas en la historia de la hostelería, caso de los famosos Hotel Palestina o Al Rashid de Bagdad. Lejos de la hechura de hotel colmena exportado por las cadenas Sheraton, Marriot o Hilton a los puntos calientes del planeta, cuando los creían a salvo de polvo y paja, el Gandamak mantiene su prestancia victoriana. Incluso sus primeros planos en una parcela verde no sugieren para nada el polvorín en el que se asienta. Podría estar en la campiña inglesa o formar parte de una finca club no menos british para oficiales del imperio en ultramar. Sin embargo, para dar uso hostelero al edificio, Peter Jouvenal tuvo que lidiar con los alquileres pendientes de la cuarta esposa de Osama Bin Laden habìa dejado sin abonar cuando abandonó sus paredes. Queda claro, pues, que Bin Laden dejó de aparecer oficialmente por allí como polígamo una vez Peter Jouvenal tomó las riendas del lugar. Lo que no está claro es si volvió por las inmediaciones camuflado en funciones de guerrillero.

A war story se tituló la producción televisiva que reconstruye y recrea el encuentro para la CNN entre el pullitzer neozelandés Peter Arnett, el productor Peter Bergen y nuestro Peter, británico lo mismo que Bergen. Los actores John Laing, Tim Carlsen y Ben Van Lier los interpretaron respectivamente en el film, en tanto George Kanaan hacía las veces de Bin Laden, nada más declarar la guerra a los Estados Unidos y cinco años antes de que se atribuyese el atentado de las Torres Gemelas. Sin embargo, semejante entrevista no supuso la cima profesional para el cámara Peter Jouvenal, ex paracaidista y destacado en Afganistán desde 1980.

Peter Jouvenal se creyó un periodista de guerra completo, necesariamente inclinado hacia la paz y la extinción de su oficio, por tanto, cuando vio con perspectiva las sucesivas guerras que han asolado Kabul desde que fuera invadido por los soviéticos  Entonces estableció cierta suerte de inmunidad en su territorio hostelero, como si de una embajada neutral se tratase, cuando abrió el Lodge Gandamak en 2002, al año de establecerse el mando americano en Kabul. Y llamó a su lodge Gandamak en atención a la batalla en la que los ingleses salieron de Afganistán con el rabo entre las piernas. El mayor William Elphinstone comandaba una infantería de dieciséis mil quinientos soldados y a su salud están dedicados muchos de los detalles ornamentales que hacen del lugar un pequeño museo. William Elphinstone… Un inepto y pusilánime condecorado, a juicio de muchos, capaz de sobrevivir como personaje en no pocas novelas históricas del Reino Unido. Y todo ello en virtud que la relectura que de él hizo el personaje bravucón de Flashman, en la pluma del novelista George McDonald Fraser.

Nuestro maestro de reporteros, Manu Leguineche, conoció el lodge, tras alojarse dos meses en el Intercontinental con los soviéticos en Kabul y, oh sorpresa de sorpresas, justo cuando cierta cantante llamada Xanadú le proponía colgar la pluma para convertirse en crooner. También lo conocieron Alfonso Rojo y Julio Fuentes, antiguos corresponsales del diario El Mundo destacados en el avispero centroasiático. Y, desde luego, Gervasio Sánchez, David Jiménez, Jon Sistiaga y Fran Sevilla, el primer periodista español que entró en Kabul cuando se vio liberado de los  talibanes. Pero si el Gandamak se mantiene como lugar de referencia para nuestros compatriotas en Kabul viene a ser porque las mujeres españolas no han dejado nunca de reunirse para charlar allí, en su pub, a cara descubierta, hubiera o no toque de queda con el burka o el velo por delante. Hablamos de la periodista Mónica Bernabé, que durante años fue nuestra única reportera fija en Kabul. Lo contó en 2008 el diario Público, cuando se refirió también a Pilar Gimeno de la ONU y a la conservadora de museos Ana Rodríguez, en Kabul desde el 2001.

Kabul, Afganistán.

La periodista Mónica Bernabé en el documental 'Vestida de negre'.

