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24 de noviembre de 2017
“Las naciones de la tierra se rigen eminentemente por el miedo: miedo de un tipo ...
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Flâneuse

Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres

Editorial: MALPASO EDICIONES
Lugar: ES
Año: 0
Páginas: 352
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa dura

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Hoy vamos con una revelación: las mujeres tienen piernas y las usan para caminar. Con ellas van y vienen, transitan los lugares, intervienen los espacios, desafían los mapas con su presencia. Baudelaire nos presentó a su flâneur, el hombre que se pasea sin involucrarse, pero Lauren Elkin nos presenta, a su vez, a la flâneuse, ella misma, una mujer que irrumpe caminando en los lugares en los que sí participa. "Donde el Flâneur mira, la flâneuse perturba y subvierte". Rescatar este hecho esencial, el de la voluntad de movimiento como afirmación de la individualidad, se mezcla en estas crónicas paseantes con el  de otras artistas cuyas huellas ya conocemos: de Martha Gellhorn, en los escenarios del mundo, a Sophie Calle en  París o Venecia, o George Sand o Agnès Varda, o tantas otras maestras en la subversión del movimiento.
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Histórico noticias

La Línea del Horizonte Ediciones




Manual del Grandtourista

El Grand Tour, germen del turismo moderno, fue un fenómeno practicado por jovencitos de familias aristocráticas del norte de Europa. Daniel Muñoz de Julián nos pone en la piel de uno de estos viajeros dieciochescos. Emprendemos esta aventura por Italia con sus consejos.

27 de marzo de 2014

Desde la comodidad de hoy, con demasiada facilidad se nos olvida que el viaje, cualquier viaje, siempre fue un suplicio. Que, en la Edad Moderna, el hecho de trasladarse era una experiencia irrepetible que demandaba una cuidadosa preparación y mucho sentido de la organización. Rousseau decía en el Emilio que “es preciso saber viajar”, y esto era así porque, aun cuando uno fuera uno de esos pocos afortunados que podía permitirse salir de su país, por lo general el viaje que se hacía en la vida era solamente uno.

Pero entonces, si era tan molesto, ¿por qué en la Europa de la Edad Moderna los hombres empezaron a viajar por placer, y de forma sistemática? Existe un libro de 1759 titulado Itinerario para la ilustre juventud que indicaba que los objetivos del viaje debían ser “ante todo buscar, ver, preguntar, juzgar, discurrir, tratar y hablar”, y convertir por tanto el viaje en un instrumento de provecho, de formación y cultivo intelectual. Los motivos de base de estos viajes formativos, sin embargo, iban más allá.

En primer lugar, se comenzó a viajar para lograr ese barniz de hombre de mundo que conoce Europa de visu y no sólo por el estudio. En segundo lugar, para ver de primera mano las grandes pinturas, esculturas y arquitecturas de los lugares que se visitaban, contemplando los lugares, paisajes y rincones urbanos que inspiraron esos tesoros. “Rafael no fue a una academia –dijo Joshua Reynolds–, pero Roma fue una academia para él”. Podía ser, por tanto, realmente interesante ver qué era eso que había inspirado a Rafael. Se viajaba, por último, para conocer los escenarios reales de lo acontecido en la
Historia.

Galería con vistas de Roma, de Giovanni Paolo Pannini.

Naturalmente, con la inspiración de motivos tan ambiciosos, la cosa llevaba su tiempo. El padre de James Boswell, resentido por la larga ausencia de su hijo, espera que vuelva para sacar partido de su experiencia viajera, y le escribe así:

“Si no fuera por tu disposición de ánimo, me arrepentiría amargamente de haber consentido tus viajes al extranjero y consideraría el dinero gastado en esta empresa como tirado por la ventana. Pero quiero alejar de mí tales pensamientos a la espera que vuelvas convertido en un hombre dotado de sabiduría, de seriedad y de modestia, siempre propenso a ser útil en la vida. Si así fuera, los viajes se habrán demostrado en algún modo enriquecedores para tu talento y te consentirán ser más respetado en tu país, que es el escenario que la providencia te ha reservado”.

No faltan testimonios, sin embargo, como los de Adam Smith, que decía que los jóvenes volvían “más volubles, holgazanes, faltos de criterio, incapaces de dedicarse al estudio o a los negocios, de cuanto lo hubieran sido si hubieran permanecido en su casa todo ese tiempo”.

