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Thika, memorias de una infancia africana

Elspeth Huxley forma parte de la tradición de escritores africanos blancos que, junto a Isak Dinesen, Nadine Gordimer o Doris Lessing, han dado testimonio del África colonial. En ‘Los flamboyanes de Thika’, la autora describe la Kenia de antes de la Primera Guerra Mundial.

11 de diciembre de 2013

Elspeth Huxley (1907-1997) perteneció por matrimonio a esa gran familia de pensadores, científicos y escritores entre la que destacan Julian y Aldous. Y a esa especial raza británica que colonizó África con tesón, trabajo y, en definitiva, cierta humildad. No era de los grandes colonos ni de los que se escudaban en la fuerza militar. Es más bien una pionera, casi misionera, que describe la Kenia de antes de la Primera Guerra Mundial.

Ediciones del Viento acaba de publicar, por primera vez en España, Los flamboyanes de Thika. Memorias de una infancia africana (The flame trees of Thika), algo que era necesario, pues el libro original lo escribe la autora en 1959, en la granja donde vivía en Inglaterra. Es uno de los libros fundamentales para comprender el continente.

Elspeth evoca aquellos primeros años, inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, en los que, con sus padres Robin (en realidad el Mayor Joceline Grant of Njoro) y Tilly, se instalan en Thika, entonces lejanísimo lugar, aunque no esté hoy a más de tres horas de Nairobi.

Dos mujeres kĩkũyũ en 1911, moliendo grano con técnicas tradicionales.

H. Binks, B. E. A.

Va describiendo con detalle, ayuna de falsos tipismos y de folklorismos, lo que va viendo. La personalidad de los kikuyus, de los masai, de los kavirondos o los dorobos, tribus todas rivales y muy distintas. Describe también muchos de los demás colonos, de varias nacionalidades, con personajes singulares como el holandés Roos (un boer), la escocesa señora Nimmo o Hereward, o las costumbres y creencias ancestrales de los indígenas, su forma de trabajar, cazar o relacionarse. Personajes como Ahmed el Somalí, Njombo o Sammy quedarán en la memoria del lector.

Su obra es un documento muy importante para comprender lo que significaba la colonización, sin las anteojeras políticamente correctas hoy al uso. Los matices, la idiosincrasia de indígenas y europeos, sus formas de entenderse y colaborar ofrecen un panorama mucho más rico. Además, todo es de primera mano, explicando muchos aspectos de las tribus que ya son probablemente reliquias del pasado. Como señala Huxley, era un país en el que no había huellas, la naturaleza parecía recién creada, había árboles sagrados, los animales salvajes parecían tener hasta alma, como la hiena o el leopardo, y el Monte Kenya todavía mostraba crestas nevadas y abrigaba glaciares.

Hay descripciones de caza, de safaris locales y hasta detalles curiosos como saber que las plumas de avestruz dejaron de ser apreciadas con la expansión de los automóviles, que no permitían llevar esos sombreros femeninos adornados de plumajes en los faeton y torpedos descapotables. Un especial efecto ecológico del motor de explosión. O el transporte de un piano al lugar perdido donde vivían o la apertura de la primera línea férrea, “la serpiente que trajo el hombre blanco desde el mar”, que los masai y kikuyu respetarán.

La relación con los indígenas era bastante aceptable: los pioneros eran en general respetuosos con sus tradiciones y formas de vida e intentaron introducir ciertos hábitos de higiene y salud, ayudando también, con los médicos y clínicas, cuando había heridos o enfermos. La descripción de la autora no es edulcorada, pero tampoco condescendiente; no hay superioridad ni desprecio.

El libro acaba cuando las familias de estos pioneros –incorporados al ejército británico–deben reagruparse y salir del país debido a la inminente guerra, pues el África alemana será pronto escenario de batallas a veces muy duras, como la de Tabora, la principal ciudad del Congo alemán, o propiamente África Oriental Alemana, que fue tomada en 1916 por las tropas coloniales belgas del coronel Tombeur tras largos combates. Su nombre alemán era Weidmannsheil. Hoy es una ciudad mediana de Tanzania, la antigua Tanganika alemana.

Elspeth Huxley, que es dickensiana en su redacción, ha de incluirse en la tradición de esos grandes escritores africanos blancos que dieron testimonio de África, como Isak Dinesen (Karen Blixen), Laurens van der Post, Nadine Gordimer o la recientemente desaparecida Doris Lessing.

Escribe de forma muy plástica, casi fotográfica, sin adornos ni lirismos innecesarios. Su forma de relatar es precursora, con gran mérito, de lo que luego muchos antropólogos nos contarán, a menudo con detalle pero de forma más árida. Y el lector, que busca esa Africa desaparecida, se convence de que la realidad supera la ficción.

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