Si todos ellos están de acuerdo en que la agreste naturaleza afgana impidió que ninguna potencia extranjera dominase su tierra, no resulta menos cierto que el lodge se mantuvo también inexpugnable entre murallas hasta las elecciones afganas del 2014, que trajeron el atentado talibán contra el hotel Serena y el cierre cautelar de los lugares frecuentados por extranjeros en Kabul. La policía lo exigió al entonces gerente del lodge, Nasrullah Nazari, que entre otros periodistas hubo de desalojar a René Montagne de la National Public Radio estadounidense.

La cara de Flashman figura impresa en las cartas del menú que el restaurante del Gandamak propone. Y con su burlón ceño fruncido, una invitación a reflexionar sobre cómo los bastardos intereses políticos suelen segar vidas y manipular en el campo de batalla a los mariscales. Es larga la lista de reporteros amigos de la casa que perdieron la paciencia, la esperanza o la vida en esta tierra de interminables conflictos. Lo sabe el periodista británico James Gordon Fergusson, que en su libro Taliban escribió refiriéndose al año 2008: “Mi hotel, el Gandamak, era el favorito de los reporteros compatriotas. Su bar también se veía frecuentado por la pequeña comunidad de diplomáticos, cooperantes humanitarios y mercenarios occidentales de Kabul”. Una comunidad aquella que gasta dinero a espuertas, pues no de otra forma lo gana trabajando para la ONU y distintos consulados, empresas de seguridad, bufetes internacionales y agencias de espionaje o contrainformación. Se trata de dinero muy combustible, en el país de las mechas siempre encendidas. Dinero que quema en las manos y no se invierte sino en buscarle la eternidad a una buena reunión de amigos, frente al francotirador o el ataque suicida menos pensado que acecha a la vuelta de la esquina. Carpe diem.

La activista humanitaria Ann Jones y el televisivo Morgan Spurlock saben de qué hablo, recibiendo como han recibido alguna vez de la embajada americana soplos advirtiéndoles sobre un ataque previsto en su “vecindario”, sinónimo de casas para huéspedes extranjeros como la que nos ocupa en Kabul. Por fortuna, nunca hasta la fecha fue atacado el Gandamak, camuflada su planta tras una enormes puertas de acero sin rótulo alguno, frente a la embajada iraní. Sus guardas te reciben metralleta en mano y te conducen por un patio hacia una cámara acorazada, tras la cual el detector de metales te acabará franqueando el paso a la finca de Jouvenal si no te han delatado armas de fuego encima, armas cortas, blancas o los explosivos de tu cinturón. Un petardo en el buzón de correos es lo más que podrías detonar allí, caso de llegar al Gandamak con intenciones yihadistas. Así que no es de extrañar que Peter Jouvenal levantase la voz cuando los funcionarios de la inteligencia afgana vinieron a vaciar de gente su casa por motivos de seguridad. “El gobierno de Kabul no proporciona seguridad a los extranjeros. No está interesado en ella. Para nada le preocupaba dónde iría nuestra clientela si les poníamos de patitas en la calle”, declaró airado el ex paracaidista en 2014, señalado además el gran cañón decimonónico que te da la bienvenida a su caserón, por si las moscas y mosquetones. Nadie ha dormido aún en sus camas con la ropa puesta y los zapatos de almohada, alerta por si a mitad de noche ha de salir corriendo frente a la escabechina.

