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Conocer Irán

Editorial: FORCOLA
Lugar: MADRID
Año: 0
Páginas: 160
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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A ver, qué tendrá Irán que tanto apasiona a Patricia Almarcegui, pero no lo vamos a descubrir nosotros, mejor será abrir las páginas de este pequeño gran libro y buscar la pista en los artículos y crónicas que contienen y que han sido publicados en diferentes medios a lo largo de estos últimos años. Como son varios podremos rastrear los cambios del país, vertiginosos a veces, lentos otras, con los que avanza por el siglo XXI. Irán siempre merece una lectura atenta.
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Los pinos de Hamamatsu

Los lugares famosos, en Japón, están impregnados de palabras. Alfredo Mateos Paramio inicia con esta visita a los pinares de Hamamatsu (en la prefectura de Shizuoka) un recorrido físico por esa geografía emocionante que subyace a la cultura de aquel país tan lejano y tan próximo.

26 de julio de 2018

¿Puede el sonido de cierto lugar quedar registrado en tres sílabas, hace más de quinientos años, y llegar hasta nosotros? ¿Puede existir alguna conexión entre ese susurro, captado por un viajero de paso, y una emoción particular que cruce los siglos? Estas preguntas, seguramente entre otras razones invisibles, me llevaron en peregrinación a los pinares de Hamamatsu, junto al océano Pacífico, en la prefectura de Shizuoka, por la antigua ruta que lleva de Tokio a Kioto bordeando la costa este de Japón.

Pero antes de narrar el viaje tengo que contar la historia que da cuerpo al sitio, porque solo así pueden visitarse los meisho de Japón: “lugares famosos” donde, como dice Basho en uno de sus diarios, aunque los montes se hundan y los ríos se desvíen, gracias a los poemas e historias allí localizados aún “puedes escuchar palpitar el corazón de los hombres antiguos”. Esta crónica está dedicado a esa especie de aliénés voyageurs descritos por el médico francés Philippe Tissié y a la que yo también pertenezco, gente devoradora de palabras que, como Basho o Alonso Quijano, siente de repente la necesidad de fugarse de la biblioteca y vivir lo leído en el mundo tangible.

 

La escena original

Entre los grabados de la edición Hōeidō de las 53 estaciones del Tokaido (“la Ruta del Mar del Este”), realizados por Ando Hiroshige entre 1833 y 1834, el correspondiente a la estación de Hamamatsu (Los pinos de la playa) ha sido siempre uno de mis preferidos. Representa a un conjunto heterogéneo de viajeros detenidos a descansar junto al tronco de un cedro inmenso y solitario, en medio de la campiña próxima al océano. Cuatro porteadores se calientan, comen y fuman junto a una hoguera, probablemente alimentada con restos de las ramas olorosas de aquel gigante vegetal. Aparte, a cierta distancia, permanece en pie un hombre cuya cara está oculta a medias por un amplio amigasa (編み笠, sombrero trenzado), común entonces entre los viajeros para ponerse a cubierto del sol o proteger su identidad. Junto a él, una mujer menuda con un pañuelo en la cabeza y un niño a la espalda se inclina caña en mano, sin que podamos decir si lo acompaña o simplemente se ha acercado al grupo. Sospechamos, por los estiramientos de uno de los porteadores que arrima su espalda al fuego, que han pasado allí esa noche de otoño —como parecen indicar los almiares de paja que salpican los campos—, y que dentro de un rato reemprenderán la marcha. La escena me recuerda un poema de Basho escrito tras una noche de encuentro entre peregrinos dispares en Ichiburi en el verano de 1689:

一家に
遊女もねたり
萩と月

hitotsu ya ni
yūjo monetari
hagi to tsuki

Bajo un solo techo
durmieron juntos las mujeres de juego,
el trébol y la luna.

En esta estampa de Hiroshige, además de imaginar la charla ruidosa de los porteadores e intrigarme el silencio del viajero, me admira cómo el grabador japonés contrapone la masa del tronco del cedro con la columna de humo que sube desde la fogata, figurada por la superficie vacía del papel. La pesanteur et la grâce —la pesadez y la gracia—, por recordar el título de Simone Weil.

