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Histórico noticias



M de Marmota

Los mamíferos se han adaptado a los rigurosos inviernos de las cumbres pirenaicas. Incluso cuando la niebla entre las escarpadas laderas nos impide ver hasta nuestros pensamientos, los animales nos acompañan y nos hacen sentir que no estamos del todo solos en la montaña.

16 de diciembre de 2015

“¡Qué sorpresa, qué alegría nos produce siempre la aparición de un ser vivo en el reino del espanto y de la muerte, donde las mismas plantas no crecen más que temblando, y donde el hielo es el estado normal del agua.”

Henry Russell

Así exclama nuestro querido pionero pirenaico cuando, en 1875, en compañía de Célestin Passet, desde la cumbre del Robiñera (3.075 m), que se ascendía por primera vez, contemplan “una graciosa colonia de sarrios que, durante unos segundos, nos habían contemplado desde lo alto de una especie de aguja, con la oreja tendida, la cabeza inclinada, y sus patas dispuestas a saltar, y parecían preguntarse si nosotros éramos malos”. (1)  También tengo yo siempre la impresión de que los animales salvajes, aunque tímidos y desconfiados, son curiosos y antes de proseguir su camino, con más o menos prisa, se detienen a evaluar la amenaza que les supone el encuentro con un humano.

La alta montaña no es un terreno propicio para la vida, esto no es una novedad. Las gestas y tragedias humanas en la alta montaña lo atestiguan. Las cumbres desérticas o nevadas impiden hasta el crecimiento de plantas. También Russell se asombra de la variedad de flores que encuentra en la primera ascensión al Robiñera. Pero la evolución de las especies conlleva una especialización que despliega vida por todos los confines del planeta. De esta manera, un conjunto de mamíferos se ha adaptado a la vida entre las nieves que los rigurosos inviernos traen a las cumbres, a sus escarpadas laderas y al poco alimento que las rocas y hielos permiten. Y, a pesar de ello, parecen especialmente alegres y libres. Sus ágiles movimientos y lo aislado de sus existencias ofrecen una imagen de libertad y de buena vida que otros animales en otros territorios no trasmiten.

A las marmotas alpinas (Marmota marmota), una especie introducida en el Pirineo francés y que en los últimos años se han extendido y prosperado en ambas vertientes, se las ve corretear en verano con sus patas cortas y su grueso pelaje marrón anaranjado por las laderas de los valles en busca de sus madrigueras, después de escuchar un agudo silbo que alguna que hace de vigía emite ante la aparición de algún extraño. Yo no recuerdo haber visto marmotas en el Pirineo en los años ochenta, pero una década después se las podía ver en prácticamente todo el territorio pirenaico. Solo en verano, pues son frioleras e hibernan cuando las nieves cubren la montaña. Al comienzo de la primavera aparecen en todos sus tamaños, pues las nuevas camadas emergen por primera vez al exterior y llenan de silbidos los valles. Miran con atención, pero no te dan mucha oportunidad de observarlas pues se esconden deprisa en su red subterránea que tiene numerosas entradas. Las madres, si no tienen a sus crías a buen recaudo, parecen preocupadas y se mantienen atentas y deseosas de regresar a su búsqueda en cuanto la amenaza pasa. Elevadas sobre sus patas traseras, atisban el horizonte atentas a los peligros y se aplastan en una piedra al sol cuando el viento sopla con fuerza.

Marmota

Carlos Muñoz Gutiérrez.

No hay gran variedad de mamíferos entre las cumbres de los Pirineos, y según parece, si nos descuidamos, menos habrá en el futuro. Los osos ya se perdieron y el reciente intento de reintroducirlos por parte de las autoridades francesas tampoco ha prosperado. Ya hablábamos en la L de Linza del último oso reintroducido en los últimos años, Camille, a quien se le da por muerto desde 2010.

