GeoGrafía
Colaboradores +
 
Noticias en la Línea
  • La India del XIX bajo mirada fotográfica

    Actualidad, patrocinios, propuestas

    Una exposición en el Museo Guimet de París ilustra cómo el reciente invento de la fotografía plasmó, en el siglo XIX, la grandeza de la civilización india, dando forma en el extranjero a la imagen de un país para muchos misterioso y desconocido. Noventa instantáneas originales de paisajes, arquitectura, escenas de la vida cotidiana y personajes podrán verse hasta el 17 de febrero de 2020, con trabajos como los de Linneo Tripe, William Baker o Samuel Bourne, quien realizó tres ...[Leer más]

  • Fronteras en el CNDM

    Actualidad, patrocinios, propuestas

    Las fronteras son una invención, pero, desde un punto de vista artístico, solo deben servir para ser obviadas o, aún mejor, contravenidas, y así abandonar los carriles centrales, orillarse hacia los arcenes, las periferias, los territorios menos explorados. Este es el objetivo del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) con su ciclo Fronteras, que empieza temporada con conciertos desde el 18 de octubre al 5 de mayo de 2020. Tras la inauguración a cargo del Tarkovsky Quartet, el ...[Leer más]

  • Lujo. De los asirios a Alejandro Magno

    Actualidad, patrocinios, propuestas

    Los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa tuvieron en común con Alejandro Magno el propósito y la codicia de extender su poder más allá de sus propios límites. Así es como llegaron a ocupar un área comprendida entre las actuales España e India. Estos territorios fueron el escenario de luchas incesantes, conquistas y saqueos de toda índole, pero también de un intenso comercio de materias primas, metales preciosos y objetos de deseo como los que se muestran hasta el 12 ...[Leer más]

  • Jardín deshecho

    Actualidad, patrocinios, propuestas

    “A mi queridísimo Federico, el único que me entiende. Firmado: su propio corazón”. Esta es la dedicatoria que Lorca se hizo a sí mismo en un ejemplar de su primer libro, Impresiones y paisajes, y uno de los documentos más curiosos que ofrece la exposición Jardín deshecho, abierta al público hasta el 6 de enero de 2020 en Granada. Comisariada por el hispanista estadounidense Christopher Maurer, es la primera muestra sobre el poeta centrada en la temática del amor. “Amó mucho...[Leer más]

  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

    Actualidad, patrocinios, propuestas

    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

Histórico noticias



Los sueños diurnos. Ejercicios de crítica literaria en Albania

Los días en Tirana son como un largo sueño. Lo mejor son las aceras, los cafés, perderse entre la multitud  o apretujado en transportes públicos… Está claro que no llegué a Albania con una guía Lonely Planet, sino con las novelas de Ismail Kadaré en la mochila.

7 de enero de 2019
Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

¿Quién serás esta noche

en el oscuro sueño?

Jorge Luis Borges

Imagínate Albania dividida en mil novecientas provincias, subdivididas a su vez en distritos, localidades, barrios, calles, manzanas y casas solariegas, cada una de esas partes controlada por varias personas a quienes no ves pero te ven. Ahora imagina una gran red de pasillos con despachos a ambos lados, extendiéndose por el subsuelo del país, como un inframundo donde el repiqueteo de las máquinas de escribir es incesante. Desde abajo se observa, escucha, transcribe, analiza, interpreta y clasifica cuanto sucede arriba, pero sobre todo los sueños, tus sueños, los míos. Cuando alguien –tú o yo– cierra los párpados, la maquinaria se pone en funcionamiento, furiosa; los escuálidos y alargados dedos de miles de funcionarios convierten el teclado de viejas Brother, Adler o Corona en pianos desafinados interpretando nuestra música nocturna. Un sueño entonces se convierte en un texto, convirtiendo a su vez a quien lo transcribe en su psicoanalista. El texto da forma a lo informe, a lo abigarrado, a lo ilógico, para que después el lector le proporcione un contenido.