Se va a viajar sobre todo desde Inglaterra, y se va a viajar a Italia, ¿por qué? Principalmente, porque los modelos en literatura y arte eran clásicos. El Doctor Johnson observaba que “todas nuestras religiones, todas nuestras artes, casi todo lo que nos distingue de los salvajes proviene de las orillas del Mediterráneo”. Pensemos que Francia era un mero vecino, Grecia estaba muy lejos, España… España era un país enemigo repleto de bárbaros y barrocos residuos moros. De España venían armadas; de Italia, sonetos y serenatas. Escribía Defoe en 1701: La lujuria eligió la tórrida tierra de Italia, donde hierve la sangre generando estupro y sodomía”. Asimismo, el viajero inglés Charles Thompson decía en 1744 “Estoy impaciente y deseoso por ver un país tan famoso en la historia como Italia, que una vez gobernó el mundo”.

Por otro lado, no pocas veces el objetivo era solamente la apreciación de la pintura. ¿Ópera italiana, comida francesa? Todo eso ya lo había en Londres.

 

El Grand Tour

Por todos esos motivos que venimos contando, fue cobrando forma lo que se denominó el Grand Tour, un fenómeno practicado por jovencitos de familias aristocráticas del norte de Europa y especialmente de Inglaterra, iluminado por los  ideales del Siglo de las Luces, que es el germen del turismo moderno. El Tour, cuya denominación parece haber sido acuñada por el sacerdote católico romano Richard Lassels (1603-1668) en su obra El viaje a Italia, empezó realmente en la mitad del siglo XVII y fue ganando popularidad.

Hemos dicho que sobre todo fue practicado por ingleses. ¿Por qué? Las razones de esta prominencia, más allá de que la memoria de los clásicos fuera entre los ingleses como una religión, son variadas. Gran Bretaña se había enriquecido mucho gracias al comercio, y la educación clásica se había incorporado a la formación de la élite; pero, principalmente, lo que ocurría era que todos los conflictos históricos constitucionales habían descoyuntado la unidad británica. Los Hannover, en el trono, no estaban nada seguros, y había, en suma, mucha necesidad de estabilidad. En ese sentido, se buscaba a un “hombre de educación y urbanidad” que supiese reconocer el valor moral en la naturaleza, y se pensaba que todas las pautas para llevar a cabo una buena labor en negocios o en política, todas las cualidades precisas, estaban en el arte de la antigüedad para quien supiera leerlas.

Con el andar del tiempo, el Tour empezarían a hacerlo holandeses, nórdicos; pero, como acabamos de explicar, se trata de algo que, sin más remedio, debía nacer en Gran Bretaña.

 

Comenzando el Grand Tour

Para iniciar la aventura que está por venir, el lector debe disculpar el tuteo e imaginar que es el hijo mayor de una familia rica de mediados del siglo XVIII. Y más le vale aceptar los consejos como provenientes de un corazón amigo y no pecar de arrogante creyendo saberlo todo. La Europa a la que vamos a viajar va a resultar tan exótica como la América precolombina a quien, como tú, lector, ha vivido entre almohadones.

Tu familia es de buen linaje, pero aún sin demasiada historia. Has pasado los años gansos de tu juventud en la campiña, con tutor privado, deportes campestres, compañía de hermanos y hermanas, visitas de tíos y tías, algún primo que bebe demasiado, vuestro padre recordando su propio pasado, los retratos amarronados de familiares antiguos en la galería, la sucesión de las estaciones. Te cuentan eventos del lejano Londres, pero el mundo se ha abierto muy poco para ti. Has estado en Oxford, has tenido allí trato con prostitutas sin desastrosas consecuencias. Tienes un grado universitario sin mucha importancia… pero tu educación está aún por coronar. El ambiente en casa es, además, demasiado asfixiante, y el hijo de los Mattheson, de la finca de al lado, ya se ha ido. No puedes ser menos; tú también debes irte. Tu padre, que viajó por Europa aunque no haya vuelto precisamente humanizado, acepta, y aún eres afortunado de que tu padre no sea uno de esos que te envía a estudiar leyes a La Haya o a Escocia.

Necesitas, como hemos explicado, prepararlo muy bien. Te llevarás a tu sirviente contigo. Puede ser un hombre estúpido y robusto que nunca haya viajado antes o, por el contrario, puede tratarse de un joven estudioso (el  propio Thomas Hobbes acompañó a William Cavendish). La elección de acompañante, sea como sea, es el momento más delicado para tu padre.

James Hay como un bearsleader, Pier Leona Ghezzi, 1725.Los padres acostumbran a poner pruebas de moralidad a los acompañantes (denominados bearsleaders o “conductores de osos”), y es natural: no sería el primer padre que acaba sabiendo que la casa que el tutor ha reservado en Venecia era finalmente un prostíbulo. Y es que los tutores o criados, en ocasiones, se adelantan al viaje para ir confirmando estancias y billetes.