Russell y sus amigos cazadores quizá fueran los últimos testigos del bucardo (Capra Hispanica) que habitaba en Ordesa y finalmente quedó reducido al valle de Vallibierna,  en la cara sur del Aneto. En Octubre de 1867, narra Russell cómo, a través de la brecha de Rolando, entra en Ordesa y queda admirado del lugar, pero también se interesa por los bucardos que pueden encontrarse allí. Russell ya era consciente de que el bucardo en ese momento corría el riesgo de extinción y por ello le pide a su amigo Sir Victor Brooke, a quien describe como alguien “para quien la caza es una pasión heroica, y que ha hecho en India masacres de tigres, de leopardos y de elefantes, fue igualmente durante varios inviernos, en el valle de Arazas, el terror de los bucardos”, un informe sobre ellos. En su carta de respuesta relata el asedio y caza de un gran macho que empieza con las siguientes palabras:

“El bucardo (Capra hispánica) se encuentra en todas las grandes sierras de España, desde Sierra Nevada hasta los Pirineos. La raza que se encuentra en estas últimas montañas es, sin embargo, la más bella, y los ejemplares que provienen de los Pirineos se distinguen de los de las otras montañas por su talla mucho más grande, y su color más brillante, sobre todo en invierno. Cuando llegué a Pau en 1878, se suponía que habían casi desaparecido de los Pirineos, y que no se encontraban más que en el valle de Vallibierna, detrás de la Maladeta. Sin embargo, supe que quedaban todavía algunas en el valle de Arazas (el valle de Ordesa de los españoles). Habiendo estado en el mes de mayo de 1878, maté una bella hembra. Decidí volver a Pau el invierno siguiente a volverme a encontrar con ellas”.(2)

El propio Russell relata el encuentro con los que, quizá si sobrevivieron a la cacería de Brooke, fueran los últimos ejemplares de bucardos de la cordillera, fue en 1877, en Vallibierna, “un país completamente desconocido”:

“¿Pero qué veo de repente? He aquí dos criaturas vivas que caminan gravemente como ermitaños… Una es pequeña; otra, con enormes cuernos… ¡Son dos bucardosl Parecen soñadoras y un poco tímidos ¿Será un padre que pasea a su hijo? En ese caso, ha elegido muy mal el tiempo, a no ser que quiera desembarazarse de él, haciéndolo tísico. Gritamos por tener el placer de asustar algo; pero el efecto ha fallado. El pequeño tose, y eso es todo. Después, lanzándonos una mirada desdeñosa, llena de mal humor, desaparecen majestuosamente en la tempestad, detrás del collado por donde hemos pasado la víspera. Apenas han desaparecido, llegan una cuarentena de sarrios, rodando como cascadas por paredes casi verticales, mojadas y tan lisas como láminas de cuchilla. ¿Están locos? Nos hacen olvidar nuestras miserias; pero la brisa, el trueno y el granizo nos las recuerdan en todo momento”. (3)

Sí, al menos nos quedan los Sarrios o Rebecos (Rupicapra rupicapra pyrenaica), esbeltos y hermosos, son los animales más emblemáticos del Pirineo. Cruzan a grandes saltos las laderas, se elevan a las más altas torres de las crestas o pasean por los prados. A veces corren asustados y a veces miran orgullosos a los intrusos humanos desafiantes y sabedores de su poder y majestad en ese terrero que es el suyo y no el nuestro. Me pregunto si la diferencia de comportamiento que puede verse entre los diversos grupos que se extienden por toda la cordillera tendrá que ver con sus experiencias con los humanos. ¿Serán tímidos y temerosos los que hayan sobrevivido a las cacerías humanas (hoy controladas por forestales y agentes de los parques naturales y que tan buenos beneficios dan) y arrogantes y majestuosos los que sólo se han encontrado con ingenuos humanos que intentan fotografiarlos o contemplarlos sin más? Seguramente, más bien tendrá que ver con el control y la seguridad que sientan en cada momento, si tienen una huida abierta, si se ven sorprendidos o si están en celo. Nunca sabremos del todo qué siente y cómo decide su comportamiento un animal salvaje. Pero ahí están, sobreviven en buen número y ahora los protegemos.

Rebecos al pie del Pico Espadas

Carlos Muñoz Gutiérrez.

En el valle de Nuria, reintroducidos también, han prosperado muflones. Los grandes machos solitarios con sus cuernos retorcidos nos transportan a las Rocosas o a Alaska, y los grupos de hembras y crías se arremolinan en atalayas de ese singular valle del Pirineos Catalán, tan abierto y sin embargo tan inaccesible. Nuria, con su exclusivo acceso mediante el tren de cremallera, es un lugar ideal para que muflones y rebecos vivan en libertad y sean mayoría frente a los humanos que cada temporada de esquí abarrotan otros valles.