No siempre es fácil, claro, porque en nuestra cabeza conviven eso que Freud llamó inconsciente, en referencia al subsuelo de nuestros pensamientos personales e intransferibles, y eso que Jung llamó inconsciente colectivo, en referencia al subsuelo de los pensamientos de toda comunidad.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Cada viernes se selecciona el sueño más impenetrable, que se envía a Tirana, donde el gran tirano tendrá la última palabra, justificando de esa manera su puesto en la escala jerárquica, a la manera de los jefes y chamanes de una tribu amazónica, capaces de entender signos indescifrables para cualquier otro de sus súbditos: el grillo no canta, malas cosechas; al oso se lo comen las termitas, muy pronto caerá Tebas; un año cualquiera se extravía el otoño, pinta tu cuerpo para espantar a los fantasmas; el emperador o el gran tirano desfilan desnudos, por todos lados se escucharán los aplausos; un albanés enarca las cejas, habrá tormenta… Sus interpretaciones son hechos. Y esos hechos nacen de sueños llamativos, sospechosos. Los demás sueños, los tranquilos, los apacibles, los más fáciles de desentrañar (tan simples que hasta un funcionario con gafas los entiende pese a su estrabismo o miopía), irán a un enorme archivo con forma de grabado de Piranesi o de laberinto de Escher, cuyas puertas solo se abren a un par de privilegiados, aunque ni siquiera ellos se libran del escrutinio nocturno mientras duermen, porque también a ellos se los mantiene bajo atenta observación.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Por supuesto, la Albania que acabo de describir no se parece a la que te encuentras hoy en día. Quizá nunca fue así, pese a inspirar un paisaje parecido a Ismael Kadaré en su novela El palacio de los sueños, una fábula terrorífica sobre un país sumido en el terror bajo una terrible dictadura, y digo terrorífica/terror/terrible no tanto por su precisión sino por proporcionar muy pocos datos sobre cómo se ven o visualizan los sueños, cómo se transcriben al lenguaje diario o cómo se analizan e interpretan. De esa forma el libro produce un miedo más rotundo, polar (al igual que algunas obras de Franz Kafka), porque nada parece supeditado a la razón, a un mecanismo preciso en el que podamos introducirnos para desmontarlo. Se trata de una especie de poesía de lo siniestro, un canto a aquello contra lo que luchamos inútilmente, sin dejar por ello de oponernos con el lenguaje y la imaginación, por si en el futuro pudiésemos convertirlas en armas efectivas ante nuestros invencibles enemigos.

Permíteme, antes de seguir, un spoiler para decirte que el protagonista de la novela puede que muera –o no– pero lo verdaderamente importante es que no mueran las frases que le dieron vida. Kadaré, como buen estratega, sitúa la trama durante la ocupación otomana de Albania, porque así ni la censura de la época le incordia (al fin y al cabo no habla del presente sino del pasado, al menos en apariencia) ni nosotros –sus lectores– podemos leerle solo en clave histórica si antes hemos leído a Cervantes, Dante o Kafka, cuyos textos no pertenecen a ningún tiempo concreto, tampoco a una cultura concreta, porque se adecuan a todos los tiempos y todas las culturas. Obviamente, Kadaré juega. No habla del Imperio Otomano, lo parezca o no, ni siquiera habla de su país, lo entendemos así o no. Habla sobre el ser humano y sobre la escritura, habla sobre la realidad y sus catacumbas, dándonos a entender –a la manera renacentista– que son dos dimensiones de la misma cosa, dos sucesos en paralelo, de apariencia idéntica y que, sin embargo, mantienen diez o más diferencias entre sí, a la manera de un bajorelieve doble, igual a derecha e izquierda solo a primera vista, distinto a poco que apliquemos aquella máxima de Heráclito según la cual nunca nos bañaremos en el mismo río dos veces.

Viaje a Albani

Hilario J. Rodríguez.

Antes dije que Albania no es como la pinta Kadaré en El palacio de los sueños y ahora debería añadir que no, que en efecto no es igual, aunque tampoco sea exactamente distinta. Para entenderla, es preciso descender las escaleras, bajar al subsuelo, el mismo desde donde emitía sus mensajes aquel personaje de Dostoievski, una especie de trinchera desde la que se defiende la libertad, pero también un infierno desde el que se experimenta la soledad. Basta con fijarse un poco en las casas que encuentras a tu paso, mientras viajas desde Kukes a Tirana, como hago yo, y además de montañas y verdes prados cada cierto tiempo verás búnkeres asomando con timidez, porque hay –según se dice– más de medio millón repartidos por el país, uno por cada seis o siete habitantes, para resistir ante una posible invasión estadounidense o soviética, antaño con reservas de agua, yogur, queso de cabra y armas; ahora abandonados o reconvertidos en bodegas, picaderos y locales para fiestas rave. Enver Hoxha fue quien implantó a principios de los sesenta aquella paranoia en el cerebro de los albaneses, quizá siguiendo la moda de los norteamericanos desde el comienzo de la Guerra Fría, cuando en miles de sótanos de Los Ángeles, Dallas o Cincinnati se construyeron refugios antinucleares, porque los grandes imperios creían haber llegado al final de su relato, sin darse cuenta de que lo único que se desmoronaba entonces eran sus particulares realismos (el comunista, el socialista o el capitalista), pero no la realidad. De aquellos relatos únicos nacieron los rizomas de Félix Guattari y Giles Deleuze, también Ismael Kadaré.

