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    Los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa tuvieron en común con Alejandro Magno el propósito y la codicia de extender su poder más allá de sus propios límites. Así es como llegaron a ocupar un área comprendida entre las actuales España e India. Estos territorios fueron el escenario de luchas incesantes, conquistas y saqueos de toda índole, pero también de un intenso comercio de materias primas, metales preciosos y objetos de deseo como los que se muestran hasta el 12 ...[Leer más]

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  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

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    Las comunidades nómadas kazajas del norte de Sinkiang migran anualmente hasta mil kilómetros de distancia, constituyendo uno de los movimientos estacionales más largos de Asia Central. Realizan dos viajes al año: pasan los meses de frío en un lugar fijo, resguardado del viento o en la orilla de un río, y en primavera parten hacia los pastos de verano, en el macizo Altái, en lugares más elevados y frescos. Al llegar el otoño, vuelven a sus asentamientos de invierno. Desplazamientos ...[Leer más]

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

Histórico noticias



Londres eres una joya

Virginia Woolf conocía muy bien Londres. Una ciudad caótica, vertiginosa y contradictoria, escenario de la mayor parte de sus novelas y de los textos que ahora recopila La Línea del Horizonte Ediciones en ‘Paseos por Londres’. Laura Freixas prologa este libro ilustrado con fotografías de época.

1 de diciembre de 2014

Londres, eres una joya entre las joyas… Música, conversación, amistad, vistas de la ciudad, libros, edición, algo central e inexplicable: todo eso, ahora, está a mi alcance”, escribía Virginia Woolf en su diario el 9 de enero de 1924. Y es que acababa de pasar siete años, junto con su marido, Leonard Woolf, en un barrio suburbano, Richmond, y el año que empezaba iba a ser el de su regreso al centro de la ciudad. Virginia y Leonard acababan de alquilar un piso en el número 52 de Tavistock Square, en el corazón del barrio que tanto amaban y que dio su nombre al grupo de escritores y artistas al que pertenecían, Bloomsbury.

Virginia Woolf conocía bien la ciudad, escenario de la mayor parte de sus novelas (El cuarto de Jacob, La senora Dalloway, Las olas, Los años). Había nacido en ella, en 1882, y pasado su infancia en la casa familiar junto a Hyde Park. A la muerte de su padre, en 1904 (su madre había muerto en 1895), sus hermanos y ella tomaron una decisión insólita: vivirían los cuatro juntos en un piso alquilado en Gordon Square, en un barrio entonces nada elegante, Bloomsbury. ¿Por qué Bloomsbury? Porque era céntrico y barato, y estaba cerca del Museo Británico y de su impresionante biblioteca. Los Stephen eran una familia de intelectuales y artistas, y la vocación literaria de Virginia estaba tan clara como la de pintora de su hermana Vanessa Bell. Más adelante, tras su boda en 1912, los Woolf vivieron en la City, entre 1917 y 1924, en Richmond (allí se convirtieron en editores, fundando The Hogarth Press), y finalmente volvieron, como se ha dicho, a Bloomsbury.

Los textos incluidos en Paseos por Londres (La Línea del Horizonte Ediciones) son seis artículos que Woolf escribió para una revista femenina, Good Housekeeping, en 1931, más tres relatos (Kew Gardens, La duquesa y el joyero y Señora Dalloway) y un texto maravilloso, Street Haunting, excelente muestra (figura en innumerables antologías) de ese género que en inglés se llama essay y que no tiene fácil traducción: a medio camino entre lo general y lo particular, entre el reportaje y la autobiografía, es un texto breve que no constituye propiamente un relato, ni un artículo de opinión, ni un ensayo. Dejemos el nombre en inglés y no en español porque apenas hay nada parecido en el ámbito hispano. Pero, aunque pertenezcan a géneros literarios distintos, en todos estos textos refleja Woolf una misma visión de Londres: una ciudad caótica, contradictoria, vertiginosa, en plena transformación, y que su variedad y vitalidad convierten en fascinante. Una ciudad cuyo encanto “radicaba en que siempre ofrecía algo nuevo que mirar y comentar (Retrato de una londinense).

Paseos por Londres, Virginia Woolf.Situémonos en el primer tercio del siglo XX. Son los años en que se generalizan el automóvil, la electricidad, el agua corriente, la radio, el gramófono, el metro, las fábricas, los grandes almacenes… Es la era de lo fragmentario y movedizo: Woolf compara Londres con un puzle, exalta su perpetua “carrera y desorden” (Marea de Oxford Street). Máquinas, velocidad, movimiento: es la era del futurismo, el cubismo, las vanguardias, el cine. Es también la era de los imperios coloniales; de la Revolución Rusa, de la Gran Guerra; del sufragismo, victorioso por fin en 1928 en el Reino Unido. En Londres, los símbolos del pasado, noble, sólido, intemporal, se yuxtaponen con los del presente vulgar, pasajero: “Sus catedrales como vigías, sus chimeneas y agujas, sus grúas y gasómetros”, anota Woolf; ya no es, o no sólo, una ciudad de palacios, estatuas de mármol, cenotafios de poetas, sino de “zapatos, pieles, bolsos, estufas, aceites, pudin de arroz, velas”. Bucólicas iglesuelas rodeadas de apacibles cementerios alternan con fábricas de jabón o de papel pintado, y los grandes hombres de siglos pretéritos —aristócratas, estadistas, escritores— dejan paso a “un millón de Mr. Smiths y Miss Browns” que se afanan por las calles camino a la oficina, a la fábrica, o de compras. Y de todo ello emergen nuevas y extrañas formas de belleza, que explorarán los artistas de la época, dando el rango de arte a esos despojos o trastos que los surrealistas llamaron objets trouvés, “objetos encontrados”. Ya no es, como en el pasado, un Londres “que no ha sido construido para durar”, sino “para caducar” (Marea de Oxford Street).

