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Matar a un elefante

Los elefantes son unos de los animales más inteligentes de la Tierra. El autor convivió con más de 200 de ellos en el río Ewaso Ngiro de Kenia. Los pintó y fotografió mientras se bañaban en sus aguas enfangadas e intentó averiguar por qué está permitida la caza regulada

11 de junio de 2012

Delante tenía cerca de doscientos elefantes. Machos jóvenes, madres, hijos, nietos, abuelas…; la familia bebía en aguas del Ewaso Ngiro. Llevábamos rodando cuarenta días en Kenia y había dado el día libre al equipo. Armado de plumilla y acuarelas me acerqué a uno de los pasos donde las grandes manadas de elefantes cruzan el río. Allí, en la orilla, dejé que el tiempo dejara de importar. Y me dediqué a observar los elefantes; a disfrutar de los elefantes.

Cuando paras el tiempo empiezas a entender lo que tienes delante. Aquellos elefantes que los turistas fotografiaban rápidamente y dejaban atrás para buscar nuevos objetivos, empezaron a adquirir personalidad. El grupo de animales se convirtió en familia. Apareció la matriarca, la líder del grupo, respetada por grandes y pequeños. A un lado pude ver que había un joven elefante con problemas de timidez. De los arbustos del fondo llegó una elefanta con una pata inútil a la que de inmediato ayudaron las demás elefantas a bajar hasta el río. Los más pequeños jugaban, los machos jóvenes entrenaban en incruentas peleas, las madres mayores dejaban a sus hijos en guarderías vigiladas por hembras más jóvenes mientras se daban baños relajantes de agua y barro. La familia entera interactuaba, se comunicaba, se tocaba, se cuidaba. Los primeros esbozos aparecieron en el diario. Los elefantes bañándose en las aguas marrones del Ewaso me hipnotizaban.

Matar a un elefante.

Fernando González Sitges.

Cuando el sol empezó a caer lain Douglas Hamilton se acercó al vado. Contábamos con su inestimable ayuda para el rodaje y se había acercado hasta allí incapaz de perderse el espectáculo. Pensé en cómo vería él los elefantes. Douglas Hamilton lleva más de cuarenta años viendo y estudiando elefantes salvajes. A aquellos los conocía por su nombre. A todos. Con esa forma tan de agradecer que tienen los que respetan la intimidad de los momentos especiales Iain puso su Land Rover junto al mío, arqueó una ceja a modo de saludo y se unió a la observación silenciosa. Ni preguntas, ni “déjame ver qué estás dibujando”, ni nada. Silencio. Respeto. Comunión, Complicidad. Y una familia de doscientos elefantes bañándose en el Ewaso Ngiro.

 Aquella noche, junto al fuego de campamento, Hamilton se acercó a compartir un güisqui con nosotros. Hablamos de elefantes. Comentamos sobre algunos de los tristes datos que Peter Matthiessen cuenta en Los Silencios de África y que había tenido la fortuna de leer en las primeras semanas del viaje. Hablamos de los complejos vínculos sociales de los elefantes, de su reconocimiento y respeto por la muerte, de su altruismo para ayudar a los más necesitados de la familia. Me contó increíbles anécdotas de la abnegada entrega de las madres hacia sus hijos. Y me explicó que se están quedando sin futuro. “Somos demasiados” – dijo sin ninguna vehemencia – “y les estamos dejando sin sitio”. Así de sencillo. Así de trágico.

Matar a un elefante.

Fernando González Sitges.

Un par de güisquis después me atreví a preguntarle por la caza. Hamilton no es en absoluto extremista y sus opiniones se basan en su profundo conocimiento de los elefantes. Me explicó el problema que supone tener exceso de población de elefantes en algunos parques. Huyó de una visión sentimental propia de ecologistas superficiales. Incluso me explicó cómo hay comunidades indígenas que viven y conservan el terreno y los elefantes porque éstos aportan grandes sumas de dinero cuando los cazadores pagan por abatirlos. “Pero, de algún modo – concluyó –, sabiendo lo que sabemos hoy sobre los elefantes, el hecho de que sean criaturas tan inteligentes, con lazos emocionales tan fuertes entre ellos, hace que matar uno sólo por placer me parezca un acto realmente malvado”.

Disfruté durante las siguientes semanas de muchos momentos con los elefantes en las maravillosas tierras de Shaba y Samburu. Y para no olvidar el mensaje de Hamilton – algo imposible después de tantos días con las familias de paquidermos – añadí su frase al diario.

Matar a un elefante.

Fernando González Sitges.

elefantes, Ewaso Ngiro, Samburu

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Comentarios sobre  Matar a un elefante

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  • 19 de junio de 2012 a las 11:56

    Soy cazador con más de cincuenta años o licencias a mis espaldas y siempre he pensado, entre otras cosas, que la caza es algo muy serio porque conlleva la muerte de un animal pero no hay que confundir la ética con la estética y desde un punto de vista de respetoi por la vida total tal tremendo es matar un elefante como “chafar” una cucaracha.

    Dicho lo anterior creo que el cazador no debería cazar nunca por el trofeo sino por la dificultad de la caza en sí misma; creo que siempre debe haber un límite entre la capacidad total del cazador para dar muerte a la pieza y las defensas naturales de esta y creo también que debe haber un aprovechamiento equilibrado de lo que sin duda es una riqueza para muchos países y para muchas sociedades, incluidas por ejemplo las castellanomanchegas rurales, y finalmente que el cazador debe sentir siempre un gran respeto por la pieza abatir.

    Por Mario Giménez Casado