Viaje a Albani

Hilario J. Rodríguez.

Repitamos: tirano, Tirana, Albania. La realidad aquí –dime si no– es un gran palimpsesto. Donde había un solar vacío o una manzana de casas que daban cabida a gente por encima de sus posibilidades, hoy se erige el Hotel Plaza, cuya construcción acabó en 2007, a imitación de los Marriot, Hilton o Ritz: el futuro se instaló donde hasta hacía poco había pasado, el lujo sustituyó a los malabarismos económicos, la concentración dio paso a la gentrificación, la aldea global (no la de los inmigrantes ilegales sino la de los privilegiados legales, con muchos dólares en el bolsillo) acabó con la aldea albanesa; en poco tiempo habrá MacDonald’s, Burger King y Starbucks; mientras tanto, disfruta de lo que queda. Donde estaba el Gran Bazar (frente a una plaza como Jamaa el Fna en Marrakech, un centro para dar cabida a miles de periferias, el lugar adonde cada noche acuden magos y contadores de historias), ahora te encuentras el Palacio de la Cultura, un lugar en el que no hay ni exposiciones ni nada que se le parezca, y al que no te dejan acceder dándote cualquier excusa, aunque la única excusa sea que no tienen personal suficiente para evitar que los visitantes toqueteen las cosas más allá de lo razonable o que se las metan en el bolsillo a modo de souvenir. Donde se levantaba el ayuntamiento, se construyó el Museo de Historia, cuyas salas no despliegan una versión compleja de la verdad, tan solo un esbozo oficial de fácil digestión, apto para escolares cada vez más aburridos y turistas sin brújula. Lo único que lleva años en la Plaza Skanderveg es la estatua ecuestre de este último y la Mezquita de Et’hem Bey. Uno podría pensar en una alianza entre antiguos enemigos: el defensor de Albania posando junto a sus invasores otomanos, finalmente hermanados gracias a nuestra capacidad para detener el tiempo –cerrar sus heridas– a través de la escultura o la arquitectura; la ciencia de los sueños, sin embargo, a mí me hace creer que hasta un dictador caracterizado por una locura exacta como Enver Hoxha era incapaz de trazar líneas rectas todo el tiempo y a veces le salían torcidas, quizá porque jamás olvidó por completo su origen musulmán pese a ser un nacionalista radical, colocando juntos a defensor y enemigo para que combatiesen en el futuro a las hordas capitalistas. Con esto último quiero decir que Hoxha parecía odiar la religión pero no tanto las mezquitas ni las iglesias católicas u ortodoxas, al menos aquellas donde la belleza y el tiempo eran demasiado obvios. Mandó destruir cientos, acaso miles, las menos agraciadas, las más modestas, las más recientes, las de confesiones extranjeras (como las de los jesuitas y los franciscanos, aquí convertidos con el tiempo en grandes terratenientes y latifundistas); muchas otras sobrevivieron, cerradas al culto para evitar seguramente ese opio del pueblo del que hablaba Karl Marx.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Para ver un poco más de cerca todo lo anterior, entra conmigo en la Catedral de la Resurrección de Tirana; no porque nos interese, sino porque llevamos varias horas extraviados, sin saber dónde estamos ni adónde vamos, solo porque de pronto nos encontramos ante un edificio de aliento futurista y nos llama la atención en un país tan supuestamente antiguo. Entramos en él por curiosidad tanto como por despiste. Desde fuera parece una instalación de la NASA, no una iglesia ortodoxa; en el interior, con sus andamios por todas partes, parece un templo a medio construir, el retrato de Dios a medio pintar, la media distancia entre dos puntos. El cohete no da la sensación de haber alcanzado el cielo aún, mucho menos la Luna. Quizá por eso un fiel reza arrodillado ante el altar esperando una señal divina que no le llega. Es difícil saber qué dice, aunque no es tan difícil notar un tono de queja o reproche en su letanía, como si fuera un barítono obligado a cantar en una ópera bárbara. ¿No notas en el aire una especie de entrada en el libro de reclamaciones de la fe? ¿Y qué me dices de ese pantocrator que se dibuja en la cúpula central con los contornos de un superhéroe de la Marvel? Da sensación de extravío, de ser un personaje en busca de autor o pendiente de hallar sus superpoderes. No me extraña que no haya nadie más en el interior, salvo nosotros y ese fiel cuya cháchara suena a música dodecafónica. ¿Estará diciendo que se siente solo? Cuando me refiero a la soledad de ese hombre, me refiero a la soledad radical, la de verdad, la de alguien hablándole a Dios inútilmente.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Luego, en una vieja iglesia, ante una vieja tabla, pienso –no sé qué pensarás tú– que hay algo heroico en todo lo que se niega a desaparecer de pronto, pese a la lluvia, las grandes purgas y el olvido. Nadie parece haberle dedicado demasiada atención en mucho tiempo, de ahí sus partes desconchadas, su aspecto de puzzle inacabado, esa vieja mano de un viejo pintor de iconos todavía visible en los trazos. Hay algo conmovedor en su falta de efectos especiales a lo DreamWorks, pese a la aureola, que semeja un casco de astronauta. Fíjate y quizá te emocione. Quizá incluso emocionó a Hoxha.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Para él, la Historia con mayúscula no consistía en un trayecto sino en una meta, era la supeditación del pasado y el futuro a un presente que soñó eterno, creyendo que con él defendía a su pueblo aunque sin importarle demasiado el grado de opresión al que lo sometía con su concentrado ideológico. Se creía un padre, un arquitecto, un artista, un pedagogo, un místico, un religioso, un líder, un visionario… Demasiadas cosas para un solo hombre; demasiados conceptos para un solo cerebro. No se fiaba de nadie (o de casi nadie), todo el mundo le temía (su nombre aún produce escalofríos); hoy los albaneses, sus hijos o los descendientes de sus hijos, no se fían de nadie y al mismo tiempo todo el mundo recela de ellos (por ser tan distantes, distintos).