Si eres muy rico, podrás llevarte un auténtico séquito de sirvientes contigo. William Beckford, en 1782, fue acompañado por un médico, un preceptor, un músico, un maestro de pintura, varios sirvientes; el equipaje era tal que la gente pensaba que era el emperador de Austria de incógnito. Hay quien se llevó un halconero y ciento veinte perros de caza. ¿Imaginas ciento veinte perros de caza cruzando Europa, ladrando por las noches en las posadas, los imaginas en París?

Hay muchos papeles que preparar. Tienes que hacerte con un pasaporte en casa del embajador francés en Londres, y así con el resto de países que penséis visitar. Es algo que puede hacer tu criado. Pero cuidado con que no se líe, porque para Italia necesitáis también las firmas del embajador de Austria y del Reino de Cerdeña. Para cada estado suizo y cada estado alemán, las firmas de sus representantes. Para Roma, deberéis conseguir en Turín, Milán o Florencia la firma del Nuncio Apostólico. Para Nápoles, la firma de la Policía y del Cónsul inglés. Si vais a ir en barco, id preparando el boletín de sanidad si no queréis padecer la pesadilla de la cuarentena.

Ve pensando también en una guía. Se recomienda el Libro de Joseph Addison, Remarks on several parts of Italy in the years 1701, 1702 and 1703, un texto que es un auténtico manual para cualquier inglés que quiera llegar a Italia. Estamos en un momento en el que se publican dos guías nuevas sobre Italia cada año. Lo mejor, por ello, es pasarse por una librería de Londres si quieres evaluar entre varias.

Hagamos ahora el equipaje. ¿Lo mejor? Baúles de madera cubiertos de piel con salvacantos, divididos en compartimentos. Lleva también guardatrajes, cajas para guardar cuellos, cajas para guardar sombreros. Las guías aconsejan llevar colchonetas, sacos de piel de oveja, cojines, una mosquitera de velo fino, toallas, manteles, “que no sean bonitos sino resistentes”, un escritorio portátil. Un cofre de hierro con toda la documentación, que fijaréis a la cama con cadenas y que llevaréis siempre a vuestro lado en el carruaje. Las guías también recomiendan un puñal para poner debajo de la almohada, ajedreces o juegos de mesa (te vas a aburrir mortalmente en el carruaje).

En cuanto a ropa, por si sirve de algo, informamos de que Goethe llevaba un jersey de lana, abrigo, tres pares de calzas, camisas, pañuelos. ¡Ah! No se olvide: una farmacia portátil, bisturí para las sangrías, un mortero y una balanza.

En cuanto al dinero, tienes que llegar a un acuerdo con los corresponsales en el extranjero de tu banco. Recuerda, no obstante, que el dinero inglés es aceptado en algunas ciudades del occidente europeo. Sea como sea, no es recomendable que lleves grandes cantidades contigo; no hace falta explicar por qué.

Será diferente pernoctar una noche o varias. Lo segundo es más barato, e igual pasará con las cantidades de comida que encarguéis. No importa: el dinero se os irá sobre todo en transportes. Piensa que los gastos pueden ser muchos. José II de Austria prohibió de hecho a los jóvenes austriacos que salieran del país si tenían menos de veintiocho años porque viajar fuera enriquecía a otras naciones innecesariamente.

 

Transporte

Prepárate para todo tipo de problemas sobre los medios de transporte. Para algunos que te han antecedido, el viaje ha sido un calvario. Dependerá de ti lo contrario.

Puedes recurrir a la carroza personal, pero trasladarla hasta el continente no va a ser fácil. Si decides optar por caballos de postas, cambiando de caballos en cada venta, ten en cuenta que la distancia de una posta a otra es de unas ocho millas. También que hay innobles fulleros que incorporarán a vuestro carruaje caballos sin domar, como le sucedió a Smollett en Italia, con el consiguiente vuelco del carruaje, que os obligará a volver a la posta. Puedes, si no, alquilar una carroza de dos caballos. El cochero del coche alquilado suele ser su propietario. Sea como fuere, en las grandes ciudades de Italia suele haber grandes espacios llenos de carrozas listas para salir.

De todos modos, lo menos caro de todo será siempre usar diligencias públicas, donde podréis conversar con gente diversa sin perder nunca de vista vuestro cofre de los papeles.

Cambio de caballos en una posta italiana, Heinrich Burkel.

Piensa también que los incidentes son la sal de los viajes. Entre las averías más frecuentes estarán la rotura de las correas de suspensión, las ballestas, las ruedas y los ejes.

