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Histórico noticias



Los chamanes de Tuvá

Un mágico encuentro con los chamanes de Tuvá, república al sur de Siberia donde oímos las llamas de una enorme hoguera silbar, cascabeles sobre la nieve crepitar y el canto difónico de un hechicero que con la música convoca a los espíritus y subyuga a los vivos. Viajamos hasta Kyzyl, su capital, para dejarnos encantar.

4 de noviembre de 2013

51º 43’ 03.64” N-94º 27’ 25.92’’ E

Parecía una buena idea pasar la mañana visitando a un viejo chamán. Nevaba sobre el hielo de la noche anterior y aquel hotel junto al Río Yenisey permanecía aletargado, sin viento. Caían los gordos copos algodonosos en las calles vacías. Una docena de transeúntes corría hacia la puerta oxidada y abierta de un edificio de cemento gris. Grietas en la fachada, tuberías cubiertas de jirones de ropa vieja, telas congeladas y ventanas cubiertas de vaho. El camino a la magia, a la parte oscura de la vida de cada uno, el trazado de nuestros pasos sobre la nieve no podía ser más prosaico. Y por eso inquietante.

La asociación de chamanes de Tuvá era el rescoldo de un antiguo poder que dirigía las vidas de los nómadas de las estepas heladas. En las habitaciones sórdidas aún olía a tierra de la tundra, a sangre de animal y pieles curtidas sobre la grasa del hombre que nos señalaba las sillas en medio de la estancia vacía. Yo había soñado con chamanes tanto tiempo, con sus vidas en los huecos de las rocas y sus cantos oscuros invocando desde las entrañas a los dueños de la vida. Fuego, agua, sol, piedra, tormenta. Labios agrietados y mal aliento tan cerca de mis ojos. Buscaba algo mientras yo permanecía en silencio, sentado en la vieja silla de hierro. Y giró, todo cambió de rumbo en apenas un instante.

Chamanes tuva, hacia 1900.

Vueltas y vueltas alrededor de mi figura, cada vez más rápido, y ese aullido constante que comenzaba en algún lugar de sus vísceras y se enrollaba en las figuras polvorientas sobre la mesa del rincón. Mis ojos ya no veían las paredes verde sucio ni los dibujos del suelo, ni siquiera veía la figura encorvada que saltaba dentro de las pieles que le cubrían. El canto difónico surgía como un camino de baldosas amarillas delante de mí. La senda de los espacios más remotos de nuestra especie, de la guarida del animal que somos cada uno, y las noches de viento y desgarrar el hígado de la presa recién derribada. No había ningún arcoíris al final del camino sino un espacio lóbrego en comunión con los dioses de la tierra, ensartado en lo salvaje y triste, en la naturaleza más esencial.

Aquel hombre abría y cerraba lugares donde yo no quería estar, ni siquiera mirar dentro de cada puerta. Estaba al otro lado del umbral, mirando a un tipo como yo sentado en una silla en una habitación vacía. Y a nuestro alrededor, la estepa abierta, el suelo helado y el olor del rebaño de renos, unos perros negros ladrando.

La mano del chamán empujó suavemente mi cuello hacia un lado. Las llamas de una hoguera enorme silbaban en el centro de aquel grupo. Hombres y mujeres sentados con los ojos sobre mí y el sonido del canto ronquido, de la ballena madre en el vientre del océano. Comencé a cantar. La voz desprendía aroma a almizcle. El sonido de los cascabeles al despertar sobre la nieve en la calle de aquella ciudad soviética.

Varios individuos miraban el cuadro desde la puerta del consultorio. Junto a mis pies, la ceniza de una pequeña hoguera y uno de los muñecos negros de trapo que había visto dentro de la habitación. Me levanté con calma, sacudí la nieve del abrigo y eché a caminar hacia el hotel.

chamanismo, siberia, tuva

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