Viaje a Albania
Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

En el Museo de Historia, junto a cinco o seis visitantes con quienes me cruzo de vez en cuando en alguna de sus inmensas salas, pienso que el problema de Albania –como el de tantas otras naciones– es que la gente vive la historia pero no en la historia, vive en la calle pero jamás entra en el museo, relata viejos relatos pero no lee los nuevos. Aquí no es fácil tener una conciencia política porque cada cual va a la suyo, sin importarle demasiado cuanto le suceda a los demás. Importa menos de dónde venimos y adónde vamos que dónde estamos. Todo es ahora. Y el ahora ha durado ya mucho tiempo y nada parece que vaya a extinguirse pronto para dar paso a algo diferente. Ahora ha sido luchar, contra el griego, contra el romano, contra el otomano, contra el italiano o contra el alemán, aunque los principales enemigos, porque siempre vuelven, sean el plato vacío y las malas pulgas, la pobreza y el atavismo. ¿De qué sirve en un contexto así entender la cultura o la economía, la ciencia o la historia, la política o los derechos humanos?

Si ahora regresas durante unos segundos a la novela de Kadaré El palacio de los sueños, pensarás que en lugar de transcribir e interpretar sueños lo que se hace en ella es robarlos, quitárselos a la gente. Robárselos e implantar unos nuevos, menos revolucionarios, o simplemente dejar las mentes en blanco, como páginas de un libro pendiente de ser escrito. ¿Escrito por quién? Por el gran tirano de Tirana. Aunque puedes escribir asimismo Cruzadas, Reforma, Inquisición o fundamentalismo. Hoxha es solo un apellido albanés de origen persa, la Historia con mayúscula nos ofrece muchos más de orígenes diversos e inesperados.