Al fondo de la imagen, sugerida por el azul desvaído, se deshace la neblina sobre el mar cercano. El antiguo castillo de Tokugawa Ieyasu, el shogun unificador de Japón, se alza por encima de las techumbres de paja de las posadas de Hamamatsu, una de las principales paradas del Tokaido. ¿Querrían evitar los viajeros el bullicio de la población y ahorrarse la noche en un albergue? ¿O es que nuestro misterioso andarín de rostro en sombras prefería no arriesgarse a ser reconocido?

Hay otra narración oculta en esta estampa de la que tardé tiempo en percatarme. Se trata de un grupo de pinos retorcidos que se distinguen a cierta distancia, detrás del viajero puesto en pie, y entre los cuales Hiroshige inserta una señal de madera, como es frecuente en los meisho o lugares conocidos, con el fin de indicar que poseen una capa de sentido adicional. Si se quiere entender su significado para los japoneses de aquella época, es preciso acudir a las representaciones de esta estación de Hamamatsu en las demás ediciones de la serie del Tokaido posteriormente concebidas por Hiroshige.

En el llamado Gyōsho Tōkaidō, serie impresa entre 1841 y 1844, los protagonistas de la imagen de Hamamatsu son precisamente aquellos pinos que aparecían relegados en el paisaje de la estampa elaborada por Hiroshige diez años antes. Mientras pasa un campesino con su fardo al hombro, dos personajes permanecen quietos, contemplando las ramas zigzagueantes. En realidad, simplemente escuchan, como revela la anotación del título: 浜松 ざざんざの松. Hamamatsu – zazanza no matsu. Hamamatsu – los pinos dzadzandza (así suena aproximadamente en castellano). Esa misteriosa palabra, transcrita fonéticamente, alude al sonido del viento en las frondas de los pinos. En otros textos literarios, ese murmullo se transcribe de manera imperfecta como 「颯々」, sassatsu, con el ideograma repetido de 颯, satsu, “súbito”, compuesto por los radicales de “estar de pie” y “viento”. En series posteriores, Hiroshige seguirá colocando personajes atentos bajo los pinos anclados en la arena, próximos a las olas del océano (Tokaido Aritaya 1843-47, Tokaido Reisho 1847-52), llegando incluso a resituar aquella reunión junto a la hoguera del primer grabado de la serie a otra hora, de noche, y en medio del propio pinar murmurador (Tokaido Kichizō 1850-51).


No será hasta la edición del Tokaido vertical, de 1855, tres años antes de su muerte, cuando Hiroshige mostrará la escena del origen de la fábula, bajo el título de 名所ざざんざの松 , meisho zazanza no matsu, el lugar famoso de los pinos dzadzandza. La figura que aparece en su centro, rodeada de cortesanos, es el shogun Ashikaga Yoshinori, quien en 1432 se detuvo aquí camino de su viaje para contemplar el monte Fuji y —según una de las crónicas de la época— exclamó: はま松の音はざざんざ, hamamatsu no oto wa zazanza, “De hamamatsu (los pinos de la playa, y también el nombre de la localidad) el sonido es dzadzandza”. En el grabado, el shogun permanece de pie frente a un pino centenario castigado por las tormentas, mientras las olas rompen en primer plano, y lejos, arriba, una bandada de gansos salvajes se aleja sobre el horizonte.

Esta última estampa figuraba entre los grabados japoneses que Van Gogh había adquirido en 1888 en París al marchante de arte Siegfried Bing, y acaso la tuvo en cuenta mientras bosquejaba sus abundantes dibujos y pinturas de pinos alrededor del sanatorio de Saint Rémy, donde estuvo internado al año siguiente. En vez de copiar, Vincent trataba de pintar como él pensaba que hacían aquellos artistas del otro lado del mundo, trasladando a colores y líneas los paisajes emocionantes a su alrededor. En una carta desde Arlés, fechada el 14 de septiembre de 1888, le escribía a su hermana Willemien: “Me digo todo el rato que aquí estoy en Japón. Y que, por tanto, no tengo más que abrir los ojos y pintar enfrente mío aquello que me conmueve”. Tal vez aquel pino roto del grabado de Hiroshige le ayudase a ver y traducir, unos meses después en Saint Rémy, el pino de ramas desgajadas a la caída de la tarde colgado en las paredes del Kröller-Müller museum.

