Azímut

13 de diciembre de 2018
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Los Jardines de Peshawar

Íbamos por la carretera de Karakórum, rumbo al Khyber Pass, siguiendo el rastro del Imperio Persa y de Alejandro Magno hasta las cimas de Afganistán, cuando llegué a Peshawar. No había sino que refugiarse en el bazar para que el olor a especias te transportara a los tiempos de la Ruta de la Seda.

26 de diciembre de 2017

Cuatro años hace que lo demolieron y todavía me duele en prenda. Me duelen sus columnas ya inexistentes. Su hall para el recuerdo. Sus cabeceros de cama… La diosa fortuna quiso que lo conociese antes de su defunción, en la comitiva de la ONU que visitaba Peshawar. Parada y fonda en el Dean`s Hotel. Íbamos por la carretera de Karakórum, rumbo al Khyber Pass, siguiendo el rastro del Imperio Persa y de Alejandro Magno hasta las cimas de Afganistán. Peshawar, ciudad de aduanas y rescates… Un área, la suya, sometida a la ley de la tribu nómada, desde que en el siglo II de nuestra era fue fundada por Kaniska, líder del imperio kushán. Hay, sin embargo, quien dota ya de dos mil quinientos años sus primeros asentamientos sin urbanizar.

La mezquita de Mahabat Khan señalando el timing de la ciudad, todavía adscrita a la prédica eterna del santuario budista, a los baluartes dejados por los mongoles, a la construcción civil británica y a los vestigios sijs. Todo un acto de fe cara a la convivencia de contrarios, capaces de arreglar cuentas en el zoco de Quissa Kahvani. En los días de mi visita a Peshawar volvía a sorprender más su encrucijada cultural que el hervidero de sus intrigas, apenas destapada todavía su Caja de Pandora y los truenos talibán. En el año 92 había terminado la guerra de liberación nacional frente a los soviéticos, aligerando de contrabandistas, espías, refugiados y ONGs la zona. La medina de Peshawar ya no vestía las trazas bajo sospecha de Casablanca, puerto de las confabulaciones en la Segunda Guerra Mundial, al que su sigilo se había llegado a comparar.

Así las cosas, Peshawar despertaba sobre todo interés antropológico. Es cierto que irritaba el humo denso de sus autobuses festoneados, como en temporada permanente de feria. Velocípedos, motos con sidecar, carros de tiro humano. Los burros de carga cruzando a rebato cualquier calzada de autos. Pero aún la fiebre iconoclasta de los talibán no había despejado el terreno de arboledas y barrios de casa bajos a favor de la especulación urbanística.

Viaje a Peshawar, Pakistán.

Los arquetipos del exotismo puro y duro no servían para explicar, a primera vista, en Peshawar, tantos aires cosmopolitas de provincia, digámoslo así. La Ruta de la Seda había reunido allí, centurias atrás, a mercaderes y predicadores centroasiáticos, del Asia Menor, Próximo Oriente e incluso Indostán. No en vano, el locativo Peshawar proviene del sánscrito y significa “ciudad de los varones”. Además, al comercio itinerante de la Silk Road se había sumado, para volverlo todo más volátil, la tradición nómada y trashumante del señorío pastún. Saliendo de Peshawar todos son desfiladeros. Hablamos, pues, de una geografía humana que pasó siglos salpicando la ciudad de caravanserais como principal lujo de hotel. De caravanserais y, en consecuencia, de relatos fabulosos en boca de mercader, llegado allende toda frontera. Todo era posible y creíble en Peshawar…

Por fortuna, los traficantes de armas aún extendían sus tenderetes fuera de la ciudad, donde veinticuatro horas al día se orquestaban tertulias a la puerta de cafetines y pequeños hostales. Y, por lo demás, el Khyber Bazaar dominaba la vida mercantil de piel vieja en Peshawar, lo mismo que cien años atrás, con retaguardia en el comercio minorista y ambulante de la Shinwari Plaza, allí donde brujulear entre antiguedades, bordados y joyería afgana. Ahora bien, puestos a entenderse en lenguaje militar, los servicios secretos de la política pakistaní y americana ya se intuían en la ciudad, sin dar dirección postal fija.

