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Luis Pancorbo

Cuenta una leyenda sami que un zorro agitó su cola contra la nieve y las chispas que salieron despedidas formaron los colores de las auroras boreales. Es a esa Laponia mágica a la que el periodista y viajero Luis Pancorbo nos traslada con su libro Auroras de medianoche. Viaje a las cuatro Laponias (Fórcola, 2013).

22 de noviembre de 2013

Cuenta una leyenda sami que un zorro agitó su cola contra la nieve y las chispas que salieron despedidas formaron los colores de las auroras boreales; otros, más tarde, han querido restarle valor al mito, aduciendo que el mayor espectáculo del cielo Ártico es producto del choque entre electrones y átomos. Pero es a esa Laponia mágica a la que el periodista y viajero Luis Pancorbo nos traslada con Auroras de medianoche. Viaje a las cuatro Laponias (Fórcola, 2013).

“Me gustaría hacer viajes hacia atrás”

La Línea del Horizonte: A lo largo de tu carrera periodística has tenido la oportunidad de trabajar en más de cien  países y conocer a un centenar de pueblos distintos; pero algo debe de tener Laponia que te obliga cada año a regresar… ¿Qué destacarías de este lugar y sus habitantes?

Luis Pancorbo: Regresar a los países no es una obligación, sino un placer viajero de alta intensidad. Generalmente, la gente viajera quiere cambiar de escenario. Lo comprendo. El mundo es ancho y la vida es corta, en efecto. Pero, por razones profesionales y personales, apenas ha habido año, en estos últimos decenios, en que no haya vuelto a los países nórdicos, y a Laponia especialmente. Me ha llevado ante todo el deseo de completar un mapa personal, algo en lo que pudiera profundizar a base de insistir y de ver. La observación participante de los antropólogos me encuentra muy en línea.

LDH: Cuando conociste a los sami en 1976 aún les rodeaba una aureola de pueblo pastoril, remoto y casi inaccesible. ¿Ha cambiado mucho su vida desde entonces?

L.P: Yo viví en Estocolmo casi un par de años a partir de 1975. Aprendí a patinar porque mi casa estaba junto a un lago y mis vecinos iban a la oficina en patines, ahorrándose un largo y peligroso trayecto en coche. En 1976 aún era corresponsal de RTVE y propuse una serie de viajes a las Svalbard, a Groenlandia y a Laponia. Mi primer encuentro fue con los sami de Suecia. Y mi primer encontronazo, pues uno de ellos me dijo que había estado en las Canarias como turista y que un niño le había pedido dinero por dejarse hacer una foto. Con todo, aquella era gente sami que marcaba los renos como siempre, y los mosquitos también eran como siempre o aún más. Eso no cambia. La  generación de los abuelos que hoy rondan los ochenta años pudieron ver incluso cuando los nazis de Laponia, en su retirada, iban quemando todo a su paso: casas, barcas, escuelas, iglesias, puentes… Y vieron los desastres de los partisanos rusos. Pero ellos sabían vivir con poco y resistir mucho, y salieron adelante hasta tener hoy un buen nivel de vida.

Mujer lapona ataviada de forma tradicional, en Inari, Finlandia.

Luis Pancorbo.

LDH: Los samis se distinguieron por inventar una gran cantidad de seres imaginarios. Damos por hecho que no te has encontrado con ninguno de ellos…

L.P: No me he encontrado a un näkki, pero no me acerco fácilmente a un pantano donde me dicen que hay uno de esos seres anfibios y con cierta tendencia a una voracidad de lampreas. El suelo de Laponia puede ser muy traidor. Tampoco creo que salgan las brujas en la Semana Santa aprovechando el vacío de poder por la muerte de Cristo, pero hasta en el aeropuerto de Ivalo (Finlandia) cuelgan muñecas de brujas del techo como si fuesen aviones. Da qué pensar.

LDH: Un ser fantástico con el que es fácil toparse es Joulu Pukki, más conocido aquí como Papa Noël.