No esperes velocidad.  La velocidad más alta es la del viajero que tiene carroza propia. En Francia, las carreteras serán aceptables sin más. Las carreteras italianas, en cambio, son mejores que las alemanas, porque muchas siguen calzadas romanas. El problema en Italia son los Apeninos y los ríos: a veces las lluvias los anegan y hacen imposible cruzar. Las carrozas, además, se cruzarán en pasos estrechos. Si tienes suerte, te pasará lo de Thomas Gray en 1740, que se cruzó en la empinada pendiente del monte Radicofani con una carroza de la que se asomó un personaje con manto rojo, turbante y muy aspaventoso, que le recordó a una matrona en su modo de pedir cuidado al cochero. Luego se enteraría de que era el castrato Senesino camino de Siena.

En cuanto a las distancias, piensa que de Turín a Milán van de dos a cuatro días; de Florencia a Roma, cinco días; de Roma a Nápoles, dos días. Ello servirá para que te hagas una idea. Ten en cuenta también que en el hecho de cambiar los caballos en las postas tardarás menos de dos horas.

¿Vas a viajar en barco? Date cuenta de que apenas has salido de casa. El modo en que los pequeños barcos responde a las olas será algo muy poco familiar para ti (se cuentan escenas de verdadero terror). Mira también que las falucas son incómodas, que sigue habiendo piratas, que dependerás del viento y las tormentas, que los marineros se van a reír de ti sí o sí. En ese caso, ¡ríete tú de ellos en tus memorias! Así decía John Molesworth, en 1723: “En mi vida he visto marineros más cobardes en el mundo que los italianos en general y los genoveses en particular… En el momento en que el mar se pica un poco, se refugian en el primer metido de tierra. Y ahí se pueden pasar un mes”.

 

Alojamiento

En cuanto al alojamiento, recuerda a aquel inglés que preguntó dónde estaba la letrina y le respondieron: “Por todas partes, señor”. Vas a pasar de tu cottage y de tu mansión ni más ni menos que a una fonda. Cuenta desde ya con que no te va a gustar demasiado. Otra cosa serán las ciudades, donde podréis encontrar alojamientos grandes y decentes. (en Milán había incluso una English Public House). Por eso te aconsejo que recorras las distancias entre ciudades grandes lo más rápido que puedas.

En algunas fondas te ofrecerán eso que se llama “cama completa”. Se estarán refiriendo a si deseas que te haga compañía un chico o una chica. Ten presente también que, a veces, os darán con un palmo de narices en las hosterías porque estarán llenas. Además, alguien se acabará de llevar todos los caballos nuevos. Habla un viajero inglés sobre Italia:

“Por mucho que se deje correr la fantasía, uno no puede imaginar ni la mitad de las molestias que las camas italianas, los cocineros italianos, los hospederos italianos y la suciedad italiana proporcionan al viajero, por no hablar de la viajera”.

 

Comida y bebida

La comida en el siglo XVIII es bastante más variada de lo que comemos ahora. Poco que decir a este respecto: come cuanto quieras y prueba cosas nuevas. En Italia podréis comprar la comida vosotros mismos y mandar a tu criado para que haga que la cocinen en una trattoria. Recuerda también que vas a estar rodeado de ingleses que beben como esponjas. Seguramente, a tu acompañante le costará acompañarte y no serán pocas las noches en que te lleve trastabillando por las calles hasta vuestro alojamiento.

 

Meretrices, damas, enfermedades y muerte

En cuanto a las damas, las oportunidades serán a veces casi irresistibles. Y si no, a la vuelta tendrás otro halo que te hará más atractivo. Pero cuidado: un viajante que contraiga una enfermedad venérea en Italia está muy mal visto en Inglaterra.

Es tiempo de que tengas presente que hay alguna posibilidad de que mueras en el intento. Los asesinatos son poco usuales, pero existen, y suelen tener que ver con el robo. Si tal cosa ocurre, es más probable que sea en el campo que en la ciudad, y si es en ésta, será cuando te extravíes por un barrio inconveniente a una hora inconveniente. Son docenas los que han muerto de tuberculosis en Nápoles. Charles Howard, vizconde de Morphet, murió de “lo contraído en Italia”, y como él, muchos.

Si, con todo, sigues estando decidido, hablemos de la ruta.

 

Retrato del duque de Hamilton en su Grand Tour, Jean Preudhomme.La ruta

El viaje va a durar, calcúlalo así, unos dos años, y se centrará principalmente en recorrer Francia y los Alpes hasta llegar a la soñada Italia. Pocos han sido los que se han aventurado a España, Sajonia, Balcanes, Berlín, Turquía, Rusia, Polonia o Escandinavia.  Hay poco allí que esté pensado para viajeros (alguno que se ha aventurado no ha vuelto contando nada bueno). Lo normal es salir desde Dover hasta Dunkerque, o de Brighton a Le Havre, aunque la ruta de Calais sigue siendo la favorita. En cualquiera de los casos, uno de los primeros deberes a la llegada consiste en acudir a las aduanas, donde seréis registrados y donde os podrán dar una lista con las postas de Francia, que os será muy útil.