Un dibujo de Van Gogh de ese mismo año 1889, conservado en el Virginia Museum of Fine Arts, parece evocar, en cambio, aquel otro paisaje de Hamamatsu que realizó Hiroshige para la primera edición de 1834, dominado por el tronco del cedro. Pero en esta ocasión sin nadie, vacío de gente y mudo de historias.

 

En Hamamatsu

Entre junio y julio de 2017 recorrí varios de los lugares famosos del Tokaido con el fin de averiguar hasta qué punto podía yo también conmoverme en alguno de ellos con mis ojos y mis oídos. De ruta hacia Nagoya, decidí bajarme del tren en la estación de Hamamatsu. Allí buscaría los descendientes de aquellos pinos junto al mar, y comprobaría si su sonido se asemejaba al registro fonético que había llegado hasta nosotros.

No tenía muchas esperanzas. Hamamatsu fue una de las ciudades más castigadas por los bombardeos incendiarios de la aviación norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial. En los meses previos a la bomba de Hiroshima, perecieron allí entre cuatro y cinco mil personas y más del sesenta por ciento de la ciudad fue arrasada con napalm. En una de las fotografías de la destrucción, tomada probablemente tras uno de los ataques más devastadores de esos últimos meses de guerra, Hamamatsu parece una de las antiguas ciudades caravaneras engullidas por el viento y la arena del Sáhara.

Pero no es posible emocionarse con las imágenes. Los reflejos, como el escudo de Perseo, nos protegen del sufrimiento ajeno que no cabe en nuestros corazones. Tal vez por eso, también, me encontraba en Hamamatsu. Para escuchar, en aquellos pinos imaginarios, un eco de mi propia devastación interior. No sé si aquella era la razón última de mi presencia, pero el hecho es que ahí estaba yo, respondiendo con mi cuerpo aunque ignorara la pregunta, bajo el mismo sol de julio de aquellos ataques a plena luz —las islas principales de Japón apenas contaban entonces con defensas antiaéreas— que quemaron miles de cuerpos y de casas.

De aquella hecatombe no quedaba ya rastro alguno. Salvo en Hiroshima, a los japoneses no les gusta dejar visibles las huellas de su derrota. Y cuando uno quiere olvidar algo —recordemos en España lo que ha pasado con las fosas de los vencidos—, se termina por aniquilar toda memoria, casas de adobe de los padres, antigua pobreza y modos de vivir, cualquier lugar de ausencia colectiva. Incluidos, me temía, los pinos de las viejas historias. La especulación inmobiliaria es solo el síntoma y la excusa de un olvido más amplio y autodestructivo, como bien ha mostrado en su Japón perdido Alex Kerr.

Sin embargo, de algún modo confiaba en que se hubiera salvado parte del estuario del río Tenryu donde estaban localizados los pinares sonoros de Hiroshige. Quedaba lejos de la estación de tren, así que tomé un bus que, tras media hora de paradas numerosas, llegó a las cercanías del mar. Me bajé antes de mi destino, porque quería aproximarme caminando. Los reflejos metálicos de unas cuantas cometas danzando sobre los tejados me sirvieron de guía para sortear los almacenes industriales y llegar finalmente a una zona de dunas sembradas de matorrales ralos y carteles de advertencia en japonés, inglés y portugués. Recordé haber leído que en Hamamatsu se había establecido una gran colonia de descendientes de aquellos japoneses pobres que habían emigrado a Brasil a principios del siglo XX. Detrás se extendía una playa de arena gris, claramente artificial, protegida cada pocos metros por barreras geométricas de rocas. Había pocas personas en la orilla, a pesar de las fechas de verano y de la nostalgia de Sao Paulo que cabría suponer en algunos de sus habitantes. Eché a andar bajo del sol cegador en dirección norte, hacia lo que imaginaba como una gran desembocadura y resultó ser algo más parecido al desagüe de un simple canal. En medio de aquella desolación, un parque fantasma de enormes estrellas de hormigón armado, en perfecta formación geométrica frente al océano, me recordaba el peligro de los tsunamis y parecía reprocharme mis veleidades históricas y ecologistas.