Marmotas y sarrios son las especies de mamíferos más alpinas, más características, pero entre las rocas, los valles y los prados encontramos también otras especies. Zorros, que se extienden por toda la Península, también se ven por la cordillera. Siempre astutos y oportunistas, pueden negociar con los humanos su supervivencia en los meses de invierno. Muchas noches, a la puerta del refugio la Reclusa (2.140 m), cuando la nieve amplifica reflejada la luz de sus ojos, puede verse un zorro que se aproxima a la puerta donde algunos montañeros ultiman su descanso. Busca, como un perro, algún resto de comida o algo que podamos ofrecerle a cambio de su presencia. Trafica espectáculo por alimento y posa como el mejor de los modelos.

Alrededor de los humanos también se han adaptado los armiños y pueden verse en los exteriores de los altos refugios, especialmente franceses, ejemplares que corretean nerviosos al atardecer buscando algún resto digerible que les sirva de cena. Como todos los mustélidos, son carnívoros, pequeños, flexibles y extremadamente nerviosos, se mueven como un rayo y aparecen y desaparecen como si jugaran al escondite con sus observadores. Blancos en invierno, se vuelven marrones en la espalda y amarillentos en el vientre y tienen cara de traviesos. Pero no hay que fiarse: son fieros aunque nobles, tanto que han formado parte de los forros heráldicos desde la antigüedad. Según la tradición y la mitología, el primero en utilizar los armiños en heráldica fue Bruto, hijo de Silvio, nieto de Ascanio y biznieto de Eneas. Cuando Bruto desembarcó en Francia, encontró sobre su escudo un armiño y lo interpretó como vaticinio de su futura victoria. Cambió en ese momento sus armas (un león dragonado), y con sus nuevas armas, conquistó aquellas tierras, que llamaron Brutania en su honor. Con el paso del tiempo, aquel nombre evolucionó al actual de Bretaña. De ahí que el escudo de Bretaña sea un campo cubierto de armiños.

Armiño

Carlos Muñoz Gutiérrez.

Más fieros y escurridizos son los tejones, que a menos altura, siempre noctámbulos, van de cacería como guerreros implacables a la búsqueda de pequeños roedores que también habitan en su entorno y que resultan más difíciles de ver: musarañas, ratas, ratones, topillos. Los característicos de la cadena pirenaica son el topillo nival (Microtus nivalis), la musaraña alpina (Sorex alpinus) y la musaraña enana (Sorex minutus).

La visión de los animales libres y salvajes en las sierras inhóspitas y frecuentemente implacables ante la vida, como nos decía Russell, alegra y anima a sobrevivir en la montaña. Incluso cuando la niebla entre las cumbres impide ver hasta nuestros pensamientos, el graznido de una chova nos acompaña y nos hace sentir que no estamos solos del todo. Pero la chova es un ave, y de las aves nos ocuparemos en otro momento, porque escapan fácilmente entre los cielos abiertos y sin límites, escapan como ya no pueden hacerlo los osos o los bucardos, y ahora envidio a Russell y a aquellos que pudieron contemplar lo que nosotros ya no veremos jamás. Al final, haré mías las palabras de nuestro querido pionero cuando lamenta la caza y se siente compañero de las bestias:

“¡Pobres bestias! ¡Estoy contento de que corran todavía! Nunca he podido contemplar esas inocentes y graciosas criaturas sin sorprenderme de que se ose matarlas, pues no molestan a nadie, su carne es muy mediocre, y su agilidad milagrosa; su fogosidad y sus correteos no dejan nunca de electrizar el alma adormecida por el silencio y la inmovilidad de las soledades nevadas y vacías de la montaña. Hay horas en las que este mutismo de la naturaleza da una especie de pesadilla. Si se prolonga, nos vuelve tan taciturnos que el vuelo o la voz de un pájaro son suficientes para encantarnos y alegrarnos el corazón”. (4)

Notas

(1) Henry Russell, Recuerdos de un montañero, traducción de Mª Isabel Bescós Cabrero, Barrabés Editorial, Huesca, 2002, p. 345.

(2) Ibid., p. 310.

(3) Ibid., p. 453.

(4) Ibid., p. 450.

Abecedario de los Pirineos, animales, Armiño, Bucardo, Marmota, Rebeco

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