 

En París

Tras cruzar el Canal de la Mancha, se llega por carretera a París en cosa de un día. Para muchos, es la visita más importante además de Roma y Venecia. Son muy pocos los que no paran en ella, porque ofrece más que cualquier otra ciudad: no tiene las antigüedades de Roma, el arte de Florencia o una ópera como la de Nápoles, pero tiene una enorme cantidad de actividades culturales que ofrecer, y una increíble cantidad de vistas pintorescas. Sobre todo, el ocio no depende de la corte como en Viena, Madrid o Berlín. Además, en esta época, París está desarrollándose enormemente. La actual plaza de la Concordia, el Panteón, la Madeleine… Hay bailes populares, óperas… Es sorprendente, pero se pueden encontrar diversiones puramente campestres en plena ciudad.

Pronto vas a advertir que no vas bien vestido. La moda francesa es radicalmente diferente a la que llevas, y no creo que quieras hacer el ridículo. Tu acompañante y tú debéis haceros ropa si queréis moveros en sociedad. Buscaos un buen sastre enseguida. Para ello, pregunta a otros ingleses cuáles son los mejores.

Te lo advierto: los parisinos no te van a gustar. Tampoco a tu sirviente le van a gustar los sirvientes parisinos. Os parecerán ridículos en el vestir. ¡Llevan peluca alta para ir a cazar!  Las artes sociales son aquí eso mismo: un arte. Debes dominar la conversación; aquí se habla mucho y se habla bien. Las ideas se entremezclan endiabladamente. Intentarán hacerte quedar mal a cada paso, sabiendo además que tu francés no es especialmente bueno.

El campo francés atraerá poco vuestra atención. Nadie os va a recomendar los castillos del Loira. Así, el camino más allá de París es poco más que una excusa hasta llegar al momento de la decisión más importante: debes escoger barco o montañas para llegar a Italia.

 

Los Alpes

Ya hemos hablado de lo que supone ir en barco (si fuerais, lo haríais desde el sur de Francia a Livorno o Civitavecchia). La mayoría de los viajeros prefieren los Alpes: es menos impredecible y mortal que el mar, pero depende aún más de los azares meteorológicos. Muchos de los viajeros vais a ver las montañas por primera vez. El paso de los Alpes aterroriza a los viajeros tanto como los fascina. Dice Edward Thomas:

“Estaba en una continua agonía, no osaba apartar los ojos del cuello del mulo y del borde de la montaña, que me parecía como un muro, evitando en todo lo posible mirar el increíble precipicio (…); sin embargo, este extraordinario escenario de la naturaleza era la cosa más romántica y diferente de cuanto había visto antes”.

El camino de Lyon a Ginebra suele gustar mucho. Visitar Ginebra en estos años es encontrarse con un espíritu liberal y una situación política más que interesante para su vivisección; pero, por encima de la política o del hecho de encontrarte a Rouseeau paseando por las calles, es la majestuosidad de la montaña la que te conquistará. De malditas, las montañas se han convertido en deseables. Se atisba ya el camino del Romanticismo.

 

Italia

Contrariamente a lo que se cree, no existe un itinerario fijo para la parte italiana del Grand Tour. Las rutas cambian según la estación y según la necesidad de ir a sitios específicos con fechas específicas. Por ejemplo, la Ópera en Reggio Emilia, Bolonia o Milán, el Carnaval de Venecia, las ceremonias religiosas en Roma o la licuefacción de la sangre de San Genaro, en Nápoles. La ruta normal será de norte a sur. Lo normal es que empieces por Génova y Turín; luego llegará Milán, donde deberás ver la última cena de Leonardo. Todo el mundo lo hace.. Tras Milán, escogerás: bien podrás ir vía Brescia, Verona, Vicenza o Venecia, o bien vía Parma, Florencia y Roma. Lo normal será lo segundo. Te maravillarás en Pisa y Siena, antes de llegar a Florencia. Para entonces tu cabeza será ya italiana.

 

Florencia

Llegarás a Florencia, famosa sobre todo por las colecciones mediceas. El enviado británico del gran ducado de Toscana se llama Horace Mann, y es alguien particularmente atento con los viajeros británicos. Su correspondencia privada conserva aún multitud de cotilleos y comportamientos de los grandtouristas como tú. Mucho cuidado con lo que le cuentas. Al no haber representante británico en los Estados Pontificios, la función de Mann en Florencia es realmente seguir los movimientos de la corte Estuardo exiliada en Roma por medio de una red de espías. De todos modos, no debes preocuparte, porque actualmente el problema más serio de Mann es, como dice Edward Gibbon, “el de entretener a los ingleses en su hospitalaria mesa”.