Y a Virginia Woolf ese Londres le gusta. Le gusta su vitalidad: es un lugar donde “la gente se encuentra y habla, ríe, se casa, muere, pinta, escribe, actúa, gobierna, legisla” (Retrato de una londinense). Le gusta que sea el centro del mundo: “Es difícil hallar una nave que, en su día, no haya echado el ancla en el puerto de Londres” procedente de la India, Rusia, Australia, Suramérica, trayendo colmillos de mamut siberiano, tortugas galápago, sacos de canela de los que surge de pronto una serpiente… Y llegan, también, británicos que vuelven de las colonias, y cuentan sus “aventuras entre tigres y salvajes” (Los muelles de Londres).

Le gusta, sobre todo, la variedad. Variedad de barrios: observa los matices estéticos y sociales que diferencian Piccadilly Circus de Savile Row, Whitechapel de Mayfair, Bond Street de Oxford Street, Hampstead de Cheyne Row, y narra el ascenso social de un personaje a través de sus mudanzas (La duquesa y el joyero). Variedad de objetos: acordeones, libros de segunda mano, broches, anillos, estatuas de mármol, tulipanes, pelucas, cigarrillos envueltos en papel plateado, “sofás que se apoyan en los cuellos dorados de unos orgullosos cisnes”, “alfombras que se han hecho tan finas con el tiempo que sus claveles prácticamente han desaparecido en un mar verde pálido” (Ruta callejera)… Variedad de personas: dos hombres barbudos y ciegos; una ladrona; una enana probándose zapatos; vendedores de tortugas, de mangos de paraguas, de estampas de mártires; una pareja que se casa… Londres representa la libertad, por lo menos mental: nos permite hacernos la ilusión de no estar amarrados “a una única mente” (Ruta callejera).

Nunca, quizá, como en el primer tercio del siglo XX, fue tan acusada la diferencia entre la gran ciudad y las zonas menos urbanas. Éstas, Woolf las conocía por sus veranos de infancia, con su familia, en la costa (evocada en varias de sus novelas, sobre todo en Al faro, aunque ésta se sitúa supuestamente en Escocia mientras que en realidad los Stephen veraneaban en St. Ives, en Cornualles), y también porque frecuentaba el campo: a partir de 1919, ella y Leonard tuvieron casa en el condado de Sussex, a un centenar de kilómetros de la capital. Justamente, la presencia de la naturaleza en la ciudad es uno de los rasgos más personales de la visión que Virginia Woolf tiene de Londres. El asfalto no le impide percibir la aparición, cuando llega la primavera, de tulipanes, violetas, narcisos, u observar las palomas, o escuchar “leves crujidos y susurros de hojas y ramitas” (Ruta callejera); la llegada del calor le hace anhelar “sombra y soledad” y “dulces fragancias procedentes de los campos de heno” (Ruta callejera). Y además de la observación, también los símiles y metáforas le permiten introducir, en su descripción de los paisajes urbanos, el recuerdo de la naturaleza, a menudo con un toque de humor, como cuando compara la búsqueda de un lápiz con la caza de un zorro, los libros de la biblioteca pública con animales domesticados (al contrario de las “aves de plumas abigarradas” que pueblan las librerías de viejo), los barcos amarrados al muelle con criaturas aladas atadas a la tierra por una pata, o las estatuas de los grandes hombres con leones marinos.

¿Y qué conclusión, qué síntesis, extraer de todo ello? Ninguna. “Es inútil llegar a algún tipo de conclusión en lo tocante a Oxford Street”: así termina el texto que dedica a esa calle. Lo que nos recuerda una frase clave de Al faro: “Nada es una sola cosa”. Es el principio, o uno de ellos, que preside su literatura: todo fluye, todo cambia, se mueve. Las generaciones se suceden y se tapan unas a otras como olas, los personajes son distintos según quién les mire y diferentes también para sí mismos en distintos momentos; la vida es un río que la artista captura y congela en la única eternidad posible, la del arte. Pero ni siquiera el arte aprehende nada de una vez por todas, porque la realidad no está hecha solo de granito, sino también de arco iris… Es así como Londres, reflejado en estos textos hermosos, poéticos, humorísticos y reflexivos como todos los suyos, termina encarnando la visión que Virginia Woolf tenía del mundo y de la vida.

 

Laura Freixas

Escritora, ensayista y columnista, desde hace años trabaja en la figura de Virginia Woolf, sobre la que ha escrito artículos, dictado conferencias y cursos, y traducido algunos de sus diarios.

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