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Marsella: Capital Cultural… ¿Europea?

Desde que hace 2.600 años los griegos fundaran Massalia, la ciudad portuaria no ha dejado de recibir viajeros inmigrantes que construyen la historia de sus barrios y  calles. Quizás por  ellos, junto a Kosice, Marsella será Capital Europea de la Cultura 2013.

23 de septiembre de 2012

Los primeros inmigrantes que llegaron a Marsella lo hicieron hace 30.000 años. Provenían de un punto indeterminado del continente africano y se instalaron en la gruta de Cosquer. Estos marselleses debieron hacer poco ruido, porque no nos dimos cuenta de que estaban allí hasta que un escafandrista descubrió la gruta en 1985. Unos cuantos años más tarde, hacia el 600 a. C, un pueblo griego también amarraría su buque en este fondeadero.

Lo de los focenses era un viaje de negocios. Nada de retirarse en una cueva submarina para pintar: ellos venían a trapichear. Así que fundaron Massalia y se alojaron en un barrio céntrico cerca del puerto: el barrio de Le Panier. Aunque el nombre no se lo pusieron ellos, si no la fama de una taberna del siglo XVII por todos conocida como Le Logis du Panier. Hoy hay un restaurante que se llama igual en la Rue Puits-du-Dernier, pero nada tiene que ver.

Miguel, artista de calle marsellés.

Meritxell Álvarez Mongay

Los recién llegados debían  sentirse bien en el barrio, porque después de los griegos se hospedaron corsos e italianos que, en el siglo XXI, han dejado sitio a argelinos, vietnamitas y a un artesano de origen gaditano. Trabaja en una de aquellas calles estrechas que, según una reputada placa, “propician la vida comunitaria”, y estaba esculpiendo cartón pluma bajo el tórrido sol marsellés cuando, descalzo y lleno de purpurina, me lo encontré. Su nombre es Miguel –no Michel–, llegó a Marsella siendo un crío y empezó a utilizar el papel como materia prima en sus obras artísticas, así que un día, aburrido, decidió redecorar las paredes de su habitación con pasta de cartón.

En este sentido, se parece más a los vecinos del Paleolítico que le daban al gotelé con pinturas rupestres en Cosquer que a los comerciantes del golfo de Esmirna que llegaron después. “Creo que no es lícito mezclar arte y negocios”, me cuenta sin sesear mientras moldea una escultura tan alta como él y que no tiene intención de vender. “Prefiero que la gente me escriba lo que piensa…”, y me enseña un libro de visitas repleto de dedicatorias y firmas, deteniéndose con orgullo en una página caligrafiada por una coreana, aunque no tiene la más remota idea de lo que significan las armoniosas líneas.

Taller de cerámica marsellés.

Meritxell Álvarez Mongay

Miguel no trabaja en un taller-boutique como el resto de artesanos emplazados en el barrio, la mayoría de ellos, ceramistas que cuecen santons en el mismo local, aunque todavía falten meses para que llegue Navidad y, como dicta la tradición, las familias marsellesas añadan una figurilla más a su pesebre. “Yo siempre he sido un artista de calle, porque es la mejor manera de hacer llegar a todo el mundo el arte”, comenta desde su cachito de acera, arrimándose a una tapia para que no le atropelle uno de los pocos coches que por ahí pasan y que a él no le hacen ni pizca de gracia. “Hace poco, atropellaron a un chaval -denuncia-. Para mejorar la sociedad, es necesario, antes que nada, acondicionar sus calzadas. En Marsella no hay espacios verdes para la juventud… y claro, ¡después se quejan de que hay delincuencia!”

Colina de Notre Dame de la Garde.