Me estaba empezando a sentir como Kyoshiro, el viejo profesor de la novela Yoru no koe (Una voz en la noche) publicada en 1969 por Yasushi Inoué: rodeado de demonios, como los encantadores de Don Quijote, empeñados en alterar los paisajes de los antiguos poemas japoneses con turbas de turistas y edificios sin alma. Pero nunca me ha gustado la nostalgia. Este tiempo seguía siendo el mío, por más que anduviera en busca de sus fisuras bajo el calor del mediodía.

Me quedaba por probar otro lugar, que supuestamente había resistido desde el siglo XI en su ubicación actual: el templo de Hachimangu. Allí esperaba encontrarme con algún tátara-tátara-nieto de aquellos pinos famosos, tal y como se acostumbra a hacer en aquellos casos donde árboles y personajes célebres unen sus destinos. Los monjes prolongan el contacto con las historias trasplantando vástagos de aquellos árboles singulares, sin que importe demasiado si el espíritu vegetal se alberga en el interior de un recinto budista o sintoista.

El templo estaba situado al otro lado de la estación de tren y quería llegar a Nagoya antes de la puesta de sol, así que me apresuré a subirme al autobús de vuelta. Tras bajarme y extraviarme un par de veces entre las hileras de casuchas diferentes e idénticas, tan provisionales, parecía, que cualquier tifón se las llevaría por delante, me topé finalmente con uno de los muros laterales del complejo del templo.

 

Paisaje de silencio

Los templos japoneses, salvo alguno en zonas remotas, me provocan una sensación extraña. La mayor parte han sido rehechos sobre cimientos de piedra y cemento —primitivamente se alzaban sobre pilares de madera— y es imposible discernir lo antiguo de lo nuevo, salvo en el caso de objetos venerables. Para ellos la arquitectura no es más que un envoltorio que se reactualiza constantemente. Ocurre lo mismo con las mezquitas del norte de África. Se sustituyen los muros, se cambian las maderas, se pintan de nuevo. Porque lo que interesa es que funcionen.

El edificio del Hachimangu-ji no era una excepción. Me puse a explorar los vestigios que lo circundaban. Un enorme alcanfor se expandía frente al templo en todas direcciones, junto a la caseta de abluciones. La placa que figuraba delante informaba que bajo sus ramas se había ocultado Tokugawa Ieyasu tras su derrota en la batalla de Mikatagahara, en enero de 1573, un día de nevada intensa… Pero yo no estaba interesado en guerreros y luchas de poder, sino en pinos conversadores con viajeros solitarios.

Al salir del recinto del templo por su puerta principal, ya sin prisa, me sorprendió la avenida de sombra que se abría a su entrada. Un túnel de grandes pinos de tronco cuarteado y frondas oscuras, que habían sobrevivido a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y a la especulación, perpetuando su corredor desde el templo hacia ninguna parte, durante unos escasos cien metros. En los laterales, a tramos, unas vallas bajas de madera pintadas de blanco impedían que los coches aparcaran sobre la grava del interior. Solo se oía el ruido crujiente de mis pasos. Me paré. No sonaba nada, ni siquiera las cigarras, tan presentes a esa hora del día en otros lugares de Japón.