Volvamos al Museo de Historia y verás que el espacio allí quiere ser demasiadas cosas al mismo tiempo, sin ser más que una. No es una narración histórica ocupada en recrear cada etapa valorándola en lo positivo y en lo negativo, hilvanando sus partes con los mimbres de un gran relato; tampoco es un catálogo mestizo de la evolución de sus habitantes, porque en él todo lo foráneo da la sensación de ser parte de un libro de visitas donde cada invasor firmó antes de irse sin dejar rastro; ni siquiera es un amplio catálogo etnográfico; es, en lugar de eso, un triste recordatorio del escaso interés nacional por la historia. La UNESCO, de hecho, tuvo que inyectar una importante cantidad de dinero para adecentarlo a partir de 2014, aprovechando el elevado número de excavaciones arqueológicas patrocinadas y llevadas a cabo por Italia, Alemania, Estados Unidos o Gran Bretaña; mientras para los albaneses el viento sigue soplando donde y cuando quiere. Se aconsejó panelizar para cubrir espacios y convertir las escasas obras en notas ilustrativas de las cronologías que van desplegándose en cada planta, con portentosas elipsis, efectos kuleshov, viajes interestelares y mucha dialéctica marciana. Los ilirios fueron los primeros, luego los griegos, los romanos, los otomanos y para de contar. Nada se dice sobre dacios o tracios, menos aún sobre los eslavos. Quien no esté al tanto, quizá no sepa las pugnas entre relatos albaneses y serbios, los primeros para justificar la independencia de Kosovo y los segundos para anexionarse el territorio. Si hay un origen distinto, hay nacionalidad; si hay nacionalidad, hay nación; si los kosovares son en su mayoría de origen albanés, no son serbios; si no son serbios, la comunidad internacional puede tutelarlos. Por supuesto, muchos kosovares se reconocen albaneses, mientras los serbios los reclaman por eslavos. Unos y otros ofrecen pruebas, cada cual más peregrina. Comparan lenguas, investigan el ADN, trazan mapas, genealogías. Son detectives en busca de pruebas, jugando al gato y al ratón. Ya no pueden conformarse con ser fruto de un accidente ni de la magia, aunque en el fondo todos ellos sean conscientes de ser eso: fruto de un accidente o de la magia.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Como no soy muy amigo de coger taxis, ya me entiendes, tiendo a perderme de vez en cuando. Así que al salir del Museo de Historia, deambulo por las calles, siguiendo trazados perfectos que desembocan en mi unánime desconcierto. Todo el mundo sabe dónde estoy menos yo, aunque nadie sepa indicarme hacia dónde ir al preguntar por una dirección en particular. Da igual si hablamos en italiano, francés o inglés. Me piden un mapa o un móvil que no tengo, porque viajo a la antigua, pendiente de educar mis sentidos, a los que a menudo convierto en sinsentidos.

