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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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La Línea del Horizonte Ediciones




Los ricos también lloran en el Savoy

Cuando en 1889 abrió el Savoy, ningún hotel en Londres podía competir con él (para empezar, porque pocos tenían electricidad). Monet inmortalizó la ciudad, pincel en mano, desde sus ventanales, y Arnold Bennet creó su tortilla de bacalao en su restaurante, al que era asiduo Churchill.

2 de octubre de 2017

Muchos trabajos de trotamundo he tenido a lo largo de los años, algunos verdaderamente divertidos, reveladores, elocuentes a más no poder… Una vez fui apuesto y esbelto, razón suficiente como para que la chaquetilla torera de camarero, bien ajustada, me sentara bien. Vamos, que así pasé el casting para ejercer como chef de conversaciones en el mismísimo Savoy de Londres. Sí, el hotelazo donde Eduardo VII llegó a celebrar un cumpleaños inundando de agua su patio central para que lo navegasen los comensales invitados a bordo de góndolas.

¿Qué le envidiaba Londres por entonces a Venecia? ¿Una puesta en escena glamurosa por los siglos de los siglos? Escribo sobre el Savoy de fachada eduardina con la autoridad que me dan los años pasados precisamente en Venecia, mientras la joya de la corona hotelera se cerraba temporalmente en Londres, hacia el 2007, pidiendo a gritos art decó un lavado de cara. Sé del Savoy porque allí me encomendaron que enseñara modales de gentleman a los nuevos ricos españoles, antes de ascender a chef de conversaciones.

Viaje a Londres.El impresionista Claude Monet había inmortalizado Londres, pincel en mano, desde sus ventanales. A Fred Astaire le gustaban los pasos de equilibrista en la terraza de su techumbre metálica. Marilyn Monroe accedió a su primera rueda de prensa europea en el Savoy. Charles Chaplin, Marlene Dietrich y Frank Sinatra dieron nombre a sus suites, bautizándolas con champán caro. Pero, sobre todo, se dice que Churchill cenaba allí a menudo, servilleta al cuello, ajeno a todo bombardeo de la aviación nazi sobre la capital británica. Vamos, igual que don Juan Carlos cazaba elefantes en África mientras se daba por hecho el rescate financiero a Espa. Sea como fuere, si bon vivant como Winston Churchill había soportado con flema inglesa el estruendo de las bombas, atento al plato, qué no podían simular o impostar modelos de triunfador social como el “pocero”… Más aún, ¿por qué no podían permitirse cubierto en el Savoy los hijos no abortados en Londres por los progres del antifranquismo? ¿Qué les impedía a aquellos chicos, crecidos con el pelotazo, disfrutar de sus millones, en plan barra libre? Pues, para empezar, su pésimo acento inglés. Y, desde luego, sus lagunas en lo que se denomina cultura del dinero. Lagunas por las que podía sacar la cabeza el mismísimo monstruo del Lago Ness.

“Maître, por favor, ¿puede decirle al señor Bennet que su tortilla me la sirvan muy hecha?”, solicitó el más resuelto de mis alumnos, al conocernos en el principal cenador del Savoy. “¿Excuse me?” “Don Pedro, disculpe que tercie en su conversación –le expliqué en un aparte–, el escritor Arnold Bennet lleva ya muerto bastante. En la carta figura una tortilla de su invención, a su nombre, teniendo en cuenta que frecuentaba mucho estas mesas. La “tortilla Bennet” la elaboran a día de hoy todos los cocineros del Savoy”.

Viaje a LondresTanto montaba quien se enriquecía en España con el fútbol y con la construcción por aquella época. Tanto daba pegarle patadas a un balón o a un ladrillo. Igual de toscos continuaban siendo los unos en relación a los otros. Así que los pupilos me venían con fajos de dinero negro en los bolsillos, desconfiando del rastro que pudieran dejar sobre ellos las tarjetas de crédito. Me solicitaban lecciones aceleradas sobre protocolo y educación de public school. Sapiencia de caldo bodeguero para tal o cual pescado, a la hora de una cena de gala, en el famoso River Restaurant. “Se parece al restaurante de la película Titanic”, exclamaban… Me pedían trucos solventes a la hora de enfrentarse, tenedor y cuchillo en mano, al indefenso langostino trufado. Me venían dispuestos a pagar cualquier cosa por no dar la nota. “No hay por qué preocuparse”, les intentaba tranquilizar yo. “Cuando en 1889 abrió el Savoy, a todo lujo de ascensor y baño privado con agua caliente, ningún hotel en Londres podía competir con él. Y pocos tenían luz eléctrica. Así que no faltó, entre su primera clientela, el pachá que se preguntaba, en voz alta, cómo un pellizco a la pared iluminaba más que la lámpara de Aladino”. “Todo se perdona en estos salones –añadía si os defendéis de vuestra ignorancia con humor inglés del bueno”. Nada que ver, claro, con la sonrisa forzada que el españolito le arrancaba a sus presas, en el Savoy, cuando allí divisaban caras conocidas y porfiaba por fotografiarse con ellas, costara lo que costase. Actores, rockers, políticos, modelos… qué sé yo.

