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Los peligros invisibles del Everest

La tarde del 10 de mayo de 1996, una violenta tormenta descargó toda su fuerza en la vertiente nepalí del Everest, dejando diez cadáveres a su paso. El montañero Jon Krakauer estaba allí, y escribió el libro ‘Mal de altura’ antes de que Baltasar Kormákur rodara su película.

30 de noviembre de 2015

Ya sabía, puesto que conocía de antemano el desenlace,  que entraba en el cine para asistir a una tragedia, para ver –desde una butaca–  como una sucesión fatal de acontecimientos y factores se encadenaba y ponía de acuerdo para que todo acabara mal. Muy mal.

A pesar de saberlo –de ir prevenido por tanto– un regusto amargo me acompañó durante toda la película. No podía evitarlo viendo a aquel puñado de héroes trágicos enfrentarse con un destino  que les llama para conducirles a la muerte; pero con la crueldad añadida de no permitirles ser parte de lo divino, sino sujetándoles para siempre a las pasiones y a todo lo que define a lo humano. Una condición ésta que, como bien se sabe, conjuga lo mejor con lo peor, lo grandioso con lo mezquino. A primera vista parece que  la película de Baltasar Kormákur trata sobre ellos, hombres y mujeres que corren tras sus sueños; pero inmediatamente se advierte que, tal vez, en este caso la expresión haya sido empleada con demasiada ligereza, sobre todo si tenemos en cuenta que hablamos de unos sueños  que son escurridizos y peligrosos y que, por si esto fuera poco, están a más de 8.000 metros de altura. En los 8.848 metros del Monte Everest, y que, además, todo este intenso drama sucede entre personas dispuestas a pagar –o a cobrar– grandes cantidades de dinero por hacerlos realidad.

Durante la tarde del 10 de mayo de 1996 una violenta tormenta –que se adelantó a todos los pronósticos– se cebó con la vertiente nepalí del Everest y puso cerco a la vida de cuantos descendían impidiendo que muchos de ellos pudieran alcanzar el refugio que les ofrecían sus tiendas de los campos de altura. Sin duda que tuvo que ser una lucha terrible –y desigual– en la que la tormenta descargó toda su fuerza dejando a su paso diez cadáveres. Y es por esto, por este final dramático, por lo que creo que el tema central de la película no es tanto la ascensión a una montaña como lo que sucede cuando se toman decisiones equivocadas o a destiempo. Y, en segundo término, como un argumento puede que secundario, la pregunta de si no se considera algo banal la importancia de un objetivo, de una meta, al creer que el dinero, en vez del esfuerzo, es suficiente para alcanzarla.

Este debate no es nuevo ni, desde luego, ha terminado, así como tampoco la polémica acerca de lo que sucedió y que es posible que la película reavive. Hay quienes dicen que la falta de coordinación en la colocación de las cuerdas fijas retrasó durante horas a los dos grupos más otro de Taiwán… O, que los clientes eran en su mayoría inexpertos en altura. Si bien otros responden que se palió esta realidad asignando a varios guías por grupo y un sherpa por cada cliente.

Everest. Película de Baltasar Kormákur.

Para situarse en toda esta polémica, nada mejor que leer Everest 96 (The climb en el original), en el que se puede conocer –tal como lo transcribió Gary Weston Dewalt– qué pensaba Anatoli Boukreev, destacado alpinista y guía de una de las dos expediciones comerciales, que, en los peores momentos, no quiso abandonar a nadie ni rendirse y consiguió salvar unas cuantas vidas. También se puede abordar la cuestión a través de lo que el periodista Jon Krakauer cuenta en Mal de altura (Into the thin air). Él, estaba allí como parte de una de las expediciones, era un montañero experimentado y su propósito era escribir un reportaje para la revista Outside acerca de la creciente comercialización del Everest. Krakauer también se vio involucrado en aquellos sucesos y en el libro acusa, creo que bastante injustamente, a Boukreev y se muestra muy crítico con la decisión de aquél de no utilizar oxígeno mientras guiaba a su grupo, atribuyendo a esto la lentitud a la que, en gran medida, se culpa del desastre.

Sea como sea, la película cuenta todo en un lenguaje verosímil y creíble, es seria en el relato y en los detalles e invita a nadar en aguas más profundas en las que flotan las preguntas acerca del drama. Además ayuda a comprender cómo se escala el Everest, qué es una expedición comercial y a separar conceptos que, a veces, se confunden fácilmente, como dificultad técnica y altura, dejando claro que todo puede llegar a ser complicado –incluso los movimientos más sencillos– en ese terreno en el que el aire se vuelve fino y el peligro invisible. Solamente las escenas de la arista cimera y del escalón Hillary me resultaron tal vez algo teatrales o como si estuvieran rodadas en interiores. No me atrevo a  juzgarlo porque no he estado allí… Sin embargo, sí que me gustó el caótico laberinto de grietas del glaciar Khumbu, las escaleras metálicas, las luces colándose entre el hielo…

Y para terminar, ya que he citado antes a la dificultad y al peligro, acabo de leer en una web de montaña que dos alpinistas ucranianos, Balabanov y Fromin, ascendieron el pasado 2 de noviembre el pilar nor-noroeste del Talung, una mole de 7.439 metros situada en algún lugar seguramente remoto de la frontera entre Nepal y Sikkim. Su ascensión –probablemente con pocos medios– contrasta con las expediciones comerciales en las que quienes pagan 65.000 dólares cuentan con todo un equipo de porteadores, sherpas y guías que equipan su camino, les suministran oxígeno y hacen cuanto está en sus manos para que sus clientes pisen la cumbre. Sin duda son dos cosas bien distintas y yo guardo un profundo respeto para quienes logran escalar –o intentan hacerlo– una montaña, sea de la forma que sea.

Tal vez este año, en el que el Everest y algunas de las montañas más altas del planeta se quedarán –por diferentes razones–  sin recibir a nadie en sus cimas y el vacío se adueñará de gran parte del skyline del Himalaya, sea un buen momento para pensar en todo esto.

cine de montaña, everest, peligros en la montaña

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