Ante aquel contraste entre el silencio de fuera y mi ansia por escuchar el mensaje de los pinos, me embargó una emoción sorda e incongruente —tanta luz, tan pulcras aquellas calles—, acaso esa tristeza solitaria que en japonés se dice sabishii y que a veces escriben 淋しい, con los radicales de agua y de bosque. Hay un poema de Fujiwara no Teika que encontré meses después —la literatura transforma la vivencia en experiencia, decía Walter Benjamin— y que describe aquel sentimiento contradictorio —calma ardiente, espera inútil. Los versos se refieren a otro lugar, la Bahía de Matsuho (松帆, Velamen de Pinos, en la parte norte de la isla de Awaji) y aluden a una práctica olvidada (la quema de algas en las playas para obtener sal); pero reflejan, aunque sea al modo imperfecto de los espejos de bronce, aquella espera perenne de los pinos de Hamamatsu:

こぬ人を
まつほの浦の
夕なぎに
やくやもしほの
身もこがれつつ

konu hito wo
matsuho no ura no
yunagi ni
yaku ya moshio no
mi mo kogaretsutsu

A alguien que no viene
espero en la Bahía de los Pinos
en la calma de la tarde,
mi cuerpo ardiendo continuamente
como las hogueras de sal.

 

Alejándome de los pinos

Dentro ya del shinkansen, el tren bala, miraba por la ventanilla hacia el lado del océano. Una sucesión de casas, grupos de arbustos y árboles aislados igualaba el paisaje. Inútil atisbar el mar al fondo, mientras el cielo iba volviéndose color malva por encima de los tejados. No entendía qué era lo que había esperado de los pinos mudos de Hamamatsu. Pensé en la fascinación que experimentaron los primeros japoneses que llegaron a Europa en el siglo XVII cuando descubrieron las cerraduras. ¿Qué hacía yo con aquellas sílabas sin sentido, nítidas como la llave en la mano de una casa que ya no existe? “Dzadzandza”, me repetía, en broma.

Y sin embargo. Esa sed que durante el resto del viaje no me quitaban los botellines de agua. Ese ardor en el pecho que no calman las imágenes. Quizá todo tuviera que ver con cierta llamada de teléfono de unos días antes y con aquel verso —tan prosaico y distinto de todos los suyos, pero que en su momento me impresionó— de Ana Rossetti: “Sin caer en la tentación de sustituir”. Aunque quizá no sea algo que se elija.

Tengo la impresión de que a Hiroshige pudo ocurrirle algo similar. Aquel retratista de sitios que recorrió el Tokaido en su juventud para renovar los repertorios impresos de paisajes, dibujando de primera mano sus mejores vistas, y que pasaría por Hamamatsu tantas veces, quedó seguramente decepcionado ante el murmullo exacto de los pinos. Quizá por ello los relegó en su primera estampa, apenas una referencia en segundo plano, prefiriendo a su música inaudible y prestigiosa el crepitar del fuego común, el barullo de los porteadores y, también, el silencio de aquel viajero retraído. Sin embargo, con el paso de los años y a medida que Hiroshige recibió nuevos encargos para ilustrar la estación de Hamamatsu, tal vez las antiguas sílabas comenzaron a ejercer su ímpetu callado, compitiendo con el rugido imaginario de las olas. Hasta que, en su última estampa, la guardada por Van Gogh, el grabador japonés decide por fin recrear la escena original, aquel instante sonoro en que el shogún Yoshinori, de camino a la Montaña de la Fortuna, opta por hacer un alto y traduce a lenguaje humano el estrépito elegante de aquel pinar azotado por el temporal.

Sigo dando al replay de esa grabación antigua, si puedo llamarla así. En ocasiones, en medio del bullicio de un día cualquiera, me parece escuchar por encima otro silencio más grande, como cuando se camina por una ciudad calcinada. Como cuando uno se queda, tras la conversación, con el teléfono en la mano. Entonces me acuerdo de aquel viaje a Hamamatsu y echo tanto de menos unas palabras insignificantes, perdiéndose en el aire. Unas sílabas extrañas, sin sentido, que, acaso, dzadzandza, sepan decirme lo que quiero.

Hamamatsu. Ritō Akisato. Tōkaidō Meisho Zue. Edo, 1797.

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