Algo sabía yo sobre el linaje pastún de Peshawar, para entender tamaño caldo de cultivo. No lo bastante, en todo caso, como para adivinar su futuro tan imperfecto como incierto, bajo la égida del muyaidin, siempre ataviado su target de turbante verde, bombachos y cartuchos a la bandolera. Tampoco lo podía haber adivinado Winston Churchill, cliente del Dean`s hotel en 1935, cuando apenas era soldado y aspiraba a periodista, camino de las alturas en el Paso Malakand. Las crónicas de George J. Hill lo nombran en tratos con la inteligencia americana y en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Una misión, la de Churcill en la frontera afgana, documentada gráficamente por las fotos de Albert W. Zimmermann, otra cara conocida en el Dean`s Hotel.

Honorable huésped del lugar, en 1929, había sido el monarca afgano Nadir Shah, en vísperas de volver al trono desde su exilio como ministro de la guerra, general en mando y posterior embajador de Afganistán en Francia. Su reinado fue breve, sin embargo, en comparación con la soberanía ejercida por el Dean`s hotel sobre la élite hostelera del norte paquistaní, por entonces aún India británica. Porque la década de los años treinta daría también habitación en el Dean`s al Major Sir Benjamin Gonville Bromhead, nieto del héroe militar británico que libró las guerras zulús en Suráfrica. Y mesa reservada en su restaurante para la cena, junto a su mujer Lady Nancy y el agente secreto Enders, antes del suma y sigue de personalidades que lo frecuentaron.

El Dean`s Hotel se erigió en 1913, bautizado con el nombre del oficial australiano que alquiló inicialmente su solar de 7,21 acres. Pronto lo miró de reojo el primero de los empresarios Oberoi, que posteriormente harían fortuna hostelera en todo el subcontinente hindú. No obstante, escapó a gestión especuladora, llamado como estaba el Dean`s a ver pasar el tiempo muy lentamente, entre sus jardines de inspiración victoriana, frente al vergel que dejaría de ser Peshawar en breve. La mal llamada Casablanca del Medio Oriente venía de ser, antes que otra cosa, jardín arbolado: toda una réplica del paraíso islámico en la tierra. Por eso no se entendió luego que fueran los propios muyaidines quienes talaran sus árboles, al servicio de distintas industrias madereras, hasta volverlo secarral. Pase que algunos de los santuarios budistas que atesoraba Peshawar cedieran a la piqueta, a cuenta del celo musulmán contra el infiel. Pase como imperdonable pecado cultural; pero atentar contra la figuración y conquista del propio imaginario religioso, en la difícil geografía del norte de Pakistán, fue un acto suicida de verdadero hombre-bomba y yo no supe apreciarlo en su medida cuando visité Peshawar, a medio desertizar, sin conciencia exacta sobre el oasis de oasis que había llegado a ser.

Viaje a Peshawar, Pakistán.

El hotel de mis penas ganó su buen nombre con habitaciones inicialmente de uso individual. Pasaron años hasta que alcanzó la sesentena de habitaciones dobles que ofrecer. A pesar de ello, enseguida, también predicamento. En Bombay se promocionaban sus bombillas y ventiladores, dentro de los acantonamientos británicos. Y, más adelante, también entre los marines norteamericanos. El oficial Dennis Smith, ya retirado, lamenta: “Pertenecí a la Fuerza Aérea destacada en Pakistán, entre los años 1967 y 1968. En el Dean`s descansábamos, de paso por Peshawar. Era un lugar tan encantador y pacífico… Es difícil entender para mí por qué lo quieren demoler”. La estadía en sus dependencias del historiador Arnold Toynbee y la del Baba-e-Qaum, padre político de Pakistán, lo dieron a conocer por otra parte en ambientes académicos. Y, décadas más tarde, cuando la yihad afgana cobró cuerpo contra los soviéticos, su ubicación frente a la carretera de Islamia le granjeó, como principal clientela, corresponsales de periódico occidental.