L.P: Tengo que confesar que yo mismo he tenido que hacer de Joulu Pukki en alguna ocasión. Nadie se ha enterado porque iba debajo de un tabardo de pieles, un gorro con orejeras y una barba blanca descomunal. Joulu es una palabra finesa, pero relacionada con el sajón yule. Es de las pocas palabras no ugro-fínnicas y tiene que ver con yuletide que es el tiempo navideño, el Adviento, en países germánicos, anglosajones y nórdicos. En cambio, pukki es carnero. Es el protagonista en la Laponia finlandesa, el auténtico Santa que va en un trineo tirado por carneros, no por renos.

LDH: ¿A quién se le ocurriría montar su primera kota (¡que no su iglú!) en una región tan adversa como esta…

L.P: El origen de una vida así radica en la supervivencia. Antes de poder construir algo más o menos permanente, incluso con tablones, la gente ártica, los proto-samis en concreto,  tenían más a mano unas pieles de renos con las que hacer una tienda cónica, la kota, o lávvu, lo mismo que el chum de los siberianos o que el teepee en Norteamérica. Otras veces construían refugios con césped y tierra. Los iglús no tienen nada que ver con esta zona. Los iglús son de los inuit, o esquimales, aunque a ellos, los hombres, no les guste esa palabra. Los inuit, por otro lado, tampoco es que usaran sus chozas de hielo de forma regular, sino para guarecerse en temporadas de caza o en su nomadismo ocasional.

Una kota moderna en Laponia.

Luis Pancorbo.

LDH: Con todo, no parece que sea la Naturaleza el mayor problema al que los samis se enfrentan, sino a los Estados que, vulnerando la Declaración sobre los Pueblos Indígenas, pretenden explotar una región rica en oro, petróleo, gas, níquel, hierro… en detrimento de sus zonas de pastoreo. ¿Cómo reaccionan los samis ante semejantes abusos?

L.P: La opresión se lleva mal, pero existe. No hay que ir al Ártico. Ya no se habla, claro está, de supresión de las minorías mediante experimentos genéticos, o con simples pañuelos infectados con viruela… O con alcoholismo, que con eso se arrasaron pueblos indígenas de América y Oceanía. La opresión es más elegante ahora, lleva corbata y esgrime leyes, y encuentra normal que la tierra y sus riquezas no sean de los aborígenes de un territorio.  Sino de quien se lo coge. Como compensación, esos usurpadores pueden favorecer el bautismo de los desposeídos.

LDH: Los samis kolta son los que han tenido menos suerte a lo largo de la historia… ¿En qué situación se encuentran ahora?

L.P: En decadencia por su número exiguo, apenas un par de miles, y por las vicisitudes vividas en la península de Kola, una parte del Ártico ruso que siempre ha sido ambicionada militarmente por motivos estratégicos prioritarios. Hay grandes destrucciones mineras e industriales, y, con todo, también hay grandes oasis de taiga y tundra intactas. Kola es un gran contraste, y los kolta que quedan lo disfrutan como pueden. Algo de salmón salvaje sí les queda, y de reno para ahumar; pero, política y socialmente, son nulos.

Luis Pancorbo esquiando en Laponia.

Luis Pancorbo.

LDH: Tampoco parece pintar mejor la cosa en Finlandia, donde la tercera fuerza política del país es la del ultraconservador Timo Soini. ¿Qué políticas propone su partido en relación a los samis?

L.P: Hay un elemento soterrado de racismo en las sociedades nórdicas, y en Finlandia particularmente, cuya víctima más aparente es el pueblo sami. Pese a los evidentes parecidos entre samis y finlandeses, dos pueblos con una lengua de un mismo origen ugro-fínnico, se exalta más la diferencia que la semejanza. Timo Soini triunfa bastante en Finlandia, con un discurso muy populista (poujadista, se decía antes en Francia; qualunquista, en Italia). Dice que los meridionales (incluidos los españoles) son derrochadores y vagos, que se aprovechan en la Unión Europea de los buenos y trabajadores finlandeses. Y Soini piensa lo mismo acerca de los samis que tienen encima de su mapa, que reciben demasiadas subvenciones estatales y no rinden. Es el viejo estereotipo por el cual unos se sienten superiores a otros, sin que eso pueda ser demostrado de alguna manera, salvo por la fuerza.