En Tirana, sin embargo, sé que el nombre de las calles es un invento reciente. Hasta 2010 más del 80% eran simples espacios que uno cruza, orientándose a través de ellos gracias al color de algunos edificios o puntos de referencia (especialmente colegios o gasolineras). Parte de culpa la ha tenido el crecimiento desproporcionado de la capital en las últimas décadas (después de la dictadura de Enver Hoxha, en cuanto la emigración del campo a la ciudad dejó de estar controlada), pero también los sucesivos alfabetos del albanés (el círilico, el árabe y el latino) y los cambios de nomenclatura (del albanés al otomano, del otomano al italiano y del italiano al albanés), siguiendo trámites históricos que en ocasiones se produjeron demasiado aprisa. Aún ahora quedan muchos edificios y casas sin número, por eso no es raro pasar ante una fachada donde se lee el nombre y los apellidos de alguien reacio a no recibir cartas de amor enviadas desde lugares lejanos o facturas bancarias, para no sentirse tan solo y mucho menos a oscuras por no pagar la luz de manera puntual.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Los días en Tirana son como un largo sueño. Sentarte en una terraza siempre te resulta apetecible porque ves pasar a la gente mientras tú juegas a proporcionar a cada persona una vida completa, con pasado, presente y futuro, por mucho que aquí solo exista hoy. El tiempo en las novelas de Ismael Kadaré funciona así: en cortos espacios, quizá de veinticuatro horas, hoy. Suceden pocas cosas, para que después todo parezca coagulado. Hay una situación de partida en torno a la cual giran los personajes, sin encontrar nunca una salida, ni en El palacio de los sueños ni en ninguna de sus novelas, escritas –me parece– con la sensación de que cada palabra es una pesada bola de metal sujeta con grilletes a las piernas de Kadaré, como si en lugar de un escritor fuese un reo en algún penal albanés. Al igual que a Kafka, le gustan las grandes situaciones y los pequeños personajes, diminutos, microscópicos. Llámales los nadie y no te equivocarás. Llámales albaneses y seguirás sin equivocarte, porque en Albania, salvo cuando hay invasiones, nunca sucede nada digno de mención. Date un paseo por Tirana para comprobarlo. Verás grandes edificios cuya construcción se interrumpió tiempo atrás, dejando la huella de una torre de Babel que jamás conquistó el cielo; o verás monumentos abandonados como La Pirámide, donde en principio se proyectó un museo en torno a Enver Hoxha, luego se convirtió en casa de cultura y finalmente en centro de operaciones de la OTAN durante la guerra de Kosovo, entre el 24 de marzo y el 10 de junio de 1999. La Pirámide es tan solo un espacio vacío y abandonado, feo de día y peligroso de noche, cuando en torno a él o en su interior se juntan grupos de jóvenes para beber, drogarse, prostituirse o vender armas ilegales.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Vale, di lo que quieras porque al fin y al cabo también yo digo lo que quiero, y todos nos equivocamos. Nos equivocamos al buscarle un sentido a Albania más allá de su sentido, demasiado lejos de nuestras entendederas. Piensa una vez más en las novelas de Kadaré, no solo en El palacio de los sueños, y siempre verás en ellas a personajes incapaces de entender lo que se cuece a su alrededor. En Días de juerga dos estudiantes buscan un manuscrito de un célebre poeta, pero lo que se encuentran es su propia irresponsabilidad, su tendencia al caos y las borracheras; en La estirpe de los Hankoni una familia recorre el extraño camino entre el éxito y el fracaso, lleno de vaivenes, sin dejar nunca de resultarle extraña a sus vecinos, conformes con estar donde están; y en El desprecio un matrimonio quiere pasar desapercibido para evitar los posibles castigos del régimen en el que viven, pero son demasiado felices para no llamar la atención. Si no entiendes esas novelas, te bastaría con hablar por las noches con el recepcionista del albergue donde me hospedo, un chico de veinte años a quien los estudios se le daban bien hasta que su familia le cortó el grifo y le obligó a buscarse la vida, cuyo horario es de casi noventa horas semanales sin días libres, su salario es de 180 euros al mes y, aun así, se siente afortunado. Kadaré no le suena, lo que le gustan son los vídeojuegos, la música, esas cosas. No se plantea irse como tantos otros jóvenes de su misma edad, a quienes las circunstancias sonríen todavía menos. Si me dijese que en Albania uno se agarra a un clavo ardiendo, me lo creería. Uno podría llamarle bobo, ingenuo, plantearle la revolución por vivir explotado, sin ofrecerle a cambio nada más que un futuro incierto en algún país donde quizá no sería bienvenido y donde seguramente sus condiciones laborales empeorarían pese a ganar más. Regresa a la obra de Kadaré, que se adapta tan bien a Albania como a cualquier otro lugar, y verás que no son las naciones lo que nos oprime sino el sistema, un sistema opresor a ambos lados de la frontera, a unos por comunistas o ex comunistas y a otros por sabe Dios qué. El recepcionista, no obstante, me hace una confidencia una noche, cuando el resto de los huéspedes del albergue ya se han ido a dormir y mientras yo todavía me peleo con la conexión a Internet. Al parecer, es de un pueblo cercano a Krujë, donde las chicas de su edad solo sueñan con poder casarse algún día, como quien espera un autobús para poder salir de casa de una vez. Y él está enamorado de una a quien ya hace tiempo le hizo un par de promesas. Sus palabras me recuerdan a otras de Marco Aurelio: «Que el universo sea».