Mann tiene su casa en el Palazzo Manetti abierta para todos los visitantes británicos. Aunque no tiene especial renombre como connoisseur o coleccionista, Mann disfruta de la compañía de su círculo privado de amigos decadentes y muy interesantes, que incluye al pintor Thomas Patch (1725-1782), quien, como afirmaba Mann en1771, “aunque no vive en mi casa… nunca pasa un día entero fuera de ella”. Mi consejo es que no te detengas demasiado allí y bajes enseguida a Roma.

 

Roma

El viajero Metcalfe Robinson a su padre en 1705:

“El primer motivo que me ha inducido a convertirme en un viajero. Desde que supe del nombre de Roma y vi dentro de su grandeza, sus edificios, siempre quise tener mejor conocimiento de ella y admirar las cosas por sí mismas”.

Edward Gibbon (1737-1794), que llegó a Roma en octubre de 1764, podía recordar con viveza veinticinco años después cómo “después de una noche sin dormir, anduve con paso grave por las ruinas del Foro; cada lugar memorable en el que Rómulo había estado, o Tulio habló, o César cayó, se presentaba de inmediato ante mis ojos; y perdí o disfruté varios días de intoxicación antes de poder descender hasta una investigación fría y minuciosa”.

Coleccionistas británicos en Roma, Ölgemälde von James Russel, 1750.En una cultura dominada por el clasicismo, Roma, claro, tiene que ser el principal foco de interés. “Se ajusta perfectamente a lo inglés”, dice Sir John Fleming Leicester en 1786.  En su Autobiografía, el mismo Gibbon recuerda que el principal núcleo de artistas extranjeros en Roma estaba localizado en la Piazza di Spagna y sus alrededores. Era en este distrito donde habían vivido Claude Lorrain y Nicolas Poussin, y la misma zona ha sido tan favorecida un siglo más tarde con la presencia de artistas británicos, que se la acabará conociendo como el “Ghetto degl’Inglese”.

Los cafés son vitales en la ciudad, como el Café de los ingleses, una sala sucia con un brasero y paredes cubiertas de frescos de esfinges, obeliscos y pirámides inspirados en Piranesi. Allí, artistas como Thomas Jones, John “Warwick” Smith, William Pars y el muy admirado Jacob More (1740-1793) se encuentran regularmente. Según Jones, cuando el anticuario y marchante Matthew Nulty (c. 1716-1778), que pasó veintisiete años en Italia, estaba a punto de morir, aparentemente todavía “tenía fuerzas y resolución suficientes para llegar hasta el Café Inglés –para su despedida final–, estuvo sentado toda la tarde, bebió dos vasos de media pinta de ponche con ron, conversó animadamente, estrechó las manos de todos y nos dijo adiós para siempre, al día siguiente… Murió y fue enterrado una noche después”.

Las compras más importantes las vas a realizar aquí. Trata de que te retrate Pompeo Batoni. Ya ha retratado a cerca de doscientos ingleses. Para los privilegiados, hacerse retratar por él, en un contexto claramente referido a la antigüedad, es parte consustancial del Grand Tour. Aunque también puedes emplear a Mengs o Masucci, o pedir copias de Reni y Veronés, como ha hecho Henry Hoare. Pero no os vayáis de Roma de vacío.

 

Nápoles

Antes que nada, ponte en contacto con Sir William Hamilton, embajador de Nápoles entre 1764 y 1800 (un cotilleo: está casado con Emma Hamilton, la que será luego la amante de Nelson). Él es anticuario, conoisseur y geólogo. Te ayudará mucho.

Probablemente te va a gustar la ubicación de Nápoles. Si puedes, sube al Vesubio. Seguro que quieres ver también las ruinas de Paestum, Herculano y Pompeya, recién descubiertas. Los alrededores de Nápoles están considerados un lugar para la contemplación, un sitio de ocio para cultivar la sabiduría lejos de la vida de corrupción política y de los asuntos de estado asociados con Roma y con los Estados Pontificios; pero, aunque se piensa que la situación natural de Nápoles es agradable, muchos están de acuerdo con la opinión de Lord Findlater, que en 1772 afirmaba que las calles y los edificios de la ciudad eran “sucios y mezquinos” y que los napolitanos eran “las criaturas más miserables que se pueda imaginar”.

Otro viajero llamado William Blackett escribe en 1785: “Nunca he visto gente más basta y maleducada en mi vida. Hay una vulgaridad y una ignorancia en ellos particularmente desagradable”.