LDH: ¿Tiene sentido para los samis establecer fronteras entre Rusia, Finlandia, Suecia y Noruega?

L.P: La frontera rusa es muy seria en Laponia por más que creas que estás en medio de un bosque lleno de osos y urogallos. Los hay y dejan cazarlos. Pero las alambradas y las torretas de vigilancia te avisan, si estás en Sör Varanger, o en Nellim, o en Raja Jooseppi, y otros puntos, de que te acercas a Rusia. Y para pasar se necesita un visado en condiciones. Lo mismo sucede para los sami. Hay que retroceder mucho en el tiempo para verlos nomadear con sus rebaños y sin restricciones entre Noruega, Finlandia y Rusia especialmente. Las otras fronteras de Laponia, entre Suecia, Noruega y Finlandia, no son apreciables en estos momentos. Ni te enteras a veces de que has cruzado la raya. ¿Ese abedul sueco no es el mismo que el abedul noruego?

LDH: Hablas de Laponia como una sinfonía de colores con los que la Naturaleza se pinta a sí misma. En tu opinión, ¿cuál de estos colores le sienta mejor?

L.P: Será por mi vertiente conradiana, o aliciana*, quién sabe, pero a mí me gusta el invierno de Laponia, cuando todo está oscuro, y, en cambio, hay un momento azul, un reflejo en la nieve que se pone de color lapislázuli durante unos segundos. Y, ya con noche cerrada, pueden sobrevenir sorpresas.

LDH: Uno de los espectáculos coloristas más aplaudido es el de las auroras boreales. Cuentas que la primera que uno ve es la más inolvidable…

Aurora boreal en Ruka, Finlandia.

Timo Newton-Syms, Flickr.

L.P: Lo que no se olvida nunca es el primer beso, quiero decir, el de verdad, el que te dan o das de joven. Tampoco se olvida la primera isla de los mares del sur que ves, como ya dijo Stevenson cuando iba en su barco, con su mujer Fanny, tras haber encontrado en su cabeza La isla del tesoro. Las auroras de medianoche –así las llamo porque se lo merecen, y porque son más raras e inolvidables que los soles de medianoche– suponen un momento de inflexión en la vida. No sé qué mejor espectáculo de la naturaleza puedes ver, porque no vamos a hablar de la belleza de un tifón o de un tornado. Si acaso, no estaría mal tampoco un buen fuego de San Telmo, como el que veían los viejos marineros.

LDH: A partir del 15 de enero de 2014 (o sea, ya), se podrá ver auroras boreales a más de 28.000 pies de altitud. 520 euros, ida y vuelta, el billete de avión. ¿Qué te parece el proyecto?

L.P: Hay que moverse, es imprescindible. Si puedes ver auroras boreales en avión, ¿por qué te vas a privar? A este paso, algunos harán viajes espaciales también. A mí me gustaría hacer viajes hacia atrás, hacia cuando los griegos todavía no habían amargado la vida a Sócrates, o a cuando Buda no era necesario que viniese a este mundo.

LDH: ¿Te queda alguna espinita viajera por sacarte en Laponia?

L.P: Dado que he comido lengua de reno, que era un poco rasposa, y unos filetes finos de oso con bayas, y he pescado percas en los lagos helados, no puedo quejarme. He esquiado un poco, y también me han llevado en moto, en barca, en trineo, en hidroavión, y yo mismo he ido en el caballo de San Fernando, que no falla ni siquiera con raquetas. Pero, sobre todo, he podido ver las ocho subestaciones del año, las múltiples luces del año en diversos años.

 * Aliciana: Referente al personaje de Lewis Carrol, al que Luis Pancorbo alude en Auroras de medianoche.

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