El historiador Carlo Cristofori se alojó en el Dean`s Hotel a mitad de los años noventa y escribe apesadumbrado sobre el amplísimo baño que sus suites poseían, a más de gran salón con chimenea y porche. Cuando al cabo de dos décadas se las prometía felices regresando a él para redondear su tesis sobre las contiendas afgano-rusas, constató que su antiguo asentamiento lo ocupaba una desangelada plaza. Menuda Magdalena de Proust… Así que comenzó a rememorar, por escrito, cómo los sobrios principios éticos y estéticos de pastunes y británicos, a priori tan ajenos entre sí,  habían cristalizado y dado carácter al alzado del hotel. “Por fin dos grandes pueblos se han mirado a los ojos”, había dejado dicho el Baba-e-Qaum, por toda frase triunfalista, cuando le arrancó la independencia de Pakistán a su Graciosa Majestad. Y prueba de que los pastunes iranios no tenían previsto borrar de su mapa los signos del invasor europeo, al menos en principio, fue la supervivencia arquitectónica tanto del Peshawar Club como del Dean`s Hotel. De hecho, en 1979, allí se celebró en secreto la reunión de jefes tribales afganos; gentes de la confederación Karlani, afridis en su mayoría, dispuestos a liberar Kabul de rusos, gracias al control sobre el tráfico de armas y munición que tenían en la zona. No por nada en el lugar habían pernoctado el rey Nadir Shah y sus hermanos, a punto de rescatar el trono afgano. Por tanto, el Dean`s Hotel parecía repartir bendiciones, sortilegios y buenos augurios de campaña militar.

El teniente coronel Roos-Keppel, héroe de la tercera guerra anglo-afgana, se cuenta entre las primeras celebridades marciales que alojó el Dean`s Hotel, antes de 1920. Luego llegaría a su puerta el escritor Sir Olaf Caroe, antes gobernador de la India británica, Olaf Caroe elaboró allí las más preclaras teorías estratégicas y conspiratorias sobre el alto Oriente Medio, esas que atrajeron el interés de Washington en la tarta que se repartía en la zona. Pero hablando de escritores, entre la clientela del hotel, la mayor expectación en su hall sin duda fue levantada por Rudyard Kipling, el cantor del Imperio Británico por antonomasia. Todos conocían su relato de 1890, El hombre que pudo reinar, sobre las andanzas del americano Josiah Harlam codiciando el trono de Afganistán.

En el incendio de 1820 provocado por los sijs en Peshawar, habían sucumbido muchos miradores y mamposterías de madera pastún, pero no el grueso de su arquitectura. Y tampoco los edificios de piedra construidos por la ocupación británica. Cuando yo llegué a Peshawar no había sino que refugiarse en el bazar para que el olor a especias te siguiera transportando en el tiempo. Un aroma denso, hedonista, a prueba de bombas futuras… Todo ello horas antes de la mesa puesta y compuesta para la cena en el Dean`s  Hotel. Frente a mí se sentó en aquella cena de gala una belleza, la alta comisionada rusa que acompañaba nuestra expedición. Irresistible su atractivo frente al modo en que los aromas del bazar habían despertado mi sensualidad. He de decir, sin embargo, que aquel atractivo, devenida en atracción creo que mutua, se resolvió a la postre elevando su listón hacia la buena e interminable conversación. Maneras de gentleman obligaban en el Dean`s Hotel. Pero, ante todo, su atmósfera me permitió comprobar que está en la cabeza nuestro más potente órgano erótico. El placer de la buena conversación rara vez necesita preservativos.

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