No creo que te vayas a aventurar a Sicilia; son muy pocos los que lo hacen y, aparte de todo, ya conoces el dicho de estos tiempos: “Nápoles: lo demás es África”. De todos modos, reconócelo: te mueres por ir a Venecia.

 

Venecia

“He observado a muchos extranjeros en numerosas ocasiones –escribe un anciano caballero inglés–; hombres sabios y cultos que, en llegando por vez primera a Venecia, ante la belleza y la magnificiencia del lugar, fue tal su admiración y asombro que confesarían con la boca abierta no haber visto jamás anteriormente cosa alguna que pudiera compararse.”

Carta de Jean Lorrain a su madre:

“Mi querida y bienamada madre: El próximo otoño te traeré a Venecia. Quiero que veas esto. Te quiero. Guarda mi carta. Te servirá como una impresión más tarde. Tu Jean”.

“Desde ayer, desde esta mañana nado dentro de tal embriaguez que estoy como ahogado, abrumado, hay momentos en que me parece morir… ¡de gozo! ¡Es demasiado hermoso, y tengo ganas de llorar, y pienso que he vivido tantísimo tiempo sin haber visto esto que tendré que abandonar… y después morir algún día y la claridad del agua y de los ojos y de las sonrisas! Hoy he visto demasiadas cosas bellas, y estoy agotado, sometido, destrozado…y tan feliz.”

“El peso de tantos sueños, y de tantos recuerdos, y en el más allá de antaño, este silencio apenas despertado de tarde en tarde por una voz de llamada, un chapoteo de agua o un ruido de remo, este lento hundimiento dentro del pasado, dentro de agua muerta y dentro de qué misteriosa somnolencia…”

¡Venecia, Venecia, Venecia, haberte conocido y ya no conocerte! ¡Haber vivido tu vida y saber que ya no se vivirá!

Dice Barrés:

“En esta ciudad de la inquietud conocí todas las delicias sensuales. Nunca, sin embargo, dejé de sentir el lento transcurrir del tiempo y, en los mejores recodos de esta Venecia tan variada, entre tal sobreabundancia de imprevistos, siempre esperaba algo”.

De acuerdo, Lorrain y Barrés son muy posteriores, pero me sirven para explicarte el veneno de Venecia, del sueño de las lagunas, el ritmo nostálgico, dentro del más lírico decorado en el que el hombre jamás se ha embriagado.

Venecia es la última parada del Grand Tour por Italia, y debes arreglarlo para llegar a la ciudad coincidiendo con el gran día de la ascensión, que es cuando se realiza la tradicional ceremonia de la alianza simbólica de la república con el mar a través del bucentauro, cuando el Dux lanza el anillo de oro a la laguna.

Tras ver las calles sucias de Roma, Nápoles, las retorcidas de Siena y Florencia…y luego ver el gran canal, no vas a dar crédito. No. No hay ruinas; su sistema de gobierno no es la delicia de los británicos como tú; el clima no es precisamente saludable; pero incluso Shakespeare parecía haberse contagiado de esa extraña fascinación. ¿Y cómo no? ¡Si es la capital europea de la diversión y el placer!

Hay diecisiete teatros e innumerables comediantes; doscientos cafés y restaurantes; varios casinos; El último censo arroja dos mil ochocientas ochenta y nueve damas patricias, mil novecientas treinta y séis burguesas, dos mil quinientas ocho monjas y once mil seiscientas cincuenta y cuatro prostitutas. En 1730, tres conventos se disputaban maliciosamente el derecho de proporcionar un amante al nuncio del Papa. Dice John Hinchcliffe: “Si la licenciosidad es lo mismo que la libertad, ninguna nación sobre la tierra puede disfrutar de una libertad igual a la de los venecianos”. Pero Venecia es, para el recuerdo, pintura. La necesidad de conservar y llevar consigo lo que se ve es realmente irresistible.

El Gran Canal y la Iglesia de la Salud, Canaletto, 1730.

En Venecia se desarrolla ahora mismo el género que tiene su precedente en las vistas de Gentile Bellini y Vittore Carpaccio: la veduta. No obstante, la veduta es un género típicamente dieciochesco. Arranca con la vista veneciana de Gaspare Vanvitelli de 1697. Las primeras vistas de Luca Carlevarijs son de 1703. Pero, durante el siglo que ha empezado, con Canaletto y Bellotto hasta la muerte de Guardi en 1793 y la caída de la república en 1797, el género vivirá su esplendor. Si deseáis comprar, es del todo imprescindible que os pongáis en contacto con el Cónsul inglés. Nadie como él para conocer el mercado de pinturas de estos días.