Albania –ya te habrás dado cuenta– es también un estado de ánimo. Aquí vienes a observar el ritmo de la vida diaria, con sus extravíos, y a cruzar la calle de manera cauta porque la gente conduce de manera enloquecida, como en aquellos dibujos animados de Los autos locos; nadie afloja el pie del acelerador ni siquiera ante los semáforos. Aquí no se viene a pasar todo el día en el museo, donde uno acaba sintiéndose solo ante relatos en su mayoría tendenciosos y malintencionados. Lo mejor son las aceras, los cafés, la música del azar mientras te pierdes entre la multitud o apretujado en transportes públicos rumbo a donde sea: Durres, Elbasan o Gjirokastra, la ciudad natal de Ismael Kadaré. Pienso en todo esto mientras echo un rápido vistazo a la Galería Nacional, preguntándome en cada una de sus salas si los pintores albaneses estaban (o están) al tanto de que el Renacimiento o el movimiento impresionista sucedieron (luego me alegro de que las fotografías que tomo salgan desenfocadas, como si no mereciesen otra suerte que mi venganza amateur e inesperada).

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

A estas alturas ya habrás entendido que el viajero –yo– no es tanto un escritor como un crítico literario. No ve la realidad como un libro en blanco sino como uno ya impreso sobre el que opina con mayor o menor fortuna. El viajero y el crítico, en el mejor de los casos, son descubridores de textos más que de orillas distantes. Llegan a ellos preparados para hacer anotaciones en sus márgenes, y a veces ni siquiera eso, porque se comportan como simples antropólogos copiando lo ya existente, pongamos el Quijote como en aquel célebre cuento de Borges, a sabiendas de cuál será el efecto: un leve desplazamiento en el espacio o en el tiempo lo hace diferente aunque siga siendo igual.

Está claro –y tú deberías ser el primero en haberte dado cuenta– que no llegué aquí con una guía Lonely Planet sino con las novelas de Kadaré en la mochila. No las utilicé para ver en la superficie, donde Albania comienza a ser un destino turístico cada vez más pujante; tan solo vine para imaginar su subsuelo, esa realidad subterránea de redes viarias en las que noventa kilómetros pueden llevarte tres horas cambiando de una furgoneta colectiva a otra, y la gente de los pueblos te despide con un «hasta la vista» al enterarse de dónde vienes (porque muchos albaneses, entre otros Enver Hoxha, formaron parte de la Brigada Garibaldi durante la Guerra Civil española, y luego Petro Marko escribió una exitosa novela sobre todo ello y la tituló literalmente Hasta la vista). Luchar por mí, por ti, por ellos; eso a los albaneses no les importa porque lo único importante para ellos es luchar por la libertad. Si te fijas en los souvenirs que se venden en Durres o en Kruje, te darás cuenta. Entre golosinas otomanas, siempre verás pistolas, cosas que –como diría Kiko Amat– hacen BUM, a veces reales y a veces no, nunca estarás seguro.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Defender, defenderse, de mí, de ti, de todos. Así es Albania: frágil e insegura pese a su supuesta ferocidad. Es una nación dispuesta a emerger, a la manera de una ballena cansada de las grandes profundidades marinas y deseosa de salir de nuevo a la luz, siempre y cuando Ahab no la esté esperando como a Moby Dick. Ya está bien de búnkeres, como el que extiende su sistema circulatorio bajo el centro de Tirana, donde Hoxha había previsto atrincherarse en caso de invasión, una paranoia no tan paranoica si uno piensa en los países donde Estados Unidos o la Unión Soviética hicieron turismo imperial desde los sesenta en adelante. No es el subsuelo, es un abismo donde nos precipitamos los extranjeros –tú, yo, todos– si pretendemos entender de forma científica, cuando lo que nos sucede es que simplemente nos vemos vencidos ante la distancia lingüística y cultural, ante una diversidad imposible de catalogar sin ser conscientes al mismo tiempo de nuestra temeridad al dar por sabidas cosas una vez las hemos visto con nuestros ojos, en lugar de constatar entonces su extrañeza.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

En 2014 se desclasificaron miles de documentos de la Sigurimi y tres años después se inauguró un museo llamado La Casa de las Hojas en una antigua clínica de obstetricia fundada por el doctor Jani Basho en 1931. Allí se ayudó a traer niños al mundo hasta 1946, además de abrir sus puertas a judíos perseguidos por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Según la leyenda, Albert Einstein fue uno de ellos. Pero todo eso se difuminó de pronto, en cuanto Hoxha se hizo con el poder, al principio como un ciudadano más de Tirana, luego como tirano de Albania. De Tirana a tirano hubo un corto trecho, el mismo que hubo de Tirana a Albania. Desde la capital se observó la vida del país a lo largo de casi cuatro décadas, llenas de promesas que nunca se cumplieron, aunque contribuyeron a instalar en la psique nacional cierto grado de recelo hacia todo lo extranjero, un recelo hoy en vías de disiparse. El juego consistía en desconfiar del exterior, del interior e incluso de uno mismo. Observar con recelo todo aquello que no siguiese las pautas. Las pautas, desgraciadamente, cambiaban de forma caprichosa, transformándose algo normal hoy en delito mañana, sin grandes trámites. A los extranjeros se les cortaba el pelo y se les afeitaban las patillas en el aeropuerto si querían obtener un visado de entrada, cuando no se les obligaba a cambiar sus pantalones vaqueros acampanados por otros menos llamativos.