Existe un gremio de restauradores que mueve su negocio de guerra en guerra, ocupándose de servir manjares a sus señores que ni el estraperlo consigue. Ayer los Balcanes y Timor Oriental, hoy lo mismo Afganistán que Irak, mañana Siria… Frentes a los que traer langostinos tigre, lomo de cerdo y vinos franceses desde Dubái, sin ir más lejos. O desde Australia, si hay problemas para que el cerdo en rodajas pase por un país musulmán. Semejante restaurador todopoderoso, desde luego, no falta en Kabul para atender las demandas de los empresarios de gaseoducto, traficantes de opio y altos comisionados de la ONU, acostumbrados a comer marisco en cualquier secarral. Señores de la guerra en Afganistán no solo eran y son los milicianos de la llamada Alianza Norte de muyahidines. Por lo demás, no faltaron nunca quitapenas espirituosos en el pub del Gandamak Lodge, impensables fuera de sus muros bajo la ley seca de Afganistán. Alcohol importado, a precio de oro, para distender el polvorín frente a las billeteras de una clientela boyante en materia de sueldos y dietas con plus de riesgo. Mañana puede ser tarde… Qué hacer, cómo disfrutar, si no, de los emolumentos altísimos que cobra en Kabul el funcionario extranjero por no tener miedo.

Se lleva mejor así, ni qué decir tiene, el confinamiento en el Gandamak Lodge cuando la ocasión lo requiere, con un Martini que llevarse al gaznate. Coches bombas a dos pasos, ajustes de cuentas, ejecuciones sumarias en plena calle… Los reporteros ya no están seguros ni empotrados en las columnas de uno de los bandos contendientes, tal como Juvenal hizo en los años ochenta, acompañando a las guerrillas de salafistas que plantaron cara hasta expulsar a los soviéticos de sus tierras.

Unos calzoncillos de gran tamaño constituyeron, según dicen, la última bandera blanca de aquellos mismos yihadistas cuando se vieron sometidos a los americanos bajo el apellido talibán. Los mismos americanos que décadas atrás les habían armado contra la ocupación soviética. Tales calzoncillos puestos a secar se descolgaron en el patio de lo que ahora es el Gandamak Lodge. ¿Los calzones de Osama Bin Laden o de su doble?

El jardín del Gandamak se presta como pocos en Kabul al relax, motivo por el cual lo solicitan para cenas y a menudo para reuniones, más o menos formales, muchos altos cargos extranjeros de las finanzas, el business o el estamento militar. Vienen escoltados por matones y seguridad privada de chaleco antibalas, fusiles M4 cruzados al pecho, gafas oscuras y pinganillo al oído. Camino del lodge han detenido el tráfico para cruzar las calles a su conveniencia y han peinado la zona de sospechosos. Una vez dentro del lodge, pese al relax que respiran, no bajan mucho la guardia, en un ejercicio de profesionalidad. Si son musulmanes y por lo tanto abstemios, a menudo tendrán que custodiar de vuelta la medio melopea de su protegido, al que la mesa de Peter Jouvenal habrá dejado el estómago satisfecho y bien regado. Incluso si solo han preferido apretarse pastel de carne o riñones en el pub Hare & Hounds y machacarse, eso sí, un poco el hígado, con bourbon o whisky tras whisky de malta. Lástima que a sus amigos locales les prohíba la religión el alcohol, siquiera para alternar en esta cava de techo bajo, viga de madera, alfombra afgana y estufa incrustada en el hueco de una chimenea francesa.

Las habitaciones del lodge resultan cómodas y se ven decoradas por motivos coloniales, algunas de ellas con salida a un patio interior y arbolado donde comer en la estación cálida. En la entrada de la casa victoriana donde se distribuyen hay un monumento a Marla Ruzicka, pacifista asesinada en la segunda postguerra de la Guerra del Golfo. Una frase de Harry Flashman en su fachada, a modo de placa —“Kabul podría no ser Hyde Park, pero al menos era seguro por el momento”— sugiere que el huésped está en buenas manos. Y, aparte de los mapas decimonónicos de los corredores en el lodge, los manteles de su comedor abundan en grabados de victorias bélicas inglesas, lo que parece predestinado a insuflar moral de los brigadiers y periodistas con cuenta de gastos en el lodge y confianza en su generador eléctrico a la hora de los cortes de suministro e Internet en la ciudad.

El ambiente raj británico que Jouvenal ha creado no le impide criticar abiertamente el papel jugado por los Estados Unidos y la OTAN en Afganistán. ¿De qué lado está Peter Jouvenal? Del lado del curso de la Historia y lo que debemos aprender de ella, considerando que se repite una y otra vez.

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