Meritxell Álvarez Mongay

Si abrimos cualquier periódico francés, entenderemos la irritación de Miguel: cuando no aparecen 200 cartuchos de kalashnikovs debajo de una piedra, los encuentran incrustados en el pecho de veinteañeros por ajustes de cuentas. En lo que va de año, ya llevan contabilizados 14 asesinatos; pero, si no tenemos por costumbre traficar con cannabis durante nuestro tiempo vacacional, no nos veremos envueltos en ninguna de estas reyertas. Menos si no nos asomamos a los barrios del norte de la ciudad y seguimos como buenos chicos el circuito establecido por los trenes turísticos, fotografiando desde la carretera postales típicas de Marsella: la colina de Notre Dame de la Garde, el Fuerte de Saint Nicolas y el de Saint Jean, el Palais du Pharo, la Abadía de Saint Victor, el puente de la Fausse Monnaie y su mareógrafo, la playa de los Catalanes -de la que os hablaremos, en otro post, más adelante-… y allá, a lo lejos, un esbozo de las islas de Frioul y del Castillo de If, donde, si nos acercamos con una navette, todavía podremos ver el agujero que el abate Faria cavó en su celda para comunicarse con Edmond Dantès.

Refrescos árabes.

Meritxell Álvarez Mongay

Todo esto está muy bien, pero sería una pena que no nos apeáramos del tren para visitar el barrio de Nouailles, no incluido en ninguno de los recorridos turísticos. Quizá porque hace ya mucho tiempo que desaparecieron los hoteles lujosos donde se alojaban políticos y artistas famosos. Quizá porque si te sales de la Rue Canebière desaparecen las tiendas de moda y las galerías Lafayette. Quizá porque hoy es un barrio popular y en su mercado no encontraremos ni jabón de la Licorne, ni pastis, ni cigalas en un souvenir, sino africanos, comorenses y magrebís haciendo sus courses en la Rue Longue des Capucins. Con cualquier calle de Tánger se podría confundir: salones de té donde  moscas hiperglucémicas van a comer, descuartizadores de pastèques italiennes, colas y limonadas arábigas y, en lugar de boucheries y poissoneries, مجزرة y سوق السمك.

Pan marroquí.

Meritxell Álvarez Mongay

Lo cierto es que, en estos lugares, saber francés no te garantiza entender al mercader. Pero pocas palabras bastan a la hora de vender. No hay más que ver la jerga cefálica que utilizan en la boulangerie Soleil d’Egypte. Con un golpe ligero de cabeza, el panadero me pregunta qué quiero. Y, con un golpe seco, obtengo licencia para retratar las delicatesen de su tienda. Entre los panes marroquies no encontraremos macarons de foie-gras ni de regaliz; pero, en su horno callejero, asistiremos a la elaboración de crepes argelinas en directo, buñuelos de patatas y burekas de carne picada.

La mayor parte de inmigrantes en Marsella proceden de Italia, Córcega y Armenia, seguidos de norteafricanos, bereberes, turcos y, alejándonos del Mediterráneo, chinos, vietnamitas y comoranos. Por eso Miguel, el artista español, se sulfuró cuando le pregunté su opinión sobre la elección de Marsella como capital cultural europea. “¡Empezamos mal si a la cultura le ponemos fronteras!”. Siempre podemos proponer un cambio de nombre al Parlamento Europeo… “¿Qué tal Capital Mundial?” Un tanto pretencioso, quizá… por muy rica que sea la diversidad provenzal que la acción comunitaria quiere resaltar.

Rue Longue des Capucins, Marsella.

Meritxell Álvarez Mongay

La ciudad cuenta con un presupuesto de 98 millones de euros para este proyecto. Dinero con el que ha puesto de patas arriba el paseo marítimo, además de elaborar un ambicioso programa donde los cuentos de Las mil y una noches comparten cartel con El conde de Montecristo; dramaturgos árabes contemporáneos, con exposiciones de Cézanne y  de Picasso; Averroes, con Le Corbusier; festivales de música internacionales, con conciertos literarios y festines mediterráneos… Más de 400 actividades multiculturales que llenarán el calendario marsellés en 2013, mientras los políticos se llenan la boca de “participación ciudadana”, “desarrollo social” y “diálogo intercultural”.

Vamos, toda una oportunidad para la ciudad, que, después de mirar al cielo y ver las nubes que hay, predice que  atraerá a dos millones de turistas más de lo normal, obteniendo seis euros de beneficio por cada uno invertido. Habrá que ver si, entonces, alguien se acuerda de las cuevas submarinas del norte de Marsella. Sin duda, sería una buena ocasión para que otro Henri Cosquer las descubriera y les propusiera a sus inquilinos dejar a un lado los kalashnikovs y redecorar su habitación con papel cartón.

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