La mejor opción para vosotros es sin duda Canaletto. Se dice que su Venecia es un espejismo, que sus obras tienen un origen muy mental, con poco de inmediatez fotográfica. Y es verdad: Canaletto modifica los meandros del Gran Canal, acerca o aleja el fondo; combina múltiples esbozos del natural, sigue los escorzos más satisfactorios. No tiene nada que ver con la exactitud, pero incluso los contemporáneos venecianos piensan que el artista había pintado lo que tenía delante de los ojos. Canaletto ha reinventado la ciudad, recuperando muchas veces proyectos tal y como habían sido concebidos en lugar de como final­mente fueron construidos. Ved, por ejemplo, en casa del conde Algarotti sus caprichos palladianos sobre la zona del Rialto.

No contento con recuperar un puente que le parecía más hermoso que el que finalmente fue construido (el prototipo que Palladio presentara al concurso del Rialto y que finalmente acabaría perdiendo a favor, precisamente, de Da Ponte), Canaletto de­cide reinventar todo un escenario y hace surgir, junto al Gran Canal veneciano, la Basílica de Vicenza y el palacio Chiericati, obras ambas del famoso arquitecto renacentista, en sustitución del Fondaco dei Tedeschi, que al pintor no debió de parecerle suficien­temente pintoresco. Con todo, en el cuadro no faltan ni las barcazas, ni las góndolas que tan bien retrata Canaletto, ni ninguno de los elementos capaces de trasladar al espectador a Venecia. De hecho, dice el conde Algarotti que sus visitantes venecianos le preguntan en qué parte de la ciudad se encuentra ese rincón.

 

La vuelta

Antes o después tendrás que volver, y será entonces, a través de la rememoración, cuando el viaje cobre sentido. Porque entonces se sabrá si se ha obrado o no en tiese cambio que tu padre y tu nación deseaba.

En cada uno de sus retornos, Gulliver tuvo una grave distonía sensorial: la vista, el oído, el tacto, el olfato. Tras su último viaje es incapaz de soportar el olor de sus familiares. El viaje le ha robado de su propio país. Pero esto no es lo que suele ocurrir en el Grand Tour.

Burney, por ejemplo, que llegó a casa tras la enésima vicisitud en el Canal de La Mancha (un huracán), cuenta su vuelta con estas palabras: “Sin embargo, llegamos a Dover, sin más incidentes, el lunes por la mañana, y al día siguiente, víspera de Navidad, loco de contento, fui a casa a encontrarme con mi familia y con mi trabajo”.

Al llegar, comenzará tu vida de verdad. Tus colecciones privadas habrán aumentado considerablemente o se habrán formado. Hay quien a su vuelta ha mandado construir villas palladianas o ruinas en sus jardines. Tus casas se poblarán de escultura y pintura. Los cuadros de Canaletto ya habrán llegado antes que tú.

Charles Towneley en su galería de esculturas, Johann Zoffani, 1782.Llegará entonces un tiempo de melancolía, porque las trazas de Italia y, en concreto, de Venecia estarán allí donde poses la vista, y en cada casa que visites. Leo la carta de la Duquesa de Hertford a su amiga Henrietta en 1741, que por entonces también estaba en Italia acompañando a su marido:

“Os he acompañado en mi imaginación al palacio ducal de Venecia, cuya parte frontal me fascina y que conozco gracias a un gran lienzo de Canaletto que posee Sir Hugh Smithson. Lord Brooke también tiene algunas vistas de esa ciudad pintadas por el mismo maestro”.

La Revolución Francesa va a acabar con el “viejo modelo del Grand Tour”. En 1796, Napoleón invadirá Italia y el Grand tour se cancelará para acabar transformándose en otra cosa, ésa que hoy llamamos turismo.

No sé si habrás aprendido algo. De lo que estoy seguro es de que cuando te retires a tu biblioteca, con la chimenea chisporroteando y el horrible tiempo inglés silbando ahí fuera, enseguida la cabeza se te irá directamente a Italia. El sol de la bahía de Nápoles brillará dentro de ti, y con él, la sensación de un mundo de maravilla en el que tuviste la suerte de estar. Es seguro, además, que los Canalettos de tus paredes te ayudarán mucho en ese nuevo viaje. Bienvenidos.

 

Daniel Muñoz de Julián

Daniel Muñoz Julián es, a su pesar, Administrador Civil del Estado y Asesor en la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales, esto último menos a su pesar. Es licenciado en Derecho. Es también licenciado en Ciencias Políticas, y en la actualidad prepara su Doctorado en Historia del Arte sobre el mercado del arte veneciano entre los siglos XVI y XVIII, que constituye su principal foco de interés. Asimismo, Daniel dedica la otra mitad de su tiempo a la escritura y a la musicología, redactando programas de mano para el Auditorio Nacional y colaborando como crítico en diversos medios especializados, como la revista Ritmo.

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