Pero lo peor era el miedo. Por cualquier tontería uno acababa en la cárcel, un campo de trabajo o, en el mejor de los casos, ante un interrogador con muy malas pulgas. Bastaba una noche de farra, tres palabras fuera de onda (como dirían los mexicanos), para desairar al tirano y su tiranía. Yo quiero creer en algún funcionario de la Sigurimi como si fuese aquel personaje de la película La vida de los otros, en principio celoso de su oficio y con el tiempo algo menos, al darse cuenta de las tremendas injusticias a las que contribuía con su trabajo, instalando micrófonos o cámaras en casas de gente cuya única flaqueza era ser demasiado humana. Quiero pensar de esa forma porque así entiendo mejor cómo pudo Ismael Kadaré escribir sus ficciones desafiantes sin demasiados problemas, salvo algunas llamadas de atención, en la misma línea de autores a quienes hoy utilizamos como diques de contención contra la realidad cuando nos llega al dictado de la ideología o el pragmatismo capitalista. El control de los sueños, si aún pensamos que era solo un asunto de ficción, quizá debería hacernos recapacitar y observar a nuestro alrededor, no vaya a ser un virus enloquecido y difícil de controlar, que ha salido de los subsuelos de Albania y hoy recorre el mundo.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

Las fábulas de Kadaré –y será la única vez que lo diga porque sé que ya te has dado cuenta– suelen buscar los claros de los bosques narrativos, pero no necesariamente para iluminarnos, porque a veces su efecto es como la incomprensible picadura de un escorpión a una rana que le está ayudando a cruzar un río.

Al despedirme de Albania, descarto la melancolía y opto por animarte a que también tú vengas aquí, lleno de ideas febriles, para depositar durante las noches algún sueño sobre tu almohada. Recuerda, eso sí, aquel cuento que Gabriel García Márquez nunca llegó a escribir pero que quizás –como a mí– te sirva de guía y te instigue un poco de cautela: en él un hombre dormido se soñaba durmiendo, mientras en el segundo sueño le sucedía lo mismo, introduciéndose cada vez en sueños más lejanos, el quinto, el sexto, tantos que luego, al desandar el camino e intentar apagar un despertador sonando a sus espaldas, pasaba de largo la realidad y de allí hasta donde llegaba, no hacia delante sino hacia atrás, ya nunca iba a regresar.

Viaje a Albania

Hilario J. Rodríguez.

 

ismail kadaré, viaje a albania, viajes literarios

12345 (2 votos. Media: 5,00 de 5)
Loading ... Loading ...
Más información de Hilario J. Rodríguez

Libros relacionados con  Los sueños diurnos. Ejercicios de crítica literaria en Albania

  • VIDA, REPRESENTACION Y MUERTE DE LUL MAZREKU ISMAIL KADARE
    ALIANZA EDITORIAL

  • EL PALACIO DE LOS SUEÑOS ISMAIL KADARE
    ALIANZA EDITORIAL

  • ABRIL QUEBRADO / CRONICA DE PIEDRA / EL PALACIO DE LOS SUEÑOS (ES TUCHE 3 VOLS.) ISMAIL KADARE
    ALIANZA EDITORIAL

  • NOVIEMBRE DE UNA CAPITAL ISMAIL KADARE
    GALAXIA GUTENBERG

Comentarios sobre  Los sueños diurnos. Ejercicios de crítica literaria en Albania

¿Qué opinas?

Comparte con nosotros tus puntos de vista. Enriquece estas miradas viajeras con las tuyas propias y haz las valoraciones y comentarios que desees. Opinar y disentir nos obliga a viajar por las ideas y el pensamiento, pero dejaremos fuera los comentarios insultantes o inadecuados.