Si los Beatles han estado aquí, con mayor motivo nosotros, que vestimos corbata de seda”, me argumentaban a coro los empresarios españoles a mi cargo, algunos de ellos repeinados hacia atrás como Mario Conde, otros rojos como cangrejos, congestionados tras pasar más tiempo del recomendado en la sauna con tal de amortizar el precio de la habitación. “A los Beatles, la Reina Isabel les nombró Caballeros de la Orden del Imperio Británico por su contribución a exportar industria del entretenimiento desde las islas. Por tanto, no pisaban el Savoy solo a cuenta de su millonaria fama en el pop, sino como verdaderos Lores”, replicaba yo. “¡Increíble que en este templo del buen gusto dejaran entrar a unos hippies!”, se admiraba y sostenía, toda recalcitrante, la mujer enjoyada de un subsecretario de la derecha española, enrolado en la comitiva. “Señora mía, por eso mismo protestaba un major veterano, que ostentaba tal condecoración, otorgada por sofocar las manifestaciones de Gandhi en la India”, concedía un servidor finalmente. “Y nadie se la quitó cuando Gandhi se convirtió en una figura venerada internacionalmente”.

La afinidad de opiniones con tal major, en cualquier caso, tranquilizó a mis chicos. Incluso les hizo sacar pecho, viniéndose arriba, hasta el punto de prescindir al poco de mis servicios. A prudencial distancia, entonces, les oí intercambiar chascarrillos. Chascarrillos altisonantes en los señoriales salones del lugar. Les vi que apelaban a la campechanía si algún habitual del Savoy les miraba de arriba abajo, intentando comprender de dónde habían salido, de qué libreto. Campechano también era Caruso, pero en los salones del Savoy cantaba como los ángeles… Y no olvidemos que Richard d`Ovly Carte abrió el hotel, un 6 de agosto de 1889, con las ganancias de la ópera Gilbert y Sullivan. Algún empresario español se tomó incluso la libertad de piropear a dos recepcionistas y guiñarlas un ojo, una a una, confundiendo amabilidad con coquetería. “Seguro que alguna quiere rollo. Son cautivas. Necesitan que alguien les alegre la vida”, se justificaba. “¡A mí me gustan a pares!”, se justificaba.

Viaje a Londres.

Nunca sabré qué habrían pensado de mis compatriotas César Ritz y el cocinero Auguste Escoffier, reclutados por Carte, nada más abrir el hotel, para que el gusto francés guiase sus estándares de calidad. ¿Me llevaría a sentirme apátrida? Tampoco sabré si Errol Flynn, un asiduo a tales estándares, arquearía las cejas como en sus películas más temerarias al cruzarse con ellos. Y si a Laurence Oliver, otro actor de la casa, le habrían inspirado alguna hechura de personaje tragicómico. En cierta ocasión, Glenda Jackson me dijo que los actores del teatro clásico mimetizaban la conducta de sus vecinos, de personas allegadas o conocidas repentinamente para meterse en la piel del Tartufo o de Hamlet.

Las tres mil piezas de mobiliario que el Savoy subastó para financiar su reacondicionamiento moderno, a principios del siglo XXI, le reportaron los dos millones y medio de euros que necesitaba para reabrir en 2010, del todo reacondicionado. Y eso sin renunciar a sus grandes bañeras de patas y a la coctelería de su American Bar, que vio trasegar a los escritores Bernard Shaw y H.G. Wells. El American Bar… La copa de despedida a mis compadres nos la sirvieron allí, en la barra donde los maestros estadounidenses del combinado recalaron pidiendo trabajo en los pasados años veinte. Entre aquellos bartenders que huían de la Ley Seca se contaba Haddy Craddock, al que se deben cócteles patentados en el Savoy, como los denominados “Aviation”, “White Lady” y “20th Century”. También el “Last Word”, el llamado “Última palabra”, que en su momento le sirvió a Craddock para desplazar de la barra del Savoy a Ruth Burgess y Ada Coleman. Dos mujeres reinaban tras ella a su llegada, prueba del movimiento sufragista que tiraba de Europa desde el Reino Unido. A ellas  se debe el vermut dulce denominado Hanky Panky.

Copas aparte, el interiorismo del arquitecto Yves Rochon manda ahora en el Savoy, hasta el más mínimo detalle de tecnología punta en cada una de sus doscientas sesenta y ocho habitaciones. Diez mil libras vale el capricho de su suite real, y está al alcance de muchos bolsillos, demasiados, si sumamos entre su clientela potencial a quienes no han hecho fortuna precisamente con el sudor de su frente. Ricos herederos, cargos públicos con dieta all included, maestros del pelotazo sin balón. En fin…

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